Pasapues > Documentos > Comix > Hugo Pratt

Hugo Pratt el creador de Corto Maltes. Aragón

Documentos Comix Hugo Pratt



Vinos Divertidos : Colección Vintage


La Batalla del Mar Salado Corto Maltes en Siberia La Juventud de Corto Maltes
Aventuras de Corto Maltes
La macumba del Gringo Al Oeste del eden Aventurero del Caribe
La Macumba del Gringo Al Oeste del Eden el Aventurero del Caribe
Aventuras de Corto Maltes en italiano Aventuras de Corto Maltes en italiano Aventuras de Corto Maltes en italiano
Aventuras de Corto Maltes
Ana de la Jungla Jesuita Joe Ernie Pike
Ana de la jungla Jesuita Joe Ernie Pike
Escorpiones del desierto 1p Escorpiones del desierto 2p
Escorpiones del desierto 3p Escorpiones del desierto 4p
Escorpiones del Desierto

De viaje por todo el mundo

Biografía de Hugo Pratt.
Biografía de Hugo Pratt.



Conceptos en orden alfabético sobre Aragón desarrollado en Pasapues ademas de

Una recopilación reproducciones artísticas antiguas que documentan los pueblos de Aragón; te mostrarán un Aragón antiguo, base y cimiento de la realidad actual de nuestra Comunidad.
Puedes documentarte con algunas publicaciones sobre Aragón.
de mucho interés es también la heráldica municipal e institucional.

Como un Nilo que cruza el desierto, el Ebro atraviesa la estepa.

Ansar es la asociación en defensa y estudio de la naturaleza aragonesa.

Sergio Sanz hace fotografías de Aragón alli por donde pasa



Aragón en datos | Aragoneria | Mapas | Documentos | Naturaleza

3


Calaceite Refugio De Los Artistas

SU NOMBRE

Coromines, en la << Revue de Linquistique romane >> de Montpellier publicada en 1947, << Els noms dels municipis de la Catalunya aragonesa >>. En ese artículo aparece la etimología de Calaceit- sin la << e>> final, tal como lo escribe el afamado filólogo catalán-, Joan Coromines ve en el actual pueblo bajoaragonés, el << Qàla´Zeyd el paso a Calaceit es fácil y demuestra, además, que ha sido el nombre de extracción árabe que menos ha sufrido con el pasar del tiempo.
Madoz, viceversa, se inclina por una etimología mas vinculada con la tierra y sus frutos. Desde luego, él también considera a los árabes como los fundadores del pueblo turolense, pero entronca su linaje con el árbol del olivo – muy abundante en toda la comarca- en lugar de un cualquier jeque árabe. En efecto, Madoz traduce <<Qala-zeit>> por << castillo del olivo>>. Queda ahora por ver cuál de los dos ha acertado. Si el publicista navarrado del siglo pasado, que dio a luz el <<Diccionario geográfico, histórico y estadístico de España>>, obra muy consultada y estimada, o el filólogo catalán que dirigió y fundó la Sección de Toponimia y Onomástica del <<Institut d´Estudis Catalans >> entre los años 1933 y 1939. Desde luego a nosotros se nos antoja mas certera la tesis de Coromines, ya que son muchos los pueblos con origen árabe que deben su topónimo a algún señor o caudillos del lugar. Como muestra y sin alejarnos de la provincia, valga el ejemplo de Albarracín: fue en tiempos, el castillo o la ciudadela de los Ben Razín, poderosa familia árabe, que llegó a construir un verdadero reino de taifa.
Como tercero en discordia, el ilustre caleceitano Santiago Vidiella y Jasá en su <<Historia de Calaceite>> hace referencia al P. Fidel Fita que, en el Boletín de la Real Academia de la Historia, publicando en octubre de 1894, da cuenta del hallazgo de una lápida ibérica en el Mas de las Madalenes, cerca a la aledaña Cretas. En ella, según el erudito historiador, el nombre de Calusceldr bien podría corresponder al Calcet o Calacent de los primeros papiros, ya que son muchos los nombres iberos de localidades que empiezan con el prefijo cal. Si a esto añadimos que la lápida fue hallada en las proximidades de la línea divisoria del término municipal, puede parecer natural suponer que se tratara de un mojón indicativo de límite de jurisdicción

SU HISTORIA

Pero pocos adeptos ha encontrado esta hipótesis. Lo cierto es que Calaceite está vinculado, en sus albores, con la historia de los árabes en España. Con anterioridad a ese importante período de la historia de la patria, bien poco se sabe o se ha descubierto sobre la existencia de nuestro pueblo. Y ello, a pesar de la fíbula visigoda hallada en el poblado ibérico de Calaceite y conservada en el Museo Arqueológico de Barcelona, que bien poco significa de por si sola por eso de que <<una golondrina no hace primavera>>

Si la historia no comienza de forma fidedigna hasta la invasión árabe, la prehistoria de Calaceite es más rica en datos o, cuando menos en importantes hallazgos. Fuente inapreciable para establecer algunos hitos en la prehistoria calaceitana ha sido el poblado ibérico de San Antonio, situado a unos dos kilómetros del pueblo, camino de Cretas y sobre el cerro homónimo que hacia sureste se enfrenta el alcor que da asiento a Calaceite.

Las primeras excavaciones corrieron a cargo del célebre arqueólogo Juan Cabré, en 1902. a él se unieron luego Santiago Vidiella y Julián Ejerique, todos hijos de Calaceite, estos primero contactos con el mundo de los primitivos calaceitanos empujó al <<Institut d´Estudis Catalans>> a moverse, y así en 1915 el muy afanado arqueólogo barcelonés – fallecido el año pasado en México D. F-, don Pedro Bosch Gumpera, encabezó las excavaciones y les dio una estructura mas orgánica.

Según el ilustre arqueólogo los varios poblados ibéricos de la zona bajoaragonesa debieron existir entre los siglos IV y I antes de Cristo, y concretamente el de San Antonio lo fecha entre los siglos IV y III antes de Cristo, imputando su desaparición a un incendio tal como parecen atestiguarlo las huellas visibles en las paredes del recinto. Los trozos de cerámica hallados en el poblado de San Antonio, así como en los de Mazaleón y Cretas, demuestran que los primitivos iberos mantenían contactos comerciales con las colonias griegas de la costa, entre Tortosa y Sagunto. Entre todas las estaciones prehistóricas del término municipal de Calaceite- Tossal Redó Alto y Bajo, Les Ombries, El Villalonc, Les Ferreres-, la de San Antonio es la más importante de todo el Bajo Aragón.

MOMENTO NACIONAL

El poblado actualmente es meta de excursión obligada para el turista que recalca en el pueblo, ya que ha sido declarado Monumento Nacional. En las proximidades, además, está emplazada la ermita dedicada a San Cristóbal, desde donde se disfruta de una panorámica envidiable sobre toda la comarca circundante. Puede que, de no ser por los montes del vecino Parrizal de Beceite- parque natural y reserva ecológica muy importante-, en los días claros se podría ver el azul del Mediterráneo que, en línea recta, no está mas lejos de setenta kilómetros. Alrededor de la ermita tiene muy buenas posibilidades de crecer una urbanización a base de chalets. Por lo menos, alguien ha pensado ya en ello.

A la Edad de Piedra pertenecen las pinturas rupestres del abrigo de Val del Charco del Agua Amarga, cerca de Mazaleón, las del barranco de Cañapatá, en la línea divisoria entre Cretas y Calaceite, y las del Gascón y Vall Robira, dentro del término municipal de Calaceite. También han sido llamadas hachas pulimentadas, puntas de flecha, restos de rudimentarias cerámicas y otros utensilios que denotan una vida sedentaria en esas tierras. Efectivamente, fue precisamente en el Neolítico o Edad de piedra pulimentada, cuando el hombre primitivo aprendió a asentar sus reales, empujado por la necesidad de una vida que giraba ya alrededor de la agricultura. Con este tipo de vida surgen también nuevas exigencias en cuanto a disponer de otros elementos para hacer la vida mas cómoda: cerámica, enseres de uso doméstico.

Con la Edad de los Metales es cuando empieza a sonar el poblado ibérico de Calaceite. Los restos mas importantes hallados en él, como el thymaterion o caballo de bronce- un labrador que encontró la preciada estatuilla la vendió a un chamarilero por noventa insignificantes pesetas, y éste la vendió al Louvre, donde estuvo hasta que en 1941 regresó a España junto a la Dama de Elche, que también había conocido el camino del exilio- y la falcata o espada de Calaceite como también la denominan los entendidos, se fechan en la Edad del Hierro, que llega hasta las mismas puertas de la Historia, o sea, hasta 200 años antes del nacimiento de Cristo.

¿Pero quiénes fueron los primeros habitantes del poblado de San Antonio?, ¿Eran Edetanos o Ilercavones?

Don Santiago Viliella y Jasá en sus <<Recitaciones de la Historia Política y Eclesiástica de Calaceite>> - publicada en Alcañiz el año 1896 – afirma que Calaceite, y por ende el poblado ibérico, estaba situado en el límite más oriental de la Edetania, <<en el recodo que desde Castellote a Escatrón formaban sus fronteras, comprensivo en toda o gran parte de los modernos partidos judiciales de Valderrobres, Alcañiz y Caspe>>, allá donde el río Algás marcó la línea divisoria entre la Ilercavonia y la Edetania. <<Si Alcañiz y Mazaleón- observa agudamente el ilustrado abogado calaceitano – formaban entre las ciudades edetanas y Batea era ilercavónica, hay que buscar la divisoria muy cerca de nuestro pueblo>>.

Y es muy importante esta división territorial, ya que, milla mas o menos, se mantuvieron las fronteras íberas a lo largo de las distintas dominaciones siguientes y aún, cuando pudieron cambiar por exigencias políticas o militares, las razas ya se habían asentado y los núcleos habitados ya estaban formados. Así, el río Algás, desde aquel entonces, siempre ha marcado el límite entre Aragón y Cataluña. Y Tortosa, que detentó una especie de capitalidad sobre la comarca, la sigue manteniendo <<de facto>>.

El paso de griegos, fenicios y cartaginenses por las tierras del Bajo Aragón no encuentra eco en las crónicas pasadas. Fueron pueblos que se asentaron a orillas del mar que, muy de vez en cuando, se metieron tierra adentro y solo por motivos comerciales. Puede que los únicos que llegaron a pasar por San Antonio fueran los cartagineses, que no tuvieron nunca reparos en meterse por terrenos desconocidos y pocos amigos y que anduvieron arriba y abajo por la provincia, acaudillados por el terrible Aníbal, en su intento de aniquilar a la inmortal Sagunto, en el año 219 antes de Cristo.

Los romanos, en esta franja de España, anduvieron muy ocupados tratando de dominar a los rebeldes cartaginenses. De todas formas, nuestro pueblo formó parte de la España Citerior – posteriormente la Tarraconense – y dio, como toda la provincia, valientes caudillos íberos, que dieron mas de una preocupación a cónsules y pretores romanos. Como muestra Edescón, príncipe de los edetanos y contemporáneo de esos terribles Indíbil y Mandonio.

Durante la dominación romana se produce un hecho que ha de revolucionar el mundo. Nace en Belén el hijo de Dios. La religión cristiana, con sus mártires y sus apóstoles, se expande rápidamente por todo el mundo conocido con aquel entonces y conquista adeptos sin cesar. El apóstol Santiago estuvo predicando en Montalbán, a un centenar de kilómetros, y esa proximidad hizo que también llegará a nuestro pueblo la fe en Cristo.

Restos romanos en nuestras tierras bien pocos podemos reseñar, como no sean las murallas o restos de lienzos hallados en Azaila y en Calaceite. Pero indudablemente el mejor legado de Roma fue su dominación cultural, que dejó a la provincia una división administrativa y su derecho.

Volviendo a nuestra fuente, transcribimos lo que don Santiago Vidiella opina sobre la dominación visigoda en Calaceite <<Desde que en el siglo V el septentrión envía al mediodía el nublado de sus temibles hijos encargados de purificar el caduco mundo romano, hasta el siglo VIII en que el mediodía lanza sobre España los fanatizados hijos del desierto para reanimar la decadente civilización hispano- goda presa de imponderables enervamientos, pasa el período gótico completamente estéril para nosotros>>. Y hay más. Don Jaime Caruana de Barreda, cronista de Teruel escribe; <<La historia de la dominación visigoda en la Tierra Baja puede resumirse brevemente: no existe>>.

Es por ello, que al comienzo afirmábamos que la fíbula o imperdible visigodo hallado en Calaceite no podía ser prueba del asentamiento de un pueblo entero en esas tierras.

Pero volvamos a nuestros fundadores, los árabes.

Si en el año 711 lo sarracenos desembarcan en Gibraltar derrotando a Rodrigo, el último rey godo, todo parece indicar que en poco tiempo los musulmanes alcanzarían nuestro pueblo, ya que el Levante y las tierras del bajo Ebro habían alcanzado un nivel agrícola que las hacía particularmente apetecibles, especialmente para esos hombres sedientos de tierras fértiles. En efecto, Tarik desde Gibraltar llega a Zaragoza en el año 712 – un año escaso desde el desembarque-, y siguiendo la orilla del Ebro se encamina hacia la opulenta Tortosa para luego ir a la conquista de Valencia y su feraz huerta.

Si la conquista fue rápida, mucho mas lenta y llena de dificultades fue la reconquista que, además, tuvo que realizarse en tres etapas sucesivas.
Pero, antes de seguir adentrándonos en los meandros de la historia, trataremos de ver donde está y como es nuestro pueblo.

CALACEITE HOY

Situado en el punto kilométrico 420 de la Carretera Nacional núm. 420 de Tarragona a Córdoba, Calaceite es el primer pueblo de la provincia de Teruel que encuentra el viajero procedente de tierras catalanas. Efectivamente, el mojón que indica el cambio de provincia está a unos seis kilómetros de la población que aparece súbitamente tras la última curva de una carretera que sube lentamente desde las orillas del Ebro en Mora.
La vista es agradable. Sobre la ladera de un cerro, casas ocres y pétreas se arraciman bajo los restos del otrora enhiesto castillo. Desde los 511 metros de altura de ese cono trunco, que es la colina donde se asienta el pueblo, se dominan perfectamente los 81,1 kilómetros cuadrados de extensión del término municipal.

Pero si el castillo ya no es mas que un recuerdo en la mente de los calaceitanos orgullosos de su pasado, el pueblo alberga un conjunto arquitectónico muy armonioso. Sobriedad de líneas, amplias fachadas de sillería, viejos blasones, ventanas ajimezadas, arcos góticos y porches, nobles mansiones.

