Capitulo Trigésimo. De los medios de que se sirvieron los jesuitas para reducir y sujetar a los indios y de la manera como estaban gobernados. Viajes por la America Meridional de Don Félix de Azara. Tomo II. Felix de Azara. Viajes por la America Meridional.
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Capitulo Trigésimo. De los medios de que se sirvieron los jesuitas para reducir y sujetar a los indios y de la manera como estaban gobernados. Viajes por la America Meridional de Don Félix de Azara. Tomo II.

Felix de Azara. Viajes por la America Meridional.





CAPÍTULO XIII. DE LOS MEDIOS DE QUE SE SIRVIERON LOS JESUITAS PARA REDUCIR Y SUJETAR A LOS INDIOS Y DE LA MANERA COMO ESTABAN GOBERNADOS.

Los jesuitas entraron en el Paraguay a fines del siglo XVI, cuando había allí tan pocos eclesiásticos que los pueblos indios los tenían rara vez y las ciudades españolas mismas carecían de ellos, como hemos visto en el capítulo precedente. En consecuencia de esto, no les debían faltar ocasiones de ejercer su celo apostólico; pero en lo que más se distinguieron fue en la reducción de los indios salvajes, de los que formaron una multitud de pueblos, que existen aún, y que se pueden ver en el cuadro colocado al fin de este capítulo; pero como no comprende mas que los pueblos fundados por los jesuitas, no figuran en él los de Loreto, San Ignacio-Miri, Santa María de Fe y Santiago, porque habían sido establecidos por los conquistadores laicos antes de la llegada de los dichos jesuitas, por lo que los he colocado en el cuadro precedente. Es verdad que éstos creen ser los fundadores, pero se equivocan, porque está demostrado por documentos que existen en los archivos de Asunción que dichos pueblos son los mismos que se les entregaron ya formados, como he dicho en el capitulo X. Los jesuitas solamente los hicieron emigrar hasta el río Paraná y los instruyeron y gobernaron como todos los que formaron desde su entrada hasta su salida del Paraguay. Por tanto, aunque yo no considere como jesuíticos a estos pueblos en cuanto a su origen, los consideraré como tales siempre que se trate de su gobierno y su civilización.

Se contienen en el cuadro veintinueve pueblos de origen jesuítico. Los veintiséis primeros forman la famosa provincia de las Misiones tapes o guaraníes y están situados sobre las orillas de los dos grandes ríos Paraná y Uruguay. Los tres últimos se encuentran en la parte norte del Paraguay, a una gran distancia de los primeros. Yo no he visto ningún manuscrito antiguo que hable del procedimiento empleado por los jesuitas para reducir y dominar a los veintiséis pueblos comprendidos en estas misiones. Lo que ellos mismos han escrito dice en sustancia: Que comenzaron por formar el pueblo de San Ignacio- Guazú en 1609, con ayuda de un gran número de indios escogidos que llevaron del muy antiguo pueblo de Yaguarón y de varios destacamentos de tropas españolas, que forzaron a los indios salvajes a fijarse para formar un pueblo; que en los veinticinco años siguientes formaron otos diez y ocho pueblos, y que se pasaron a continuación cincuenta y un años hasta la fundación del de Jesús, que ellos formaron tan sólo con un grupo de indios sacados del pueblo de Yatapua, que tenía ya setenta y un años de antigüedad. Por lo que concierne a las otras seis colonias de la misma provincia, no se fundaron con indios salvajes, sino destacamentos de colonos sacados de pueblos ya reducidos o dominados.

Los jesuitas dicen que para reducir a estos indios su procedimiento se limitó a la persuasión y la predicación apostólica. Observo yo, sin embargo, dos cosas: es la primera que formaron sus diez y nueve primeros pueblos en el corto espacio de veinticinco años, y que el fruto de su celo y de sus predicaciones faltó de pronto, sin obtener éxito alguno durante ciento doce años, es decir, desde el año 1634, época de la fundación del pueblo de San Cosme, hasta 1746, que sometieron la de San Joaquín; y en este largo intervalo de tiempo no formaron otro pueblo que el de Jesús, y menos aún por sus predicaciones que por la ayuda de los indios de Itapuá, pueblo que tenía ya setenta y un años de antigüedad.

La segunda observación es que estos veinticinco años, tan fecundos en fundaciones de pueblos, caerán precisamente dentro del tiempo en que los portugueses perseguían con furor por todas partes a los indios para venderlos como esclavos, y en que los indios, espantados, corrían a refugiarse entre los ríos Paraná y Uruguay y los bosques de los alrededores, donde no era fácil penetrar aquellos encarnizados corsarios, cosa que en efecto no se verificó.

