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Zoología. Aves. Página 13. Tomo 3. Los tres Reinos de la Naturaleza.



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Papagayos, las Urracas, las avecillas canoras, etc.: entre estas especies siempre preceden á las dulces caricias, á los tiernos desahogos del amor, multitud de zalamerías hijas del amor y del pudor, mil fingidos desdenes con que las hembras realzan sus favores; pero las razas polígamas no conocen esa delicadeza del amor, mas interesante aun que el deleite mismo.

Cada ave prepara el nido á su modo: las palmípedas disponen el suyo en el suelo, ó entre juncos próximos a las aguas: las aves de ribera, cerca de los pantanos, ocultándole entre espesas yerbas: las Gallináceas entre los campos cultivados y entre las siembras; pero como todas estas especies son generalmente polígamas y poco industriosas, se limitan á reunir algunas hojas ó pajas que sirvan de nido, pues solamente la hembra está encargada de su construcción y de una numerosa nidada. El Avestruz y Casoar abandonan los huevos al descubierto sobre la arena calentada por el sol: los Patos, Tadornos, Pájaro-bobos y otros escavan una especie de madriguera en la que ponen los huevos: el Colimbo suspende su nido entre juncos á la flor del agua: las Gaviotas y Cuervos marinos construyen el suyo en las hendeduras de las rocas y en los oteros: el Flamenco, imposibilitado de cebarse por sus largas zancas, tiene precisión de fabricar con tierra gredosa una especie de isla en medio de las aguas, sobre la cual se pone á empollar, como si estuviera á caballo: las Zigüeñas, colocan su nido en las partes mas elevadas de los edificios, y la Garza real en los mas elevados oquedales.

Pero las especies monógamas construyen el suyo con arte mas ingenioso: nuestros Gilgueros lo forman de figura semiesférica con tejido muy apretado exteriormente, forrándolo por dentro de una borra blanda y cálida, y lo fijan con mucho arte entre las ramas: cierta especie de Alondra practica el nido con sumo cuidado para no dejarle entrada sino por el lado menos espuesto al viento: la Abubilla, la Urraca y el Abadejo ó Reyezuelo ocultan los suyos en las concavidades de los árboles: la Oropéndola lo cuelga de la horquilla de las ramas, proveyéndolo de tapa, como la de una mochila de soldado: la Golondrina, cual diestro albañil, amasa la tierra húmeda con paja y cerdas para construir el suyo en los ángulos de las ventanas, revistiéndolo después con plumas por dentro, sin dejarle mas que una sola entrada por un lado. Un pequeño paro, el Remiz, tiene el arte de tejer la borrilla de las candedas del sauce ó de la flor del cardo, fabricando con sus patas y pico un fieltro recio, especie de paño, cuya trama fortalece con filamentos de plantas; dá al nido la figura de una pera hueca, acolchándolo interiormente con la misma pelusilla, pero sin abatanarla; á un lado practica la puerta con su saliente y demás necesario para cerrarla ó abrirla á su voluntad; luego suspende esta especie de hamaca con hilos de cáñamo ó de ortiga á una rama móvil y bastante encorvada sobre las aguas, de modo que ningún animal terrestre enemigo de esta ave se atreve á destruir su familia. Otros paros, como la Pendolina, y diferentes especies, como el Pico-gordo, el Gui-gui, etc., usan de varios procedimientos arquitectónicos para alojar bien á sus hijuelos: los Algarrobas, especies análogas á nuestra Oropéndola, cuelgan el suyo, que tiene la figura de una silla de manos ó palanquín, bajo las anchas hojas del banano, para que estas sirvan de techo ó paraguas á sus nidos: otros construyen en sociedad numerosos nidos, divididos en aposentos por medio de tabiques, para poder albergar muchas familias, y con objeto de no molestarse mutuamente, trazan galerías y corredores en distintas direcciones por las cuales entra cada uno en su morada. Los Caciques, que son análogos á nuestros Mirlos, forman los suyos á manera de un calabacino, y los aseguran con numerosas girándulas á unos mismos árboles. Los Anies de las sábanas de América cuelgan también los suyos engrandes salones divididos en viviendas, y les forman un lecho de hojas.