El pueblo vive mas volcado hacia Cataluña. No en balde dista 197 kilómetros de Teruel y un centenar escaso de Tarragona. Efectivamente Al idioma que allí se habla es el catalán y las gentes, si no es por problemas administrativos o burocráticos, se sienten mas inclinados a resolver sus asuntos particulares en Tarragona o Tortosa, que esta a tan solo 65 kilómetros, y es una ciudad en todo el alcance de la palabra. Calaceite cuenta actualmente con 1625 habitantes de derecho y 1621 de hecho, según datos recopilados en el censo de 1970. Esta población en verano aumenta algo por la siempre mayor afluencia de turistas nacionales, que huyen del calor agobiante de las ciudades y buscan refugio entre las gruesas paredes de esas casonas antiguas y sólidas. Puede que cuando la urbanización en el monte de San Antonio, cerca de la ermita de San Cristóbal, sea una realidad, la población flotante en verano llegue a duplicar el actual censo del pueblo.

CLIMA Y PRODUCCIONES

El clima de Calaceite es el clásico de las tierras de secano. Un frío seco en invierno y asuramiento en verano, siempre y cuando prudentemente no se vaya en pos de la sombra abundante de esas callejas estrechas y evocadoras. Con respecto a las vecinas poblaciones de Gandesa, Mora o Alcañiz, tiene Calaceite la ventaja de sus 511 metros de altura que mitigan, en parte, los ardores del verano del interior de la península ibérica. Las noches frescas y perfumadas del verano calaceitano son un verdadero alivio tanto para el cuerpo como para el espíritu.

No hay que olvidar que el pueblo está y forma parte del Bajo Aragón.

Su vida, por lo tanto, es eminentemente agrícola. Los olivos cubren con su verde grisáceo la mayor parte de los campos de la comarca y se van alternando con los bancales de trigo y alfalfa. A lo largo de la carretera algunos avellanos delatan otra faceta de la producción agrícola de la región. Pero indiscutiblemente el dueño y señor de las cosechas, el tema de discusión por antonomasia en la Hermandad de Labradores, es el aceite. Es un líquido bueno y perfumado, puede que, sin tantos refinamientos sinónimos muchas veces de adulteraciones, que los de Calaceite venden a todo el país, junto a sus aceitunas negras, sabrosas y apetitosas.

También el vino no engaña en tierras calaceitanas. Puede que los 100 kilómetros que separan el pueblo de Falset, capital de la zona vinícola del Priorato, influyan en esa técnica tan antigua y delicada.

El río Matarraña y el Algás, con su red de acequias, riegan apenas 65 las 4.924 hectáreas, consideradas como la superficie laborable de secano del término.

A estos alicientes naturales Calaceite une el atractivo de ser un pueblo con empaque. Puede que, por ello, la Mancomunidad turística del Maestrazgo de Castellón- Teruel haya querido incluirlo en esa ruta turística, como digna y elegante puerta a esa comarca geográfica, turística, como digna y elegante puerta a esa comarca geográfica, turística e histórica que el viajero encuentra viniendo de Cataluña.

El Maestrazgo es una zona geográfica e histórica que comprende pueblos serranos de las provincias de Castellón y Teruel. Pueblos que no ofrecen mas que su propio encanto, su tradicional hospitalidad, sus aires sanos. Pueblos donde lo natural es ley y la espontaneidad una costumbre. Pueblos en los cuales el viajero siempre descubre algo nuevo y nunca se aburre. Pues bien, que puede por reunir todas estas ventajas, Calaceite haya entrado por méritos propios en ese Maestrazgo turístico, algo mas extenso y amplio que el meramente histórico.

PASEO, SIN PAUSA Y SIN PRISA

Al que llega al pueblo por primera vez, los de Calaceite le enseñan con legítimo orgullo la iglesia parroquial. Templo barroco importante cuya primera piedra puso don Severo Tomás Auther, obispo de Tortosa, el 2 de octubre de 1695, y cuya solemne inauguración tuvo lugar el 3 de agosto de 1710. Tiene ciertas características de catedral y sus tres grandes puertas sobre la fachada principal, están claveteadas con sorprendentes clavos afiligranados. La puerta principal, además, está flanqueada por imponentes columnas salomónicas que apoyan sobre zócalos que llevan grabado el escudo concejil; un perro rampante.

La historia del escudo también tiene, como toda historia o tradición en los pueblos algo de pintoresco. Hay quien fecha su origen allá por los Siglos XII y XIII, cuando los símbolos heráldicos estaban muy de moda. El perro en su primera acepción no significaba otra cosa que la expresión de fidelidad de los vasallos a sus señores. Luego, hacia el siglo XV y como reverente tributo a la unción entre la villa y el obispado de Tortosa, el perrito se representaba en actitud de sumisión a la Virgen. Pero poco le duró la devoción mariana al animalito, que las disensiones entre el cabildo y los munícipes hicieron que el perro anduviera otra vez solo por escudos y blasones.

Desde el templo la calle de la iglesia desciende hacia la plaza Mayor. Es la plaza que ha conocido mas nombres, puede que por ser la mas transitada del pueblo. Primero se llamó del Sitjá, luego de la Constitución y, por último, de España. Pero los del pueblo la conocen simple y llanamente como la plaza <<de baix>>,para diferenciarla de la opuesta<<del dal>> aunque mucho mas pequeña y sin el empaque que caracteriza a la Mayor.

Allí se alza la Casa Consistorial sobre los hermosos porches de la Lonja. Noble edificio cuya construcción fue proyectada allá por el año 1606 y que culminó en 1613. por aquellas fechas, Calaceite contaba con unos 300 vecinos y las funciones del Ayuntamiento ya empezaban a ser necesarias. En el patio de la Casa de la villa se conserva una bonita clave gótica, correspondiente a uno de los arcos de la primitiva parroquia de Nuestra Señora de la Virgen del Pla, cuya construcción parece remontase a la mitad del siglo XIII y de la cual no restan mas que algunas piedras utilizadas en la construcción de la actual iglesia. De la misma manera que del castillo quedan únicamente algunos sillares que soportan el peso de la mole parroquial. La clave gótica, posiblemente del siglo XV, representa la imagen de la Virgen sentada con el niño en su brazo izquierdo mientras que al otro lado de la figura aparece el perro, símbolo de Calaceite, en postura reverente. Ello demuestra que la clave debió ser construida en la época en que la villa dependía en todo del obispado de Tortosa.

El Ayuntamiento en su salón de actos luce un hermoso oratorio en el que destaca una talla del siglo XVII, que representa al Crucificado. Cuando Calaceite fue saqueada, como mas adelante veremos, los miqueletes quisieron arrancar la imagen, que se resistió de forma sobrenatural a la profanación. La tradición, benévola con las santas imágenes, atribuye a esa ocasión la pérdida de un dedo, mientras que la falta de los brazos fue el resultado del afán sacrílego de la pasada contienda civil.

Otra curiosidad, aunque del género profano, merece ser destacada en la casa consistorial. Se trata de la antigua cárcel del pueblo que, hoy, los ediles han preferido adecentar para convertirla en una bodega original donde, propios y extraños celebran, con buen vino y mejor jamón, las fiestas populares del mes de agosto.

Reliquia muy querida y venerada en Calaceite, ahora que hablamos de objetos que merecen la devoción popular, es la Santa Espina. Siempre ateniéndonos a la tradición, esta refiere que un misterioso peregrino, en época muy poco anterior a la conquista definitiva de la plaza por las tropas cristianas, entró en la iglesia de San Pablo y depositó sobre el altar, mientras estaban oficiando, una de las espinas de la corona de Cristo. Los calaceianos la tuvieron siempre en gran estimación, y a ella recurrían para conjurar el peligro del pedrisco, de las heladas o de las largas sequías. En este caso la leyenda se divide. Mientras unos creen que la Santa Espina llegó al pueblo de la mano del misterioso caballero, otros opinan que los bueno monjes de Calatrava, dueños y señores del pueblo durante muchos años, fueron los que donaron la santa reliquia a sus súbditos. Lo cierto es que a punto estuvieron los calaceitanos de perder tan preciado tahalí, cuando la invasión de las tropas franco- catalanas en 1643. La patriótica y piadosa intervención del ecónomo de la parroquia, Miguel Amiguet, que escondió el relicario en la grieta de un ribazo, conocido por Camparrás, evitó una pérdida que hubiese afectado mucho a todos los hijos del pueblo. Cuando tras las lógicas dificultades para volver a hallar la reliquia, el buen sacerdote pudo hacerse con la santa prenda, los calaceitanos decidieron dedicar a la Santa Espina el segundo día de Pentecostés, como día grande de fiesta en su honor.

La plaza mayor, que duda cabe, es el ágora donde acuden todos los del pueblo, al menos una vez al día. En invierno y cuando el sol todavía calienta en su zénit, los ancianos se sientan en los bancos de piedra adosados a las casas de la plaza, cuchicheando o simplemente observando como su viejo pueblo amanece cada día con espíritu renovador.

Incrustada en uno de los pilares que soportan esbeltos arcos góticos, puede verse todavía la vara que servía de modelo oficial a todas las varas de medir para que fuesen legales. También está l´argolla, especie de corbatín de hierro en el que en otros tiempos se sujetaba a los ladrones expuestos a la vergüenza pública junto a lo que habían robado.
Siempre en los pilares de los porches, se advierten los abundantes huecos que hasta hace pocos años sirvieron para colocar las vigas con que armar en el encierro de los toros. Las capeas tuvieron aquí una gran tradición, y las vaquillas siguen alentando en los días de fiesta mayor los ánimos de los mozos.

La vieja cruz gótica, actualmente desterrada en la plaza Nueva, ya en las afueras del pueblo, se alzó en otros tiempos en el centro de esta plaza tan perfecta, tan dimensional pero la cruz estorbaba al jolgorio de los toros y hace poco mas de un siglo se trasladó a su nuevo emplazamiento, la plaza de Santa María antes, de Dal luego y Nueva ahora.

La leyenda de la Cruz de término no debe ser, por tanto, muy antigua. Cuando se cale la noche, la vieja cruz se duele a solaz de su destierro. Hay quien la ha oído y la oye gemir todavía. Algunos llegan incluso a asegurar que quiso vengarse de los calaceitanos provocando una prolongada sequía...

La sequía, efectivamente, es uno de los peores enemigos con los que tienen que enfrentarse los campesinos de por aquí. Calaceite. Antes de contar con agua corriente, disponía de la Bassa. Un enorme embalse que aseguraba el agua a todo el pueblo y hoy sirve como campo de fútbol. El calaceitano que había tenido ocasión de contemplar el mar, se resistía a admitir que su Bassa fuese mas pequeña. <<Lo qu´es com ample si que hu es més – reconocía-, pero de fondo no hu sé>>

La importancia que llegó a tener la Bassa y por ende el agua, en estos pueblos de secano, queda de manifiesto en los artículos 349 y 352 del Fuero de Teruel concedido por Alfonso II en octubre de 1176, que castigan por las rupturas de acequias o presas, o los 359 y 360 que penan el hurto del agua.

Por la calle de la iglesia volvemos a lo mas típico y señorial del pueblo. La calle de la iglesia tuvo antes un curioso nombre. Era conocida por el Carré dels Hostals, ya que hostals eran los edificios nobles e importantes de la villa, y la urbanización del pueblo se complació en agrupar alrededor del sagrado recinto a las mejores y mas solemnes construcciones de Calaceite. Efectivamente, asombran las magníficas fachadas en piedra de sillería y los majestuosos balcones de piedra labrada a lo largo de casi toda la calle, amén de las puertas doveladas, hasta acabar con la – a nuestro juicio – mejor casa de Calaceite, que se levanta justo enfrente de la iglesia y sobre unos arcos góticos que nada tienen que envidiar a los de la plaza Mayor. allí también hemos visto renacer, con enorme alegría, unos Porches del siglo XIII, que han vivido tapiados durante muchos años y que ahora vuelven a resplandecer con toda su fuerza y belleza arquitectónica, gracias a la perspicaz acción restauradora de los maestros albañiles de Calaceite que, poco a poco, van adquiriendo fama de óptimos y prudentes restauradores.

A la izquierda de la iglesia, una calle tan típica y tan pródiga en bellas fachadas nos lleva a la capilla de Nuestra Señora del Pilar.

Apoya la capilla sobre monumentales arcos románicos, para formar lo que llegó a ser uno de los rasgos esenciales de la arquitectura turolense: y torre- puerta. Su doble finalidad religiosa y militar – campanario y defensa – las ha hecho proliferar tanto en la capital como en muchos pueblos de la provincia. Parece ser que su origen hay que buscarlo en el precedente del campanile del sur de Italia, sobre todo por su similitud en los arcos entrecruzados propios del arte sículo- normando. Y no es de extrañar esta conclusión a la que llega el profesor Gonzalo Borrás, ya que Italia tuvo mucha relación con la Corona de Aragón a lo largo de los siglos, tanto cultural como comercialmente.

Otra torre puerta es la de San Antonio. Está ubicada al otro lado del pueblo, a espaldas de la iglesia, casi enfrente de la plaza Mayor. es tanto o mas bonita que la primera y su fachada posterior campea el escudo heráldico del pueblo, esculpido en la piedra de las recias columnas que soportan el peso de los imponentes arcos románicos.

Cuatro puertas tuvo el pueblo. Hoy tan solo se conservan dos. En la plaza Nueva donde gime la vieja cruz gótica, había el Portal de la Font y la Taula de la Carrasca que era la mas importante. Estaba allí la <<Mesa del Genaral>> o Aduanas que el reino de Aragón acostumbraba situar en los pueblos de frontera como Calaceite que lindaba y linda con Cataluña.
La mesa esta echa de madera de encina o carrasca y de ahí el nombre que se conocía tal servicio de aduana.

Callejas en sombra, edificios remozados, piedra de sillería que vuelve a ver el sol tras el largo cautiverio bajo la blanca capa de cal, puertas de recia y noble madrea, plazas recónditas y calles con historia, esto es Calaceite.

OTRA VEZ LA HISTORIA: LA RECONQUISTA

El primer conquistador de Calaceite fue Alfonso I el Batallador. Era el año 1119. a fuer de sincero los historiadores mencionan, entre las conquistas de ese segundo César- como se le quiso llamar por sus victorias -, únicamente Alcañiz, Castelserás, Calanda, Castellote, Alcorisa, Caspe y Maella, e incluso Mequinenza y Nonaspe. Pero todo hace suponer que el monarca aragonés ocuparía también el castillo de nuestro pueblo, ya que se encontraba precisamente en el centro de sus recién conquistados territorios.