Combinando ahora estas dos observaciones, hay alguna razón para creer que estos famosos pueblos jesuíticos debieron su formación más al miedo que los portugueses inspiraban a los indios que al talento persuasivo de los jesuitas. Era en efecto natural que dichos religiosos dominaran y dirigieran a los indios con la facilidad que no deja nunca de ofrecer un pueblo expatriado y poseído de un terror pánico. La rapidez de la fundación de las diez y nueve primeras colonias, que no fue seguida de ninguna otra, aunque se debe suponer que el celo de los misioneros era el mismo y que no faltaban indios salvajes, indica que debió intervenir otra causa en la fundación de los pueblos del Paraná y del Uruguay. La que me parece más natural es el terror que habían inspirado los portugueses, pues fue igualmente el miedo a los españoles el que determinó el establecimiento de todos los pueblos de que he hablado en el capítulo precedente.

Esta idea está además confirmada en cierto modo por la naturaleza de los medios que los jesuitas emplearon para someter los tres últimos que figuran en el cuadro. Consideraron como inútiles y despreciaron enteramente las vías de persuasión y recurrieron a los medios temporales. Pero los manejaron con tanta moderación, prudencia y habilidad que me parecen dignas de los mayores elogios. Es verdad que ocultaron con mucho cuidado su conducta en este respecto, cosa natural, pues, en su cualidad de eclesiásticos, querían pasar por tales en sus acciones. Pero yo tuve ocasión de enterarme de esta conducta y voy decir de qué modo.

Sabiendo que había en el Tarumá guaraníes salvajes, les enviaron algunos pequeños regalos, remitiéndoselos por medio de dos indios que hablaban la misma lengua y que habían escogido en sus pueblos de antigua formación. Repitieron en varias ocasiones estas embajadas y estos presentes, que decían les eran enviados por un jesuita que los amaba tiernamente y que deseaba ir a vivir entre ellos y procurarles otros objetos más preciosos, entre ellos muchas vacas, a fin de que tuvieran de que comer sin fatiga. Los indios aceptaron estos ofrecimientos, y el jesuita partió con el que los había prometido, y acompañado de un gran número de indios escogidos en sus antiguos pueblos. Estos indios permanecieron con el jesuita, porque eran necesarios para construir la casa del cura y para cuidar las vacas, que duraron muy poco, porque los indios solo pensaban en comer. Los salvajes pidieron entonces otras vacas y se las llevaron por medio de otros indios escogidos, como los primeros, quedándose todos en el mismo lugar bajo pretexto de construir la iglesia y otros edificios y cultivar el maíz, la mandioca, etc., para el jesuita y para todos los otros. El alimento, la afabilidad del cura, la buena conducta de los indios que habían llevado las vacas, las fiestas y la música y el alejamiento de toda apariencia de sujeción atrajeron a este poblado todos los indios salvajes de los alrededores.

Cuando el cura vio que sus indios escogidos eran mucho más numerosos que los salvajes los hizo cercar, en un día determinado, por sus gentes, y les dijo, en pocas palabras, pero con dulzura, que no era justo que sus hermanos trabajaran para ellos, y por tanto que era necesario que los hombres cultivaran la tierra y aprendieran oficios y las mujeres hilasen. Algunos parecieron descontentos; pero como vieron la superioridad de los indios del cura y que éste supo oportunamente halagar a los unos y castigar a los otros con la mayor moderación y vigilarlos a todos durante algún tiempo, el poblado de San Joaquín quedó enteramente formado. El jesuita hizo aún más, pues sacó todos los indios salvajes y los distribuyó entre los pueblos jesuíticos del Paraná. Los indios salvajes se escaparon, y a pesar de la distancia volvieron a su país; pero se los sometió por segunda vez de la misma manera. Este procedimiento se empleó otra vez en seguida para formar la colonia de San Estanislao. Yo he visto en estos dos pueblos centenares de indios de los que habían llevado las vacas y que me han contado lo que acabo de decir, y hoy son más numerosos en el pueblo que los salvajes mismos. Yo me refiero de preferencia a estos indios que al jesuita José Mas, quien dice, en un manuscrito que dejó en el país, que no había empleado más de doce indios para conducir las vacas.

La idea de los jesuitas al fundar sus colonias de San Joaquín y San Estanislao era establecer una comunicación entre sus misioneros del Paraná y del Uruguay con las que tenían en la provincia de Chiquitos.

Con esta misma mira ensayaron establecer el pueblo de Belén, bajo el trópico. Después de los preliminares de embajadas y presentes partió el primer jesuita, con cierto número de guaraníes, escogidos en sus antiguas colonias, llevando consigo una gran cantidad de vacas. No obtuvo en este caso el resultado que se deseaba, porque los indios salvajes con quienes iba a tratar eran los mbayás, de que hemos hablado en el capitulo X, y era imposible dominarlos con todos los guaraníes del mundo. El jesuita encargado de la fundación de la colonia tocó la dificultad y pensó en los medios de deshacerse de los principales mbayas, creyendo que podría sojuzgar fácilmente al resto. Siguiendo esta idea, hizo creer a los mbayás que los indios sojuzgados de la provincia de Chiquitos querían hacer la paz con ellos y devolverles algunos prisioneros que les habían hecho cuando los sorprendieron hacia el 20º de latitud, al oeste del río Paraguay. El jesuita consiguió con su habilidad llevar con él al territorio de los chiquitos todos los mbayás de que quería deshacerse. Cuando llegaron a los primeros puestos donde se encontraban los ganados del pueblo del Sagrado Corazón, que después ha cambiado de lugar, se los recibió magníficamente y se los condujo al pueblo mismo al son de instrumento de música. Se celebró su llegada con conciertos, bailes y torneos, etc.; pero habiéndose hecho, con astucia, acostarse separadamente, a un toque de campana dado a media noche fueron amarrados todos los mbayás y retenidos prisioneros hasta la expulsión de los jesuitas. Entonces los nuevos administradores los pusieron en libertad y regresaron a su país, donde viven libres y cuentan todo lo que les ha ocurrido. Pero este mismo hecho no produjo efecto alguno para la sumisión de los mbayás. El pueblo de Belén subsistió reducido como antes a los solos guaraníes que se habían llevado de los antiguos pueblos.

