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Zoología. Cetaceos. Página 184. Los tres Reinos de la Naturaleza. Tomo 2.



do por el Cetáceo. Mortificada la Ballena por el dolor que le causa su ancha herida, hace los mayores esfuerzos para libertarse del harpon que la desgarra, se agita, se fatiga y sofoca, sale por fin á la superficie del agua en busca de un aire que la refrigere y le de nuevas fuerzas. Entonces todas las lanchas se dirigen hacia ella; el harponero de la segunda lancha la lanza otro harpon ó la acomete á lanzadas. El animal se sumerje y huye de nuevo con velocidad, le acosan con valor y la siguen con denuedo. Si la cuerda amarrada al segundo harpon se afloja, y sobre todo si nada en el agua, se adquiere la certidumbre de que el Cetáceo está muy desfallecido ó acaso muerto: la van tirando hacia sí, la van sacando disponiéndola en círculos ó mas bien en espirales, á fin de poderle dar suelta nuevamente con facilidad, en el caso de que el Cetáceo, haciendo el último esfuerzo huya por tercera vez. Pero cuales quiera que sean las fuerzas que la Ballena conserve después de! segundo ataque, reaparece en el superficie del Océano mucho mas pronto que después del primero. Si alguna lanza ha penetrado hasta los pulmones, sale la sangre en abundancia por los espiráculos. Entonces se atreven á acercarse algo mas al coloso, le abren nuevas heridas con la lanza y multiplicando los golpes procuran que el arma mortífera penetre basta los vacíos de los costados. Cuando la Ballena se siente mortalmente herida, suele refugiarse debajo de los témpanos de hielo inmediatos; pero el agudo dolor que, le hacen sufrir sus profundas heridas los harpones que lleva clavados, y que sacudidos agrandan aquellas: su cansancio extremado, su debilidad que aumenta por instantes, todo contribuye para obligarla á abandonar aquel asilo. Ya no sigue dirección determinada: se detiene, y reducida al último extremo, tan solo puede levantar su enorme mole y parar con sus aletas los golpes que aun le descargan. Terrible sin embargo, aun al espirar, sus últimos momentos corresponden al mayor de los animales. Mientras lucha con la muerte, se evitan con espanto los choques de su terrible cola, pues un solo golpe de ella haría volar la lancha hecha trizas: no se trabaja mas que para impedirle que vaya á concluir su terrible agonía en alguna de las profundidades cubiertas por bancos de hielo, que no permitirían sacar de allí su cadáver sino á costa de muchos brazos.

Los groenlandeses, semejantes en esto á lo que en tiempo de Oppiano pescaban en el mar Atlántico, atan á los harpones que lanzan á la Ballena, con tanta destreza como intrepidez, unas especies de odres hechas de pieles de Focas, llenas de aire. Estos odres muy ligeros, no tan solamente contribuyen á que no se pierdan los harpones que se desprenden, sino que también impiden que el Cetáceo herido se sumerja en el mar y desaparezca de la vista de los pescadores. Aumentan bastante la ligereza específica del animal en el momento en que la debilidad de sus fuerzas no permite á sus aletas y á su cola luchar contra esta ligereza sino con mucha ventaja, para que la pequeña diferencia que media por lo común entre esta ligereza y la del agua salada se destruya, y la Ballena no pueda sumergirse.

Los habitantes de muchas islas inmediatas á Kamts-chatka, van durante el otoño á pescar Ballenas francas, que frecuentan entonces sus costas. Cuando las encuentran dormidas, se acercan sin hacer ruido y les tiran dardos envenenados. La herida ligera en un principio ocasiona al animal tormentos insoportables que la obligan á lanzar mugidos horribles; según dicen se hincha y muere.