Confió el monarca la custodia del pueblo a don Pedro Sancho Vidal de Abarca, que se convertía así en el primer señor de Calaceite. Pero poco duró la dicha de los calaceitanos. Alfonso I no supo valorar a sus enemigos o confió demasiado en la fama de invencible que había adquirido su ejército. Lo cierto es que el valiente caudillo árabe Yahya Abengania, en julio de 1133, derrotó al ejército cristiano justo bajo los muros de Fraga. El Rey Batallador murió mientras se retiraba hacia Zaragoza. Calaceite lógicamente no tardó en volver a sufrir el peso de la cimitarra musulmana.

La muerte del rey cristiano sin descendientes creó un grave problema dinástico. Hubo quien propuso entregar las posesiones del monarca a las órdenes militares nacidas en función de la cruzada da los Santos Lugares, pero los aragoneses preferían un monarca y un buen monarca.

Fue que por eso eligieran al hermano del fallecido rey, a Ramiro, el abad del monasterio de San Ponce de Tomieras. El buen monje tuvo que cambiar la mitra por la diadema real, y el cayado pastoral por la tizona debeladora de sarracenos. Y no solo eso, sino que tuvo que contraer nupcias para resolver el siempre mayor problema dinástico. De ese matrimonio nació Petronila que aún joven fue entregada en matrimonio al conde de Barcelona, Ramón Berenguer IV. Fue así como Aragón y Cataluña se vieron unidos por primera vez. puede que es aquí donde habría que empezar a hurgar para hallar una explicación a ese idioma catalán que hablan los de Calaceite.

En 1151 los caballeros de Cambrils, fuertes y atrevidos guerreros y validos del conde barcelonés, conquistaron tres torres a los moros en estos términos. En pago de ello el soberano les concedió el señorío hereditario sobre Calaceite, Arens y Lledó, ya que las tres torres pertenecían a los castillos de sendas poblaciones. Según un documento hallado por el padre Moix- carmelita descalzo que en el año 1774 reunió en un tomo las <<Noticias de Calaceite>>- las tres torres son la del propio castillo de Calaceite, el << Puch >> que se elevaba sobre el actual poblado ibérico de San Antonio, y la tercera, que se levantaba en el Castellar, donde está el barranco de Calapatá, en la línea divisoria entre Calaceite y Cretas.

Pero los moros que seguían ocupando los montes de Beceite no dormían, y tan pronto como pudieron, en 1153, recobraron lo que los guerreros de Cambrils les habían quitado dos años antes, y que, debido a la vastedad de sus conquistas, no pudieron defender, como era menester, con guarniciones apropiadas a la fiereza de tamaño enemigo.

Hay que esperar hasta Alfonso II y al año 1167 o 1168 para que Cataluña vuelva otra vez la fe cristiana. El rey Casto, que sucedió al conde catalán y príncipe aragonés en el trono de Aragón de 1163, había confirmado un año antes la carta- puebla de Alcañiz. Luego prudentemente, y para evitar el peligroso poder que iban adquiriendo los Templarios en todo el reino, cedió Alcañiz y sus tierras y poblaciones colindantes a la castellana orden de Calatrava que, instalándose en el castillo sobre el Puy Pinós que domina la ciudad, llegó verdaderamente a señorear en esas tierras. Era el año 1179. maestre de la Orden de Calatrava era Martín Martínez cuando el 1º de agosto de 1205 subinfeudó Calaceite a los caballeros Rotlando de Cambrils y Dalmacio de Canelles. Vuelven los Cambrils a ser señores de Calaceite, aunque por poco tiempo ya que ese caballero fallece sin herederos, y su feudo, por línea colateral femenina, va a parar a manos de Sancho de Sariñena y Rodrigo de Bolea. Dalmacio de Canelles se quedó con las villas de Arens y Lledó.

Los dos nuevos señores del pueblo fueron los que 1207 otorgaron a Calaceite la primera carta- puebla.

Tras este paréntesis de señorío casi independiente, en 1237 Oliva de Sariñena vende su parte el señorío a la orden de Calatrava; mientras que alguno años mas tarde doña Onceda hija de Rodrigo de Bolea y doña Arsén, hacia piadosa donación a la mentada Orden de la otra mitad del feudo de Calaceite. Vuelven pues los buenos monjes de Calatrava a ser dueños y señores de Calaceite, como la prueba de un documento fechado en 1271 y como siempre, los de Calatrava no hicieron pasar su autoridad; viceversa intentaron favorecer, en la medida de sus posibilidades, a sus antiguos súbditos así <<Un sábado, a cinco días del mes de junio de 1277- según nos relata el meticuloso y exacto don Santiago Vidiella-, otorgaba en Calatrava el maestre don Juan Gonzálvez un poder para el comentador Pérez Ponce: por aquellas sus letras autorizaba y confirmaba de antemano cuántas posturas y convenios firmaría el comendador alcañizano con el consejo de Calaceit sobre la forma y pormenores del dominio>>

<<No se hizo esperar la que podríamos llamar carta magna de la libertad calaceitana>>, y sigue Vidiella y Jasá en sus Recitaciones: <<dictó en el siguiente año 1278 el monumento mas precioso, la verdadera constitución escrita de Calaceite>>.

Desde entonces y hasta el 23 de septiembre de 1428, Calaceite fue una encomienda de la Orden de Calatrava, y larga es la lista de sus comendadores para trascribirla en este estudio que poco tiene de erudito, ya que sus pretensiones son meramente informativas.

EL CABILDO DE TORTOSA

Antes de la fecha arriba mencionada hay que reseñar otra que, aún no afectando de lleno a nuestro pueblo, es de gran resonancia en toda la provincia y en el país entero. Nos referimos al <<Compromiso de Caspe>> que el 24 de abril de 1412 hizo la corona de Aragón se depositara sobre la cabeza del príncipe don Fernando de Antequera. El hecho fue vivido intensamente en Calaceite, ya que fue en Alcañiz donde se fraguó el célebre compromiso y donde se decidieron los nueve compromisarios de entre los cuales había de salir elegido el rey que dirimiese la cuestión sucesoria planteada a la muerte de Martín el Humano.

A partir del 23 de septiembre de 1428 la Orden de Calatrava permuta la villa de Calaceite por la de Colmenar al rey don Juan de Navarra, que lo era también de Aragón. Al año siguiente, el 3 de marzo de 1429 y en Tudela, el rey otorgó la escritura de propiedad del señorío de Calaceite a la casa de Ariño, que también poseía las Villas de Maella y Fabara, a cambio del Marquesat en la provincia de Lérida y la diócesis de Urgel.
Los Ariño mantienen el nuevo señorío hasta el 4 de diciembre de 1452, fecha en que por 11.500 libras jaquesas lo venden al Cabildo de Tortosa. La compra, en honor a la verdad, fue promovida por los mismo calaceitanos, quienes se comprometieron a reintegrar a la comunidad de canónigos la cifra pagada en cómodos plazos, ya que estaban convencidos que bajo la dominación clemente del cabildo tortosino, habían de conservar sus derechos y ver aumentadas sus libertades y beneficios.

En el año 1462 y a causa de la premeditada muerte que el rey don Juan II infligió a su desgraciado hijo, el príncipe de Viana, la sierra del Maestrazgo se levantó en contra de su rey. Para reprimir esa especie de guerra civil el rey ordenó al comendador de La Fresneda el volver a poner paz en las tierras sublevadas. El comendador calatravo se apoderó fácilmente de Calaceite, tanto es así que el Cabildo tortosino supuso que lo calaceitanos veían de buen ojo la vuelta al dominio de los calatravos. El rescate que puso el de Calatrava para devolver Calaceite que ya veían avecinarse un nuevo señor con mas prebendas y otros vasallajes. Recurrieron entonces al Justicia de Aragón- no en balde llamado el juez de los oprimidos-, y éste sentenció a favor de los calaceitanos en el año 1514.

Otra fecha importante en la historia de la villa es la del 21 de julio de 1571 cuando el Justicia de Aragón, en nombre del rey Felipe II, confirmaba a Calaceite todos y cada uno de los privilegios que otros reyes aragoneses le habían otorgado en distintas épocas pasadas.

Entre los años 1640 y 1651 Calaceite asiste y sufre a la rebelión de Cataluña contra el rey Felipe IV, o mas bien contra su valido el conde- duque de Olivares, quien no cesaba de instigar al monarca en contra del principado catalán, llegando incluso a hacer decretar la abolición de los fueros.

La situación de Calaceite, por ser un pueblo de frontera, fue de lo más comprometida, ya que tenía muchos vínculos- comerciales y familiares- con los rebeldes catalanes, que se habían aliado con los franceses para combatir las tropas reales. Hacía los primeros meses de 1643 el ejército del francés La Motte infligió una dura derrota a las tropas reales. La situación de Calaceite se hizo harto peligrosa, sobre todo a la vista de los saqueos y desmanes que los miquelets realizaban por donde pasaban.

Apenas tuvieron tiempo los calaceitanos de abandonar la villa, y el 25 de mayo de aquel aciago año de 1643 entraron las hordas vencedoras en Calaceite, destruyendo, quemando y profanando todo lo que encontraban y llevándose lo que consideraban de algún valor. Mal recuerdo guarda el pueblo de esa Pascua, cuando fue quemado el mejor molido de aceite del reino y desaparecieron de la iglesia sus siete campanas, el órgano y el reloj de la torre, amén de los cuadros, ornamentos y reliquias, como la Santa Espina de la cual ya hemos hablado. Las preocupaciones finalizaron con la capitulación de Barcelona, el 13 de octubre de 1651.

Así y siguiendo bajo el domino del Cabildo de Tortosa, a pesar de las muchas y frecuentes desavenencias entre calaceitanos y clérigos, a veces por nimiedades, se llega a la Guerra de Sucesión que domina el panorama del siglo XVII. Calaceite fue carlista, ya que con Alcañiz, Calanda y otras poblaciones se alineó de la parte archiduque Carlos cuando éste desembarcó en Barcelona para hacerse con la ambicionada corona de España que Carlos II dejó sin heredero. Calaceite y parte de Aragón pagaron cara su fidelidad a la causa carlista. Felipe V, el primer Borbón de la dinastía española, tan pronto ciñe la corona de España promulga un decreto por el cual quedan derogados todos los Fueros de Aragón. Era el 29 de junio de 1707.

Un siglo mas tarde, y tras la Guerra de Independencia se libera del yugo feudal. El Cabildo de Tortosa pierde toda prerrogativa sobre el pueblo.

No se puede decir que nuestro pueblo tomó parte activa en la feroz y patriótica contienda de los españoles contra el invasor francés. Pero si se puede afirmar que no dejó de prestar ayuda, tanto en hombres como en alimentos, cuando así se lo solicitaron. No hay que olvidar que la amenaza extranjera llegó hasta la mismísima Alcañiz, ocupada por los franceses. Como tampoco hay que silenciar que el Ayuntamiento calaceitano, muy a pesar suyo, tuvo que ir a la vecina Alcañiz a rendir acto de pleitesía al general extranjero.

El día 20 de agosto de 1812 el pueblo entero, primero en la plaza Mayor- que luego se llamaría la Constitución-, y luego en la iglesia, juró respeto y acatamiento a la constitución promulgada por las Cortes celebradas en Cádiz en un acto multitudinario lleno de emoción. Fue éste otro gran día para Calaceite.

LOS NUEVOS CALACEITANOS

El individuo quiere y debe vivir en sociedad, pero necesita de la Naturaleza. Por eso, huye del asfalto y recorre caminos desconocidos persiguiendo una íntima confesión capaz de devolverle la paz a su yo inquieto a intrigarte.

Por suerte, España es pródiga en esos pueblecitos de pocas almas y gran corazón. Aldeas de montaña, pueblos perdidos en la infinidad de la meseta, villas con mucha historia en sus piedras centenarias y burgos arropados por un castillo señero.

Calaceite es uno de ellos, Ilustre villa, según decreto de 30 de septiembre de 1915, firmado por el rey don Alfonso XIII. Es un pueblo tranquilo que vive al pairo de los montes de Falset, como para eludir el ruido de la civilización que llega desde las grandes capitales. Un pueblo donde falta muy poco o casi nada para vivir bien. Piscina, pista polideportiva, promoción profesional obrera, quipo de fútbol de 3.ª regional, fiestas mayores de altos vuelos, televisión en color en el bar de la carretera, donde se juega al guiñote y al tute y se discute sobre la cosecha de la aceituna y del trigo. Médico, maestro, farmacéutico, párroco y guardia civil aseguran la vida civil del pueblo. La caza menor abunda y cada vez mas, gracias al acierto de establecer un coto municipal. Las excursiones están aseguradas por la proximidad del Parrizal de Beceite, por la Semana Santa del Tambor en Alcañiz, Calanda e Hijar, por las pinturas rupestres de las próximas estaciones arqueológicas, por la belleza intrínseca de los pueblos vecinos como Cretas, Lledó, Arens de Lledó, Horta de San Juan, Mazaleón, Valdeltorno, Torre del Compte, para citar tan solo a los que están a una veintena de kilómetros en los alrededores.

Calaceite tiene fe en el campo y es consiente de la importancia que tiene en la infraestructura de la España moderna. Una España que, si bien mira hacia el Mercado Común y corre hacia una industrialización siempre mas pujante, no por ello ha olvidado ni debe olvidar el primer eslabón de su renacer: la agricultura, de la cual Calaceite es la más pura expresión.

Calaceite, decíamos, por estar a caballo entre Aragón y Cataluña, reúne las virtudes y las peculiaridades de las dos regiones. Es el crisol de las virtudes de los hombres de España. Tiene la valentía del aragonés recto, la austeridad del hombre de los anchos páramos castellanos, la nobleza del catalán universal. En esos hombres se hallan reunidas las cuatro virtudes cardinales: la prudencia de los hombres del campo que saben esperar; la justicia de los hombres sinceros y nobles; la fortaleza de la gente sabia y prudente, y la templanza de un pueblo sobrio y continente.

Bien se merece, pues, este pueblo que el director general de Bellas Artes, el 25 de marzo de 1973, le otorga el título de Conjunto Histórico y Artístico. Porque su historia, desde los primitivos íberos que poblaron las vetustas e importantes ruinas de San Antonio, hasta nuestros días es un conjunto desfilar de acontecimientos maravillosos y de hombre preclaros que honran a la historia de la Patria.