Como tengo que hablar ahora del gobierno establecido por los jesuitas en sus pueblos indios, comprendo en mis observaciones no sólo las veintinueve colonias que se encuentran en el cuadro que termina este capitulo, sino las otras cuatro que no fueron fundadas por estos religiosos, pero que ellos instruyeron y dirigieron. En cuanto a las treinta y tres colonias que dependían de ellos, las gobernaban del siguiente modo:
Colocaron en cada pueblo dos jesuitas. El que se llamaba cura había sido provincial o rector en sus colegios o era al menos un padre grave; pero él no ejercía las funciones del curato, y con frecuencia no sabía hablar la lengua de los indios, ocupándose únicamente de la administración temporal de todos los bienes del pueblo, de que era director absoluto. La parte espiritual estaba encomendada al otro jesuita, que se llamaba compañero o vicecura y que se hallaba subordinado al primero. Los jesuitas de todos los pueblos estaban subordinados a otro, llamado superior de las Misiones, y que tenía poder del Papa para administrar la Confirmación.

No había para dirigir los pueblos leyes civiles ni leyes criminales, siendo la única regla la voluntad de los jesuitas. En efecto, aunque había en cada pueblo un indio corregidor y alcaldes y regidores, que formaban un Ayuntamiento como en las colonias españolas, ninguno de ellos ejercía verdadera jurisdicción y solo eran los instrumentos que servían a los curas para hacer ejecutar sus voluntades, incluso en lo criminal, pues jamás citaron a los acusados ante los tribunales del rey ni ante los jueces ordinarios.

Obligaban a los indios de toda edad y sexo a trabajar para la comunidad del pueblo, sin permitir a nadie hacerlo en particular. Todos debían obedecer las órdenes del cura, que hacía almacenar el producto del trabajo y que estaba encargado de alimentar y vestir a todo el mundo. Se comprende bien que los jesuitas eran los dueños absolutos de todo y que podían disponer del excedente de los bienes de la comunidad entera; que todos los indios eran iguales, sin distinción alguna y sin que pudieran poseer propiedad ninguna particular; ningún motivo de emulación podía conducirlos a ejercer su talento ni su razón, porque ni el más hábil, ni el más virtuoso, ni el más activo estaba mejor alimentado ni mejor vestido que los otros, ni podía disfrutar otras satisfacciones. Los jesuitas llegaron a persuadir al mundo entero de que esta clase de gobierno era la única conveniente y que hacía la felicidad de estos indios, que, semejantes a niños, eran incapaces de dirigirse por sí mismos. Añadían que los dirigían como un padre conduce su familia; que recogían y guardaban en sus almacenes los productos de la recolección, no para su utilidad particular, sino para hacer apropiadamente la distribución a sus hijos adoptivos; que eran absolutamente incapaces de previsión y que no sabían conservar nada para el alimento de sus familias.

Esta manera de gobernar ha parecido en Europa digna de tan grandes elogios, que se ha llegado a envidiar la dichosa suerte de estos indios; pero acaso no se haga una reflexión, y es que ellos en el estado salvaje sabían alimentar a sus familias, y que estos mismos indios que se habían reducido y sujetado en el Paraguay vivían un siglo antes en estado de libertad, sin conocer esta comunidad de bienes, sin tener necesidad de ser dirigidos por nadie ni que se los excitara o forzara al trabajo, y sin guarda almacén ni distribuidor de sus cosechas, como lo hemos visto en el capitulo precedente; y esto aun más todavía cuando ya tenían que soportar la carga de las encomiendas, que les quitaban la sexta parte de su trabajo anual. Parece, pues, evidente que no eran tan niños y que no tenían la incapacidad que se quiere suponer; pero aunque así hubiese sido verdad, ya que el espacio de siglo y medio no había sido suficiente para corregir los defectos de los indios, parece que se debe concluir una de estas dos cosas: o que la administración de los jesuitas era contraria a la civilización de los indios, o que estos pueblos eran esencialmente incapaces de salir de este estado de infancia.