Los Yapus colocan igualmente los suyos pendientes de las ramas de los árboles, como lamparitas, ó semejantes á unos pequeños alambiques: el de los Baltimoros semeja á una bolsa con dos aberturas para la entrada y la salida. El Pico-gordo de la India dispone el suyo en forma de ramal torcido espiralmente, como un Autillo, y lo asegura á las extremidades de las ramas. Por último, la pequeña Costurera, especie de Curruca de Asia, tiene la destreza de coser una hoja desprendida del árbol á otra de la extremidad de una rama, formando así una cestita donde deposita sus huevos. Nunca acabaría de referiros tan maravillosas industrias, pues son extraordinariamente numerosas y sorprendente entre las aves.

¿Por cuál instinto esa hembra voluble se fija sobre su nidada, olvidando hasta el cuidado de alimentarse? Enteramente consagrada al deber interesante de la maternidad, pasa los días , las semanas sin cansarse, ni teme sacrificar generosamente su vida á los malvados robadores de su familia, con tal que la salve de ellos; el Añade y la Cotorra no se levantan jamás del nido sin cubridle con sus plumas que arrancan de su vientre. Una excepción notable hallamos en el Cuclillo, que encarga el cuidado de empollar sus huevos á una especie estraña: el joven Cuclillo, hijo desnaturalizado para con esta madre adoptiva, arroja el nido de esa familia que le dio hospitalidad, por aprovechar él solo la ternura y solicitud de aquella, que le prodiga en vano sus cuidados. Así es el malvado en el mundo: con un crimen paga el beneficio que le sacó del infortunio; degüella al hombre generoso que le acogió, y se enriquece con sus despojos, llevando á lo sumo la ingratitud y la maldad. ¡Ojalá no tengáis que arrepentiros nunca de haber dispensado vuestros favores á semejantes monstruos en la sociedad humana!

En fin, cuando va á nacer el tierno pajarillo, la naturaleza con admirable previsión añade á su pico una prominencia ósea para que pueda quebrantar y romper el cascaron y salir de él. ¿Pero como vivirá ese tierno ser? También ha cuidado de ello la próbida naturaleza: las hembras de las Gallináceas, por ejemplo, no hubieran podido suministrar cebo á tantos polluelos, debiendo cuidar una prole numerosísima; y por eso esta recibió el instinto para buscar y escoger desde luego sus alimentos. Las hembras de las aves de Rapiña son un tercio mas grandes que sus machos porque, debiendo alimentará sus hijos con carne cruda, necesitaban sumo vigor para soportar este trabajo y además nunca procrean mas de dos hijos. La mayor parte de las aves ceban á sus polluelos con una pasta medio digerida para que no se fatigue su tierno estómago con otros alimentos mas indigestos. ¡Por que magnánimo sacrificio esa tímida Alondra se ofrece revolando al cazador ó al Perro, para distraerlos asi y apartarlos de su amado nido y esta Golondrina que atraviesa por un edificio ardiendo á salvar su familia ó perecer con ella! ¡Y el Pelicano que, llenando de Peces la membranosa bolsa de su pico para llevarlos á sus hijos, prefiere morir de hambre á comer uno solo de ellos, antes de haber saciado á sus polluelos! ¡Ved el pequeñito Pájaro-mosca, brillante como un ruhí, que deposita su nido sobre una flor, y en ella pone huevos como guisantes; miradle libando el azucarado néctar de las flores, para llevarlo á sus tiernos hijos! Una fea Araña, negra y velluda, tres veces mayor que él, viene á extender con sus grandes patas una red sobre la nidada para machacar entre sus quijadas las cabezas de aquellos inocentes pajaros; la madre acude furiosa y lidia á muerte con el monstruo, pero en vano; ya está su familia destruida, y aquella infortunada avecilla exhala dolorosos acentos cerca de su nido devastado. ¡Jamás la mujer concibió mas tiernos sentimientos hacia su hijo recien nacido!

Todo ama, pues, en la naturaleza: ese desapiadado Buitre, ese triste Buho en el fondo de su caverna cui-

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