Paquidermos. Zoología. Tomo 2. Página 5. Los tres Reinos de la Naturaleza. Buffon.. Los Tres Reinos de la Naturaleza, Tomo 2. Museo pintoresco de Historia Natural.
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Paquidermos. Zoología. Tomo 2. Página 5. Los tres Reinos de la Naturaleza Buffon.. Los Tres Reinos de la Naturaleza, Tomo 2.



ficar. Cada ser en la naturaleza tiene su precio real y su valor relativo: si se quiere juzgar justamente del uno y del otro en el Elefante, conviene concederle, por lo menos, la inteligencia del Castor, la maña del Mono, el sentido del Perro, y añadir después las ventajas particulares, únicas, de la fuerza, de la duración, de la magnitud, y de lo largo de su vida, sin olvidar sus colmillos, con los cuales puede atravesar y vencer al León. Conviene advertir que con sus pasos hace estremecer la tierra: que con su mano arranca los árboles: que con un golpe de su cuerpo hace brecha en un muro: que, terrible por su fuerza, es además invencible por la sola resistencia de su mole, y por lo grueso de la piel que la cubre: que puede llevar sobre su espalda una torre, armada en guerra, y cargada de muchos hombres: que él solo hace mover máquinas y transporta pesos que seis Caballos no podrían mover: que á esta fuerza prodigiosa junta el valor, la prudencia, la serenidad, y la obediencia exacta: que es moderado aun en sus pasiones mas vivas, y mas constante que impetuoso en el amor: que en medio de la cólera no desconoce á sus amigos, no acometiendo nunca sino á los que le han ofendido: que conserva una larga memoria, así de los beneficios como de los agravios; que como no gusta de carne, y solamente se alimenta de vejetales, no es enemigo nato de los demás animales; y que en fin, es amado de todos, pues todos le respetan, y ninguno tiene motivo de temerle.

Los hombres también han tenido en todos tiempos una especie de veneración á este primer animal. Los antiguos le miraban como un prodigio y como un milagro de la naturaleza ( y en realidad es el mayor esfuerzo de esta): exageraron mucho sus facultades animales, y le atribuyeron sin ningún reparo cualidades intelectuaies y virtudes morales. Plinio, Eliano, Solino, Plutarco y otros autores mas modernos, no tuvieron reparo en dar á estos animales costumbres racionales, una religión natural é innata, la observancia de un culto, la adoración cuotidiana del sol y de la luna, el uso de bañarse antes de la adoración, el espíritu de adivinación y la piedad hacia el cielo, y con sus semejantes, á quienes asisten en la muerte, y después de su fallecimiento los riegan con lágrimas y cubren con tierra, etc. Los indios preocupados de la idea de la metempsicosis, están todavía persuadidos de que un cuerpo tan magestuoso como el del Elefante no puede ser animado sino por el alma de un hombre grande ó de un rey. Los Elefantes blancos son respetados en Siam, en Laos y en Pegú, como los manes vivos de los emperadores de la India; cada uno de ellos tiene un palacio, una casa compuesta de muchos criados, vajilla de oro, manjares esquisitos, vestidos magníficos, y están dispensados de todo trabajo y sujeción: el emperador reinante es el único ante quien doblan las rodillas, y el monarca les devuelve este saludo: sin embargo, las atenciones, los respetos, las ofrendas les lisonjean sin corromperlos, y esto solo debia hacer conocer á los indios que los Elefantes no tienen alma humana.

Pero dejando á un lado las fábulas de la crédula antigüedad, y despreciando también las ficciones pueriles de la superstición siempre subsistente, todavía le queda al Elefante, aun á los ojos de un filósofo, lo bastante para que se le mire como un ser de primera distinción. Este animal es digno de ser conocido y observado; y así procuraremos escribir su historia sin parcialidad; esto es, sin admiración ni desprecio. Le consideraremos primeramente en su estado de naturaleza, cuando está independiente y libre, y después en su condición de esclavitud ó de domesticidad, en que la voluntad de su señor es en parte el móvil de la suya.

