Zoología. Aves. Página 319. Tomo 3. Los Tres Reinos de la Naturaleza.. Buffon. Los Tres Reinos de la Naturaleza, Tomo 3. Museo pintoresco de Historia Natural.
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ble, con arranques vigorosos y rápidos, nos pareció un meteorito cuya cola de fuego deja en pos de la masa que hiende ef aire un largo surco de luz. Cerniendo sus magníficas pennas caudales, durante su excursión aérea, esta ave suntuosa parecía sin exageración un vistoso adorno de pluma desprendido de la cabellera de una hurí, meciéndose muellemente sobre la capa del aire que rodea la superficie de nuestro planeta.

Cuando el pequeño Esmeralda siente un ruido extraño, cesa su gritería , y sucede á sus movimientos la mas perfecta inmovilidad, permaneciendo oculto en la espesura del follaje que le sustrae á la vista del cazador; pero si el ruido continúa, no tarda en alzar el vuelo. Como posa sobre las ramas mas elevadas de los mas corpulentos árboles de la Nueva-Guinea, es muy difícil darle caza, á no ser con armas de fuego de largo alcance, tales como las escopetas del calibre de guerra, porque no cae al suelo, si no muere en el acto, y la distancia á que es preciso tirarle, no debe bajar de ciento cincuenta pasos, pareciendo inútil añadir que es indispensable cargar con munición gruesa. Cuando solo está herido, permanece emboscado hasta que exhala el último aliento, y no obstante, una vez encontramos moribunda una de estas aves herida en el dia anterior, á orillas de un estanque, practicado naturalmente en el lecho de un torrente, cuyo manantial casi se habia agotado.

El cazador debe ponerse en acecho por la tarde , y mejor aun por la mañana, después de haber reconocido escrupulosamente los árboles cargados de frutos, donde suelen posárselos Paradíseos. Allí, en una perfecta inmovilidad, debe esperar con paciencia la llegada de estas aves, cuyo grito brusco y fuerte, no lardará en descubrirlos.

Durante nuestra estancia en esta tierra de promisión para los naturalistas, (desde el 20 de julio hasta el 9 de agosto) vimos queestos volátiles buscaban las cápsulas ligeramente carnosas de los tecks, y sobre todo las frutas blanco-rosáceas, y en extremo mucilaginosas de la higuera amilea. Sin embargo, encontramos en su buche algunos insectos, ydurante nuestra permanencia en Amboina, vimos en poder de un rico mercader chino, dos Paradíseos esmeraldas, que se alimentaban con grandes blatas y arroz cocido. Los papúes cogen vivas estas aves, valiéndose de varitas cubiertas de visco que extraen del jugo lechoso de un árbol llamado del pan; pero les es mas fácil matarlas trepando silenciosamente durante la noche, y a manera de gato, sobre los árboles donde aquellas duermen. Cuando llegan á poner el pié sobre las ramas mas frágiles, se detienen, aguardan con una calma imperturbable la llegada del dia, y asestan á su víctima un golpe mortal por medio dé flechas que preparan con los raquis de las hojas del latanero. Su golpe de vista siempre es certero, y por otra parte, el dardo que disparan es bastante inflexible para herir al aire, pues le apuntan con maravilloso tino. Contentos al conseguir el objeto que se proponían, apresúranse á desollar su presa toscamente, arrancando las partes carnosas, al paso que las piernas, y á veces también las alas. Después secan al fuego las pieles ensartándolas en un palo delgado, aunque por lo regular las introducen en el interior de una caña de bambú para esponerlas al humo.