Los cuatro pueblos de Loreto, San Ignacio- Miri, Santa María de Fe y Santiago estaban formados en encomienda cuando los jesuitas se encargaron de su dirección; éste era también el estado de los de San Ignacio- Guazú, de Itapuá y del Corpus; y como estas encomiendas contrariaban las ideas de los jesuitas, porque ellas se aprovechaban de la sexta parte del trabajo de los indios, y además los gobernadores iban todos los años a escuchar las quejas que los indios pudieran tener contra sus encomenderos y sus administradores, los jesuitas resolvieron destruir enteramente estos establecimientos. Para este efecto no se contentaron con exagerar la inmoralidad de los encomenderos, sino que los pintaron aún como peores que demonios por su avaricia y su crueldad, suponiendo que imponían a los indios trabajos tan insoportables, sobre todo para la recolección de la hierba del Paraguay, que habían exterminado centenares de miles. Por estos medios, y con ayuda del favor de que disfrutaban en la Corte, y porque los habitantes del Paraguay eran tan débiles que apenas elevaron la voz para destruir calumnias tan atroces, obtuvieron la abolición de las encomiendas. Es verdad que esta abolición debía haberse verificado a la muerte del segundo posesor, pues que era una especie de esclavitud; pero como los jesuitas no la obtuvieron ni la solicitaron mas que para sus pueblos y los encomenderos fueron conservados en los otros de que hemos hablado en el capítulo precedente, estos religiosos se han hecho sospechosos de interés personal.

Los motivos que los jesuitas alegaron eran positivas calumnias. Es verdad que había en el Paraguay la licencia en lo referente a las mujeres, de que hemos hablado en el capítulo precedente; pero no hubo ni pudo nunca haber ninguno de los otros vicios imputados por los jesuitas. No se conocía ni moneda, ni minas, ni fábricas, ni edificios grandes y costosos, ni casi ningún comercio, ni ningún género de lujo. No se podía, pues, emplear a los indios mas que en la agricultura necesaria para que vivieran unos pocos de encomenderos y en cuidar sus ganados, que no ascendían entonces mas que a seis mil vacas. En ese tiempo, y aun hoy, ningún encomendero llevaba camisas mas que de tela del país, que es la más mala del mundo, y los únicos objetos de fuera que se empleaban se reducían a quincalla, y esto en pequeña cantidad, porque casi nunca tenían llaves en las puertas. No se explotaba la vigésima parte de hierba del Paraguay que hoy y no se recolectaba mas que la que hacía falta en el país y para trasportar a Buenos Aires. Pero aun suponiendo que el consumo fuera entonces tan grande como hoy en el país, en el Río de la Plata, en Potosí, en Chile, en Lima, y en Quito, lo más que harían falta serían ciento cincuenta indios para explotarla.

Los escritores, los sabios, los filósofos de todas las naciones parecen haberse dado la consigna para decir todo lo malo que pueda concebirse de la conducta de los primeros españoles para con los indios. Acaso pudieran decir mucho más de sus naciones respectivas si hubieran sabido lo que hicieron en América los ingleses, los holandeses, los portugueses, los franceses y aun los alemanes que Carlos V, su compatriota, envió allá y que poseyeron todos vastos dominios y pueblos innumerables de indios; pero como todas esas naciones no tuvieron otro fin que satisfacer su avaricia, sacando todo el partido posible del país y de sus desgraciados habitantes, no se encontró entre aquéllos un solo autor que osase censurar su conducta estando todos interesados en callar aquello que podía desacreditarlos ante el mundo entero. Los españoles se ocuparon, por el contrario, sin descanso en civilizar a los indios y particularmente en instruirlos en la religión católica, y por tanto debieron emplear eclesiásticos a expensa considerables del Estado, y más aún de su reputación y su gloria, porque algunos de estos eclesiásticos se prevalieron de la libertad que les daba su carácter poderoso, respetado e independiente, en aquellos tiempos atrasados, y marcharon la reputación de sus compatriotas, considerando este medio como el único que podía ocultar sus proyectos ambiciosos, como acabamos de decir, o sus esfuerzos inútiles, como hemos visto en el capítulo anterior y siguientes. He aquí la verdadera causa que hace que hoy que los diferentes escritores encuentren solamente estas declamaciones contra los españoles. Pocas personas saben que España tuvo en todo tiempo y aun hoy un voluminoso Código de leyes, de las que cada frase y cada palabra respiran una humanidad admirable y la protección más completa a los indios, igualándolos en todo y aun prefiriéndolos a los españoles, mientras que yo no sé que las otras naciones hayan jamás pensado en escribir una sola línea en favor de sus indios. Sería temerario decir que nuestras leyes eran buenas, pero que no se ejecutaban, cuando es de toda notoriedad que los españoles conservan millones de indios civilizados y salvajes; y puedo probar por los registros y catastros originales de la fundación de cada pueblo, sacados de los archivos y comparados con los actuales, que el número de indios originarios ha aumentado, aunque una infinidad se haya convertido en españoles por la mezcla de razas. Los españoles podrían, por tanto, hacer ver a esos pretendidos filósofos extranjeros los innumerables poblados y naciones de indios originarios que conservamos en el centro mismo de nuestras posesiones y decirles: Mostradnos los que quedan en vuestras colonias y hagamos un paralelo con los nuestros para ver si, en proporción, tenéis tantos como nosotros. Quizá todas esas naciones se verían en un compromiso para mostrar en la inmensa extensión de sus colonias un solo pueblo de indios originarios y a lo sumo una docena de familias; y si éstas se encuentran es que recientemente han desertado de las nuestras; porque después de varios siglos de murmuraciones exasperadas, todos tratan de imitarnos, atrayendo habitantes, conservándolos y formando con ellos aldeas. En cuanto a los indios salvajes, es cierto que todas estas naciones los tienen aún en sus límites, pero ningunos en el centro de sus colonias, como sucede en las nuestras; y ellas se deshacen día por día de dichos indios suscitando entre ellos guerras intestinas y con la mayor frecuencia fusilándolos. El carácter español no ha variado nada y es el más constante y el más humano posible. Nunca se ha manchado con el vil y asqueroso tráfico de esclavos, y si la necesidad le ha forzado a comprar algunos siempre los ha tratado y los trata como veremos en el capitulo siguiente y nunca con la crueldad de las otras naciones, pues nadie puede negar la dulzura, la humanidad y la generosidad españolas con respecto a los esclavos negros; ¿cómo se osará asegurar que estos mismos españoles no son y no han sido para los indios mas que tigres y leones? Los indios desgraciados no deben atribuir su desgracia a los españoles, sino al gobierno en comunidad que se les había dado, y que a pesar de ser el más absurdo, el más despótico y el peor de cuantos se pueden escoger ha sido el único que los filósofos han elogiado.