El Elefante, en el estado salvaje, no es sanguinario, ni feroz, sino de índole suave, y así nunca abusa de sus armas ni de su fuerza, y solo las emplea en de-

impresiones estrañas, ha perfeccionado con el trato todas sus facultades relativas: su sensibilidad, su docilidad, su valor, su talento, todo, hasta sus modales, se modifica por el ejemplo, y se modela por las cualidades de su señor. Así, pues, no se le debe atribuir como propio todo lo que parece que tiene, puesto que sus cualidades mas elevadas y mas asombrosas son tomadas de nosotros, y que si ha adquirido mas que los otros animales, consiste en su mayor proporción para adquirir, y en que lejos de tener como ellos aversión al Hombre, le tiene inclinación. Este dulce afecto, que nunca es mudo, se ha manifestado en él por el deseo de agradar, y ha producido la docilidad, la fidelidad, la sumisión constante, y al mismo tiempo aquel grado de atención necesario para obrar en consecuencia , y obedecer siempre á propósito.

El Mono, al contrario, es tan indócil como estravagante: su Índole es en todo igualmente revesada: no hay en él ninguna sensibilidad relativa, ningún agradecimiento al buen trato, ninguna memoria de los beneficios: tiene aversión á la sociedad del Hombre, horror á la sujeción, inclinación á toda especie de mal, ó por mejor decir, una fuerte propensión á hacer todo lo que puede dañar ó desagradar. Pero estos defectos reales se ven compensados con perfecciones aparentes: está conformado exteriormente como el Hombre: tiene brazos, manos y dedos: el uso solo de estas partes le hace superior en destreza á los otros animales; y las relaciones que estas le dan con nosotros por la semejanza de los movimientos y por la conformidad de las acciones, nos agradan, nos engañan, y nos hacen atribuir á cualidades internas lo que solamente depende de la forma de los miembros.

El Castor que parece muy inferior al Perro y al Mono en las facultades individuales, ha recibido sin embargo de la naturaleza un don casi equivalente al de la palabra: se hace entender de los de su especie, y de tal modo, que se unen en sociedad, obran de acuerdo, emprenden y ejecutan trabajos grandes y largos en común, y este amor social, como también el producto de su inteligencia recíproca, tienen mas derecho á nuestra admiración que la destreza y maña del Mono, y la fidelidad del Perro.

El Perro, pues, no tiene mas que un ingenio (permítaseme profanar este nombre á falta de términos): el Perro, digo, no tiene mas que un ingenio de prestado: el Mono no tiene mas que su apariencia; y el Castor no tiene mas instinto que para sí solo, y para los suyos. El Elefante es superior á todos tres, y reúne en sí las cualidades mas eminentes que hay en ellos. La mano es el principal órgano de la destreza del Mono: el Elefante, por medio de su trompa, que le sirve de brazo y de mano, y con la cual puede levantar y asir las cosas mas pequeñas, y también las mas grandes, llevarlas á su voca, ponerlas sobre su espalda, tenerlas asidas, ó arrojarlas lejos; tiene la misma destreza que el Mono, y al mismo tiempo la docilidad del Perro, siendo capaz como él, de reconocimiento, y de una fuerte afición: se acostumbra fácilmente al Hombre, se somete no tanto por la fuerza como por los buenos tratamientos, le sirve con celo, con fidelidad, con inteligencia, etc. En fin el Elefante como el Castor gusta de la sociedad de sus semejantes, y se hace entender de ellos: se les ve frecuentemente juntarse, separarse, obrar de concierto, y sino edifican nada ni trabajan en común, quizá es por falta de bastante espacio y de tranquilidad, pues los Hombres se han multiplicado desde tiempos muy remotos en todos los paises en que habita el Elefante, por lo cual este vive sin tranquilidad, y en ninguna parte es pacífico poseedor de un espacio bastante grande y libre para establecer su domicilio. Hemos visto que son precisas todas estas condiciones y ventajas para que el talento del Castor se manifieste, y que donde quiera que los hombres se han establecido, pierde su industria y cesa de edi-



 

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