Aves. Zoología. Página 4. Los tres Reinos de la Naturaleza. Tomo 3. Buffon. Museo pintoresco de Historia Natural.
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Aves. Zoología. Página 4. Los tres Reinos de la Naturaleza. Tomo 3. Buffon


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luego en los niños el candor, esa sencillez virginal de la naturaleza, esa feliz ingenuidad del corazón, que ni fingir sabe, ni avergonzarse todavía, porque ignora el mal obrar; edad sin cuidados y de placer sin remordimientos, que, envidioso el tiempo arrebata muy pronto á los humanos, para dejarles solamente la escoria, lo peor de la existencia.

Cuando los filósofos dudan si una acción es natural ó conforme al orden general, cuando por la diversidad de opiniones nuestro juicio, nuestro sentido intimo se ha corrompido de tal modo, que ya no podemos discernir lo verdadero, los hombres, como acusándose descaradamente de falsedad y deprabacion, de común acuerdo rechazan todo testimonio humano, y recurren a los ejemplos de los animales, únicos seres que nunca mienten y conservan pura la verdad, que nosotros hemos desterrado. Asi también la medicina principió por observar el instinto de los brutos, que han sido en casi todas las cosas nuestros preceptores y primeros maestros. Cuando Mr. Levaillant viajaba por África, se servia de un Melgote, el cual, como distinguía bien las frutas silvestres comestibles de las venenosas, precavía al viajero de funestos ensayos en un país desconocido, siendo, por decirlo, así su preceptor de higiene.

Consiste en que los animales proceden, digámoslo así, por el concurso simultaneo de todas sus facultades: su instinto, su inteligencia, sus inclinaciones, siguiendo todo armónicamente un impulso único. No son ellos compelidos como nosotros por exigencias encontradas, por propensiones ú opiniones vacilantes, dividiéndose extraviados en diversos y opuestos proyectos; marchan de concierto por efecto de la fuerza ó la impetuosidad natural. Ellos obran, sienten y gozan cun toda plenitud y energía, exclusivamente ocupados en lo que hacen; sus sentidos son rectos, y su complexión está equilibrada por una justa moderación; mas sabios, tal vez mas filósofos en todo el completo de su vida que nuestros orgullosos solistas, tan engreídos de su sabiduría.

Veamos, por el contrario, al Hombre tal cual es, contrariado á su mismo interior y sufriendo el combate de sentidos y su razón. ¡Cuántas veces suspiró su corazón por objetos que el recto juicio rechazaba! ¡Cuantas variaciones al mas pequeño influjo de la opinión! ¡Cuantas pasiones chocando entre sí! ¡Qué de veces, juzgando sentimiento durable un pasajero capricho, el mismo individuo detesta por la tarde aquello que imaginó amar tiernamente por la mañana! Con su espíritu y su corazón en lucha casi continua, no habla, no obra ni ejecuta sino por una mitad de sí mismo; y estos actos a medias, estas fracciones de sus facultades y de su vida, nada producen que no sea falso, equívoco, abortado en todas sus acciones, en sus pensamientos, en sus producciones literarias ó de cualquier otra clase. Todo se ejecuta violentamente á despecho, con disgusto y sin resultados; no se escuchan ya las inspiraciones de la naturaleza; todo es arte, es una máquina desconcertada, que marcha de través. Los antiguos filósofos opinaban que las monstruosidades, mucho mas frecuentes, deformes y extrañas en la especie humana que en los animales, eran el resultado necesario de esos extravíos de nuestra sensibilidad, de esas afecciones divergentes, pervertidas ó contrariadas por tantos intereses diversos entre los sexos, ya por la discordancia de edad, de caracteres mal adecuados, ya por defecto de armonía y unidad en los amores y casamientos; mientras que las bestias, brutos como son, observan mas conformidad y unión entre sí.

Lo mismo sucede con las otras producciones de la especie humana: por ejemplo el lenguaje solo de cabeza es frió ó ceremonioso, y muy estudiado para que sea siempre la expresión de la verdad el del corazón no es mas que exaltación apasionada ó irracional arrebato.

