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Nadie quiere ser un número. Aragón

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Nadie quiere ser un número

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Índice alfabético sobre Aragón desarrollado en Pasapues ademas de

Una recopilación reproducciones artísticas antiguas que documentan los pueblos de Aragón; con muestras de fotografías antiguas de pueblos de la provincia de Zaragoza.
Puedes contrastar esto con las fotografías actuales sobre Aragón.
y añadir a tu visualización unas imágenes de San Jorge Patrón de Aragón.

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Sergio Sanz hace fotografías de Aragón alli por donde pasa



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Calaceite Refugio De Los Artistas

SU NOMBRE

Coromines, en la << Revue de Linquistique romane >> de Montpellier publicada en 1947, << Els noms dels municipis de la Catalunya aragonesa >>. En ese artículo aparece la etimología de Calaceit- sin la << e>> final, tal como lo escribe el afamado filólogo catalán-, Joan Coromines ve en el actual pueblo bajoaragonés, el << Qàla´Zeyd el paso a Calaceit es fácil y demuestra, además, que ha sido el nombre de extracción árabe que menos ha sufrido con el pasar del tiempo.
Madoz, viceversa, se inclina por una etimología mas vinculada con la tierra y sus frutos. Desde luego, él también considera a los árabes como los fundadores del pueblo turolense, pero entronca su linaje con el árbol del olivo – muy abundante en toda la comarca- en lugar de un cualquier jeque árabe. En efecto, Madoz traduce <<Qala-zeit>> por << castillo del olivo>>. Queda ahora por ver cuál de los dos ha acertado. Si el publicista navarrado del siglo pasado, que dio a luz el <<Diccionario geográfico, histórico y estadístico de España>>, obra muy consultada y estimada, o el filólogo catalán que dirigió y fundó la Sección de Toponimia y Onomástica del <<Institut d´Estudis Catalans >> entre los años 1933 y 1939. Desde luego a nosotros se nos antoja mas certera la tesis de Coromines, ya que son muchos los pueblos con origen árabe que deben su topónimo a algún señor o caudillos del lugar. Como muestra y sin alejarnos de la provincia, valga el ejemplo de Albarracín: fue en tiempos, el castillo o la ciudadela de los Ben Razín, poderosa familia árabe, que llegó a construir un verdadero reino de taifa.
Como tercero en discordia, el ilustre caleceitano Santiago Vidiella y Jasá en su <<Historia de Calaceite>> hace referencia al P. Fidel Fita que, en el Boletín de la Real Academia de la Historia, publicando en octubre de 1894, da cuenta del hallazgo de una lápida ibérica en el Mas de las Madalenes, cerca a la aledaña Cretas. En ella, según el erudito historiador, el nombre de Calusceldr bien podría corresponder al Calcet o Calacent de los primeros papiros, ya que son muchos los nombres iberos de localidades que empiezan con el prefijo cal. Si a esto añadimos que la lápida fue hallada en las proximidades de la línea divisoria del término municipal, puede parecer natural suponer que se tratara de un mojón indicativo de límite de jurisdicción

SU HISTORIA

Pero pocos adeptos ha encontrado esta hipótesis. Lo cierto es que Calaceite está vinculado, en sus albores, con la historia de los árabes en España. Con anterioridad a ese importante período de la historia de la patria, bien poco se sabe o se ha descubierto sobre la existencia de nuestro pueblo. Y ello, a pesar de la fíbula visigoda hallada en el poblado ibérico de Calaceite y conservada en el Museo Arqueológico de Barcelona, que bien poco significa de por si sola por eso de que <<una golondrina no hace primavera>>

Si la historia no comienza de forma fidedigna hasta la invasión árabe, la prehistoria de Calaceite es más rica en datos o, cuando menos en importantes hallazgos. Fuente inapreciable para establecer algunos hitos en la prehistoria calaceitana ha sido el poblado ibérico de San Antonio, situado a unos dos kilómetros del pueblo, camino de Cretas y sobre el cerro homónimo que hacia sureste se enfrenta el alcor que da asiento a Calaceite.

Las primeras excavaciones corrieron a cargo del célebre arqueólogo Juan Cabré, en 1902. a él se unieron luego Santiago Vidiella y Julián Ejerique, todos hijos de Calaceite, estos primero contactos con el mundo de los primitivos calaceitanos empujó al <<Institut d´Estudis Catalans>> a moverse, y así en 1915 el muy afanado arqueólogo barcelonés – fallecido el año pasado en México D. F-, don Pedro Bosch Gumpera, encabezó las excavaciones y les dio una estructura mas orgánica.

Según el ilustre arqueólogo los varios poblados ibéricos de la zona bajoaragonesa debieron existir entre los siglos IV y I antes de Cristo, y concretamente el de San Antonio lo fecha entre los siglos IV y III antes de Cristo, imputando su desaparición a un incendio tal como parecen atestiguarlo las huellas visibles en las paredes del recinto. Los trozos de cerámica hallados en el poblado de San Antonio, así como en los de Mazaleón y Cretas, demuestran que los primitivos iberos mantenían contactos comerciales con las colonias griegas de la costa, entre Tortosa y Sagunto. Entre todas las estaciones prehistóricas del término municipal de Calaceite- Tossal Redó Alto y Bajo, Les Ombries, El Villalonc, Les Ferreres-, la de San Antonio es la más importante de todo el Bajo Aragón.

MOMENTO NACIONAL

El poblado actualmente es meta de excursión obligada para el turista que recalca en el pueblo, ya que ha sido declarado Monumento Nacional. En las proximidades, además, está emplazada la ermita dedicada a San Cristóbal, desde donde se disfruta de una panorámica envidiable sobre toda la comarca circundante. Puede que, de no ser por los montes del vecino Parrizal de Beceite- parque natural y reserva ecológica muy importante-, en los días claros se podría ver el azul del Mediterráneo que, en línea recta, no está mas lejos de setenta kilómetros. Alrededor de la ermita tiene muy buenas posibilidades de crecer una urbanización a base de chalets. Por lo menos, alguien ha pensado ya en ello.

A la Edad de Piedra pertenecen las pinturas rupestres del abrigo de Val del Charco del Agua Amarga, cerca de Mazaleón, las del barranco de Cañapatá, en la línea divisoria entre Cretas y Calaceite, y las del Gascón y Vall Robira, dentro del término municipal de Calaceite. También han sido llamadas hachas pulimentadas, puntas de flecha, restos de rudimentarias cerámicas y otros utensilios que denotan una vida sedentaria en esas tierras. Efectivamente, fue precisamente en el Neolítico o Edad de piedra pulimentada, cuando el hombre primitivo aprendió a asentar sus reales, empujado por la necesidad de una vida que giraba ya alrededor de la agricultura. Con este tipo de vida surgen también nuevas exigencias en cuanto a disponer de otros elementos para hacer la vida mas cómoda: cerámica, enseres de uso doméstico.

Con la Edad de los Metales es cuando empieza a sonar el poblado ibérico de Calaceite. Los restos mas importantes hallados en él, como el thymaterion o caballo de bronce- un labrador que encontró la preciada estatuilla la vendió a un chamarilero por noventa insignificantes pesetas, y éste la vendió al Louvre, donde estuvo hasta que en 1941 regresó a España junto a la Dama de Elche, que también había conocido el camino del exilio- y la falcata o espada de Calaceite como también la denominan los entendidos, se fechan en la Edad del Hierro, que llega hasta las mismas puertas de la Historia, o sea, hasta 200 años antes del nacimiento de Cristo.

¿Pero quiénes fueron los primeros habitantes del poblado de San Antonio?, ¿Eran Edetanos o Ilercavones?

Don Santiago Viliella y Jasá en sus <<Recitaciones de la Historia Política y Eclesiástica de Calaceite>> - publicada en Alcañiz el año 1896 – afirma que Calaceite, y por ende el poblado ibérico, estaba situado en el límite más oriental de la Edetania, <<en el recodo que desde Castellote a Escatrón formaban sus fronteras, comprensivo en toda o gran parte de los modernos partidos judiciales de Valderrobres, Alcañiz y Caspe>>, allá donde el río Algás marcó la línea divisoria entre la Ilercavonia y la Edetania. <<Si Alcañiz y Mazaleón- observa agudamente el ilustrado abogado calaceitano – formaban entre las ciudades edetanas y Batea era ilercavónica, hay que buscar la divisoria muy cerca de nuestro pueblo>>.

Y es muy importante esta división territorial, ya que, milla mas o menos, se mantuvieron las fronteras íberas a lo largo de las distintas dominaciones siguientes y aún, cuando pudieron cambiar por exigencias políticas o militares, las razas ya se habían asentado y los núcleos habitados ya estaban formados. Así, el río Algás, desde aquel entonces, siempre ha marcado el límite entre Aragón y Cataluña. Y Tortosa, que detentó una especie de capitalidad sobre la comarca, la sigue manteniendo <<de facto>>.

El paso de griegos, fenicios y cartaginenses por las tierras del Bajo Aragón no encuentra eco en las crónicas pasadas. Fueron pueblos que se asentaron a orillas del mar que, muy de vez en cuando, se metieron tierra adentro y solo por motivos comerciales. Puede que los únicos que llegaron a pasar por San Antonio fueran los cartagineses, que no tuvieron nunca reparos en meterse por terrenos desconocidos y pocos amigos y que anduvieron arriba y abajo por la provincia, acaudillados por el terrible Aníbal, en su intento de aniquilar a la inmortal Sagunto, en el año 219 antes de Cristo.

Los romanos, en esta franja de España, anduvieron muy ocupados tratando de dominar a los rebeldes cartaginenses. De todas formas, nuestro pueblo formó parte de la España Citerior – posteriormente la Tarraconense – y dio, como toda la provincia, valientes caudillos íberos, que dieron mas de una preocupación a cónsules y pretores romanos. Como muestra Edescón, príncipe de los edetanos y contemporáneo de esos terribles Indíbil y Mandonio.

Durante la dominación romana se produce un hecho que ha de revolucionar el mundo. Nace en Belén el hijo de Dios. La religión cristiana, con sus mártires y sus apóstoles, se expande rápidamente por todo el mundo conocido con aquel entonces y conquista adeptos sin cesar. El apóstol Santiago estuvo predicando en Montalbán, a un centenar de kilómetros, y esa proximidad hizo que también llegará a nuestro pueblo la fe en Cristo.

Restos romanos en nuestras tierras bien pocos podemos reseñar, como no sean las murallas o restos de lienzos hallados en Azaila y en Calaceite. Pero indudablemente el mejor legado de Roma fue su dominación cultural, que dejó a la provincia una división administrativa y su derecho.

Volviendo a nuestra fuente, transcribimos lo que don Santiago Vidiella opina sobre la dominación visigoda en Calaceite <<Desde que en el siglo V el septentrión envía al mediodía el nublado de sus temibles hijos encargados de purificar el caduco mundo romano, hasta el siglo VIII en que el mediodía lanza sobre España los fanatizados hijos del desierto para reanimar la decadente civilización hispano- goda presa de imponderables enervamientos, pasa el período gótico completamente estéril para nosotros>>. Y hay más. Don Jaime Caruana de Barreda, cronista de Teruel escribe; <<La historia de la dominación visigoda en la Tierra Baja puede resumirse brevemente: no existe>>.