La tierra que pisan, los olivos que cultivan, la uva que vendimian, las almendras que recogen, les han enseñado a ser así, sin ambages ni sofismas, hombres recios, calaceitanos valientes, acostumbrados a caminar siempre adelante por muy tórrido que sea el sol o por muy fuerte que arrecie la lluvia: orgullosos de su trabajo, por mas insignificantes que este pueda ser.

El campesino o el alcalde, el sacerdote o el pregonero, el ama de casa o el guardia civil, todos son responsables de su puesto en esta pequeña Comunidad. Todos, sin distinción de clases o de oficios, saben que con su esfuerzo cotidiano contribuyen a hacer siempre mas grande el pueblo que los ha visto nacer.

Les hemos visto trabajar y sudar de sol a sol, les hemos visto en los nevados días de invierno con las manos crispadas por el frío, siempre con igual entusiasmo, satisfechos de poderle arrancar a la tierra el fruto de una buena cosecha. Les hemos visto sufrir frente a una nevada imprevista, ante una helada fuera de temporada, por una sequía demasiado larga. Pero también les hemos visto disfrutar en los días de asueto, con la escopeta al hombro o con las cartas en la mano, frente a la pequeña pantalla o en el campo de fútbol de la Bassa. La hemos visto entusiasmarse con los proyectos de embellecimiento del pueblo programados por su Ayuntamiento. Siete millones para pavimentación y accesos al pueblo, cinco mas para la zona del poblado ibérico. Ampliación de la zona deportiva, jardines, alumbrado, losetas de cerámica para rotular las calles. Cualquier innovación, cualquier elemento que embellezca su pueblo es bien acogido. No importa si hay que sacrificarse. Lo importante es merecer el aplauso de los visitantes.

En este pueblo envidiable han adquirido carta de naturaleza nuevos vecinos. Hombres de la ciudad que han preferido esa tranquilidad al bullicio de las playas de los lugares de moda.

Un ilustre escritor chileno deja oír el tecleo de su máquina de escribir en las frescas y abiertas noches de verano. Un editor catalán encuentra alivio al ajetreo de la vida mercantil ciudadana entre frescas paredes, con mas de dos siglos de vida. Un pintor ha instalado su caballete en la luminosa solana de una antigua mansión. Un decorador, un poeta belga, un médico, un industrial extranjero, un periodista. Gente normal, ciudadanos cansados, que en ese pueblo han encontrado la hospitalidad del aragonés sincero y noble.

También Buñuel, hijo universal de la vecina Calanda, ha enfocado su objetivo sobre Calaceite. Desde luego, los ojos brillantes y profundos de ese aragonés universal habrán podido ver mucho en un pueblo de tanto empaque y sabor.

Calaceite respeta sus antiguas calles con bellos edificios de piedra de sillería. Y no solo respeta, sino que sabe conservar y remozar. De ahí le viene el premio de la Diputación a la labor de embellecimiento y, por ese afán, cuenta con dos brigadas de albañiles que, a la hora de enfrentarse con la piedra, son verdaderos artistas, mas escultores que simples albañiles. El pueblo sabe que allí, en esas piedras finamente labradas, está uno de los atractivos para el turista. El valor y el empujo de unos cuantos concejales jóvenes, secundados por un secretario municipal prudente y con agallas, han evitado la especulación y muchas otras tonterías, muy propias de la actual fiebre del turismo. Solo así ha sido posible también otro proyecto que, a buen seguro, hallará la favorable acogida entre los viajeros que allí recalan. El adecentar y acomodar antiguas casas de campo o de labranza, para que los sufridos habitantes de la ciudad vayan a disfrutar unas cuantas semanas en las vacaciones veraniegas, puede abrir las puertas a un nuevo tipo de turismo. Que duda cabe, que a los que vivimos inmersos en la polución durante once meses al año, no puede sentar muy bien un mes de desintoxicación al contacto con la Naturaleza, probando sus ventajas y, también, sus incomodidades.

Otro atractivo para el turista es el taller de cerámica de Teresa Jassá la artista aragonesa vive y trabaja en Calaceite, a pesar de haber conseguido varios premios en exposiciones en Huesca, Zaragoza, Barcelona y Madrid. De su horno calaceitano salen jarros, cuencos, figuras caprichosas, losetas con interpretaciones originales y personalísimas de cuadros famosos o pinturas rupestres. Sus esmaltes están hechos a base de óxidos y sales vitrificables a 980º. Las cerámicas con tierras refractarias, como lo hicieran cientos de años los iberos de San Antonio. Todo este material se coloca en la mufla, el horno que funciona con leña de olivo y cuyo fuego es capaz de conferir unas cualidades estupendas a los colores, logrando sorprendentes efectos de oxidación y reducción sobre los esmaltes. En su taller siempre hay una pequeña exposición de sus obras. Parte está a la venta y parte está a punto de partir para llevar el mensaje de Calaceite a toda España. En su taller aprenden el difícil arte, jovencitas del pueblo y de fuera. Su puerta no está cerrada para nadie.

Pero puede que uno de los mayores incentivos, especialmente para ese viajero que pasa y no se detiene en el pueblo, lo constituya la cocina del matrimonio Alcalá. Su fonda siempre llena. Se ha hecho famosa y la gente se sienta frente a sus manteles para probar las delicias de una perdiz en escabeche, de un arroz con tordos, de un estofado guisado con sabiduría o de la butifarra con judías: unas judías blancas y tiernas, apenas refritas con la grasa de una longaniza suprema. Resulta imposible comprender tanta calidad de ingredientes tan simples. Y el vino, por supuesto de la tierra. Todo sencillo y fácil. Quedan muy lejos los abigarrados artificios gastronómicos de los encopetados cocineros. Pocas veces, sin embargo, hemos podido penetrar tan profundamente en el supremo misterio de las exactas proporciones culinarias.

A MODO DE EPILOGO

Calaceite es un pueblo antiguo que respeta su pasado y mira hacia futuro con ojos nuevos. Solo así se puede comprender a las viejas enlutadas y a las mozas con minifalda. Por eso, los turistas que allí se han establecido, han instalado detrás los viejos y espesos muros de piedra de sillería el agua corriente y la luz eléctrica. Y mientras en el rescoldo de la chimenea va tostándose la rebanada de pan que el aceite ennoblecerá- como siempre, como antaño- con su sabor gerundio, el equipo de alta fidelidad lanza al aire las notas de la sonata a Rodolfo Kreutzer de Beethoven, mientras la tenue luz de un quinqué lanza sombras chinescas sobre el atrevido dibujo- todo colorido y atrevimiento- del pintor catalán afincado en Calaceite.

Pero vivo en España desde hace mas de un cuarto de siglo. Por ello, ciertas alabanzas a Calaceite me son permitidas. No soy parte interesada, pero conozco a fondo ese pueblo en el cual he pasado días inolvidables. Por eso, no me ruborizo al confesar que amo a Calaceite como se quiere a una cosa propia. Con sus virtudes y sus defectos, con sus piedras centenarias y sus calles estrechas, con sus atardeceres pintorescos y sus frías mañanas de invierno. Lo admiro a través de las cerámicas de Teresa Jassá y de los manteles de la fonda Alcalá. Lo quiero también por sus aceites puros, por sus vinos auténticos, por sus sabrosos polvorones. Porque no hay nada mas importante en la vida que las cosas sencillas y verdaderas.

12


Hoy toca Teruel y sus maravillas

UN ARTE MILENARIO

La pintura rupestre se encuentra extendida por toda la provincia. En los abrigos de las imponentes montañas de la sierra de Albarracín, hay notables pinturas de la época epipaleolítica que el doctor Martín Almagro atribuye a pueblos de origen africano, llegados a España después del Paleolítico Superior. Son interesantes estas muestras por haber resuelto el discutido problema entre las escuelas franco- cantábrica y levantina; se puede presumir que los abrigos de levante son posteriores a las cuevas hispano-francesas. Las superposiciones de las Olivanas y del abrigo de Doña Clotilde, acusan la larga duración del rupestre en esta zona. En estos impenetrables lugares debieron de subsistir las tribus de cazadores, cuando el neolítico se desarrollaba en otras partes; por este aislamiento, observamos una continuación de ideas técnicas, artísticas y espirituales, semejantes a las de los hombres paleolíticos, hasta épocas muy avanzadas. Las pinturas se hallan en rocas de arena triásica, de nominada “Rodeno”, de color rojo, entre el exuberante pinar, que anima la belleza de estos parajes, los ingredientes cromáticos debieron de ser grasa de animales con polvo finísimo de roca blanquecina, que resalta sobre el fondo rojo.

De los conjuntos albarracinenses, destaca una escena de Las Olivanas por su realismo, con la figura de un gamo muerto y de un cazador que se acerca a tomarlo. La etapa culminante del arte pictórico de Levante se halla en el abrigo de Doña Clotilde, que muestra figuras muy esquematizadas; en este arte paleolítico, ya en decadencia, el paisaje, en su primaria significación, hace presencia con una lora concebida infantilmente.

De las pinturas rupestres de la Tierra Baja, lo más interesante se halla en la cueva de Val del Charco del Agua Amarga; destaca la figura de un cazador portando flechas; pero la escena cumbre por su realismo y movimiento, es la del jabalí perseguido por un cazador, que nos evoca otras pinturas levantinas. Esta cuerva es documento estimable para el estudio de la escuela levantina, por sus diversos estilos, tan peculiarmente superpuestos. Algunas figuras están trazadas torpemente, pero otras nos asoman por su palpitante realismo.

Un ejemplo: El arquero de Las Olivanas, cerca de Tormón, o la aparición del paisaje en el Covacha de los Trepadores, cerca de Alacón.

EL MITO DEL TORO EN LA COREOGRAFÍA TUROLENSE.

El toro es el signo mas antiguo del Zodiaco, por lo que entra dentro del mito universal de la luz y de las tinieblas; fue símbolo de la procreación y de Dionisos; el cristianismo le puso al lado de San Lucas, en el tetramorfos. Los toros turolenses pertenecen al ciclo mediterráneo, del buey Apis y del minotauro de Creta. El toro fue animal sagrado en España, según nos cuenta Diodoro de Sicilia.

Quizás por su carácter divino, fue representado repetidas veces en los lienzos rocosos de la abrupta geografía turolense ya en 1911, el abate Breuil, y Cabré Aguiló, estudiaron algunos de los existentes en la Sierra de Albarracín, en el barranco de Las Olivanas, hacia Tormón; ellos vieron las semejanza de estos toros; con los de Minateda y Cogul, a juzgar por los cuernos en forma de lira, mientras que el convencionalismo de tres o cuatro patas delanteras para indicar el movimiento, quiere recordar al paleolítico hispano- francés. Los sabios citados encontraron hasta nueve series en este conjunto de toros, équidos, cervidos y figuras humanas. Posteriores exploraciones aumentaron el repertorio pictórico de toros rupestres, destacando los de la Cocinilla del Obispo, por sus figuras rojizas, llenas de vitalidad. En los roquedales del Prado del Navazo, también en los Montes Universales, vemos a dos cazadores disparando sus flechas contra un toro. Las investigaciones del eminente prehistoriador turolense, don Martín Almargo, han dado a conocer las diferentes yuxtaposiciones pictóricas que realizaron los artistas del Paleolítico en esta zona.

La mas bella estampa de toro de todo el rupestre levantino, se encuentra en el pueblo turolense de Ladruñán, en la cueva del Pudiol. Aparece en movimiento, representado con minuciosidad anatómica verdaderamente sorprendente, dentro de los convencionalismos propios de este arte.

Este animal mítico, fue decisivo en la fundación de la ciudad de Teruel; así nos lo refiere el Libro Verde: <<Es los Adalides es los mas servidores de tal fecho, subieron a la muela et allí do es ahora la Plaza, de mañana en el alba trobaron su bel toro, et andaba una bella estrella sobre él; et luego que los vido el toro comenz a bramar, et dijeron los adalides que aquí había buenas señales por fer Población i allí tomaron señal>>.

HUELLAS DE LA ANTIGÜEDAD.

La importancia de las tierras turolenses en tiempos pretéricos, se explica por los restos que de día a día aparecen. Apenas hemos dicho algo del legado pictórico que dejo el hombre prehistórico. Los poblados ibéricos son incontables y solo unos pocos han sido excavados; pero ninguno supera en interés a las ruinas del Cabezo de Alcalá, en Azaila, que merecieron las calificaciones de Monumento Nacional. En ellas se reconoce un primer asentamiento céltico, al que sucedido la ciudad de fines del siglo III; a principios del siglo I antes de Cristo, fue construida sobre las ruinas incendiadas de la pierna, pero ésta fue a su vez incendiada y sustituida por la nueva ciudad ibérica, ya romanizada, que sería destruida en las guerras sertorianas. Las excavaciones han puesto de relieve la red de calzadas, sistema de pavimentación y desagüe, así como los principales edificios. Además de esculturas, el gran legado de Azaila ha sido la cerámica, ya que sus alfares fueron de los mas importantes, desde el Nordeste de España, hasta el Ródano. No deja de acusar cierta relación con la del Sur de Italia, cosa explicable por los numerosos militares que se establecieron con España durante el siglo I antes de Cristo.

En esa zona de la provincia, se encuentra otro yacimiento, las Ruinas de San Antonio, en Calaceite. Su cerámica aparece relacionada con la de Azaila, Valencia y Cataluña. Curiosas son las estelas con representaciones ecuestres y la serie de lanzas que recuerdan la costumbre ibérica de colocar en la tumba del guerrero muerto; tantas lanzas como enemigos hubiese vencido.

Las huellas de Roma surgen acá y allá, por toda el área de la provincia. Algunos de los restos hallados pasaron al Museo Arqueológico de Teruel, y otros hace tiempo que fueron emporrados en iglesias, como en la catedral de Albarracín y en la parroquial de Calomarde. En el valle del Jiloca hay todavía dos puentes, en Calamocha y Luco, ubicados ambos en la calzada romana que iba de Zaragoza a Córdoba. El de Luco ha perdido mucho de su elegancia primitiva al desaparecer el pretil y cubrir el río los pilares con sus continuados arrastres.

Monumento funerario y calle de una ciudad ibérica, fundada a fines del siglo III a. C. cerca de Azaila.

PUENTES Y ACUEDUCTOS.

Dada la ubicación medieval de Teruel, en una colina que la defendía con sus terraplenes naturales, se ubicaron los edificios, para construir luego una serie de obras que facilitaran el acceso a la ciudad.