Los malayos que desde mucho tiempo atrás se dedican al tráfico de dichas pieles para llevarlas á las Molucas, desde donde se remiten á Europa, á la China y á la India Continental, han establecido diferentes precios en el valor de aquellas, según su estado de conservación; por tanto, los indígenas procuran actualmente no mutilar las aves de que se apoderan, pues las venden con mas facilidad cuando menos averiado está su plumaje. Los campomgos de Emberba-kena y de Mapipia, en la costa del Norte, son los que preparan mayor número de estas pieles, á que los ma-

layos dan el nombre de óuron maie (aves muertas), y de estas poblaciones que acabamos de citar, es de donde se exportan en cantidad mas considerable. Estas pieles secas preparadas en tubos de bambú, son conducidas á Europa donde la refinación del lujo y el capricho de la moda, utiliza sus vistosas plumas para adornar la cabellera de las damas. Los plumistas acostumbran a contraliücer las aves del Paraíso, para lo cual se sirven de cuerpos de corcho y sobre esta armazón adaptan la cabeza y algunas partes de la piel del dorso v ,1c los costados, que se buscan por su suave flexibilidad, y por el gracioso penacho que forman al encorvarse. Estas plumas ondulosas suelen verse reunidas con artificio, para lo cual sirven á veces las que se arrancan de las pieles que se han averiado ó que están mal preparadas. Sus hebras deben ser de un amarillo de oro; frescas é intactas, ó ya que ser no pueda, manchadas lo menos posible en su extremidad. Este amarillo dorado es de los mas frágiles, y una ave del Paraíso, expuesta al contacto de la Iuz del sol ó á la de las bugías, en los salones de tertulia y bailes, no tarda en perder el color y en reemplazar al mátiz dorado una tinta pálida.

Cierto es que los plumistas y los preparadores de objetos de historia natural, saben reteñir estas plumas hasta el punto que puedan engañarse los ojos de un naturalista, por muy práctico que esté, lo cual nace que estos adornos con mucha dificultad se hallen frescos ó recientes en París.

Desde tiempo inmemorial, trafican los papúes con las Aves del Paraíso, y mucho antes, por consiguiente, de la conquista de los Molucas por los europeos. Sus plumas, acogidas por el lujo asiático, servían de adorno á los poderosos jefes de las diversas regiones de la India Austral, y todavía decoran el turbante de los sultanes indios, el tocado, y sobre todo el yatagán de los radjahs malayos. Este adorno no obtuvo peor acogida en Europa, donde las mujeres lo buscaron con tanta mayor avidez, cuanto que permaneció por mucho tiempo, siendo raro, y fue indispensable que lo adquiriesen á un excesivo precio.

No obstante, el penacho que forma el Ave del Paraíso esmeralda, soló sienta bien sobre un berct ó sombrerillo á la oriental, porque perjudica al efecto de la fisonomía, aun de la mas graciosa, cuando está colocado sobre una cabellera flexible y ondulante.

A las blancas y morenas que estan en los risueños años de su vida, sientan bien las flores, y nada mas que las flores. Dejen, pues, las plumas para las mujeres que están en el ocaso de su primavera. En estas, la brillantez de tal adorno, atrae desde luego las miradas, y se armoniza mejor con los efectos oficiosos de su tocado artístico y reparador de las injurias del tiempo.

La graciosa cabeza de una joven, todavía pura y no ajada por el uso de algunos años de matrimonio, parece mal con las plumas de una ave del paraíso, porque la vista fluctua incierta entre las gracias que la cautivan, y el adorno que la atrae imperiosamente. No sabemos si es una pintura efectiva con colorido local la que ha trazado Mr. Eugenio Sue en su novela ] titulada : La Vigía de hoalven (t. IV, pág. 297) cuando dice : «En la parte superior del trono de Hider Ali, un humuy ave del Paraíso de magnitud colosal y de oro macizo extendía sus alas; pero estas alas, cubiertas de ópalos, de rubíes y de esmeraldas, estaban trabajadas tan admirablemente que se encentraban en esta imitación hasta los matices mas delicados de su resplandeciente plumaje.) Parece fuera de duda, que los antiguos conocieron las Aves del Paraíso, sobre todo la especie mas extendida, de la cual en este artículo nos ocupamos. Ellos colonizaron la mayor parte de los Archipiélagos de la Malasia, porque los egipcios y los judíos han dejado allí señales evidentes de su tránsito, adelantándose hasta el Sur de la l'j-puasia.

 

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