Es por ello, que al comienzo afirmábamos que la fíbula o imperdible visigodo hallado en Calaceite no podía ser prueba del asentamiento de un pueblo entero en esas tierras.

Pero volvamos a nuestros fundadores, los árabes.

Si en el año 711 lo sarracenos desembarcan en Gibraltar derrotando a Rodrigo, el último rey godo, todo parece indicar que en poco tiempo los musulmanes alcanzarían nuestro pueblo, ya que el Levante y las tierras del bajo Ebro habían alcanzado un nivel agrícola que las hacía particularmente apetecibles, especialmente para esos hombres sedientos de tierras fértiles. En efecto, Tarik desde Gibraltar llega a Zaragoza en el año 712 – un año escaso desde el desembarque-, y siguiendo la orilla del Ebro se encamina hacia la opulenta Tortosa para luego ir a la conquista de Valencia y su feraz huerta.

Si la conquista fue rápida, mucho mas lenta y llena de dificultades fue la reconquista que, además, tuvo que realizarse en tres etapas sucesivas.
Pero, antes de seguir adentrándonos en los meandros de la historia, trataremos de ver donde está y como es nuestro pueblo.

CALACEITE HOY

Situado en el punto kilométrico 420 de la Carretera Nacional núm. 420 de Tarragona a Córdoba, Calaceite es el primer pueblo de la provincia de Teruel que encuentra el viajero procedente de tierras catalanas. Efectivamente, el mojón que indica el cambio de provincia está a unos seis kilómetros de la población que aparece súbitamente tras la última curva de una carretera que sube lentamente desde las orillas del Ebro en Mora.
La vista es agradable. Sobre la ladera de un cerro, casas ocres y pétreas se arraciman bajo los restos del otrora enhiesto castillo. Desde los 511 metros de altura de ese cono trunco, que es la colina donde se asienta el pueblo, se dominan perfectamente los 81,1 kilómetros cuadrados de extensión del término municipal.

Pero si el castillo ya no es mas que un recuerdo en la mente de los calaceitanos orgullosos de su pasado, el pueblo alberga un conjunto arquitectónico muy armonioso. Sobriedad de líneas, amplias fachadas de sillería, viejos blasones, ventanas ajimezadas, arcos góticos y porches, nobles mansiones.

El pueblo vive mas volcado hacia Cataluña. No en balde dista 197 kilómetros de Teruel y un centenar escaso de Tarragona. Efectivamente Al idioma que allí se habla es el catalán y las gentes, si no es por problemas administrativos o burocráticos, se sienten mas inclinados a resolver sus asuntos particulares en Tarragona o Tortosa, que esta a tan solo 65 kilómetros, y es una ciudad en todo el alcance de la palabra. Calaceite cuenta actualmente con 1625 habitantes de derecho y 1621 de hecho, según datos recopilados en el censo de 1970. Esta población en verano aumenta algo por la siempre mayor afluencia de turistas nacionales, que huyen del calor agobiante de las ciudades y buscan refugio entre las gruesas paredes de esas casonas antiguas y sólidas. Puede que cuando la urbanización en el monte de San Antonio, cerca de la ermita de San Cristóbal, sea una realidad, la población flotante en verano llegue a duplicar el actual censo del pueblo.

CLIMA Y PRODUCCIONES

El clima de Calaceite es el clásico de las tierras de secano. Un frío seco en invierno y asuramiento en verano, siempre y cuando prudentemente no se vaya en pos de la sombra abundante de esas callejas estrechas y evocadoras. Con respecto a las vecinas poblaciones de Gandesa, Mora o Alcañiz, tiene Calaceite la ventaja de sus 511 metros de altura que mitigan, en parte, los ardores del verano del interior de la península ibérica. Las noches frescas y perfumadas del verano calaceitano son un verdadero alivio tanto para el cuerpo como para el espíritu.

No hay que olvidar que el pueblo está y forma parte del Bajo Aragón.

Su vida, por lo tanto, es eminentemente agrícola. Los olivos cubren con su verde grisáceo la mayor parte de los campos de la comarca y se van alternando con los bancales de trigo y alfalfa. A lo largo de la carretera algunos avellanos delatan otra faceta de la producción agrícola de la región. Pero indiscutiblemente el dueño y señor de las cosechas, el tema de discusión por antonomasia en la Hermandad de Labradores, es el aceite. Es un líquido bueno y perfumado, puede que, sin tantos refinamientos sinónimos muchas veces de adulteraciones, que los de Calaceite venden a todo el país, junto a sus aceitunas negras, sabrosas y apetitosas.

También el vino no engaña en tierras calaceitanas. Puede que los 100 kilómetros que separan el pueblo de Falset, capital de la zona vinícola del Priorato, influyan en esa técnica tan antigua y delicada.

El río Matarraña y el Algás, con su red de acequias, riegan apenas 65 las 4.924 hectáreas, consideradas como la superficie laborable de secano del término.

A estos alicientes naturales Calaceite une el atractivo de ser un pueblo con empaque. Puede que, por ello, la Mancomunidad turística del Maestrazgo de Castellón- Teruel haya querido incluirlo en esa ruta turística, como digna y elegante puerta a esa comarca geográfica, turística, como digna y elegante puerta a esa comarca geográfica, turística e histórica que el viajero encuentra viniendo de Cataluña.

El Maestrazgo es una zona geográfica e histórica que comprende pueblos serranos de las provincias de Castellón y Teruel. Pueblos que no ofrecen mas que su propio encanto, su tradicional hospitalidad, sus aires sanos. Pueblos donde lo natural es ley y la espontaneidad una costumbre. Pueblos en los cuales el viajero siempre descubre algo nuevo y nunca se aburre. Pues bien, que puede por reunir todas estas ventajas, Calaceite haya entrado por méritos propios en ese Maestrazgo turístico, algo mas extenso y amplio que el meramente histórico.

PASEO, SIN PAUSA Y SIN PRISA

Al que llega al pueblo por primera vez, los de Calaceite le enseñan con legítimo orgullo la iglesia parroquial. Templo barroco importante cuya primera piedra puso don Severo Tomás Auther, obispo de Tortosa, el 2 de octubre de 1695, y cuya solemne inauguración tuvo lugar el 3 de agosto de 1710. Tiene ciertas características de catedral y sus tres grandes puertas sobre la fachada principal, están claveteadas con sorprendentes clavos afiligranados. La puerta principal, además, está flanqueada por imponentes columnas salomónicas que apoyan sobre zócalos que llevan grabado el escudo concejil; un perro rampante.

La historia del escudo también tiene, como toda historia o tradición en los pueblos algo de pintoresco. Hay quien fecha su origen allá por los Siglos XII y XIII, cuando los símbolos heráldicos estaban muy de moda. El perro en su primera acepción no significaba otra cosa que la expresión de fidelidad de los vasallos a sus señores. Luego, hacia el siglo XV y como reverente tributo a la unción entre la villa y el obispado de Tortosa, el perrito se representaba en actitud de sumisión a la Virgen. Pero poco le duró la devoción mariana al animalito, que las disensiones entre el cabildo y los munícipes hicieron que el perro anduviera otra vez solo por escudos y blasones.

Desde el templo la calle de la iglesia desciende hacia la plaza Mayor. Es la plaza que ha conocido mas nombres, puede que por ser la mas transitada del pueblo. Primero se llamó del Sitjá, luego de la Constitución y, por último, de España. Pero los del pueblo la conocen simple y llanamente como la plaza <<de baix>>,para diferenciarla de la opuesta<<del dal>> aunque mucho mas pequeña y sin el empaque que caracteriza a la Mayor.

Allí se alza la Casa Consistorial sobre los hermosos porches de la Lonja. Noble edificio cuya construcción fue proyectada allá por el año 1606 y que culminó en 1613. por aquellas fechas, Calaceite contaba con unos 300 vecinos y las funciones del Ayuntamiento ya empezaban a ser necesarias. En el patio de la Casa de la villa se conserva una bonita clave gótica, correspondiente a uno de los arcos de la primitiva parroquia de Nuestra Señora de la Virgen del Pla, cuya construcción parece remontase a la mitad del siglo XIII y de la cual no restan mas que algunas piedras utilizadas en la construcción de la actual iglesia. De la misma manera que del castillo quedan únicamente algunos sillares que soportan el peso de la mole parroquial. La clave gótica, posiblemente del siglo XV, representa la imagen de la Virgen sentada con el niño en su brazo izquierdo mientras que al otro lado de la figura aparece el perro, símbolo de Calaceite, en postura reverente. Ello demuestra que la clave debió ser construida en la época en que la villa dependía en todo del obispado de Tortosa.

El Ayuntamiento en su salón de actos luce un hermoso oratorio en el que destaca una talla del siglo XVII, que representa al Crucificado. Cuando Calaceite fue saqueada, como mas adelante veremos, los miqueletes quisieron arrancar la imagen, que se resistió de forma sobrenatural a la profanación. La tradición, benévola con las santas imágenes, atribuye a esa ocasión la pérdida de un dedo, mientras que la falta de los brazos fue el resultado del afán sacrílego de la pasada contienda civil.

Otra curiosidad, aunque del género profano, merece ser destacada en la casa consistorial. Se trata de la antigua cárcel del pueblo que, hoy, los ediles han preferido adecentar para convertirla en una bodega original donde, propios y extraños celebran, con buen vino y mejor jamón, las fiestas populares del mes de agosto.

Reliquia muy querida y venerada en Calaceite, ahora que hablamos de objetos que merecen la devoción popular, es la Santa Espina. Siempre ateniéndonos a la tradición, esta refiere que un misterioso peregrino, en época muy poco anterior a la conquista definitiva de la plaza por las tropas cristianas, entró en la iglesia de San Pablo y depositó sobre el altar, mientras estaban oficiando, una de las espinas de la corona de Cristo. Los calaceianos la tuvieron siempre en gran estimación, y a ella recurrían para conjurar el peligro del pedrisco, de las heladas o de las largas sequías. En este caso la leyenda se divide. Mientras unos creen que la Santa Espina llegó al pueblo de la mano del misterioso caballero, otros opinan que los bueno monjes de Calatrava, dueños y señores del pueblo durante muchos años, fueron los que donaron la santa reliquia a sus súbditos. Lo cierto es que a punto estuvieron los calaceitanos de perder tan preciado tahalí, cuando la invasión de las tropas franco- catalanas en 1643. La patriótica y piadosa intervención del ecónomo de la parroquia, Miguel Amiguet, que escondió el relicario en la grieta de un ribazo, conocido por Camparrás, evitó una pérdida que hubiese afectado mucho a todos los hijos del pueblo. Cuando tras las lógicas dificultades para volver a hallar la reliquia, el buen sacerdote pudo hacerse con la santa prenda, los calaceitanos decidieron dedicar a la Santa Espina el segundo día de Pentecostés, como día grande de fiesta en su honor.