El mas bello de todos es el Acueducto, vulgarmente conocida por los Arcos, obra de grandiosidad romana que levantó a mediados del siglo XVI el arquitecto Quinto Pierres Permitió el desarrollo moderno de la ciudad con una urbanización en abanico, partiendo del mismo puente. Aún hay otros puentes: el de la Reina, el de San Francisco, etc., pero no olvidaremos el mas insignificante, el de Doña Elvira, de tablas, pero aureolado por la leyenda de aquella dolorida mujer, cuyo marido murió alevosamente en el Puente de San Francisco, y que ordenó construir este para no hollar el otro, de tan triste recuerdo.

La obra singular de Los Arcos merece una descripción, aunque breve. No solo es el mayor acueducto renacentista, sino el mas bellos de los pocos que nos ha llegado de la España del siglo XVI. Su mayor originalidad reside en su doble función: puente y acueducto, ello debió de ser una exigencia del régimen foral turolense, entonces vigente, pues en el Forum Turolii se estipula: “Y cualquiera que hiciera un acueducto debe asimismo hacer en él un puente…”. La obra resultó tan bella que en todo momento ha levantado unánimes aplausos. Ya en el siglo XVI. El libro Verde de la ciudad la calificó como ¨obra de las mas admirables de España¨. Un siglo después, el portugués Juan Francisco Labaña escribió en su Itinerario de Aragón que Los Arcos están ¨muy bem feytos, e altos, que be obra asimilada¨. Pero nadie como el infatigable Ponz supo captar el espíritu de la obra: ¨El acueducto – escribió -, presenta cierta idea magnífica, que recuerda los suntuosos edificios que los romanos hacían de esta clase¨. Así quedaba bien expresado el carácter de la mejor interpretación del Renacimiento que hizo Vedel.

LA MURALLA DE CUARENTA TORRES.

Un manuscrito de 1695 sobre la Real Militar Compañía de Caballeros de San Jorge en la ciudad de Teruel, nos refiere: “Los muros de la ciudad están adornados con cuarenta torres las mas de ellas, de hermosa arquitectura”. Los hombres y el tiempo han destruido estas sólidas construcciones, y de ellas no quedan mas que unos muros desdentados y unas referencias literarias.

Subsiste todavía la torre Bombardera, con sus ángulos achaflanados, propios para la defensa, con cañoneras que favorecen el tiro rasante. En su coronación debió de tener almenas y matacanes volados; las cañoneras nos ayudan a fijarla cronológicamente, dentro del siglo XV.

Mejor conservado se encuentra el torreón de Ambeles, que recuerda la ubicación del antiguo Alcázar; por haber pasado a principios del siglo XVIII a la familia Ambel, se le conoce con el nombre de Castillo de Ambeles. El la mas interesante de las construcciones militares de Teruel, por la originalidad de su planta con ángulos de resalte mayores y menores en alternancia; a dos tercios de su altura presenta una cornisa que da movimiento a la inusitada composición.

Se puede hacer el periplo del casco urbano medieval, en un paso extramuros, poco mayor de un kilómetro. En el extremo Nordeste, al fin de la calle del Tozal, estuvo la Puerta de Zaragoza, reconstruida en 1379, en forma similar a la de Cuarte de Valencia. Tras el Mesón de la Comunidad, estuvo el Portal de las Carnicerías Altas. En el punto de unión de Los Arcos con la muralla, se encuentra el Portal de la Traición, que nos recuerda la entrada de las fuerzas castellanas en 1363 por ¨Tracto malo e falso¨, según las crónicas.

El costado septentrional es el mas pintoresco de la ciudad; serpenteante camino, asciende hasta el Portal de Daroca, conocido ya en 1566 por la Andaquilla; su arco evoca a los turolenses el regreso angustioso del infortunado amante, Juan Diego Martínez y Garcés de Marcilla, el mismo día de la boda de su enamorada (según la leyenda). Ningún vestigio queda de la Puerta de Guadalquivir, del Postigo y del Portal de Valencia, situados en las partes meridional y oriental del circuito murado de la ciudad.

La Bombardera, es una de las cuarenta torres que tuvo la ciudad de Teruel (s. XV).

PLAZAS Y CALLES.

El centro vital de Teruel es la Plaza de Carlos Castel, o del Torico, llamada así porque un minúsculo toro se levanta sobre un alto pedestal columnario, presidiendo con hieratismo totémico el murmullo de la ciudad que le está dedicada. Cortés y López, un etimologista turolense, tuvo la obsesión de ver raíces hebreas en la toponimia española; según él, el primitivo nombre de Teruel fue Turba, que derivó de las voces hebreas tbou y bat e interpretó como domus tauri, por tanto, Teruel venía a ser como casa o templo del toro. El actual monumento data de 1858 y vino a sustituir a otro, mas bello, realizado en el siglo XVI.

Por la plaza del Torico, pasa la única arteria axial que divide en dos partes el antiguo casco urbano. La topografía del lado oriental conserva mejor sus rasgos medievales; aquí se cobijó la judería turolense, a espaldas de los castillos de Ambeles y de San Esteban, formando parte de ella las calles que, mas o menos radialmente, inciden en la actual Plaza de la Judería; en la calle adjunta de la Comadre, estuvo la sinagoga. No todos los judíos vivieron en este recinto, pues los mas ricos habitaron en la antigua Albardería (hoy Salvador), en Ricoshombres, calle que parecía confinada a la aristocracia, y en la Alcaicería (San Juan), a cuya entrada los Nairíes tuvieron su casa de cambio.

No pocos hechos históricos nos evocan las tortuosas callejuelas de este sector, el mas vetusto del urbanismo turolense. El camino de ronda lo señalan las calles de San Esteban y la Plaza de Bolamar (recuerdo del capitán bul Amar, jefe de una compañía de moriscos que defendió la ciudad contra los ataques de las aldeas). A espaldas del torreón de Ambeles estuvo la llamada Casa del Judío, famosa por su rico artesonado mudéjar del siglo XV.

El Arrabal, no ha perdido su carácter arábigo, con los característicos callejones sin salida. Aquí vivieron apartados los moriscos hasta su expulsión, aquí habitaron aquellos alarifes que doraron a la ciudad de las soberbias torres. Todavía en este barrio subsisten las ollerías, en las que se elabora una interesante cerámica.

En la plaza del Torico, se encuentra el monumento al animal que propició la fundación de la ciudad.

TERUEL: IGNORADA MARAVILLA.

Nuestra ciudad ha permanecido casi olvidada hasta tiempos recientes: ni el P. Flórez, ni Villanueva, ni los autores del Teatro histórico de las Iglesias de Aragón, dicen nada de ella, solamente en obras de carácter general, como las de Zurita, Ponz, Madoz, etc, se encuentran referencias. Traggia y algunos eruditos locales, exploraron sus archivos. Hasta mediado el siglo XIX, Teruel continuó desconocido, y solamente Cuadrado le dedicó unas breves páginas de su obra, pero ni Roscoe, ni Borrow, ni Quinet, ni Teófilo Gautier, ni otros viajeros de la pasada centuria, han dejado referencia de su paso. Pero lo cierto es que ya desde el Paleolítico el río Turia atrajo a los cazadores prehistóricos, que acechaban a los animales de los bosques próximos, dejándonos como testimonio, en el paisaje terciario miocénico que rodea a la ciudad, sus raederas, hachas y cuchillos.

Este silencio que han guardado viajeros e historiadores, podría hacer pensar que la tierra turolense es espiritualmente árida, mas no es así; sus monumentos y hombres demuestran lo contrario. Díganlo los brillantes volúmenes de sus torres, realizadas en ladrillo, que son el documento artístico mas valioso que Teruel exhibe de su vinculación al genio artístico nacional. Desgraciadamente la mentalidad barroca no comprendió la belleza de éstos volúmenes, tan gallardos y limpiamente aristados, y hasta permitió la destrucción de la torre de San Juan, conocida por la “fermosa”. Actualmente la mas admirada es la de San Martín, que se ofrece ante propios y extraños con una belleza renovada cada día, en el escenario de una histórica plaza. Asimismo, es un timbre de gloria histórica y artística el artesonado catedralicio, en el que se presenta la ¨comedia humana¨ de la sociedad medieval de Teruel en el momento mas glorioso de su historia.

En cuanto a sus personajes, don sintieron el amor como únicamente la imaginación de los poetas lo ha recreado. El morir de pena y amor es una realidad que solo ha sido concedida a dos enamorados turolenses, pero ¿es posible morir de amor? Todo es posible a los humanos capaces de tener grandes pasiones, que mueren para vivir una vida mejor en la región de la Eterna Belleza.

El cuerpo de la Catedral ofrece un aspecto pintoresco.

TERUEL: CIUDAD DEL AMOR

No se puede escribir de Teruel sin hacer referencia a sus mas ilustres personajes: Isabel de Segura y Diego Garcés de Marcilla, cuya vida nos ha llegado envuelta entre las brumas de la leyenda y las sombras de una época histórica llena de silencio. La hermosa leyenda de amor debió de ocurrir el año de 1217, siendo juez de Teruel, Domingo Celada.

¿Existieron los Amantes de Teruel? Ningún turolense duda de ello, pero los historiadores y comentaristas literarios no están acordes. El infatigable cronista de la ciudad, don Jaime Caruana, ha conseguido unas apoyaturas documentales para la judicatura del citado Domingo Celada, que corroboran la fecha de la anónima tradición, pero queda todavía una noche oscura de mas de tres siglos, desde el supuesto hecho hasta el año 1555, sin una sola referencia histórica.

Y, ¿qué nos queda del Teruel de los Amantes? Casi nada. Las famosas torres mudéjares, las iglesias y la Andaquilla, según hoy se encuentran, son posteriores al suceso. Embrolla mas el asunto la semejanza de la leyenda con el cuento de Boccaccio Girolamo y Salvestra, escrito a mediados del siglo XIV en Florencia. Sería razonable pensar en la existencia de una fuente literaria de la Antigüedad clásica, que está por identificar de la cual deriven tanto la versión turolense del siglo XIII como la italiana del XIV. La leyenda turolense ha motivado varias obras de nuestra literatura, siendo las más feliz y famosa el drama romántico de Hartzenbusch.

En las artes plásticas, inspiró al pintor Muñoz Degrain y al escultor Aniceto Marinas. El moderno sarcófago ha sido realizado por Juan de Ávalos; su feliz composición nos presenta a la enamorada, bella de cuerpo y de alma, y al bizarro doncel, unidos por sus manos en lazo eterno de amor. Cada uno de los cuerpos descansa sobre el carnero correspondiente, abierto lateralmente por unas celosías de tradición mudéjar, para que el visitante curioso pueda contemplar las momias si lo desea. El lugar adecuado de su presentación, será el claustro gótico de la iglesia de San Pedro, previamente restaurado.

UNA DETERMINANTE TUROLENSE: EL MUDEJARISMO.

Mudayyan o mudéjares, tributos o sometidos, debió de haber muchos en el Teruel preforal, formando barriada en los extramuros. El fuero de Teruel (1176) consideró libres a estos moros de paz, pudiendo convivir con los cristianos en paridad de derechos sociales. No sucedía lo mismo con los moros esclavos, cuya valoración social no fue superior a la de las bestias. La clase mudéjar fue muy dinámica, absorbiendo gran parte de la vida económica de la ciudad; además de labradores, debieron ser herreros, zapateros, peleteros, tejedores, tintoreros y alfareros de tejas, ladrillos, cántaros y ollas. Las disposiciones del Forum Turolii, el gran monumento literario sobre la vida del Medievo turolense, nos ayuda a evocar las animadas escenas de las angostas calles de la ciudad.

A los mudéjares debe Teruel su época áurea. La ciudad destaca en el ámbito peninsular por dos especialidades mudéjares: las torres y la cerámica, por ello, no sin razón, Teruel ha sido bautizada como la ciudad de mudéjar por antonomasia, así que gran parte de los edificios turolenses, están tocados de este estilo. De la catedral dijo Lampérez que, si se conservase completa y sin alteraciones, sería caso único, sin duda, de un templo episcopal de estilo mudéjar.

Teruel continúa siendo mudéjar por herencia y apego natural al estilo, llegando a ser hoy determinante estético de su paisaje. Ya el fuero reglamentó la industria alfarera lo mismo que los precios de “ollas, cántaros y además vasos”. La ciudad fue durante los siglos XIII y XIV, un centro especializado en la elaboración de azulejos, placas columnitas y escudillas, destinadas a la decoración de las torres. El material empleado es una pasta ferruginosa, muy rojiza, barnizada de blanco, sobre la que destacan los morados puros y los verdes brillantes, aún mas que en Paterna. Con evidente acierto, se ha destacado la prioridad cronológica de la cerámica turolense sobre la valenciana. Maríneo Sículo, en su obra Opus de rebus Hispaniae memorabilius, celebra así la importancia de la cerámica turolense: “Turolii fiunt praecipus sunt et caeteris pulchriora”.

TORRES MUDÉJARES.

Amador de los Ríos llamó mudéjares a las manifestaciones artísticas de los musulmanes que vivieron bajo los cristianos vencedores; de nuevo se repitió el Graecia capta de Horacio, y los vencedores fueron vencidos culturalmente. Lo mudéjar, en su fuente original, es oriental, islámico. Sus volúmenes, tan regularmente aristados, no pesan, es decir, no son masa. Sus decoraciones carecen de relieve y dan la impresión de ser brillantes y fastuosos tapices. España ha sido campo de interacción de Oriente y Occidente, que ora aparecieron en lucha, ora en ambiente de fecunda paz. La convivencia de moros y cristianos, motivó el ensamble de sus formas artísticas y culturales. Recientemente, algunos ensayistas han extendido el concepto mudéjar a toda obra artística, literaria, jurídica, económica, filosófica, etc., en la que se combinen armónicamente lo cristiano con lo musulmán; no solo la literatura aljamiada, si no buen parte de la obra del Rey Sabio, el Libro del Buen Amor, los romances, e incluso El Quijote, han sido calificados como mudéjares.

Examinando lo mudéjar en su esencia, vemos que se trata de un estilo autóctono, muy original, que responde a las exigencias de la tierra y del pueblo; exhibición de volúmenes rotundos y de decoloraciones planistas, dispuestas bajo rígida disciplina geométrica. La más feliz intuición de Menéndez Pelayo en el terreno artístico, fue considerar lo mudéjar como o el único estilo peculiarmente español de que podemos envanecernos. Se ha considerado el arte hispano-morisco, como el arte nacional de la España medieval. Y solamente entendido así, se comprende su proyección histórica; tan hondas raíces echó en nuestro suelo, que rara será la forma artística que no surja tocada de mudejarismo.