Pero el concurso simultáneo de esos dos centros de acción comunican su encanto y perfección á cuanto de él emana. Cuando el sentimiento vivifica y anima la razón, y la inteligencia ilustra y dirige el sentimiento resulta un equilibrio, que mientras mas justo sea, producirá mas verdad y unidad, mas armonía y belleza en cuanto se emprenda. La naturaleza no es pródiga ciertamente en crear genios bien organizados de cerebro y corazón perfectos: lo único á que es posible aspirar es á establecer entre nosotros esa concordancia saludable, que, propiamente hablando, constituye la salud del alma, de modo que las facultades corporales equilibradas conservan el vigor y la buena constitución en todos los seres animados. Yo no vacilo en afirmar que estos principios son de la mas alta importancia.

Ved aquí lo que los mismos animales nos enseñan: la unidad, la simplicidad, la fuerza; ellos nos revelan el fondo de su carácter, sus pasiones, sus vicios innatos. Todo lo que el Hombre civilizado disfraza con tanto cuidado, sus injustos intereses, sus inclinaciones tan frecuentemente locas y temerarias, bajas, ó indignas, la falsedad, la doblez, la inconstancia son vicios que las bestias casi desconocen. Obran con sencillez y uniformidad, naturalmente impulsadas; mientras que el Hombre, reflexionando mas, no emplea su razón sino en multiplicar sus errores, en cubrir sus desordenadas exigencias con el brillante barniz de la equidad. ¿No seria muy curioso examinar y descubrir cuantas moralidades de muchas especies de animales tienen cabida en el corazón humano? Nosotros distamos de ellos en la inteligencia; pero nuestras pasiones y vicios nos rebajan basta las bestias. Por eso se ha dicho que Demócrito buscaba las causas de la sutileza y la maña en las entrañas de la Zorra y la Serpiente.

En esta clase de estudios, las aves no distan demasiado de nosotros; pues nos hablan en un lenguaje mas fácil de comprenderse; y tal vez se observará con Aristóteles, Porta y el pintor Lebrun hasta en el juego de su fisonomía imágenes ridiculas, que se retratan por algunos rasgos en la figura de ciertos individuos, muy innoblemente contaminados con los mismos vicios ó iguales hábitos que los manifestados por los animales.

Sin embargo, lo que llamamos vício ó virtud en el Hombre, que tiene conciencia de lo justo ó injusto, no es en el bruto mas que la reunión de cualidades, mas ó menos desarrolladas para el bien ó el mal, según su conformación; y esa estructura original es la causa primera de sus propensiones ó de sus costumbres innatas. También el Hombre nace con propensiones, con mas aptitud para una clase de actos que para otros: ¿y no vemos en niños educados de un mismo modo manifestarse en los unos mas alegría ó tristeza, mas atrevimiento ó timidez, siendo otros envidiosos, coléricos, zelosos, ó flojos y estúpidos, ó ardientes, vivos etc? Si de una nidada salen aves de la misma raza con diferente carácter, ¿con cuánta mas razón se diferenciarán entre sí por las calidades morales las diversas razas y especies? No son, pues, las aves meros autómatas, como antiguamente opinaron los estoicos y Descartes en tiempos posteriores: la misma sobrina de este filósofo sostenía, con perdón de su tío, que su curruca pensaba.

«Cuando jugueteo con mi gata, decia Montaigne, quien sabe si yo la sirvo de entretenimiento, ó ella á mí: ambos nos divertimos con recíprocas monadas.» ¿Por ventura, los animales no sienten, no sueñan como el Hombre? ¿No vemos á los Perros ladrar, jadear, mover las piernas y agitar la cola en sus sueños, como si estuviesen despiertos y persiguiendo alguna pieza? También se ha notado que los Papagayos y Urracas articulan algunas palabras ó dejan escapar gritos mientras duermen: ¿y no prueba esto manifiestamente, que la inteligencia de las aves se afecta de igual modo que la del Hombre? «En materia de talento, de pru-

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