La plaza mayor, que duda cabe, es el ágora donde acuden todos los del pueblo, al menos una vez al día. En invierno y cuando el sol todavía calienta en su zénit, los ancianos se sientan en los bancos de piedra adosados a las casas de la plaza, cuchicheando o simplemente observando como su viejo pueblo amanece cada día con espíritu renovador.

Incrustada en uno de los pilares que soportan esbeltos arcos góticos, puede verse todavía la vara que servía de modelo oficial a todas las varas de medir para que fuesen legales. También está l´argolla, especie de corbatín de hierro en el que en otros tiempos se sujetaba a los ladrones expuestos a la vergüenza pública junto a lo que habían robado.
Siempre en los pilares de los porches, se advierten los abundantes huecos que hasta hace pocos años sirvieron para colocar las vigas con que armar en el encierro de los toros. Las capeas tuvieron aquí una gran tradición, y las vaquillas siguen alentando en los días de fiesta mayor los ánimos de los mozos.

La vieja cruz gótica, actualmente desterrada en la plaza Nueva, ya en las afueras del pueblo, se alzó en otros tiempos en el centro de esta plaza tan perfecta, tan dimensional pero la cruz estorbaba al jolgorio de los toros y hace poco mas de un siglo se trasladó a su nuevo emplazamiento, la plaza de Santa María antes, de Dal luego y Nueva ahora.

La leyenda de la Cruz de término no debe ser, por tanto, muy antigua. Cuando se cale la noche, la vieja cruz se duele a solaz de su destierro. Hay quien la ha oído y la oye gemir todavía. Algunos llegan incluso a asegurar que quiso vengarse de los calaceitanos provocando una prolongada sequía...

La sequía, efectivamente, es uno de los peores enemigos con los que tienen que enfrentarse los campesinos de por aquí. Calaceite. Antes de contar con agua corriente, disponía de la Bassa. Un enorme embalse que aseguraba el agua a todo el pueblo y hoy sirve como campo de fútbol. El calaceitano que había tenido ocasión de contemplar el mar, se resistía a admitir que su Bassa fuese mas pequeña. <<Lo qu´es com ample si que hu es més – reconocía-, pero de fondo no hu sé>>

La importancia que llegó a tener la Bassa y por ende el agua, en estos pueblos de secano, queda de manifiesto en los artículos 349 y 352 del Fuero de Teruel concedido por Alfonso II en octubre de 1176, que castigan por las rupturas de acequias o presas, o los 359 y 360 que penan el hurto del agua.

Por la calle de la iglesia volvemos a lo mas típico y señorial del pueblo. La calle de la iglesia tuvo antes un curioso nombre. Era conocida por el Carré dels Hostals, ya que hostals eran los edificios nobles e importantes de la villa, y la urbanización del pueblo se complació en agrupar alrededor del sagrado recinto a las mejores y mas solemnes construcciones de Calaceite. Efectivamente, asombran las magníficas fachadas en piedra de sillería y los majestuosos balcones de piedra labrada a lo largo de casi toda la calle, amén de las puertas doveladas, hasta acabar con la – a nuestro juicio – mejor casa de Calaceite, que se levanta justo enfrente de la iglesia y sobre unos arcos góticos que nada tienen que envidiar a los de la plaza Mayor. allí también hemos visto renacer, con enorme alegría, unos Porches del siglo XIII, que han vivido tapiados durante muchos años y que ahora vuelven a resplandecer con toda su fuerza y belleza arquitectónica, gracias a la perspicaz acción restauradora de los maestros albañiles de Calaceite que, poco a poco, van adquiriendo fama de óptimos y prudentes restauradores.

A la izquierda de la iglesia, una calle tan típica y tan pródiga en bellas fachadas nos lleva a la capilla de Nuestra Señora del Pilar.

Apoya la capilla sobre monumentales arcos románicos, para formar lo que llegó a ser uno de los rasgos esenciales de la arquitectura turolense: y torre- puerta. Su doble finalidad religiosa y militar – campanario y defensa – las ha hecho proliferar tanto en la capital como en muchos pueblos de la provincia. Parece ser que su origen hay que buscarlo en el precedente del campanile del sur de Italia, sobre todo por su similitud en los arcos entrecruzados propios del arte sículo- normando. Y no es de extrañar esta conclusión a la que llega el profesor Gonzalo Borrás, ya que Italia tuvo mucha relación con la Corona de Aragón a lo largo de los siglos, tanto cultural como comercialmente.

Otra torre puerta es la de San Antonio. Está ubicada al otro lado del pueblo, a espaldas de la iglesia, casi enfrente de la plaza Mayor. es tanto o mas bonita que la primera y su fachada posterior campea el escudo heráldico del pueblo, esculpido en la piedra de las recias columnas que soportan el peso de los imponentes arcos románicos.

Cuatro puertas tuvo el pueblo. Hoy tan solo se conservan dos. En la plaza Nueva donde gime la vieja cruz gótica, había el Portal de la Font y la Taula de la Carrasca que era la mas importante. Estaba allí la <<Mesa del Genaral>> o Aduanas que el reino de Aragón acostumbraba situar en los pueblos de frontera como Calaceite que lindaba y linda con Cataluña.
La mesa esta echa de madera de encina o carrasca y de ahí el nombre que se conocía tal servicio de aduana.

Callejas en sombra, edificios remozados, piedra de sillería que vuelve a ver el sol tras el largo cautiverio bajo la blanca capa de cal, puertas de recia y noble madrea, plazas recónditas y calles con historia, esto es Calaceite.

OTRA VEZ LA HISTORIA: LA RECONQUISTA

El primer conquistador de Calaceite fue Alfonso I el Batallador. Era el año 1119. a fuer de sincero los historiadores mencionan, entre las conquistas de ese segundo César- como se le quiso llamar por sus victorias -, únicamente Alcañiz, Castelserás, Calanda, Castellote, Alcorisa, Caspe y Maella, e incluso Mequinenza y Nonaspe. Pero todo hace suponer que el monarca aragonés ocuparía también el castillo de nuestro pueblo, ya que se encontraba precisamente en el centro de sus recién conquistados territorios.

Confió el monarca la custodia del pueblo a don Pedro Sancho Vidal de Abarca, que se convertía así en el primer señor de Calaceite. Pero poco duró la dicha de los calaceitanos. Alfonso I no supo valorar a sus enemigos o confió demasiado en la fama de invencible que había adquirido su ejército. Lo cierto es que el valiente caudillo árabe Yahya Abengania, en julio de 1133, derrotó al ejército cristiano justo bajo los muros de Fraga. El Rey Batallador murió mientras se retiraba hacia Zaragoza. Calaceite lógicamente no tardó en volver a sufrir el peso de la cimitarra musulmana.

La muerte del rey cristiano sin descendientes creó un grave problema dinástico. Hubo quien propuso entregar las posesiones del monarca a las órdenes militares nacidas en función de la cruzada da los Santos Lugares, pero los aragoneses preferían un monarca y un buen monarca.

Fue que por eso eligieran al hermano del fallecido rey, a Ramiro, el abad del monasterio de San Ponce de Tomieras. El buen monje tuvo que cambiar la mitra por la diadema real, y el cayado pastoral por la tizona debeladora de sarracenos. Y no solo eso, sino que tuvo que contraer nupcias para resolver el siempre mayor problema dinástico. De ese matrimonio nació Petronila que aún joven fue entregada en matrimonio al conde de Barcelona, Ramón Berenguer IV. Fue así como Aragón y Cataluña se vieron unidos por primera vez. puede que es aquí donde habría que empezar a hurgar para hallar una explicación a ese idioma catalán que hablan los de Calaceite.

En 1151 los caballeros de Cambrils, fuertes y atrevidos guerreros y validos del conde barcelonés, conquistaron tres torres a los moros en estos términos. En pago de ello el soberano les concedió el señorío hereditario sobre Calaceite, Arens y Lledó, ya que las tres torres pertenecían a los castillos de sendas poblaciones. Según un documento hallado por el padre Moix- carmelita descalzo que en el año 1774 reunió en un tomo las <<Noticias de Calaceite>>- las tres torres son la del propio castillo de Calaceite, el << Puch >> que se elevaba sobre el actual poblado ibérico de San Antonio, y la tercera, que se levantaba en el Castellar, donde está el barranco de Calapatá, en la línea divisoria entre Calaceite y Cretas.

Pero los moros que seguían ocupando los montes de Beceite no dormían, y tan pronto como pudieron, en 1153, recobraron lo que los guerreros de Cambrils les habían quitado dos años antes, y que, debido a la vastedad de sus conquistas, no pudieron defender, como era menester, con guarniciones apropiadas a la fiereza de tamaño enemigo.

Hay que esperar hasta Alfonso II y al año 1167 o 1168 para que Cataluña vuelva otra vez la fe cristiana. El rey Casto, que sucedió al conde catalán y príncipe aragonés en el trono de Aragón de 1163, había confirmado un año antes la carta- puebla de Alcañiz. Luego prudentemente, y para evitar el peligroso poder que iban adquiriendo los Templarios en todo el reino, cedió Alcañiz y sus tierras y poblaciones colindantes a la castellana orden de Calatrava que, instalándose en el castillo sobre el Puy Pinós que domina la ciudad, llegó verdaderamente a señorear en esas tierras. Era el año 1179. maestre de la Orden de Calatrava era Martín Martínez cuando el 1º de agosto de 1205 subinfeudó Calaceite a los caballeros Rotlando de Cambrils y Dalmacio de Canelles. Vuelven los Cambrils a ser señores de Calaceite, aunque por poco tiempo ya que ese caballero fallece sin herederos, y su feudo, por línea colateral femenina, va a parar a manos de Sancho de Sariñena y Rodrigo de Bolea. Dalmacio de Canelles se quedó con las villas de Arens y Lledó.

Los dos nuevos señores del pueblo fueron los que 1207 otorgaron a Calaceite la primera carta- puebla.

Tras este paréntesis de señorío casi independiente, en 1237 Oliva de Sariñena vende su parte el señorío a la orden de Calatrava; mientras que alguno años mas tarde doña Onceda hija de Rodrigo de Bolea y doña Arsén, hacia piadosa donación a la mentada Orden de la otra mitad del feudo de Calaceite. Vuelven pues los buenos monjes de Calatrava a ser dueños y señores de Calaceite, como la prueba de un documento fechado en 1271 y como siempre, los de Calatrava no hicieron pasar su autoridad; viceversa intentaron favorecer, en la medida de sus posibilidades, a sus antiguos súbditos así <<Un sábado, a cinco días del mes de junio de 1277- según nos relata el meticuloso y exacto don Santiago Vidiella-, otorgaba en Calatrava el maestre don Juan Gonzálvez un poder para el comentador Pérez Ponce: por aquellas sus letras autorizaba y confirmaba de antemano cuántas posturas y convenios firmaría el comendador alcañizano con el consejo de Calaceit sobre la forma y pormenores del dominio>>

<<No se hizo esperar la que podríamos llamar carta magna de la libertad calaceitana>>, y sigue Vidiella y Jasá en sus Recitaciones: <<dictó en el siguiente año 1278 el monumento mas precioso, la verdadera constitución escrita de Calaceite>>.