Los jesuitas libraron a sus pueblos de los encomenderos, pero todos fueron obligados a pagar al Tesoro real de un tributo anual de un peso fuerte por cabeza de indio de diez y ocho a cincuenta años, y cada pueblo debía dar además cien pesetas a la masa de los diezmos, por forma de compensación. Esta carga no podía molestarlos, porque debiendo pagar el Tesoro cada año seiscientos pesos al cura y otro tanto al vicecura, haciendo balance, todo quedaba en paz, y si había algún excedente era a favor de los jesuitas o de los pueblos. Ellos generalmente afectaban perdonarlo y procuraban hacerlo valer como mérito. En último término, estos pueblos fueron tan estériles para el Tesoro real como aquellos de que hablé en el capítulo precedente, porque tenían además el privilegio de no pagar derecho alguno por los productos que iban a vender fuera de su territorio.

Los jesuitas, haciendo suprimir en sus pueblos las encomiendas y todos los derechos reales, haciendo una especie de transacción en cuanto a los diezmos y gozando de la facultad de administrar el sacramento de la Confirmación, habían, por así decirlo, cortando toda relación con su soberano, así como con los jefes, obispos y todos los españoles, pues no permitían a los particulares hacer el comercio. No obstante esto, quisieron aún asegurar más su independencia por medios más positivos que hicieran igualmente imposibles la comunicación con los españoles y la deserción de sus indios. Con este objeto cerraron las avenidas de sus pueblos, cortándolas con profundos fosos, que guarnecieron con gruesas estacas o fuertes empalizadas, puertas y cerrojos en los sitios por donde debían necesariamente pasar, y establecieron guardias y centinelas que no dejaban entrar ni salir a nadie sin una orden escrita. Marcaron igualmente la jurisdicción o territorio de cada pueblo no por mojones u otros signos de este género, sino por nuevos fosos y puertas y nuevas guardias en los parajes de paso obligado, para evitar que los indios que fueran de un pueblo a otro. Con la misma mira, no permitieron nunca montar a caballo mas que a un pequeño número de indios que necesitaban para transmitir sus órdenes y cuidar sus ganados, para lo que no era necesaria mucha gente, porque para evitar tener un gran número de pastores y verse obligados a marcar a hierro cada animal habían rodeado de trincheras a fosos todos los pastos, de manera que formaban verdaderos parques.

Con disposiciones tan serías y tan positivas, los cañones de artillería que se procuraron y los armamentos que realizaron para defenderse, según decían, de los indios salvajes, hicieron sospechar a algunas personas que habían minas preciosas en el territorio ocupado por los indios, y otros pensaron que los jesuitas aspiraban a formar un imperio independiente. Estas sospechas aumentaron cuando se vio que no se contentaban con rehusar la entrada en sus pueblos a los particulares españoles, sino que hicieron otro tanto con algunos gobernadores que de orden superior querían rectificar las listas de indios, necesarias para la percepción de tributos, y aun a los obispos que pretendieron visitar sus iglesias. En efecto, con respecto a éstos no podían alegar las misma razones que para los particulares, ni decir que eran tan pervertidos y tan malos que corrompían la inconciencia de sus neófitos. Como al rechazar de un modo tan escandaloso lo hubiera sido aún más si no hubiera tenido excepción ninguna, permitieron la entrada en algunos de sus pueblos a ciertos gobernadores y obispos que, siéndoles afectos, al dar cuanta de sus visitas lo hicieron en forma que les era muy favorable.