Este estilo arraigó profundamente en Teruel, donde dejó los mas vellos ejemplares de torres: San Martín (1315) y El Salvador, de composición similar, que rivalizan en belleza y en las que debieron intervenir los mismos artistas, a los que la musa popular ha presentado en una leyenda trágica rivalidad. Durante los siglos XVI, XVII y XVIII, el mudéjar se expandió por los valles de la provincia, donde el ladrillo abundaba, dejando una serie de campanarios que atestiguan la facilidad con que este estilo se amalgamaba con otros, como el Renacimiento y el Barroco.

Y además se deben de citar la Torre de San Pedro (s. XIII), y la Torre de la Merced, la última de las torres turolenses (siglos XVI- XVII).

UNA EXHIBICIÓN DE LA SOCIEDAD MEDIEVAL.

Una opus magnum de la catedral de Teruel es el artesonado. Este lote de pintura gótico- lineal decora una armadura de par y nudillo, que es la primera de España por el desarrollo de los temas decorativos y subhistóricos. Un vivo documental de la Edad Media palpita en esta atmósfera mágica, que el visitante puede gozar gracias a unos balconcillos corridos situados a gran altura.

En torno a esta obra cardinal del tesorero artístico turolense, no se conoce documentación; por ello, su cronología ha sido muy discutida. Dada la carencia de pruebas documentales, el problema queda en mano de las sugerencias estilísticas. En otra ocasión he puesto de relieve la presencia de cuatro pintores de Teruel durante el primer cuarto del siglo XIV, Bernabé Alluvena, Fortún Ximénez, Pedro Guarín y Juan El Pintor; asombra que el gremio fuese tan numeroso en este lapso de tiempo, pues nunca en la historia turolense se conocieron tantos pintores juntos. Posiblemente se trata del equipo que realizó la enorme obra del artesonado. Los arcaísmos de la obra son explicables, por tratarse de pintores artesanos que vivían con cierto retraso las modas estilísticas, y ser Teruel un medio sin tradición pictórica considerable.

El punto mas controvertido es el referente a la interpretación del contenido del artesonado. Es preciso ser muy liberal para alcanzar una interpretación del material temático en orden a una concepción sistemática, que no parece que estuviera en las mentes de los que hicieron el artesonado. Indudablemente hay vagas referencias a la historia turolense, pero no un paralelismo tan sistemático como se pretende. Además, no hay que olvidar que los artesones pintados fueron trastocados y no nos han llegado en el orden primitivo.

Lo mas interesante de esta obra, es que en ella desfila la sociedad medieval española en un momento determinado: el primer cuarto del siglo XIV. Tiene mas interés la indumentaria femenina que la masculina, y hay una clara persistencia de las formas del siglo XIII en ciertas prendas femeninas, aunque otras denuncian ya los gustos del siglo XIV.

EL MUSEO EPISCOPAL DE TERUEL

El Palacio Episcopal, aunque muy restaurado, conserva su traza antigua. Su construcción fue lenta, desde fines del siglo XVI hasta el término de la centuria siguiente. Tiene patio arquitrabado con columnas jónicas, y galería de arcadas en el piso superior, el aragonesismo de la construcción lo patentiza la arquería bajo el alero.

El incipiente Museo Diocesano se expone en la galería superior del patio, mientras se prepara el edificio adecuado, feliz acontecimiento que no sabemos cuando ocurrirá.

Las obras expuestas son de un valor desigual. Dignas de recuerdo son las tablas de Santa Catalina y de San Miguel, que se creen obra de Lorenzo de Zaragoza. Quizá sean resto de un retablo que en 1366 la reina doña Leonor, ordenó le fuera pagado y que había hecho para el convento de Las Claras de Teruel. Recientemente, Gudiol ha visto bajo los repintes, la personalidad del autor del retablo de Jérica, enriquecida con nuevas originalidades y ostentando la típica grandiosidad, que constituye la gran revelación de Lorenzo de Zaragoza.

Pieza altamente interesante es el cuadro del Patrocinio de la Virgen, que Gudiol ha atribuido a un anónimo Maestro de Teruel. A juzgar por la fecha en que debió ser realizado, segundo cuarto del siglo XV, Juan de Boniella pudiera ser un probable pretendiente. En esta obra, se llega a la apoteosis de los imaginativo; hay en ella ua mezcla de fantasía y lirismo, que no es sino una resonancia inequívoca del influjo germánico de tipo valenciano que parte de Marçal de Sac. Esta obra de primer orden destaca además por su curiosa iconografía, ya que presenta los pecados capitales en los nichos de la cátedra de la Virgen; las víctimas de cada pecado indican con una flecha aquella parte del cuerpo con la que se cometió el pecado correspondiente. Esta valiosa tabla debe ser clasificada en la última fase del gótico internacional, poco antes de la invasión flamenca.

LO MEJOR DEL IMAGINERO FRANCES YOLI.

La actividad escultórica en Teruel, puede considerarse casi como inexistente hasta la venida del Renacimiento. En Teruel, el estilo renacentista adquirió esplendor gracias al concurso de los artistas galos, el escultor Gabriel Yoli y el arquitecto Quinto Pierres Vedel, ambos activos en tierras aragonesas, pero que dejaron, precisamente en Teruel, sus obras mas significativas.

La presencia de Yoli en Teruel data de 1532, cuando hizo el contrato del retablo mayor de la catedral, cuyo, coste, sin dorar ni policromar, alcanzó la cifra de 20.000 sueldos. Fue una fortuna que el retablo nos haya llegado sin dorar, así podemos admirar el toque directo de la gubia y los trazos vivos y nerviosos del escultor sobre la madera. Las figuras se caracterizan por las proporciones esbeltas, tendencia que inició el escultor en el retablo de Aniñón. La interpretación de las cabezas está muy influida por el arte de Miguel Ángel; no está lejano el expresionismo de los maestros castellanos, Berruguete y coetáneos, como se advierte en algunas escenas y en las magníficas figuras del Apostolado. Es elevado el interés de esta obra porque nos muestra el fin de la tarea del gran imaginero francés, ya españolizado, con esas formas que tratan de definir a sus atormentados personajes.

El escultor francés, al que Aragón debe la mejor talla del Renacimiento, murió terminando esta obra en 1538; su cuerpo mereció el honor de ser enterrado en medio de la nave mayor; se cubre el sepulcro con lauda, que muestra en bajorrelieve al artista envuelto en capa, espada al cinto en señal de nobleza, y cabeza sobre almohadones e inscripción en torno.

El más hermoso retablo turolense del Renacimiento, el de San Cosme y San Damián, en la iglesia de San Pedro de Teruel, tiene el sello inconfundible del maestro francés, lo que corrobora un documento de 1537. La composición es similar a otra anterior de Yoli, el retablo de Bolea. Los titulares aparecen en tamaño natural y elegantes posiciones, con atuendo que nos evoca a dos sabios renacentistas. Según Weise, las escenas laterales del banco, acusan otra mano.

RESURGIMIENTO DE TERUEL.

La época dorada del arte y de la vida turolense fue el Medievo, iniciándose ya en el siglo XVI la decadencia, que reflejan fielmente los monumentos. Las invasiones Seudo- renacentista y barroquizante inundaron todo, hasta el remate de algunas torres medievales. De este incluso barroquismo se libraba la iglesia de la Compañía, construcción feliz del siglo XVIII, obra del arquitecto turolense, José Martín de la Aldehuela, pero desapareció en los azares bélicos de la Cruzada. Algún viejo templo como el de San Pedro, tras de sufrir los estucos barrocos, a fines del siglo XIX, fue decorado a lo Viollet-le-Duc, sustituyendo la severidad del gótico-mudéjar por una policromía chillona; estos deseos restauradores hubieran sido felices si en lugar de buscar el pastiche galo, se hubieran tomado como modelos las iglesias del arcedianato de Calatayud.

El siglo XX, pese a las dolorosas amputaciones, ha dado a Teruel una nueva cara, tanto en las nuevas edificaciones como en las restauraciones. Está todavía por estudiar la significación del modernismo en Teruel, que aparece vinculado por medio del arquitecto Monguió, a la escuela barcelonesa; los dos edificios mas significativos, son los almacenes comerciales de Ferrán y del Torico, ambos en el centro de la villa turolense.

Poco después se realizaron el Viaducto y la Escalinata, que tanto embellecieron los accesos a la ciudad. El Viaducto fue proyectado por el ingeniero Fernando Hué, contándose entre las obras mas atrevidas de aquel momento. A uno de sus extremos se colocó un monumento escultórico de Victorio Macho. La monumental Escalinata, que salva el desnivel existente entre la ciudad y la Estación de la Renfe, fue realizada en 1321 por el meritísimo turolense, José Torán de la Rad, quien la decoró con guarniciones neo-mudéjares. Esta bella escalera, a mitad de s altura, se bifurca en dos tramos curvados para abrazar la composición del retablo de los Amantes, altorrelieve del escultor Aniceto Marinas.

ALBARRACÍN: CIUDAD ÚNICA.

En la época visigoda parece ser que esta ciudad se llamó Santa María de Oriente, pues así lo recogen las crónicas árabes. Los dominadores musulmanes de esta zona fueron berberiscos, pero la ciudad reunió una población heterogénea, lo que evidencia una lápida árabe, perteneciente sin duda a un mozárabe. Bajo la dominación islámica, hubo un obispo cristiano, según la Crónica General, el cual recibió al Cid en 1089. Hasta los judíos tuvieron aquí cobijo, ante la actual iglesia de Santa María, lugar conocido tradicionalmente como Campo del Judío.

En cuanto a los restos de construcciones, es difícil pensar si estás corresponden a Santa María, como ciudad árabe antes del siglo XI, o si solo hubo hasta la venida de Hudail (1013-1014), un pequeño castillo que dominaba las ruinas de las primitivas construcciones romanas o hispanogodas. De la época de Hudail, son el llamado “alcázar” y la torre del Andador, que juntamente con la desaparecida “torre del agua” formaban un triángulo estratégico. Al parecer, Albarracín fue ciudad abierta, de modo que la población en un momento de peligro podía cobijarse en las fortalezas. Durante la época cristiana, su importancia aumentó según el interés que pusieron Jaime II y Pedro IV, en la conservación y restauración del sistema ofensivo. La ciudad, probablemente, se cerró a fines del siglo XIV levantando la muralla conocida por el “Muro”. Este es de mampostería concertada, en muros de metro y medio de anchura y doce metros de altura; los torreones cuadrados tienen una altura de 16 metros, su número es de 9, mas la torre del Andador. Ninguno tan evocador como éste, ante el que acampó en 1220 Jaime I para poner sitio a la ciudad, no logrando reducirla.

Hay en Albarracín algo que está sobre los monumentos y que nos hechiza: sus callejuelas de abolengo moruno, serpenteando por el reducido casco urbano; sus pintorescas casucas, llenas de inagotables puntos de vista; sus viejos portales y sus murallas desdentadas. Por todo esto, es una lección permanente de Historia. Aislada la ciudad por su difícil emplazamiento, ha resistido el avance de los tiempos, que todo lo uniforman, lo que, unido a su natural tipismo, ha hecho de la villa un solo y auténtico monumento.

LA HISTORIA DE GEDEON.

La Sala Capitular de la Catedral de Albarracín, atesora un interesante conjunto de tapices flamencos, que representan la historia de Gedeón, al que eligió el Señor para que libertara al pueblo hebreo del yugo madianita. Se encuentran allí por donación del Obispo don Vicente Roca de la Serna (1606-1608), de quien dice el episcologio: ¨dejó a su iglesia una preciosa colección de tapicería, un terno muy costoso y un exquisito portapaz con embutidos de esmeraldas y otras piedras finas, que había sido alhaja de un Pontífice Romano¨.

Los tapices tienen la signa de un escudo entre dos B, lo cual nos declara que fueron hechos por tapiceros de Bruselas- Brabante, pues desde 1528 usaron este definitivo; otra marca que llevan se ha querido identificar como la firma de Francisco Geubels, que tuvo fábrica en Bruselas desde 1534 a 1571.

De los ochos que formaron la donación se conservan siete y un fragmento del octavo. La altura de tres metros y setenta cms, es uniforme, aunque varía la anchura. La historia de Gedeón se ha tomado del Libro de los Jueces (caps. VI, VII y VIII). De las materias empleadas en su confección, se aprecian claramente lana, algodón, estambre y seda; esta última es abundante y está bien conservada. El tinte de las lanas parece ser aceptable, destacando los colores verde y azul, y algo menos el carmín, rosa, sepia y medias tintas.

Dentro de la historia del tapiz flamenco, los de Albarracín, representan la decadencia de éste en Bruselas. Las composiciones son cuidadas, lo que resulta difícil por las numerosas figuras. Quizá sea una obra de mediados del siglo XVI, y si su autor fue Geubels, éste se caracteriza por la tosquedad y pesantez de las figuras, pese al dominio del movimiento y aún de las formas anatómicas, muy de acuerdo con el manierismo de pintores flamencos coetáneos como un Heemskerck o un Frans Floris. Mas interesantes que las grandotas y teatrales figuras, son los bordes de cada composición que, aparentemente iguales, varían en detalles. Hay una mezcla de elementos animados con otros vegetales y geométricos, éstos quizá derivados de Vredeman de Vries.

EXTRAÑA INTERPRETACIÓN DEL ÁRBOL DE LA VIDA.

El objeto mas extraordinario de todo el tesoro artístico de Albarracín, es un Cristo de marfil, que se guarda en el convento de las Madres Dominicas. Pese al interés de esta pieza excepcional, casi nada se sabe acerca de su origen; acabado el convento en 1621, con posterioridad parece ser que llegó la pieza por donación.

Gracias a la investigación Margarita Estella, sabemos de su carácter estilístico y de su notabilísimo valor iconógráfico. El Cristo responde al tipo denominado de los ¨expirantes¨ y es de origen filipino. La composición de la escena es de aire renacentista, pero los detalles decorativos – indumentaria y muebles- así como la organización en diagonal de los bajorrelieves de los medallones, pertenecen al siglo XVII. Los artesanos de las Islas Filipinas que lo realizaron, han debido de tener presentes grabados se inspirarían a su vez en otros del siglo XVI, con lo cual quedaría aclarado cierto sentido arcaizante, ya que la obra puede fecharse a mediados del siglo XVII.