Desde entonces y hasta el 23 de septiembre de 1428, Calaceite fue una encomienda de la Orden de Calatrava, y larga es la lista de sus comendadores para trascribirla en este estudio que poco tiene de erudito, ya que sus pretensiones son meramente informativas.

EL CABILDO DE TORTOSA

Antes de la fecha arriba mencionada hay que reseñar otra que, aún no afectando de lleno a nuestro pueblo, es de gran resonancia en toda la provincia y en el país entero. Nos referimos al <<Compromiso de Caspe>> que el 24 de abril de 1412 hizo la corona de Aragón se depositara sobre la cabeza del príncipe don Fernando de Antequera. El hecho fue vivido intensamente en Calaceite, ya que fue en Alcañiz donde se fraguó el célebre compromiso y donde se decidieron los nueve compromisarios de entre los cuales había de salir elegido el rey que dirimiese la cuestión sucesoria planteada a la muerte de Martín el Humano.

A partir del 23 de septiembre de 1428 la Orden de Calatrava permuta la villa de Calaceite por la de Colmenar al rey don Juan de Navarra, que lo era también de Aragón. Al año siguiente, el 3 de marzo de 1429 y en Tudela, el rey otorgó la escritura de propiedad del señorío de Calaceite a la casa de Ariño, que también poseía las Villas de Maella y Fabara, a cambio del Marquesat en la provincia de Lérida y la diócesis de Urgel.
Los Ariño mantienen el nuevo señorío hasta el 4 de diciembre de 1452, fecha en que por 11.500 libras jaquesas lo venden al Cabildo de Tortosa. La compra, en honor a la verdad, fue promovida por los mismo calaceitanos, quienes se comprometieron a reintegrar a la comunidad de canónigos la cifra pagada en cómodos plazos, ya que estaban convencidos que bajo la dominación clemente del cabildo tortosino, habían de conservar sus derechos y ver aumentadas sus libertades y beneficios.

En el año 1462 y a causa de la premeditada muerte que el rey don Juan II infligió a su desgraciado hijo, el príncipe de Viana, la sierra del Maestrazgo se levantó en contra de su rey. Para reprimir esa especie de guerra civil el rey ordenó al comendador de La Fresneda el volver a poner paz en las tierras sublevadas. El comendador calatravo se apoderó fácilmente de Calaceite, tanto es así que el Cabildo tortosino supuso que lo calaceitanos veían de buen ojo la vuelta al dominio de los calatravos. El rescate que puso el de Calatrava para devolver Calaceite que ya veían avecinarse un nuevo señor con mas prebendas y otros vasallajes. Recurrieron entonces al Justicia de Aragón- no en balde llamado el juez de los oprimidos-, y éste sentenció a favor de los calaceitanos en el año 1514.

Otra fecha importante en la historia de la villa es la del 21 de julio de 1571 cuando el Justicia de Aragón, en nombre del rey Felipe II, confirmaba a Calaceite todos y cada uno de los privilegios que otros reyes aragoneses le habían otorgado en distintas épocas pasadas.

Entre los años 1640 y 1651 Calaceite asiste y sufre a la rebelión de Cataluña contra el rey Felipe IV, o mas bien contra su valido el conde- duque de Olivares, quien no cesaba de instigar al monarca en contra del principado catalán, llegando incluso a hacer decretar la abolición de los fueros.

La situación de Calaceite, por ser un pueblo de frontera, fue de lo más comprometida, ya que tenía muchos vínculos- comerciales y familiares- con los rebeldes catalanes, que se habían aliado con los franceses para combatir las tropas reales. Hacía los primeros meses de 1643 el ejército del francés La Motte infligió una dura derrota a las tropas reales. La situación de Calaceite se hizo harto peligrosa, sobre todo a la vista de los saqueos y desmanes que los miquelets realizaban por donde pasaban.

Apenas tuvieron tiempo los calaceitanos de abandonar la villa, y el 25 de mayo de aquel aciago año de 1643 entraron las hordas vencedoras en Calaceite, destruyendo, quemando y profanando todo lo que encontraban y llevándose lo que consideraban de algún valor. Mal recuerdo guarda el pueblo de esa Pascua, cuando fue quemado el mejor molido de aceite del reino y desaparecieron de la iglesia sus siete campanas, el órgano y el reloj de la torre, amén de los cuadros, ornamentos y reliquias, como la Santa Espina de la cual ya hemos hablado. Las preocupaciones finalizaron con la capitulación de Barcelona, el 13 de octubre de 1651.

Así y siguiendo bajo el domino del Cabildo de Tortosa, a pesar de las muchas y frecuentes desavenencias entre calaceitanos y clérigos, a veces por nimiedades, se llega a la Guerra de Sucesión que domina el panorama del siglo XVII. Calaceite fue carlista, ya que con Alcañiz, Calanda y otras poblaciones se alineó de la parte archiduque Carlos cuando éste desembarcó en Barcelona para hacerse con la ambicionada corona de España que Carlos II dejó sin heredero. Calaceite y parte de Aragón pagaron cara su fidelidad a la causa carlista. Felipe V, el primer Borbón de la dinastía española, tan pronto ciñe la corona de España promulga un decreto por el cual quedan derogados todos los Fueros de Aragón. Era el 29 de junio de 1707.

Un siglo mas tarde, y tras la Guerra de Independencia se libera del yugo feudal. El Cabildo de Tortosa pierde toda prerrogativa sobre el pueblo.

No se puede decir que nuestro pueblo tomó parte activa en la feroz y patriótica contienda de los españoles contra el invasor francés. Pero si se puede afirmar que no dejó de prestar ayuda, tanto en hombres como en alimentos, cuando así se lo solicitaron. No hay que olvidar que la amenaza extranjera llegó hasta la mismísima Alcañiz, ocupada por los franceses. Como tampoco hay que silenciar que el Ayuntamiento calaceitano, muy a pesar suyo, tuvo que ir a la vecina Alcañiz a rendir acto de pleitesía al general extranjero.

El día 20 de agosto de 1812 el pueblo entero, primero en la plaza Mayor- que luego se llamaría la Constitución-, y luego en la iglesia, juró respeto y acatamiento a la constitución promulgada por las Cortes celebradas en Cádiz en un acto multitudinario lleno de emoción. Fue éste otro gran día para Calaceite.

LOS NUEVOS CALACEITANOS

El individuo quiere y debe vivir en sociedad, pero necesita de la Naturaleza. Por eso, huye del asfalto y recorre caminos desconocidos persiguiendo una íntima confesión capaz de devolverle la paz a su yo inquieto a intrigarte.

Por suerte, España es pródiga en esos pueblecitos de pocas almas y gran corazón. Aldeas de montaña, pueblos perdidos en la infinidad de la meseta, villas con mucha historia en sus piedras centenarias y burgos arropados por un castillo señero.

Calaceite es uno de ellos, Ilustre villa, según decreto de 30 de septiembre de 1915, firmado por el rey don Alfonso XIII. Es un pueblo tranquilo que vive al pairo de los montes de Falset, como para eludir el ruido de la civilización que llega desde las grandes capitales. Un pueblo donde falta muy poco o casi nada para vivir bien. Piscina, pista polideportiva, promoción profesional obrera, quipo de fútbol de 3.ª regional, fiestas mayores de altos vuelos, televisión en color en el bar de la carretera, donde se juega al guiñote y al tute y se discute sobre la cosecha de la aceituna y del trigo. Médico, maestro, farmacéutico, párroco y guardia civil aseguran la vida civil del pueblo. La caza menor abunda y cada vez mas, gracias al acierto de establecer un coto municipal. Las excursiones están aseguradas por la proximidad del Parrizal de Beceite, por la Semana Santa del Tambor en Alcañiz, Calanda e Hijar, por las pinturas rupestres de las próximas estaciones arqueológicas, por la belleza intrínseca de los pueblos vecinos como Cretas, Lledó, Arens de Lledó, Horta de San Juan, Mazaleón, Valdeltorno, Torre del Compte, para citar tan solo a los que están a una veintena de kilómetros en los alrededores.

Calaceite tiene fe en el campo y es consiente de la importancia que tiene en la infraestructura de la España moderna. Una España que, si bien mira hacia el Mercado Común y corre hacia una industrialización siempre mas pujante, no por ello ha olvidado ni debe olvidar el primer eslabón de su renacer: la agricultura, de la cual Calaceite es la más pura expresión.

Calaceite, decíamos, por estar a caballo entre Aragón y Cataluña, reúne las virtudes y las peculiaridades de las dos regiones. Es el crisol de las virtudes de los hombres de España. Tiene la valentía del aragonés recto, la austeridad del hombre de los anchos páramos castellanos, la nobleza del catalán universal. En esos hombres se hallan reunidas las cuatro virtudes cardinales: la prudencia de los hombres del campo que saben esperar; la justicia de los hombres sinceros y nobles; la fortaleza de la gente sabia y prudente, y la templanza de un pueblo sobrio y continente.

Bien se merece, pues, este pueblo que el director general de Bellas Artes, el 25 de marzo de 1973, le otorga el título de Conjunto Histórico y Artístico. Porque su historia, desde los primitivos íberos que poblaron las vetustas e importantes ruinas de San Antonio, hasta nuestros días es un conjunto desfilar de acontecimientos maravillosos y de hombre preclaros que honran a la historia de la Patria.

La tierra que pisan, los olivos que cultivan, la uva que vendimian, las almendras que recogen, les han enseñado a ser así, sin ambages ni sofismas, hombres recios, calaceitanos valientes, acostumbrados a caminar siempre adelante por muy tórrido que sea el sol o por muy fuerte que arrecie la lluvia: orgullosos de su trabajo, por mas insignificantes que este pueda ser.

El campesino o el alcalde, el sacerdote o el pregonero, el ama de casa o el guardia civil, todos son responsables de su puesto en esta pequeña Comunidad. Todos, sin distinción de clases o de oficios, saben que con su esfuerzo cotidiano contribuyen a hacer siempre mas grande el pueblo que los ha visto nacer.

Les hemos visto trabajar y sudar de sol a sol, les hemos visto en los nevados días de invierno con las manos crispadas por el frío, siempre con igual entusiasmo, satisfechos de poderle arrancar a la tierra el fruto de una buena cosecha. Les hemos visto sufrir frente a una nevada imprevista, ante una helada fuera de temporada, por una sequía demasiado larga. Pero también les hemos visto disfrutar en los días de asueto, con la escopeta al hombro o con las cartas en la mano, frente a la pequeña pantalla o en el campo de fútbol de la Bassa. La hemos visto entusiasmarse con los proyectos de embellecimiento del pueblo programados por su Ayuntamiento. Siete millones para pavimentación y accesos al pueblo, cinco mas para la zona del poblado ibérico. Ampliación de la zona deportiva, jardines, alumbrado, losetas de cerámica para rotular las calles. Cualquier innovación, cualquier elemento que embellezca su pueblo es bien acogido. No importa si hay que sacrificarse. Lo importante es merecer el aplauso de los visitantes.