En verdad no tenían minas, y la debilidad de sus indios se mostraba tal que eran incapaces de defender su independencia ni aún contra el pequeño número de españoles que había en el Paraguay; pero yo no sé si los jesuitas, sobre todo los de Europa, conocían esta debilidad tan bien como yo, porque el corazón y el amor propio nos engañan muchas veces. Por consecuencia, es aún un problema saber si querían o no hacerse independientes. En efecto, aunque todas las medidas tendieran a la independencia y no se les pudiera suponer otro objeto, la debilidad de sus indios era contradictoria al proyecto. Es verdad que los jesuitas no omitieron nada para animar e instruir a sus tropas, porque todas las danzas que establecieron en sus pueblos casi se reducían a lecciones de esgrima de la espada, como yo lo he visto, y nunca dejaban danzar a las mujeres. Puede ser que los jesuitas de Europa ignoraran en gran parte lo que hacían sus hermanos de América. Lo que hay de seguro es que no todos aprobaron su conducta con relación a los indios, ni tampoco la que siguieron en las disputas, tan famosas, entre los españoles del Paraguay y los jesuitas del país, y cuyo resultado fue más de una vez su expulsión por los españoles. En efecto, entre los papeles que los jesuitas dejaron en el país se encontró una carta escrita de la misma mano del padre Rabago, que decía en sustancia a sus hermanos: << Que las quejas que se recibían contra ellos en la Corte eran en tan gran número, tan graves y de tan mal género, que le era imposible impedir su efecto, a pesar de que él gobernaba por completo al rey, pues era su confesor>>. En armonía con esto, les aconsejaba arreglarse, a cualquier precio que fuera, con los habitantes del Paraguay, porque él estaba ya cansado y no podía continuar protegiéndolos.

Sea lo que sea, el hecho es que la Corte de España concibió violentas sospechosas contra los jesuitas, especialmente considerando que eran casi todos los ingleses, italianos o alemanes y que el pequeño número de españoles de su Orden que había en el país no tenían ninguna autoridad ni jugaba papel ninguno; pero nunca el Gobierno osó comprender su autoridad tomando un partido vigoroso y decisivo, temiendo quizá que sus tropas fueran rechazadas. Se limitó, pues, a negociaciones y a representar a los jesuitas que al cabo de siglo y medio había llegado el día de dar libertad a los indios, a fin de que pudieran vivir por sí mismos, tratar y comerciar con los españoles y que era necesario sacarlos de un retiro que estaban metidos como los conejos en una madriguera. Los jesuitas sostuvieron siempre que los españoles eran tan injustos como habían ellos dicho y que los indios no estaban en estado de conducirse por sí. Pero como las razones que se alegaban eran evidentes y se exponían con energía, para salir del paso ofrecieron ensayar el acostumbrar poco a poco a los indios a conocer la propiedad privada dando a cada uno de ellos tierras o pequeñas granjas que cultivaran libremente durante dos días de la semana para disfrutar en propiedad de ellas. La Corte se dio por satisfecha porque no conocía lo inútil de la medida, pues estando los indios en la imposibilidad de vender a nadie lo sobrante de sus productos no obtenían nada de más de lo que se le daba a la comunidad. Por tanto, la medida no sufrió efecto alguno, y además los jesuitas guardaban en sus almacenes el producto de estas granjas, como todo el resto, a lo que dicen los indios mismos.

Está fuera de duda que los jesuitas gobernaron arbitrariamente estos pueblos, sin estar subordinados a nadie bajo relación ninguna, y que pudieron disponer de los bienes de todas las comunidades y lo trabajos de todos los indios tan libremente como lo hacen hoy los jefes que les han sucedido y como ellos han hecho siempre en los pueblos nombrados en el capítulo precedente, que por su desgracia han adoptado el gobierno en comunidad. Pero los jesuitas eran mucho más moderados. Entretenían a sus neófitos con gran número de bailes, fiestas y torneos, y en todas estas ceremonias vestían a los actores y al cuerpo municipal con los trajes más costosos que se intentaban en Europa. Daban cada año a todos los indios el traje de que he hablado en el capítulo precedente, y les proporcionan suficiente y aun abundante alimento. Se contentaban con hacerlos trabajar poco más o menos la mitad del día, y el trabajo mismo tenía un aire de fiesta, porque cuando los obreros iban a trabajar al campo marchaban siempre en procesión, con música y llevando alguna pequeña imagen en unas andas. Se comenzaba por hacer un cobertizo para colocarla, y la música no cesaba hasta la vuelta al pueblo, que se ejecutaba del mismo modo.