En líneas generales, la composición de la pieza responde a la idea del Árbol de la Vida; caído Adán, es redimido en el Árbol de la Cruz; en diversas escenas de los relieves se subraya la Redención, ya que ellos representan los misterios del Santo Rosario. No se conoce una representación plástica que se pueda considerar como fuente directa de la rara pieza. Se trata quizás de una adaptación especial del tema del árbol DE Jessé, ya que numerosos grabados fueron imitados en marfil en Goa; ellos presentan gran similitud con la escultura hispano-filipina de la época colonial, que, naturalmente, manejó con frecuencia estas recreaciones orientales. Durante los siglos XVI y XVII fue muy frecuente la representación de series bíblicas con fines didácticos y apostólicos.

LA CRÓNICA ILUSTRADA DE LOS CALATRAVOS.

El más noble de los monumentos de Alcañiz es el Castillo, con aportes estilísticos que van del románico al barroco. Lo que mas interesa son las pinturas murales de la Torre del Homenaje, que guardan una disposición semejante a la de la sala capitular del monasterio de Sigena. De las diversas hipótesis lanzadas, parece lo mas probable que esta crónica pictórica se refiera a la vida de los Calatravos alcañizanos en sus empresas levantinas, pinturas por su linealismo y nueva estética de los repertorios caballerescos, historiados y trovadorescos, entran de lleno dentro del arte gótico lineal de inspiración francesa.

La serie caballeresca es muy extensa. Hay que considerar la representación de dos castillos, bañados por el mar, cuyas ondas están claramente figuradas; uno de ellos ostenta los blasones de Castilla y de León. Confusamente se aprecia un campamento y un ejército, cuyos soldados muestran a la cruz de Calatrava. En el muro lateral izquierdo se ve a tres damas despidiendo a un jinete que parte veloz; en una enjuta está en el ejército catalana- aragonés con los blasones de los Luna, Aragón y Barcelona, mientras en la otra enjura, aparece un ejército musulmán. Y mas escenas militares: un ejército desembarcado que marcha hacia un castillo, guiado por un peón abanderado, y un monumental castillo, en cuyas torres se enarbolan los blasones de los Alagón, Cornell, Luna y Aragón. El paisaje de palmeras nos lleva a relacionar estas escenas caballerescas con la vertiente levantina de la Reconquista.

Merecen recordarse otros temas de estas pinturas alcañizanas. Hay una rueda con un personaje regio en tres posiciones, que aclaran las inscripciones latinas: REGNABO, REGNO, REGNA- VIT. No es propiamente una Rueda de la Fortuna, y existe una escena análoga en el libro Hortus Deliciarum, que mandó componer en el siglo XII la abadesa Herrad de Lamberg. Otras escenas parecen insinuar cierta influencia provenzal. Una serie de figuras de gremios, vienen a recordarnos similares personajes del artesonado de la catedral de Teruel.

LOS ESPACIOS DEL GÓTICO.

Los monumentos importantes del gótico en tierras turolenses, son derivación de la escuela catalana y pertenecen, en su mayor parte, al lapso temporal del siglo XIV. El gótico procede del Sur de Francia; pero tienen tan marcada personalidad, que supera en originalidad a las otras escuelas del gótico peninsular; ninguna escuela como la catalana, puso tanto interés en el desarrollo de lo espacial, tendiendo a hacer templos de nave única que permitían gran anchura y altura. Dentro de la evolución espacial del gótico, estos templos son la transición entre el gótico clásico y el gótico tardío. Como los templos góticos catalanes, los aragoneses presentan capillas entre los contrafuertes, pero se distinguen por hallarse éstos últimos, en general, mudejarizados.

Quizá el mas antiguo sea San Pedro de Teruel, del que tenemos referencias de que se construía hacia 1319. A raíz del incendio de 1873, muros y bóvedas fueron restaurados, sustituyendo la noble severidad de la cantería gótica por unos diseños a lo Viollet-le-Duc y unos colorines que desfiguran su interior. De ábside mudéjar, como San Pedro, es la parroquial de Montalbán, cuya nave tiene una anchura de 21 metros; su relación con los modelos catalanes, en este caso está acentuada por el campanario octogonal, aunque terminado en forma piramidal, como el de Aljafarín y el zaragozano de San Gil.

El campanario octogonal aparece también en otra iglesia similar, Santa María la Mayor, de Valderrobles. Destaca este templo por una enorme portada, profundamente abocinada, coronada en la parte superior con el más bello rosetón del gótico turolense. En la ciudad de Teruel, en los últimos años del siglo XIV, se construyó el templo de San Francisco, que se caracteriza por la falta de mudejarismos tan corrientes en los templos de esta ciudad. La familia de los Heredia, mecenas del templo citado de San Francisco, aún construyeron otro mayor en Mora de Rubielos, pero a mediados del siglo XV. Tormo lanzó la hipótesis de que pudiera ser obra de Guillén Sagrera, el genial arquitecto que trabajó en Palma de Mallorca y en Nápoles.

Este tipo de templo, aunque con crucería estrellada, vendría a ser el modelo preferido del Renacimiento en la provincia de Teruel.

LOS CASTILLOS EN LA GEOGRAFÍA TUROLENSE.

Los mejores testigos del pasado esplendor político, son los conjuntos ofensivos, que se alzan todavía orgullosos dominando a los caseríos cobijados en torno. La acción de los hombres mas que el “tempus, edazrerum”, ha sido el peor ariete que ha maltratado a estas piedras indefensas. Solo tardíamente, la Torre del Andador, el Alcázar y la muralla de Albarracín, el Castillo de Calatravo de Alcañiz, el de Mora de Rubielos y el de Valderrobles, alcanzaron la calificación de Monumento nacional y con ello una protección oficial, que solo en algunos casos ha tenido vigencia. Ninguno supera en interés al de Alcañiz, cuya torre del homenaje está decorada con un interesante repertorio de pintura gótico-lineal, que ya hemos comentado anteriormente. De todos los castillos turolenses, el de Valderrobles es el que mas nos impresiona por sus ademanes gesticulantes, que cargan el paisaje de dramatismo espiritual; el pueblo se extiende en las faldas de una colina, en cuya cima se levanta la mole inmersa del castillo, con sus parámetros abiertos por ventanas o series de vanos, y rematado por torres angulares y el perfil desdentado de sus almenas.

Entre los castillos menores se cuentan el de Albalate del Arzobispo, con una torrecilla octogonal que todavía se yergue altanera, desafiando el paso del tiempo, y el de Peracense, que por su estratégica posición mas parece un nido de águilas, confundido entre las crestas de la Sierra Menera; dada la escabrosidad del terreno, el acceso es muy difícil, siendo la entrada mas adecuada por un camino que parte desde el vecino pueblo de Rodenas. Tanto este castillo de Peracense como el de Alba, y los restos de que hubo en Blancas, son los hitos mas importantes de una serie de fortaleza que contuvieron los continuados ataques de los castellanos durante el siglo XIV.

Todavía está por hacer el inventario de torreones y castillos turolenses, cuyas piedras doradas por los siglos y por la Historia, son uno de los atractivos turísticos que mas impresionan al viajero que se adentra por las rutas turolenses.

ÁBSIDES Y CIMBORRIOS.

La arquitectura aragonesa tiene un acentuado carácter popular y tradicional, lo que se explicaría porque sus ejecutores fueron los moriscos o mudéjares, cuya grey resultó tan numerosa en Aragón. Esta clase social vino a ser fundamental para la economía aragonesa, de aquí el dicho: “Quien tiene moro, tiene oro”. En el reino aragonés permanecieron los moriscos mas tiempo ejerciendo su oficio de tal manera se encariñó el pueblo con su arte de construir, que todavía dentro del siglo XVIII, perviven las técnicas mudéjares, cuando los moriscos hacia largo tiempo que habían sido expulsados. Los maestros aragoneses no aportaron ninguna solución técnica, destacando por su carácter los cimborrios. Tan fuerte era la vigencia del mudéjar en Aragón, que hasta un arquitecto francés del Renacimiento lo asimiló rápidamente, utilizándolo no solo en su primera obra conocida, la parroquial de Fuentes de Ebro, sino hasta en la última, la iglesia de Santa María de Albarracín.

De los ábsides turolenses netamente mudéjares, vale recordar el catedralicio y el de San Pedro, en Teruel, y el de la parroquial de Montalbán, los tres del siglo XIV. La intervención morisca está perfectamente documentada en el caso de la catedral turolense, pues en 1335 vinieron de Zaragoza el maestro moro Juzaff y su equipo, formando por hombres de la misma sangre: Zalema, Aly, Abraim, Mahomat y numerosos oficiales. Ellos transformaron la cabecera románica en este bello ejemplar gótico-mudéjar, con ciertos rasgos que lo relacionan con iglesias gótico- mudéjares de Calatayud, en opinión de Torres Balbás. Exteriormente, como en otras iglesias de Aragón, el ábside fue lugar privilegiado para el artista volcara su fantasía decorativa, tal sucede en San Pedro de Teruel, y en menor grado en la parroquial de Montalbán.

En la serie aragonesa de cimborrios mudéjares, hay que incluir el de la catedral turolense realizado por Martín de Montalbán en 1538; su antecedente inmediato es el de La Seo de Zaragoza, pero el más antiguo se encuentra en la Mezquita de Córdoba, en la ampliación de al-Hakam II. Al exterior, tiene el modelo turolense mas gracia que el ejemplar isabelino de Zaragoza, pues los contrafuertes se adornan con pináculos decorados con diseños mudéjares de rombos y esquinillas.

LOS GRANDES PINTORES ANÓNIMOS DEL SIGLO XV.

Los azares históricos y el vandalismo de la última contienda civil, han sido funestos para el patrimonio pictórico turolense. Singularmente rica era la fase gótica internacional, bajo la influencia de la escuela valenciana. De Pedro Nicolau desaparecieron los retablos que hizo para la parroquia de Sarrión y para la iglesia turolense de San Juan, y también fue destruido el de la iglesia de Albentosa, que Tormo le atribuyó.

Dentro del círculo de Marzal de Sax y Nicolau, hay que citar a un maestro anónimo que llevó la influencia valenciana a un lugar tan apartado como Rodenas, en las estribaciones de la Sierra de Albarracín. Post lo dató hacia 1425 por la modernidad de los tipos y la seguridad del dibujo. El tema de este retablo es la vida de San Juan Bautista con las escenas de la predicación, bautismo de Cristo, festín de Herodes y la degollación. Las delicadezas líricas del paisaje y el linealismo, como que estiliza los bucles, nos hacen pensar en el fervor de este pintor por Simeone Martini, de la escuela sienesa. La combinación de Marzal- Nicolau se aprecia en otro retablo, el de la parroquial de Rubielos de Mora, indudablemente vinculado a la escuela valenciana.

De la fase hispano-flamenca de la pintura gótica, solo ha quedad in situ el retablo de la coronación, que los Pérez Arnal ordenaron hacer en el tercer cuarto del siglo VX, en la catedral de Teruel. Post lo atribuyó a un anónimo al que bautizó Maestro de la Florida. Parece ser un pintor eléctrico que aglutina influencias de los valencianos Rexach y Jacomart. Este retablo es la pieza mas flamenca en Aragón, dentro de la producción pictórica que deriva del estilo personal de Bermejo. El carácter local aragonés queda subrayado por la pesadez decorativa y la opulencia de los dorados que tienen algunas figuras. Quizá pudiera identificarse al Maestro de la Florida con Juan de Boniella, que residió en Teruel a mediados del siglo XV, y que en 1474 aparece junto a Bermejo, en Daroca.

ESPLENDOR DE LA VIDA COMUNAL.

Debido el florecimiento que tuvo en Aragón la vida civil, merced a unas instituciones sólidas y poderosas, los edificios públicos adquirieron verdadera magnificencia y monumentalidad. La estampa mas hermosa de este conjunto la representa la Plaza de España, en Alcañiz, con la Lonja y el Ayuntamiento, formando escuadra, que dan aire de Quattrocento italiano a este espacio alcañizano.

La fachada de la Lonja tiene dos cuerpos; el inferior, con tres grandes arcadas apuntadas, decoradas en su intradós con un festón de arquillos tribulados, que delatan al siglo XV, cuando debió de ser construida. Sobre las arcadas está la típica galería corrida aragonesa, en juego con la del Ayuntamiento, aunque es posterior y menos bella. La Casa Consistorial presenta fachada de tres cuerpos, con el blasón municipal en el piso noble. Se remata con un alero muy saliente, a estilo de la tierra, con doble fila de canecillos de madera tallada.

El Consistorio de Valderrobles es, sin duda, el de más sabor de toda la serie renacentista de Aragón, por su ritmo y horizontal. Como pieza selecta fue reproducido en la Exposición internacional de Barcelona de 1929. Se levantas sobre recios soportales con arcos de medio punto; el piso noble se resalta con balconaje corrido, de hierro, exornado de jabalcones. La sensación de horizontalidad la reitera la cornisa superior, con la arquería corrida, tan rica en contrastes y movimientos. Como el Ayuntamiento de Alcañiz, pudiera fecharse en el tercer cuarto del siglo XVI.

El mesón de la Comunidad de Teruel, está directamente emparentado con el grupo de construcciones civiles bajoaragonesas, participando de una tendencia fuertemente clásica que se desarrolla durante la segunda mitad del siglo XVI. Esta serie de edificios constituyen el capítulo mas brillante del Renacimiento en tierras turolenses. El palacio turolense debió de ser construido a fines del siglo XVI, poco antes de que Felipe II derogara los privilegios de la vetusta institución.

HOMBRES Y OBRAS DEL SIGLO XVIII.

El siglo XVIII es una época de esplendor para las tierras turolenses, tanto en recursos humanos como en medios económicos. Los hechos artísticos no se producen aislados, sino que van ligados a circunstancias de orden económico, religioso, etc., así como el mecenazgo de algún personaje influyente. Entre los arquitectos nacidos en tierras turolenses, hay que destaca a Melchor Luzán, Martín de Aldehuela, Marcos Ibáñez y Miguel Aguas. Ninguno tan importante como Martín de Aldehuela, que contó con el mecenazgo del obispo Pérez Prado, en Teruel, y el de su paisano, el obispo Molina Lario, en Málaga. Algunos de estos arquitectos destacaron fuera de España, como Marcos Ibáñez, el reconstructor de la ciudad de Guatemala, al mismo tiempo que otro turolense, José Estachería, era presidente de la Real Audiencia de Guatemala.