En este pueblo envidiable han adquirido carta de naturaleza nuevos vecinos. Hombres de la ciudad que han preferido esa tranquilidad al bullicio de las playas de los lugares de moda.

Un ilustre escritor chileno deja oír el tecleo de su máquina de escribir en las frescas y abiertas noches de verano. Un editor catalán encuentra alivio al ajetreo de la vida mercantil ciudadana entre frescas paredes, con mas de dos siglos de vida. Un pintor ha instalado su caballete en la luminosa solana de una antigua mansión. Un decorador, un poeta belga, un médico, un industrial extranjero, un periodista. Gente normal, ciudadanos cansados, que en ese pueblo han encontrado la hospitalidad del aragonés sincero y noble.

También Buñuel, hijo universal de la vecina Calanda, ha enfocado su objetivo sobre Calaceite. Desde luego, los ojos brillantes y profundos de ese aragonés universal habrán podido ver mucho en un pueblo de tanto empaque y sabor.

Calaceite respeta sus antiguas calles con bellos edificios de piedra de sillería. Y no solo respeta, sino que sabe conservar y remozar. De ahí le viene el premio de la Diputación a la labor de embellecimiento y, por ese afán, cuenta con dos brigadas de albañiles que, a la hora de enfrentarse con la piedra, son verdaderos artistas, mas escultores que simples albañiles. El pueblo sabe que allí, en esas piedras finamente labradas, está uno de los atractivos para el turista. El valor y el empujo de unos cuantos concejales jóvenes, secundados por un secretario municipal prudente y con agallas, han evitado la especulación y muchas otras tonterías, muy propias de la actual fiebre del turismo. Solo así ha sido posible también otro proyecto que, a buen seguro, hallará la favorable acogida entre los viajeros que allí recalan. El adecentar y acomodar antiguas casas de campo o de labranza, para que los sufridos habitantes de la ciudad vayan a disfrutar unas cuantas semanas en las vacaciones veraniegas, puede abrir las puertas a un nuevo tipo de turismo. Que duda cabe, que a los que vivimos inmersos en la polución durante once meses al año, no puede sentar muy bien un mes de desintoxicación al contacto con la Naturaleza, probando sus ventajas y, también, sus incomodidades.

Otro atractivo para el turista es el taller de cerámica de Teresa Jassá la artista aragonesa vive y trabaja en Calaceite, a pesar de haber conseguido varios premios en exposiciones en Huesca, Zaragoza, Barcelona y Madrid. De su horno calaceitano salen jarros, cuencos, figuras caprichosas, losetas con interpretaciones originales y personalísimas de cuadros famosos o pinturas rupestres. Sus esmaltes están hechos a base de óxidos y sales vitrificables a 980º. Las cerámicas con tierras refractarias, como lo hicieran cientos de años los iberos de San Antonio. Todo este material se coloca en la mufla, el horno que funciona con leña de olivo y cuyo fuego es capaz de conferir unas cualidades estupendas a los colores, logrando sorprendentes efectos de oxidación y reducción sobre los esmaltes. En su taller siempre hay una pequeña exposición de sus obras. Parte está a la venta y parte está a punto de partir para llevar el mensaje de Calaceite a toda España. En su taller aprenden el difícil arte, jovencitas del pueblo y de fuera. Su puerta no está cerrada para nadie.

Pero puede que uno de los mayores incentivos, especialmente para ese viajero que pasa y no se detiene en el pueblo, lo constituya la cocina del matrimonio Alcalá. Su fonda siempre llena. Se ha hecho famosa y la gente se sienta frente a sus manteles para probar las delicias de una perdiz en escabeche, de un arroz con tordos, de un estofado guisado con sabiduría o de la butifarra con judías: unas judías blancas y tiernas, apenas refritas con la grasa de una longaniza suprema. Resulta imposible comprender tanta calidad de ingredientes tan simples. Y el vino, por supuesto de la tierra. Todo sencillo y fácil. Quedan muy lejos los abigarrados artificios gastronómicos de los encopetados cocineros. Pocas veces, sin embargo, hemos podido penetrar tan profundamente en el supremo misterio de las exactas proporciones culinarias.

A MODO DE EPILOGO

Calaceite es un pueblo antiguo que respeta su pasado y mira hacia futuro con ojos nuevos. Solo así se puede comprender a las viejas enlutadas y a las mozas con minifalda. Por eso, los turistas que allí se han establecido, han instalado detrás los viejos y espesos muros de piedra de sillería el agua corriente y la luz eléctrica. Y mientras en el rescoldo de la chimenea va tostándose la rebanada de pan que el aceite ennoblecerá- como siempre, como antaño- con su sabor gerundio, el equipo de alta fidelidad lanza al aire las notas de la sonata a Rodolfo Kreutzer de Beethoven, mientras la tenue luz de un quinqué lanza sombras chinescas sobre el atrevido dibujo- todo colorido y atrevimiento- del pintor catalán afincado en Calaceite.

Pero vivo en España desde hace mas de un cuarto de siglo. Por ello, ciertas alabanzas a Calaceite me son permitidas. No soy parte interesada, pero conozco a fondo ese pueblo en el cual he pasado días inolvidables. Por eso, no me ruborizo al confesar que amo a Calaceite como se quiere a una cosa propia. Con sus virtudes y sus defectos, con sus piedras centenarias y sus calles estrechas, con sus atardeceres pintorescos y sus frías mañanas de invierno. Lo admiro a través de las cerámicas de Teresa Jassá y de los manteles de la fonda Alcalá. Lo quiero también por sus aceites puros, por sus vinos auténticos, por sus sabrosos polvorones. Porque no hay nada mas importante en la vida que las cosas sencillas y verdaderas.

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Aguero

En la provincia de Huesca, cercana a las Cinco Villas y a cuarenta y tres kilómetros de la capital altoaragonesa, se encuentra el viajero con la villa de Agüero. Para llegar a ella tenemos que recorrer una corta y asfaltada carretera que nos ha desviado, antes de llegar al pantano de la Peña, de la general que sube hasta la ciudad pirenaica de jaca o nos lleva a las tierras de Pamplona.

Al acercarnos, mientras atravesamos estas tierras de la Galliguera, nos rodea un seco paisaje con vegetación mediterránea. Madroñales, algún pino carrasco, romero, tomillo y espliego, son el testimonio y recuerdo de un pasado en el que la arboricultura fue la ocupación predominante de estas tierras. Ese recuerdo triste de los viñedos -tan abundantes en la Edad Media- que diezmó la filoxera, o del olivar, que fue talado para sacar tierras al trigo.

No es difícil hacer imagen, la tradición ganadera de esta tierra, sobre todo cuando uno se imagina al rebaño sorteando montículos de rocalla entre las aliagas y espliegos. Por eso podríamos decir que estamos en tierras de un pueblo de militares, campesinos y pastores. Un pueblo que pervive sencillo, cordial y hospitalario, pero sobre todo añorante siempre de no se sabe qué; un pueblo que conserva Viva la memoria de los sueños antiguos, de las tradiciones y los ritos.

Estamos en lo que los geógrafos han llamado <<Subcomarca de Ayerbe>> y que el pueblo ha entendido siempre como <<Tierra de los Mallos>>. Una tierra de transición entre la montaña pirenaica y la tierra llana, una zona límite con la tierra alta se personaliza en los famosos Mallos, que constituyen un llamativo fenómeno geógrafo y que son unos relieves uniformes originados por los conglomerados marginales.

Frente a estos picos terciarios se abren los Somontanos, <<las tierras bajo los montes,>>, y apoyado en una de sus laderas se encuentra en el lugar de Agüero. El blanco caserío, apiñado en torno al perfil devoto de su torre parroquial, casi es una entrañable postal. El viajero se lo encuentra de pronto, como si quisiera entrarnos de mano de la sorpresa, teniendo a pleno sol y protegido de los vientos fríos del norte.

Al ir acortando distancias, nuestra mirada va ascendiendo- poco a poco- hasta la línea que corona los Mallos para intuir lo que hay detrás de ellos. y al deslizarse nuestra curiosidad empezamos a entender la condición fronteriza de este lugar. Una fundación altomedieval que nos aparece, en los documentos del siglo X, con su nombre que recuerda la idea de una tierra seca. Un topónimo que estaría relacionado con la voz aragonesa de agüerro, <<otoño>> y que derivaría del término agor, que significa <<seco>>.

Seco es ciertamente el entorno de esta villa y los riegos se instituyen en su gran problema, aunque esto va a subsanarse en parte con la puesta en funcionamiento de un pantano, ya autorizado y pendiente de la decisión del pueblo, cuyas aguas pondrán en regadío varios cientos de hectáreas. Pero si es seco su entorno geográfico no lo es su vitalidad lingüística, porque- según los estudiosos del idioma- el habla de Agüero es la que mas vitalidad tiene de las de las comarcas cercanas. Aún es posible poder escuchar algo de esta vieja reliquia dialectal que se va perdiendo día a día. Movimientos de emigración y el curioso comportamiento de la población aragonesa ante la natalidad y la mortalidad, van acabando con estas viejas herencias medievales. Y la población va disminuyendo, envejeciendo y agostándose, desde principios de siglo. De los cuatrocientos ochenta vecinos de 1805 se pasó a cerca de mil almas en 1900, para terminar en un censo de doscientos habitantes en 1975.

El futuro del lugar pasa por la necesaria reactivación de sus escasos recursos. Agrícolamente el pantano solucionará un viejo problema de siglos y logrará fijar la población humana. Quizás sea necesario reciclar sus recursos turísticos y exportar imagen para el viajero. Los Mallos encierran vías para la escalada, como la de la peña Sola, además de una riqueza cinegética de caza mayor. Hay ciervos que se introdujeron hace algunos años y existen buitres cuya caza, afortunadamente, está prohibida, al igual que la del resto de las rapaces. Por último, sus templos son de gran interés artístico, uno de ellos incluso está titulado como Monumento Nacional, y danzas típicas no dejan de verse en sus fiestas de San Roque que, a mediados de agosto, llenan de vida a un pueblo noble que guarda ya las cosechas en los graneros.

TIERRAS DE FRONTERA.

En el siglo X ocupan el espacio altoaragonés diferentes poderes en continua pugna y estrechamente vinculados por lazos matrimoniales. El condado aragonés esta regentado por una familia, la de los Aznar, de origen carolingio. En Pamplona se disputan el trono dos familias - la Iñiga y la Jimena- que van a ver unificados sus territorios y su poder. El mundo musulmán, centrado en la Marca Superior de al- Andalus- Zaragoza- se halla azotado por el virus vitalicio de su rebelión a los Omeyas cordobeses. Al oriente del Gallego se extendían las tierras mozárabes de Serrablo y las entidades políticas de Sobrarbe y Ribagorza.