Encargaban exclusivamente de la costura a los músicos, los sacristanes y los niños de coro, porque las mujeres no hacían otra cosa que hilar algodón. Las telas que fabrican los indios, deducción hecha de las necesarias para sus vestidos, se vendían en las poblaciones españolas, a donde se las transportaba juntamente con el algodón, el tabaco, las legumbres secas y la hierba del Paraguay. El trasporte se hacía por medio de barcos de su propiedad, por los ríos navegables que tenían a su alcance, y traían de retorno la quincalla y cuanto era necesario. Los curas permanecían encerrados en sus colegios o en sus casas, sin ver a ninguna mujer, ni aun siquiera a más indios que los que era estrictamente necesario. Su rigor en este era tan grande, que no entraban nunca, por motivo ninguno, en el pueblo ni en las casas de los indios, y si algunos enfermos tenían necesidad de los auxilios espirituales los hacían transportar a una habitación destinada a este uso, cerca del colegio, y allí iban los curas, conducidos en silla de manos, para administrarles los Sacramentos. Cuando se mostraban en el templo era con toda la ostentación y todo el aparato posibles, revestidos de los ornamentos más preciosos, rodeados y servidos por numerosa tropa de sacristanes, niños de coro y músicos. Sus iglesias, las más grandes y magnificas de todas estas regiones, estaban llenas de grandes altares, esculturas y dorados, y los ornamentos no podían ser más ricos; lo cual prueba que los jesuitas empleaban en estos gastos al menos una parte de los bienes de las comunidades. Sus casas eran sencillas, pero tenían grandes almacenes.

Por lo que se refiere los indios, según lo que yo he observado y he podido comprobar visitando todos sus pueblos, la población se reducía a bien poca cosa. Ninguno entendía el español, y los únicos que sabían leer y escribir eran aquellos de que no se podía prescindir para llevar los libros de cuentas. No aprendían ciencia alguna, y en cuanto a las artes, fabrican telas de las más bastas, con que se vestían, y telas que los esclavos y los pobres empleaban para sus camisas. Tal era también el estado se su cerrajería, su orfebrería, su pintura, su música, etc., artes que les habían enseñado jesuitas enviados de Europa a este efecto. Ninguno usaba calzado; las mujeres, sin excepción, no tenían vestido que una camisa sin mangas, ceñida sobre los riñones por un cinturón, y hecha de la tela de que acabamos de hablar, que dejaba percibirlo todo a través de ella. Se hacían con los cabellos una coleta como la de los soldados; pero se los soltaban para entrar en la iglesia y no llevaban nada en la cabeza. Los hombres tenían los cabellos cortados y un gorro de algodón, y su traje consistía en una camisa, calzones y algodón, y un poncho de la misma tela. Todos los indios reconocían a un mismo cacique y habitaban en una misma galería o cámara larga; pero luego hicieron separaciones de tren en tres varas, y en cada una vivía un familia, sin camas ni muebles. Estaban bautizados y sabían las oraciones y los mandamientos de la ley de Dios, porque todas las muchachas y muchachos iban diariamente a repetirlos en común delante de la iglesia. Pero según dicen hoy los curas sucesores de los jesuitas había poca religión en el fondo. Se me ha asegurado que en la época del cumplimiento de Iglesia un indio llamado mayor, que es una especie de alguacil, va a buscar al cura y le pregunta cuántos indios quiere confesar al día siguiente. Si, por ejemplo, el cura responde quince, el mayor reúne por la mañana los quince primeros indios que encuentra y los lleva a la iglesia. Mientras que uno de ellos se confiesa, los otros esperan a la puerta, y cuando sale le preguntan que de qué se ha confesado y de qué humor está el cura. Si responde que es sobre el sexto mandamiento y que el cura se ha enfadado, convienen todos en acusarse de haber robado una vaca o un pollo, y lo ejecutan unánimemente, de modo que el cura sólo puede enfadarse con el primero. No obstante, si se observa a los indios en la iglesia se admirará su gravedad y su decencia; pero esto es efecto taciturno y apacible.

Los jesuitas salieron de sus pueblos en 1768 (1), (Léase BOUGAINVILLE -L. A.DE-. Viaje alrededor del mundo.), y se pusieron en su lugar dos frailes en cada uno, para lo espiritual, y un administrador para la dirección temporal de la comunidad; de manera que el gobierno de estos pueblos no hizo mas que cambiar de mano. Pero como los jesuitas los consideraban como su propiedad particular los querían, y lejos de destruirlos procuraban su mejora, mientras que los jefes y administradores que han sucedido a estos religiosos consideran estos establecimientos como una cosa de que solo pueden disponer un tiempo limitado y únicamente procuran aprovecharse del momento presente. De aquí que ellos no alimentan ni visten a los indios tan bien como otras veces y los fatigan de trabajo. El Tesoro real no saca nada, ni nunca sacó nada, de estos pueblos, y las cosas están en el mismo pie que las del Paraguay, como he dicho en el capítulo anterior. Pero no debe ocultarse que después de la salida de los jesuitas algunos indios se han civilizado algo y gozan de cierto bienestar, debido a su comercio y a sus ganados. Hablando en general, han progresado algo hacia la civilización; se visten a la española y adquieren cierta pequeña propiedad; pero como no se tiene el especial cuidado que los jesuitas, la mitad de sus pueblos está desierta y los indios se extienden por todas partes en libertad mezclados con los españoles.