Huhamel dice en su tratado de tas pescas, que muchos testigos oculares dignos de fe han asegurado los siguientes hechos. En la América septentrional, cerca de las costas de la Florida, algunos salvajes tan acostumbrados á zambullir como á nadar, y tan intrépidos como diestros, han conseguido coger Ballenas francas; echándose sobre sus cabezas, introduciendo en uno de sus tubos un largo cono de madera, encaramándose sobre este cono, y dejándose llevar debajo del agua, vuelven á salir con el animal introduciendo otro cono en el segundo tubo, reduciendo así á las Ballenas á no respirar mas que por la abertura de las fauces, y obligándolas de este modo á barar en la costa ó á encallar en los bajios, para tener la boca abierta sin tragar un fluido que no pueden arrojar por los tubos ya enteramente tapados.

Algunos pescadores han conseguido á veces cerrar con redes muy fuertes la entrada, muy estrecha de ciertas abras en que habían entrado Ballenas durante la pleamar, y donde habiéndose quedado en seco al retirarse la marea, que las redes le impidieran seguir, se encentraban entregadas sin defensa á las lanzas y á los harpones.

Cuando están seguros de que la Ballena está muerta ó tan debilitada que no se puede temer que una nueva herida le dé un acceso de furor, de que los pescadores serian inmediatamente víctimas; se la pone en su posición natural por medio de cuerdas amarradas á dos lanchas que se separan en sentido contrarío, si al tiempo de la agonía se hubiese vuelto sobre uno de sus costados ó sobre la espalda. Se pasa un lazo corredizo por encima de la aleta de la cola, ó bien se la horada para atar una cuerda, en seguida se hace pasar una cuerda al través de las dos aletas pectorarles que se han perforado, y se colocan sobre el vientre del animal, se aprietan con fuerza á fin de que no opongan obstáculo alguno á los remeros al remolcar la Ballena, y las lanchas se preparan á arrastrarla hacia el buque ó hacia la playa donde debe ser despedazada.

Si se tarda demasiado en atar á la Ballena después de espirar, se aconcha y arrastrada por las corrientes ó por la agitación de las olas, puede escaparse de los marineros, ó despojada de una gran cantidad de materia oleosa y ligera, se sumerge y no vuelve á flotar sino cuando la putrefacción de los órganos interiores la ha hinchado hasta el punto de acrecentar mucho su volumen.

El autor de la Historia de las pesquerías de los holandeses en los mares del Norte hace observar con cuidado que si se remolcase á la Ballena franca por la cabeza, las enormes fauces de este cetáceo, que después de muerto se mantiene con la boca abierta, porque la quijada inferior no encaja con la superior, seria como una especie de abismo que obraría sobre un inmenso volumen de agua, y opondría una resistencia á los remeros que seria á veces insuperable.

Una vez amarrado el cadáver de una Ballena franca al buque y cuando su volumen no es demasiado grande relativamente á las dimensiones del barco, van frecuentemente las chalupas en seguimiento de otros individuos antes de empezar á destrozar la primera.

Antes de comenzar la operación se preparan sus aparejos, uno para volver el Cetáceo; y el otro para mantener la boca por encima del agua, de modo que no pueda llenarse. Los destrozadores guarnecen su calzado con grapas, con el objeto de mantenerse firmes, ó de andar con seguridad por encima de la Ballena, y empiezan á destrozarla.

Estas maniobras se hacen comunmente á babor, y antes de todo, se vuelve un poco el animal sobre sí mismo por medio de un aparejo fijado por una punta en el palo de mesana, y por el otro extremo á la cola de la Ballena. Esta operación hace que la cabeza del Cetáceo que se halla hacia la popa, entre un poco en el agua. Se alza una cuerda nueva que aprieta con bastante fuerza una quijada con otra, á fin de que los destrozadores puedan andar por encima de la quijada inferior sin riesgo de caer al mar, arrastrados por su movimiento. Dos destrozadores se colocan encima de la cabeza y cuello de las Ballenas; dos harponeros se ponen sóbrela espalda; y dos ayudantes en dos lan-



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