El año 921, el rey Sancho Garcés I de Pamplona inicia una victoriosa campaña de ocupación de la zona comprendida en la Val de Onsella y de las comarcas de los ríos Arba de Biel y Luesia. Esta operación militar concluirá con la conquista- según dice la Crónica de San Juan de la Peña- de << todas las montañas de Aragón y Sobrarbe>>. Como vemos, en los últimos meses del año 921, el rey pamplonés ha ocupado las tierras de la Val de Onsella, hasta Agüero y sus Mallos, para utilizarlas de base en la conquista del condado aragonés.

Para legalizar esta anexión por la fuerza de las armas, el rey Sancho Garcés I casará a su hijo con la heredera del condado aragonés, con la famosa doña Endregoto de Aragón. Y sería García Sánchez I, el esposo de ésta, quien firme un documento por el que el obispo Galindo Confirma la donación hecha, al monasterio de Leire, de las décimas de todos los frutos que se recogían en Sos, Uncastillo, Luesia, Biel, Lucientes, Castelmanco, Murillo y Agüero, entre otros lugares.

Sancho Garcés II, rey de Pamplona y conde de Aragón, también dictó ordenes alusivas a este lugar. Lo sabemos por un documento, que pensamos debió ser redactado mucho después y en consecuencia falso, que quiere que el lugar de Agüero- entre otros- fuera donado al monasterio de Santa Cruz de la Serós. Lo que si es verdad es que estas tierras agüeranas, situadas en las fronteras cristianas, forman parte del territorio navarroaragonés en el siglo X.

Sobre estas tierras, asomadas a las de los musulmanes de Huesca, se iniciará toda la acción reconquistadora del poderosos rey Sancho Garcés III, apodado << el Mayor>> y considerado por las crónicas como <<Rey de toda España>>. Sancho el Mayor pondrá en acción a todo el ejército navarro-aragonés y emprenderá la conquista de toda la comarca de Agüero-Murillo y la zona comprendida entre la sierra de San Juan de la Peña y la sierra Caballera. El dominio será consolidado en torno al año 1018, aunque sucesos posteriores nos llevan a pensar en un cambio de dominadores continuado, suceso nada raro si tenemos en cuenta que se trata de una zona fronteriza.

Años después, el 1 de marzo de 1033, se documenta el definitivo ataque cristiano al castillo de Agüero. En esa ocasión Sancho el Mayor dará a Gallo Peñero un privilegio de ingenuidad en recompensa de <<la conquista del castillo de Agüero>>. Y dice el documento que el pago es <<porque tú te pusiste en muerte, a causa de mi servicio, y con tan argucias (aparatos) y tus ingenios, y por tu buen esfuerzo prendiste el castillo de Agüero y me lo diste>>.

Agüero, en este momento, ya es un emplazamiento natural de defensa militar a pie de la sierra de Santo Domingo. Y por su importancia el monarca va a disponer una serie de medidas tendentes a perpetuar el dominio. Habrá otros premios en el suceso: a Sancho Jiménez se le va a regalar una heredad que fue del obispo Blasco, un obispo pamplonés de fines del siglo X afincado en Agüero. Además se iniciará una política de repoblación de la zona, política que ocasionará la fundación del monasterio de Santa Eulalia de Péquera y que dará nuevos pobladores al lugar de Agüero.

En esta villa ya sabemos que tenían posesiones, en 1027, una serie de gentes aragonesas que iban desde el molinero Iglesia de Santiago. Abajo uno de sus capiteles- lucha de moros y cristianos- contrasta con la representación episcopal en el capitel de la iglesia parroquial.

Galindo al calvario real Banzo. Al poco de la reconquista de 1033 se escribirá un memorial que nos habla de que aquí, murió el señor Lope Alvarez, quien <<dispuso en bien de su alma delante de los varones de Murillo y Agüero y de su maestro (¿confesor?) don Banzo de Agüero>>. Son gentes de la frontera navarro-aragonesa, hombres y mujeres venidas de tierras de Ruesta que se van a proyectar sobre la ribera occidental del Gállego.

EL REINO DE LOS MALLOS

La historia de esta tierra aún vería momentos difíciles con ocasión de la guerra entre el rey pamplonés y Ramiro I de Aragón, ambos hermanos sucesores de Sancho el Mayor, quien por su testamento había separado el territorio aragonés del de Navarra convirtiéndolo en reino. En esa campaña esta villa verá pasar el ejército aragonés, en 1043, camino de Biel y Tafalla, poniendo fin a una posible dominación Navarra sobre la zona del Oeste del Gállego.

Desde 1033, por designios de Sancho el Mayor, Agüero será una de las tendencias aragonesas que defiendan el reino pirenaico en la zona del Gállego. Una tenencia que – adaptada a los accidentes naturales del país- respondía a un conjunto de castillos en las sierras Guillén, Carbonera y Valdelosica, es decir, a Uncastillo, Luesia, Biel y Murillo. Esta tenencia de frontera estará centrada en el castillo agüerano, que será la base de la comitiva militar del tenente o senior y tendrá un pequeño territorio alrededor, del que el Señor sacará tributos para sostener la plaza.

El primer tenente sería Jimeno Iñíguez, a quien sucedería su hijo Fortún antes de 1036. en el año 1068 estará Fortún Iñigones como <<alférez, en Agüero y en Riglos>>. El 4 de septiembre de 1092 ya ocupará la tenencia Fortún López, <<alférez, en Agüero y en Riglos>>. Estos datos nos hacen detectar la coincidencia de que, en el siglo XI, dos tenentes de Agüero forman parte de la corte real aragonesa en cuanto que ocupan el cargo de alférez. Este cargo tenía que ser ocupado por personas de buen linaje, ya que le correspondía al alférez guiar el ejército real cuando el monarca no iba a la guerra. Este dato, en extremo curioso, nos lleva a pensar en una familia de tenentes de Agüero que ocupan el cargo de alférez real, es decir, en la vinculación al cargo de unas tenencias fronterizas de importancia.

A la vista de dos documentos de la época se ve que la zona de Agüero y sus Mallos es entendída como una zona definida geográficamente y con personalidad propia; una comarca fronteriza en la que tienen propiedades ilustres personajes aragoneses del momento. Curioso es a este respecto el testamento que hacen Oriol Iñíguez y su esposa, antes de iniciar peregrinación en 1057, por el que sabemos tenían dos casas: una en Abós y otra en Agüero, con once camas, una cama con pabellón, veintidós colchones, un cobertor de seda, una manta, dos pares de sábanas rayadas, seis vasos de plata, pieles, espadas, espuelas, cinturón y montura de plata, casco de hierro y capa de seda ubaidí para cerrar el atuendo militar. Todo esto acabará siendo propiedad de San Juan de la Peña, por donación de un hijo de éstos llamado Fortuño Oriol.

Sobre esta definida entidad geográfica nacerá y vivirá el curioso reino de los Mallos, un minúsculo estado que tendrá su institucionalización por obra de Pedro I de Aragón y la tolerancia de su hermano Alfonso I el Batallador. Su monarca será una mujer: la reina doña Berta, una italiana que contrajo matrimonio con el rey Pedro I, en la catedral de Huesca, el domingo 16 de agosto de 1097.

Con ocasión de la boda regia, don Pedro dotó a su esposa con un pequeño territorio y con algunos bienes sitos en Huesca, Sangarrén y una almunia emplazada entre Berbegal y Monterroyo. Con estos territorios se formaría un minúsculo estado en los límites de la montaña aragonesa. Formarán parte de él los lugares de Agüero, Murillo, Riglos, Marcuello y Ayerbe, completándolos los territorios de Sangarrén y Callén, unidad separada y enclavada en la Hoya oscense y a orillas del río Flumen.

Tras emitir varios documentos, hechos por el escriba de la reina – el capellán Juan-, podemos saber que la reina doña Berta gobernó << bajo la gracia de mi señor el rey don Pedro, que está muerto, y con el amor del dicho cuñado mio >>. Alfonso. Uno de estos documentos, de 1105, nos habla que doña Berta concedió al obispo Esteban la novena que acostumbraban dar los pobladores de San Félix: que pastan las bestias en los montes de Agüero y que, aquellos, corten leña, madera, bellotas y además de otras casas, hierba. El reino de los Mallos, centrado en el territorio de Agüero, desaparecerá en tono al año 1110. una vida efímera para el dominio de una mujer que ejerció de reina- caso único. Dentro de las tierra del Reino de Aragón y existiendo un monarca titular del trono de los Ramírez. Avatares del destino, el reino fue mermándose en su exiguos territorios hasta pasar totalmente a la corona del Batallador quien, después de terminar con esta anomalía política, entrego el distrito militar a Castañ, un personaje franco amigo de infancia del rey aragonés, quien aún gobernará la plaza en 1137 tras morir su protector. Castañ. Conocido también como Castán de Biel, gobierna Agüero, Biel, Aniés, Chalamera, Murillo de Gállego y Riglos desde 1110. En 1134 aún posee la tenencia de Murillo y en 1137 tiene las de Riglos y Agüero. A este le sucederá Lorferrench, quien sería tenente y señor de Agüero entre abril de 1155 y octubre de 1162. después ocuparía también el señorío de Luna, concretamente entre 1162 y 1172.

LA IGLESIA DE SANTIAGO

A unos quinientos metros al este del casco urbano de Agüero se levanta un espléndido edificio de estilo románico que siempre ha sido tenido como ermita del lugar, aunque su magnificencia denota que su condición de ermita es solo una impresión puramente topográfica. Notas documentales sobre este templo no hay, excepción hecha de dos referencias pertenecientes a unas vistas episcopales.
Por la primera sabemos que, en esta ermita, existe en 1786 una Cofradía de Hidalgos de Santiago de Agüero; por la segunda conocemos cómo, en 1805, se ordena que sea una de las pocas ermitas que quede con culto.
El edificio es del siglo XII; fue descubierto y publicado por Ricardo del Arco en 1919 y ha sido estudiado por Sanvicente (1970). Consta de un conjunto de tres ábsides que se abren a otros tantos espacios que constituyen el primer tramo de las tres naves del templo. Cerrado precipitadamente con un muro que cubre los tres arcos de comunicación de este primer tramo con el que se le seguiría, fue cubierto con tres bóvedas de cañón apuntado y perpendicular al ábside que le corresponde. En el lado sur de este primer tramo se abrió la puerta de ingreso al templo, recientemente restaurado por Bellas Artes con gran acierto.
El primer problema con que nos encontramos es el de la paternidad de la iglesia. Intentar saber cual fue el motivo de esta edificación y quien ordenó su obra, es una incógnita muy difícil de despejar. No parece fuera fundación real, ni siquiera obra de patronazgo de alguna familia noble de la zona. Solo nos queda pensar que fuera un edificio construido por alguna Orden Militar o por algún poderosos monasterio. En estas dos opciones descartamos la primera ya que no encontramos ninguna relación entre esta villa y las Ordenes conocidas. Y respecto a la segunda, como mera hipótesis, vamos a intentar demostrar las vinculaciones existentes entre San Juan de la Peña y esta zona de Agüero.
La real Casa y Panteón de San Juan había recibido, a fines del siglo IX, un amplio conjunto de tierras y propiedades en la zona de Agüero. Propiedades que habían sido donadas por sus dueños a los diferentes cenobios que, mas tarde, pasaron a depender del monasterio pinatense. Bienes territoriales que dejarán de mencionarse tras los graves sucesos que pusieron fin al abaciazgo de Juan. Este monje gobernó el monasterio hasta el año 1170, fecha en la que fue destituido del cargo y expulsado del reino aragonés. El motivo de todo este suceso, en el que van a tener que intervenir el Papa Adriano IV y el príncipe Ramón Berenguer IV de Aragón, se saque que es la mala administración y los excesivos gastos ocasionados del mandato del abad Juan. El caso es que, por estos años, se deja sin terminar el bello claustro románico del monasterio pinatense y, para salvar al cenobio de la ruina, Ramón Berenguer IV ofrece una serie de donaciones.