Expondré algunas observaciones que he hecho en estos pueblos, porque pueden dar alguna idea del carácter de los guaraníes, del estado actual de su civilización y también de cómo en este aspecto se encontraban bajo el régimen de los jesuitas. Aunque estos indios no desdeñan tener un empleo cualquiera o una apariencia de mando, lo abandonan y descienden sin dificultad a las últimas funciones porque no conocen al valor de las distinciones, ni tampoco el honor ni la vergüenza. Las indias admiten indiferentemente a todos los hombres, sean viejos, jóvenes, negros, esclavos, etc. Los indios consideran el engaño como una marca de habilidad y no dejan escapar ninguna ocasión de este género; pero no emplean nunca la violencia y no roban objetos de importancia aunque tengan ocasión; ellos no llaman a esto robar, sino coger, y conducir si se trata de ganados. Es fácil seducirlos cuando se trata de hacer mal, y no enseñan en este respecto a sus hijos ningún principio positivo ni negativo. Cuando un administrador quiere hacer azotar fuertemente a una mujer o algún muchacho, encarga ordinariamente al marido o al padre, porque nadie lo hace mejor, y la inversa daría el mismo resultado. En efecto, un indio no deja nunca de ejecutar lo que se le ordena, sin replicar, aunque no comprenda el asunto. No son celosos, y acaso no haya un solo ejemplo de una india mayor de ocho años que haya rehusado las proposiciones que se le hayan hecho.

Son estos indios entusiastas por emborracharse; pero esto no les hace daño alguno. Cuando se les pregunta si saben hacer una cosa contestan siempre que no, a fin de que no se les mande hacerla, porque obedecen siempre sin réplica a cuanto se les manda. Cuando acompañan a un viajero nunca dicen: <>. Si se va delante de ellos y se equivoca el camino jamás lo advierten; es, por tanto, necesario hacerlos ir delante y solos. Sufren con paciencia increíble la intemperie, la lluvia, las picaduras de los insectos y el hambre; pero si se detienen a comer se desquitan con usura del tiempo perdido. Gustan de los torneos, de los juegos de la sortija, de fiestas, de carreras, y gozan en llevar siempre sus caballos a rienda suelta; pero cuidan poco a estos animales y los maltratan sin piedad, tanto por los malos arreos que les ponen cuanto por el exceso de fatiga que les hacen sufrir. Crían pollos y cochinos, a los que no dan alimento alguno, dejándolos atenidos a lo que ellos pueden encontrar en el campo; crían también muchos perros y gatos, y no matan ninguno de los que nacen, dejándolos atenidos a los que ellos pueden atrapar. Son lentos, sucios, extremadamente pacientes en sus dolores y enfermedades y no se quejan nunca. Tienen gran repugnancia por toda clase de remedios, y especialmente por las lavativas, a las que prefieren la muerte. Cuando se sienten muy malos y están acostados en una hamaca o red suspendida hacen poner fuego debajo, y no quieren hablar, no oír hablar, ni tomar nada, y se mueren sin inquietud alguna por lo que dejan en este mundo ni temor por el porvenir; ven igualmente morir o matar a otra persona sin mostrar la menor compasión, y por último yo los he visto marchar al patíbulo con el mismo aire que irían a sus bodas.

Nos resulta aún decir que los jesuitas intentaron también someter a los indios en el Chaco y algunos otros; pero como les era imposible dominarlos como las tropas de guaraníes de que podían disponer, como hemos visto, con relación a los indios de San Joaquín, emplearon el método eclesiástico descrito en el capítulo precedente. Así formaron muchos pueblos, de que hablan en sus historias, de los que solo subsisten algunos hacia la ciudad de Santa Fe de la Vera Cruz; es decir, San Xavier y los otros dos que vienen después en el cuadro del capítulo anterior. Se los ha colocado en ese cuadro porque fueron verdaderamente los jefes temporales los que los forman y los que los entregaron a los jesuitas, proporcionándoles todos los auxilios necesarios; pero no ha habido nunca y no hay hoy en estos pueblos indios sometidos, civilizados, ni cristianos, como he comprobado por mí mismo y como los mismos indios me han asegurado, y que no eran otra cosa que lo que he dicho en el capítulo XII. La única diferencia es que la gran economía, la destreza, la habilidad de los jesuitas, superiores a las de los otros jefes, hacían durar un tiempo mucho más largo los fondos de subsistencia de los indios, y por consecuencia la existencia de sus pueblos.

Cuadro de los Pueblos indios formados por los jesuítas
Cuadro de los Pueblos indios formados por los jesuítas

 

Cuando el sol mucho calienta, barrunta tormenta.
El buen vino no merece probarlo quien no sabe paladearlo.
Hasta el mosquito tiene su corazoncito.
El sentimiento es una flor delicada, manosearla es marchitarla. Larra



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