En tierras turolenses se levantaron fábricas tan colosales como la colegiata de Alcañiz o la iglesia arciprestal de Cantavieja, ambas con énfasis catedralicio. Puede afirmarse que casi el ochenta por ciento de las construcciones eclesiásticas de la provincia, fueron construidas o renovadas en esta centuria. Hoy nos asombran fábricas tan impresionantes en lugarejos despoblados; solo una fe grande, una saneada economía y una población mas numerosa, pueden explicar estos contrastes.

En 1937 se destruyó la obra mas interesante de Aldehuela, la iglesia del Seminario, con su retablo mayor diseñado según los modelos del P. Pozzo. En recientes investigaciones, he podido documentar como suya la mejor iglesia de la sierra de Albarracín, la parroquial de Orihuela del Tremedal.

La Colegiata de Alcañiz, mas que obra del siglo XVIII, parece de le Edad Media, dado el ímpetu religioso con que se realizó. La colosal fachada está de acuerdo con las dimensiones del templo; este tipo se extendió por toda la Península; de las fachadas barrocas españolas de este tipo, es la composición con ritmo lineal mas acentuado, siendo superada únicamente por la catedral de Murcia. Acerca de la iglesia arciprestal del Cantavieja dijo el arquitecto Garza en un informe: “De su traza no he visto ninguna, ni aún en Roma”.

LOS PUEBLOS DORMIDOS.

La diversidad geográfica de las tierras turolenses, representan para el viajero una notable variedad de paisajes, de tipos, de costumbres y de productos naturales. Uno de los determinados geográficos del paisaje turolense, son las series de sierras que cruzan su superficie en todas las direcciones, dejando poco espacio para el desarrollo de amplios valles o de inmensas llanuras. A lo largo de la Historia, los pueblos turolenses fueron surgiendo en lugares insospechados, en posiciones estratégicas para la defensa de una región natural con hondas raíces históricas: así, hoy, es preciso buscar estas agrupaciones rurales por carreteras serpenteantes, a través de barrancos y de encrespadas montañas.

Si bien estos pueblos tuvieron una explicación en tiempos pretéritos, su exigencia se torna cada día mas problemática por la creciente emigración a tierras de un nivel de vida mas acorde con las necesidades actuales. Muchos de estos pueblos se encuentran ubicados a mas de mil metros de altura, en zonas donde la agricultura es muy difícil por la dureza del clima.

El viajero que busca lo arcaico, encontrará en las rutas turolenses pueblos muy tristes, casi desiertos, con castillos en ruinas, casonas abandonadas, iglesias y conventos que declaran el auge de tiempos pasado. Pueblos del Maestrazgo y de la Sierra de Albarracín, con sus callejuelas de abolengo moruno, con sus pintorescas casucas y los viejos portales blasonados. En las casas señoriales destaca una escalera monumental, cuyo cuerpo sobresale en su perfil exterior. Pasadizos, aleros, ventanas y otros curiosos detalles, muestran raigambre de la casa hispanomusulmana, que vino a ser la solución ideal por muchas generaciones en estos parajes.

En estos pueblos tranquilos se encuentra ese silencio tan extraño a los habitantes de las urbes modernas. Una tenue melancolía invade al viajero, que guardará una impresión imborrable de estos pueblos al ver como sus habitantes han resistido, para defender su personalidad, ante el avance de los tiempos modernos, que todo lo uniforman.

EL JILOCA Y EL TURIA.

La zona situada a lo largo de la Autovia de Zaragoza- Teruel, comprende una faja agrícola, mas o menos ancha según la amplitud del valle. Las partes altas que limitan a esta franja – Campo de Romanos, Campo de Bello, Campo de Visiedo, etc.-, son grandes productoras de cereales. Los regadíos tienen dos focos importantes: la fuente de Cella, considerada como el mayor pozo artesiano de Europa y que es el origen del río Jiloca; el otro foco es de tipo artificial, el reciente alumbramiento de aguas subterráneas descubierto de Singra, con un volumen casi igual a la famosa fuente cellense. La principal producción, a parte de los cereales, es la remolacha con fines industriales.

Si bien la vida moderna ha ido uniformando el variado folklore antiguo de la zona, todavía se conservan manifestaciones de carácter religioso dignas de acordarse, como la procesión de San Roque, en Calamocha, con motivo de sus fiestas mayores. Danzantes ataviados con traje blanco y faja roja, bailan ante la imagen del Santo Patrón una danza antigua, que refleja el temperamento rudo de los turolenses. En Monreal del Campo pervive una vieja muestra de teatro religioso popular, el “Abajamiento”, que se celebra cada cinco años. La escenificación del Descendimiento de Nuestro Señor, tiene lugar ante la puerta de la iglesia, en el lenguaje arcaico, que conmueve al moderno espectador lo mismo que el continuado de los fuertes trabucazos.

Lo más característico del folklore de la ciudad de Teruel, radica en la Vaquilla del Ángel, que consiste en correr por la Plaza del Torico y por las calles, toros ensogados. La céntrica plaza se convierte en un verdadero escenario goyesco, en torno al minúsculo “Torico”, que sobre su pedestal columnario parece presidir esta fiesta popular con un ritual totémico.

La artesanía de la ciudad DE Teruel, se ha prestigiado en nuestros días recuperando las técnicas y el espíritu que motivaron la creación de su cerámica en los siglos XII y XIV. Esta empresa de reivindicación de un valor tan netamente turolense, se debe en buena parte al inquieto profesor Angel Novella, por medio de su labor en la Escuela de Artes Aplicadas y Oficios Artísticos.

LAS MONTAÑAS DEL MAESTRAZGO.

La abrupta sierra del Maestrazgo separa y une a las provincias de Teruel y Castellón; un viaje por esta ruta nos proporciona lo mas imponentes paisajes de montaña. Esta geografía encrespada fue el escenario adecuado para las hazañas románticas del general Cabrera, que estableció su cuartel general en un pueblo medieval, Cantavieja, que aún conserva buen parte de su recinto defensivo.

Las principales riquezas de esta sierra y sus aledaños, son la madera y la ganadería. De la antigua artesanía textil, solo queda en Rubielos una fábrica de alfombras y todavía se elaboran en Iglesuela del Cid, finas medias de señora.

Lo que mas cuenta de esta ruta para el viajero actual es su cocina, teniendo bien ganado renombre la de Mosqueruela y Cantavieja. Aquí se elabora la nutritiva cecina, preparada con carne de vaca o toro, que luego de tratarla con ajos, sal, vinagre y pimienta, queda expuesta al frío para que la “cure”. De forma similar se consigue con carde de oveja el ¨somarro¨. Famoso es el queso de Tronchón, que tiene el honor de haber sido citado varias veces por Cervantes en El Quijote; su misterio radica en viejas fórmulas caseras y en la fina calidad de los pastos de la Sierra Palomita, que sustentan a los rebaños de ovejas.

El folklore taurino tiene en Mora y otros pueblos, una variante interesante, el toro embolado de fuego, que parece recordar costumbre de guerra de raigambre ibérica. Sobre la testuz del toro se coloca un aparato de hierro con bolas de estopa, resina y pez, que arden con facilidad. El espectáculo del toro suelto corriendo por las calles del pueblo, se realiza por la noche, sin alumbrado público, así que su efecto es de gran valor plástico.

De la antigua artesanía resta la forja de hierro de Rubielos de Mora, donde todavía se hacen esmerados trabajos con antiguas técnicas. Esta industria en tiempos pasados fue singular, tanto en la zona como en la Sierra de Albarracín, llegando a crear conjuntos monumentales en las rejas que tanta prestancia dan a las fachadas de las casas solariegas.

PAISAJES CON OLIVOS.

Frente a las tierras ásperas, montañosas y pobres de la mayor parte de la provincia de Teruel, destacan las de la Tierra Baja, por su feracidad, con grandes olivares que producen el mejor aceite del mundo. Alcañiz, centro de esta comarca natural, cada día adquiere un mayor relieve, tanto por sus posibilidades industriales como por las turísticas; precisamente estas últimas han cristalizado con la restauración del llamado Palacio del Príncipe Felipe, obra del siglo XVIII, enclavado dentro del famoso Castillo Calatravo; allí está a punto de inaugurarse un hermoso parador de turismo.

La Tierra Baja destaca por la calidad de sus productos naturales. Las ricas vegas del Guadalope crían frutas excelentes, pero solo en Calanda alcanzan los melocotones un sabor especial, que les ha dado prestigioso renombre en el mercado internacional. De los viñedos próximos de Valderrobles y Cretas, se consiguen los vinos mejores de la provincia, similares a los del Priorato.

La personalidad de la comarca tierrabajina, frente al resto de la provincia, se manifiesta en un rico folklore, bien expresado en el habla, el traje regional y en las costumbres religiosas. Especial relieve tienen las procesiones de Semana Santa en Alcañiz, Hijar y Calanda; niños y ancianos, acompañan con un tambor colgado a la cintura, sacando con sus palillos redobles muy peculiares. Impresionante es, tanto en Híjar como en Alcañiz, la noche del Viernes Santo, cuando a las doce, la corneta del Ayuntamiento, da la orden de iniciar los redobles. Cientos de tambores resuenan en la Plaza Mayor, distribuyéndose en grupos por las calles; en Híjar cada cuadrilla lleva además un bombo.

La Tierra Baja, mas que por su cocina, destaca por la repostería, con unas magdalenas y tortas finas deliciosas, además de rica variedad de pastas preparadas con almendra, nuez o coco.

MONTAÑAS Y PINARES.

Quizá ninguna comarca turolense se presta para el turismo natural como la Sierra de Albarracín; prueba de ello es que hace tiempo nacieron las colonias veraniegas de Orihuela y Bronchales. Un turismo interior, que no necesitaba de los reclamos modernos, hace tiempo que descubrió estos parajes tanto por el tipismo de los pueblos como por la bondad del clima en verano. Ya hemos destacado algunos de los valores históricos y estéticos de Albarracín, la ciudad turística por excelencia de toda la provincia, hace tiempo declarada monumento Nacional. Con certero gusto “La casa de la Brigadiera”, fue acondicionada interiormente para instalar el confortable Hotel Azagra.

Los pueblos vecinos de Bronchales y de Orihuela del Tremendal, absorben buena parte de la población veraniega, que en este último cuenta con una hermosa residencia de Educación y descanso, situada a mas de 1.600 metros de altura, entre frondosos pinares. La belleza forestal de estas montañas de ve matizada por la presencia de ciervos en la fase de aclimatación.

La industria maderera y la ganadería, son las principales riquezas de la zona tanto el ganado ovino como el vacuno de carne y de lidia, han de abandonar en invierno estos lugares, siguiendo las viejas costumbres de la trashumancia.

Las condiciones climáticas de esta comarca, dan una cocina regional en la que predominan las carnes y las grasas. Los fríos y los hielos del duro invierno “curan” los jamones de modo natural, dándoles un gusto especial, que les ha dado justa fama. Con la carne de cordero, de excelente calidad, se preparan platos deliciosos como el cordero “a la cazoleta” o a “la pastora”¨ entre estos platos típicos hay que incluir el “gazpacho” que no es originario de aquí, sino una vieja adaptación de la cocina manchega, realizada por los pastores que iban allá en trashumancia. Plato de sabor especial son las sopas de ajo, que, según los ancianos, tienen determinadas virtudes, así se explica que una leyenda las haya relacionado con Don Jaime el Conquistador, a quien curaron de una extraña dolencia cuando cabalgaba por tierras turolenses.

EL ALMA TUROLENSE.

Inquieto y curioso lector; tuve el honor de presentarte la tierra turolense por medio de unos breves textos, y de unas bellas fotografías, mas expresivas éstas que aquellos. No fue mi único propósito dar una serie de datos y de juicios sobre los aspectos mas interesantes del arte y de la vida, sino también fue mi deseo darte a conocer el alma turolense. Para superar esta difícil empresa, acudí al arte, pues – como ha dicho René Huyghe-, el arte y el hombre son indisociables, ya que no hay arte sin nombre, y a la inversa; por medio del arte el hombre se expresa y se conoce mejor.

Si importante es el lenguaje de las formas artísticas con que se ha ido expresando el alma turolense a lo largo de los siglos, ello no basta; el viajero interesado en conocer a fondo el alma de mi tierra, ha de recorrer sus caminos llegando hasta los pueblecitos mas apartados, los que, gracias a su aislamiento, conservan mas puros los rasgos del espíritu turolense. El profundo mudejarismo, que reflejan los monumentos cardinales de la capital, se ve expandido por toda la provincia, no solo en las airosas torres de ladrillo que saludan al viajero desde los breves valles, sino en mil detalles de la arquitectura doméstica y del urbanismo, característicos de los pueblos serranos. En el mensaje humano que comportan estos monumentos, el viajero podrá apreciar de manera clara y distinta, el alma histórica y colectiva de los hombres que vivieron y viven en esta tierra.

Pese al silencio que han guardado escritores y viajeros sobre el alma turolense, ésta no es tierra árida para el espíritu. Solamente en Teruel, la realidad se antepuso a la fantasía literaria, y dos enamorados murieron de pena y amor, haciendo figurar a esta ciudad en la “Geografía Poética del Universo”.

Viajero que has venido atraído por el misterio de esta tierra incógnita, no bastan las impresiones de una primera visita, pues el alma turolense es difícil de aprender. Si quieres captarla, habrás de estudiar su historia, sus creaciones folklóricas, literarias y artísticas, pero no te ofusques en consideraciones circunstanciales, procura llegar hasta la “intrahistoria”, allí encontrarás la médula del alma turolense.


Tal día como hoy 24 de octubre



El proyecto pasapues es una ampliacion del proyecto Aragón es así y trata de recopilar y relacionar todo tipo posible de información documental sobre Aragón: textos, libros, artículos, mapas, ilustraciones, fotografías, narraciones, etc., y proceder a su publicación y difusión.

Comix, años 80, Documenos, impresos, dibujos, literatura, humor, crítica y entretenimiento en el Aragón del siglo XX

Copyright 1996-2020 © All Rights Reserved Francisco Javier Mendívil Navarro, Aragón (España)

Para consultar, aclaraciones o corregir errores por favor informanos

Aviso Legal. Esta actividad de la Asociación Cultural Aragón Interactivo y Multimedia

Esta web no usa directamente cookies para seguimiento de usuarios,
pero productos de terceros como publicidad, mapas o blog si pueden hacerlo.
Si continuas aceptas el uso de cookies en esta web.