La iglesia de Santiago de Agüero bien pudiera ser obra de este abad, obra en consecuencia inacabada como podemos ver al contemplarla, el motivo de su construcción habría sido el de lograr un mayor acercamiento de los centros de decisión política. El monasterio de San Juan de la Peña se ha quedado fuera de la órbita de influencia, la capital ya está en Zaragoza aunque Huesca, por su situación en los caminos de la Corona aragonesa, sigue siendo punto importante de decisión. Allí, en la ciudad, el cenobio pinatense solo posee una iglesia y lo mas cercano que domina esta en Agüero. Esta iglesia podría haber sido el primer jalón para el traslado del monasterio a un sitio mas cercano a la monarquía, a unos reyes que no suben con la frecuencia que antaño.

Además, esta iglesia de Santiago la encontramos totalmente relacionada con una serie de edificios en las Cinco Villas, algunos dominios de San Juan de la Peña, que se terminan y consagran entre 1170 y 1191. Las columnas contrafuerte, tan típicas de este templo agüerano, las encontramos en la iglesia de Puilampa y en la de San Miguel de Daroca. Las bóvedas de cañón apuntado están en varias obras de las Cinco Villas y el mismo tipo de cubierta absidial- bóveda sobre nervios- tiene Santa María de Ejea.

También habrá conexiones entre estas zonas en la escultura de Santiago de Agüero, obra de gran importancia y próxima a la transición al gótico. El tímpano de la portada sur, única realizada, presenta una bella Epifanía. Apoyada sobre dos modillones esculpidos en froma de animal andrófago- del que salen un hombre (lado derecho) y una mujer-, la escena de la Adoración de los Magos de Agüero ofrece un precioso precedente para las Epifanías del Cuatroccento italiano. El mismo tímpano, con el mismo tema, tenemos en la iglesia de San Miguel de Biota y en la de San Nicolás de El Frago, ambas en la comarca de las Cinco Villas.

En esta portada hay una preciosa colección de nueve capiteles, que se colocaron en dos fases, en los que podemos ver escenas de centauros, fieras decorando a su presa, luchas de caballeros y el famosísimo tema de la bailarina. En la parte interior de la portada también podemos ver unas escenas de luchas entre guerreros- luchas en las que al musulmán se le representa con escudo redondo y al cristiano con uno apuntado- a caballo. La célebre bailarina, obra que puede servir como firma del que denominamos Maestro de Agüero y que pensamos nada tiene que ver con el conocido Maestro de San Juan de la Peña es un tema frecuente en las cinco Villas- Biota, el Frago, Ejea-, en un capitel de San Pedro el Viejo de Huesca y en una escena del ábside románico de la Seo de Zaragoza. Representa a Salomé y se nos presenta en dos tipos: uno iniciando la danza con un arpista y el otro en una actitud increíblemente distorsionada, sueltos los cabellos y acompañada por un pequeño solista de gorro puntiagudo.

En el interior del templo, en el ábside central hay una arquería de arcos ciegos que intenta suprimir la antiesteticidad del muro. Allí hay decoraciones preferentemente de gustos geométricos en las que se introducen elementos de tipo figurativo: monstruos sujetando vides, cabezas, una curiosa cara en el segundo capitel de la derecha y abundantes muestras geométricas de círculos anudados, abiertos o con nudo cerrado, entrelazados .., que nos parecen similares y de la misma mano que los detalles idénticos de la portada de la iglesia cincovillera de Puilampa, obra en la que trabajó el maestro Bernardo y se terminó antes de 1191.

En el exterior de este ábside central hay una imposta esculturada que es de la misma autoría que otra, interior, situada en el ábside de la Epístola. Este friso interior, de apenas catorce centímetros de altura, narra una serie de escenas de la vida de cristo: Concretamente de la infancia y Nacimiento. Todas las escenas están enmarcadas entre hojas y frutos, cuyas curvas crean un cierto ritmo que genera sensación de movimiento. Las escenas representadas son: la Anunciación, la Visitación, El Nacimiento, la Cabalgata de los Magos hacia Belén, la Adoración del Niño por los Magos, la dormición de éstos y el aviso del ángel, la representación en el templo. Sigue una pieza completa dedicada a los Santos Inocentes con Herodes ordenando a los soldados la matanza y con el auxilio de unos sabios que estructuran el nacimiento del Mesías en los libros antiguos. Vemos a continuación el aviso del ángel a san José y la marcha de la Sagrada Familia, creemos nosotros, de regreso a Israel, con lo que se cerraría de ciclo de la Infancia de Jesús.

Completan el conjunto escultórico del templo de los canetes y los capiteles del interior, a los que se les ha visto relación los de Santo Domingo de la Calzada.

EL SEÑORÍO DE LOS GURREA.

Hemos visto, en estos finales del siglo XII, como la tenencia de Agüero llega a manos de Loferrench, en el año 1155. y con él entra la villa en el intrincado nacimiento de la gran casa aragonesa de los Luna. La historia nos documenta a Lope iñigones, ilustre personaje que tiene dos hijos: Pedro López de Luna y Loferrench. Pedro López de Luna será el primer maestre de la Orden del Hospital con jurisdicción sobre Aragón y Cataluña. Loferrench o Lope Ferrench, sería el tenente de Agüero. Tenente que tendría que sustituir a su hermano como señor y tenente de Luna en 1162 y a raíz de un supuesto apoyo de este Pedro López a un curioso personaje que se hacía pasar por Alfonso el Batallador, el rey muerto en 1134 tras la batalla de Fraga.

Orígenes de la poderosa Casa de los Luna, inscritos en la tenencia de Agüero, que serian un hito en los sucesivos dominios señoriales del lugar. Jaime I, que había visitado la villa en enero de 1259, dispuso del castillo de Agüero en favor de su mujer Teresa Gil de Vidaure y de su hijo don Jaime. Poco después, en 1287, se data la existencia del maestro de Agüero que ha trabajado en San Pedro el viejo de Huesca.

En 1302, Pedro Boyl, el tesorero del rey Jaime II, anota las deudas del monarca en tierras de Agüero; una deuda contraída <<por la injuria que el señor rey don Jaime, de buena memoria, había hecho con Artal de Agüero>>, padre del prestigioso Martín Ruíz de Foces. Años después, en 1357, el rey Pedro IV da esta villa a Alvaro García de Albornoz y algunos señalan que posteriormente se la dio a los Pomar, que eran una prestigiosa familia jacetana.

En abril de 1372 el mismo rey incorporó a la Corona el castillo y lugar de Agüero con la condición de que en ningún tiempo pudiera ser enajenado. Pero dos años después- el 18 de abril de 1374- el infante don Juan concedió a Lope de Guerrea- camarero y consejero del rey la alcadía y el gobierno de Agüero en atención a sus méritos y virtudes. Jerónimo Zurita añade que Miguel de Gurrea, hijo segundo de Lope de Gurrea, tuvo en herencia el lugar y castillo de Agüero. Castillo que no heredó su hija Aldonza en torno al año 1400, la misma Aldonza que contrajo matrimonio con Martín de Lacarra, hijo del mariscal de Navarra y de Inés de Moncayo, que era hermana del señor de Maleján. Sucederá Lope de Gurrea, su tío, que ya es señor de Agüero en 1446.

No es necesario extendernos en las genealogías de la ilustre casa de los Gurrea, estudiadas por Castillo Genzor, señores de la baronía de este nombre de Agüero, baste con anotar que este linaje dio ilustres cortesanos, abades a Montearagón, virreyes de Mallorca y Cataluña, embajadores o bayles. A lo largo de los siglos emparentaron con los linajes mas preclaros de Aragón, entraron en matrimonio con los títulos nobiliarios de los marqueses de Navarréns, condes del Villar, duques de Gandía, vizcondes de Ebol, señores de Quinto, Laurés, Antillón, Sigüés o del Castellar.

E incluso emparentaron con los vecinos señores de Ayerbe, los Urriés, aunque son mas famosas las luchas entre ambos linajes. En 1402, sirva de ejemplo, fue quemada la cosecha de cereales de Alcalá de Gurrea y los Agudos << en la guerra que allí era entre don Antón de Luna y don Lope de Gurrea>>. Años después, en octubre de 1516, será el propio emperador Carlos V quien ordenará que terminen las luchas entre Urriés y Gurreas << que tenían perturbado el reino >>

CRÓNICA ECLESIÁSTICA

Agüero es una población que inicia su historia eclesiástica dentro del área geográfica de la diócesis de Pamplona. Aquí tenía, a fines del siglo X, el obispo Blasco- que creemos puede ser el de Pamplona, aunque en esa época existe otro del mismo nombre en Aragón- una serie de tierras que conforman su patrimonio y bienes. Desde tierras navarras partiría una larga marcha de influencias y gentes a esta tierra, traídas al largo pleito de límites como prueba de la navarrería episcopal de la Val de Onsella.

En el siglo XI, el obispo García de Aragón reivindicó estas zonas por hacer pertenecido antaño al obispado de Huesca. La larga lucha de límites entre los obispados Jaca- Huesca y Pamplona, sobre las tierras de los Mallos, provocó la actuación de varios Papas. Gregorio VII las incluyó en la diócesis jacetana en 1084. Alejandro III, en 1072, ya había intervenido en el problema. Urbano II, en 1089, volverá a actuar como lo harán Celextino III en 1155, o Pascual VI. En 1094 los dos obispos implicados llegaban a un acuerdo de no alterar el estado de la cuestión. En 1101, los obispos Pedro de Pamplona y Esteban de Huesca- Jaca, deciden que Agüero y Murillo queden para Pamplona, al par que el obispo oscense entrega a los canónigos de Huesca el monasterio de San Delices. Villa de San Felices, que recuerda el culto a san Félix extendido en el siglo XI y que era dominio de la familia de Jimeno de Cornelio en 1201.

La villa de Agüero avanza por la historia bajomedieval con noticias anecdóticas. En 1264 se ve involucrada en los problemas de la excomunión provocada por el rector García Pérez de Zuazu, quien se negó a pagar las rentas debidas al obispo pamplonés. En 1275 sabemos que pagar las rentas debidas al obispo pamplonés. En 1275 sabemos que pagaba veinte sueldos por concepto de la décima que se debe al obispo, décima que se paga en moneda jaquesa y no como es frecuente, en la navarra o <<sanchet>>. El 11 de abril de 1499 representa a la parroquial de Agüero en el sínodo de la diócesis de Pamplona el vicario de San salvador de Murillo: Pedro Matorral.

La parroquial de esta villa, sobre la que ejerce su dominio espiritual el obispo pamplonés, es un interesante edificio iniciado en pleno siglo XI. Dedicada a san Salvador, fue iniciada en planta con una sola nave y ábside, pero fue terminada en estilo gótico con las naves laterales y una puerta ojival cubierta, en la actualidad, con un curiosos atrio del que se ve la entrada a la cripta del siglo XVII, cripta convertida en Museo parroquial. En el interior, junto a retablos barrocos, hay un retablo mayor de talla- probablemente del siglo XVII, restaurado por Luis Galindo, que es párroco del lugar.

En la edad moderna, a lo largo de los siglo XVI y XVII, el lugar va incrementar su tesoro parroquial. Del siglo XV era ya una custodia relicario, pieza de especial interés, que se remata en Crucifijo y tiene viril desmontable. En el siglo XVI llega a Agüero un precioso juego completo de frontal, casulla, dalmáticas, capa pluvial, gremial y paño para facistol, en terciopelo carmesí basado en sedas con una gran finura. Todas estas piezas ostentan el escudo de armas del donante: Francisco Aznárez, un hombre que fue rector de la parroquial de Agüero entre 1527 y 1560, para ser luego canónigo de Jaca, ciudad en la que falleció en 1562. del siglo XVII quedan dos cosas: una cruz parroquial de plata sobredorada, en cuya base tiene una basílica de planta circular y un depósito para óleos en forma de candelabro. Completan el tesoro parroquial varios cantorales y una virgen románica, posiblemente del siglo XIII.

Es pieza datable a fines del XI, y en consecuencia, de gran valor, el tímpano de la parroquial del lugar, un tímpano románico presidido por las Maiestas Domini- Cristo en Majestad- escoltada por los símbolos de los cuatro evangelistas o Tetramorfos. Tímpano que contemplarían los grandes clérigos que nacieron aquí: Fray Angel Palacio y el doctor Pantaleón Palacio- y Villacampa. El primero – Angel Palacio- Fue carmelita descalzo y catedrálico de Artes de la Universidad de Huesca, luego de la de Roma y, por último, provincial de los Carmelitas en Aragón desde 1617. el otro Pantaleón Palacio, fue canónigo de Huesca en 1642, catedrático de Prima de la Facultad de Cánones de Huesca, canónigo del Pilar de Zaragoza en 1646 y juez de competencias del reino de Aragón. A propuesta de Felipe IV fue nombrado abad de Montearagón por el Papa Alejandro VII y consagrado como tal, el 29 de octubre de 1662, en la catedral de Jaca. Cuando muera, en 1665, será sepultado en el Panteón abacial de la Real Casa de Montearagón.

RECTORES PARA UNA PARROQUIAL

El año 1785, junto a otros pueblos, una Bula papal concedió el lugar de Agüero a la diócesis de Jaca. Terminaba así una larga historia de luchas diocesanas de límites. Y comenzaba el dominio jacetano que pronto iba a redactar un curioso estado de la cuestión eclesiástica en esta zona. El año 1786, el 23 de mayo, llegan al lugar de Agüero los visitadores que actúan en nombre del obispo de Jaca. En su relación se anota la existencia de 120 vecinos, una sola iglesia dedicada al Salvador y la vida de seis cofradías: la de San Miguel, del Rosario, la de San Pedro- abolida en 1804- la de San Roque, la de santa Quiteria y la de Hidalgos de Santiago.

En esa ocasión se anotaba que las cuentas de la primicia estaban muy confusas, cosa que ya no ocurre en la segunda visita conocida a este lugar. Por este inédito documento sabemos que, el 4 de octubre de 1805, la población es de cuatrocientas ochenta almas que se reparten en ciento treinta casas. Los patronos del pueblo son san Roque y santa Orosia, como lo habían sido el siglo pasado, por lo menos, si nos fijamos en un curioso relicario de plata, fechado en el año 1763, de Santa Orosia. Al frente de la vida espiritual del lugar hay un rector- José Morana, nacido en Alagón hacía 47 años- al que ayudan cuatro coadjutores y un beneficiado de sacristía.

La villa, a principios del siglo XIX, tiene dos lugares anexos: Lacasta y La Carbonera. Lacasta tiene siete casas, una iglesia dedicada a san Nicolás de Bari y esta a cuatro horas de <<muy mal camino>>. La Carbonera, por el contrario, es una sola casa de campo que sirve de habitación a los guardas de montes del señor de estos lugares. En lo que respecta al estado decimal, es decir, a los pagos que recoge la iglesia de Agüero, sabemos que se cultivaban una serie de productos como trigo, mixturas, ordio, cebada, centeno, lino y cáñamo. También había una fuerte ganadería- con corderos, cabritos y sus derivados, como la lana-, vino, aceite y, solo en los lugares anexos, quesos.

De todo esto va al obispo la cuarta parte de los frutos decimales recolectados, igual cantidad va para los clérigos del lugar, mientras al rector o párroco le corresponden las dos partes restantes. Colaboran en la recolecta de tributos todos los vecinos del lugar, cada uno de los cuales cobra un sueldo por cada cahíz de trigo porteado y ocho dineros por cargada de uvas traída al hórreo común. Además es costumbre darles pan y vino por cantidad no superior a cinco libras.

La iglesia parroquial, receptora en su mayor parte de estos frutos, esta regentada por un rector que es designado por el señor del lugar y aceptado por el obispo jaqués. Desde 1734, en el archivo diocesano de Jaca, se encuentran los expedientes de presentación de clérigos, todos ellos expedidos por la Casa y Honor de Gurrea. El primer testimonio conservado nos habla de que Maria Francisca Abarca, viuda de José Pedro Alcántara Funes de Villalpando y Gurrea, como condesa viuda de Atarés y del Villar y señora de la casa de Gurrea, presenta al obispo de Jaca su candidato a la rectoría agüerana: José Olivito. Sucedía este a Miguel Jimeno, que también recibió el favor de la Casa de los Gurrea el mes de abril de 1705.

En 1790 ejercerá este derecho Cristóbal Pío Funes de Villalpando Abarca de Bolea, siendo en 1820 el conde de Parcent y Contamina quien provea la provisión de la rectoría al morir José Morana. La entrada en el ejercicio del derecho de proveer la rectoría de Agüero de la casa de Parcent, nos la aclara la documentación que se presentó al nombrar rector a Pedro López de Betés. Dice el texto, de 1848, que << por cuanto como Barón de Gurrea, pertenece al referido excelentísimo señor conde de Parcent el Patronato de la iglesia de lugar de Agüero, en la provincia de Huesca y obispado de Jaca, y el nombramiento de Rector Párroco de la misma, de que se halla en quieta y pacífica posesión..>>

Este dominio de la Casa de los Barones de Gurrea, iniciado en la baja Edad Media, se conservará hasta fines de siglo. En 1887 y en el castillo de la Mezquita, Francisco de la Cerda y Carvajal otorga el título de rector a Manuel Gimenéz, un cura venido de Javierrelatre que no será ni bien recibido ni considerado decente por los agüeranos que, incluso, llegan a protestar oficialmente al obispo de Jaca. La carta es del 15 de agosto de 1887 y es remitida por el Ayuntamiento Constitucional de Agüero, corporación que no logró imponer su veto.

Firmaba el nombramiento del cura protestado, el poderoso conde de Parcent y Contamina, señor de Villatoro, señor de la Baronía de Gurrea de Gállego de las de Rasal, Sigüés, Agón y Apiés, señor de los castillos de mezquita, tormos, Artesona; titular de los lugares de santa Engracia, Santa Olaria de la Peña, San Esteban del Cascao, Gurrea, Agüero, etc. Además era Grande de España de primera clase, gentilhombre de Cámara de su Majestad, caballero de la Orden Militar de Maestrantes de Zaragoza y licenciado en Filosofía y Letras.

La villa real de Agüero seguía fiel a su vinculación con la Casa de los Barones de Gurrea. Se iba acercando el siglo XX y sus casas se hallabam pletóricas de hombres y mujeres, los gestores de un constante trabajo agrícola-ganadero que hacia del lugar tierra acomodada. Atrás, como siempre y por siempre, los Mallos de Agüero ponían una barrera infranqueable con el pasado de estas tierras. Una barrera, orlada por la sierra de Santo Domingo, que fue tierra de monasterios, que hacía mirar siempre al frente, a las tierras llanas del Somontano. Y como el Gállego, que discurre lentamente como si le pesara la rica historia que han visto sus orillas, era una llamada a recorrer los caminos que fueron abiertos por la reconquista. Una nueva sangría poblacional, nueve siglos después, que se hizo emigración.

Y quien quiera luchar contra este duro tener que irse de los paisajes natales, aunque solo sea en un itinerario emocionado, que salga a andar los caminos que nos acercan al viejo reino de los Mallos. Metan en la bolsa los trabajos de Ricardo del Arco, el hombre que publicó por primera vez la iglesia de Santiago en 1919; o de Ángel Sanvicente que ha escrito esas bellas notas sobre esta iglesia << nada tan próximo a un documento solemne del siglo XII>>. No olvidarse los trabajos de Durán, Ubieto, las generalogías de García Ciprés sobe los Gurrea, el trabajo de Conte sobre los hijos ilustres oscenses, las páginas de arte que hablan de cinco Villas y que son obra de Abbad, las exactas anotaciones de Federico Torralba sobre el arte aragonés, o las viejas apreciaciones de Porter.

Pero si se ha dejado todo ese bagaje en su punto de partida, ponga atención en lo que ve. Observe esos <<preciosos signos de cantería que son un testimonio del cumplimiento de un gran voto que debía durar perpetuamente>>. Repase la vieja inscripción, en la columna del muro de cierre, que nos da el nombre de uno de los maestros de Santiago de Agüero: ese Deia de Aresa que, según el texto, la hizo. Salga al exterior, repasando la portada para encontrar otro testimonio de deseo de eternidad: el del cantero Imholl, que no resistió la tentación de firmar en el ábside... Mire el paisaje que le rodea, intuya el pueblo de Agüero al pie de sus mallos, escuche ese lenguaje pecualiar de la llanura que le sea agradable ese regresar a los primeros tiempos de nuestra historia.

La tierra exhibe sus tonos rojizos recortándose sobre un cielo de color azul. Las blancas casas de esta villa real se apiñan al sol, los olivos se retuercen en lontananza y el campo tiene olor a romero y espliego. Estamos en tierras de Agüero.


Tal día como hoy 25 de octubre



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