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Los tres Reinos de la Naturaleza. Zoologa o Reino Animal. Antropologa. De la vejez y la muerte. 57

rido mayor solidez, y que por consiguiente hace mayor resistencia la accin de la sangre. Finalmente cuando la misma membrana est mas slida y seca, nada ser capaz de desplegar sus arrugas, ni de comunicarla el estado de hinchazn y tirantez necesaria para el acto de la generacin.
En cuanto la alteracin del licor seminal, por mejor decir, en cuanto su falta de fecundidad en la vejez, fcil es entender que el licor seminal no puede ser prolfico sino cuando contiene, sin escepcion alguna, molculas orgnicas, enviadas de todas las partes del cuerpo, pues la produccin del pequeo ser organizado, semejante en todo al grande, no se puede hacer sino en virtud de la reunin de las molculas enviadas de todas las partes del cuerpo del individuo; y no pudiendo los huesos, ternillas, etc. que. se han consolidado demasiadamente en los sugetos muy ancianos, admitir ya ningn nutrimento, tampoco pueden , por consiguiente , asimilarse esta materia nutritiva, ni enviarla despus de haberla-modelado, y ddola toda la perfeccin que debe tener: de donde se deduce que los huesos y dems partes demasiadamente consolidadas, no pueden producir ni enviar molculas orgnicas de su especie; que por el mismo hecho faltarn estas molculas en el licor seminal de los ancianos; y que este defecto es suficiente para hacerle infecundo.
Segn este raciocinio, que nos parece fundado, y admitiendo la suposicin de que la falta de las molculas orgnicas, que no pueden ser despedidas y enviadas de aquellas partes que se han consolidado demasiadamente, es la causa de que el licor seminal de los hombres muy ancianos carezca de la virtud prolfica, debe creerse que por estas molculas que faltan pueden suplir algunas veces las de la mujer, si es joven; en cuyo caso tendr efecto la generacin, como lo vemos por la esperiencia. Los ancianos decrpitos engendran, pero rara vez; y cuando esto sucede, tienen menos parte en su propia produccin que los dems hombres; proviniendo de esto el que algunas mujeres jvenes, quienes casan con viejos decrpitos y desfigurados, den veces luz monstruos criaturas contrahechas, aun mas defectuosas que el padre.
La mayor parte de las personas ancianas mueren de escorbuto hidropesa otras enfermedades, que al parecer, proceden de vicio de la sangre, alteracin de la linfa, etc. Por mas influencia que los lquidos contenidos en el cuerpo humano puedan tener en su economa, es de creer que, no siendo estos sino partes pasivas y divididas, no hacen mas que obedecer al impulso de los slidos, que son las verdaderas partes activas y orgnicas, de quienes deben depender enteramente el movimiento, la calidad y hasta la cantidad de los lquidos. En la vejez, el calibre de los vasos se estrecha, la elasticidad de los msculos se debilita, los filtros secretorios se obstruyen, y la sangre, linfa y dems humores deben por consiguiente espesarse, alterarse, estravasarse y producir los sntomas de las varias enfermedades que ordinariamente se atribuyen vicio de los lquidos, cuando la verdadera causa es la alteracin que hay en los slidos, dimanada de su natural menoscabo, de alguna lesin y alteracin accidentales. Es verdad que, aunque el mal estado de los lquidos provenga de un vicio orgnico en los slidos, los efectos que resultan de esta alteracin, se manifiestan por medio de unos sntomas ejecutivos y de mal pronstico, porque, estando los lquidos en continua circulacin en un movimiento muy rpido, poco que lleguen estancarse por la demasiada estrechez de los vasos, oque por su violenta relajacin se derramen, abrindose nuevos conductos, no puedan dejar de corromperse, de viciar al mismo tiempo las partes mas endebles de los slidos (lo cual suele ocasionar enfermedades ncurables, lo menos de comunicar su mala cualidad todas las partes slidas que riegan, alterando de este modo la testura de las mismas y mudando su naturaleza. De esta suerte se multiplican los medios de. destruccin del cuerpo, el mal interno se va aumentando, y se apresura el instante de la muerte.
Todas las causas que hemos indicado obran continuamente sobre nuestro ser material, y lentamente le conducen su disolucin : as pues, la muerte, esta mudanza de estado, tan notable como temida, no viene ser en la naturaleza ms que el ltimo grado de un estado precedente ; la sucesin necesaria de la ruina de nuestro cuerpo trae consigo este grado, como todos los dems que han precedido; la vida empieza estinguirse mucho antes que se verifique su total estincion; y en la realidad quiz hay mas distancia de la caducidad la juventud, que de la decrepitud la muerte, no debiendo considerarse aqu la vida como absoluta, sino como una cantidad capaz de aumento y disminucin. En el instante de la formacin del feto, esta vida corporal todava es nada casi nada; poco poco se aumenta, se estiende , adquiere consistencia proporcin que crece el cuerpo, se desenvuelve y se fortifica: desde que empieza caminar su estincion, la cantidad de la vida se disminuye; y al fin cuando llega agoviarse, se debilita y deseca, mengua, se encoge y se reduce nada; de suerte que empezamos vivir por grados y acabamos de morir como principiamos la vida.
Qu razn hay, pues, para temer la muerte, si se ha vivido de modo que no se deban temer sus resultas? Porqu se ha de mirar con horror aquel instante , cuando ha sido preparado por infinitos instantes del mismo orden, y cuando la muerte es tan natural como la vida, y ambas llegan igualmente sin que las sintamos, ni podamos conocerlas? Pregntese los mdicos y los ministros de la Iglesia, acostumbrados observar los moribundos, y recibir su ltimo aliento, y unos y otros dirn que escepcion de un cortsimo nmero de enfermedades agudas, en que la agitacin causada por los movimientos convulsivos da, al parecer, indicio de lo que padece el enfermo, en todas las dems dolencias se muere tranquila y suavemente, y sin dolor. Las agonas mas terribles sirven mas de espanto los circunstantes que de tormento al enfermo, pues se han visto muchas personas que, habiendo llegado aquel ltimo trance, ni se acordaban de lo acaecido en l, ni de lo que haban sentido en aquel estado, en el cual realmente habia cesado para ellos su propia existencia, pues luego se vean obligados ahorrar del nmero de sus dias los que haban pasado en aquella situacin, de que no conservaban ninguna idea.
La mayor parte de los hombres muere, pues, sin saber que muere, y en el corto nmero de los que conservan su conocimiento hasta el ltimo suspiro, quiz no se encontrar uno que no conserve al mismo tiempo la esperanza y no se lisonjee de prolongar la vida; habiendo hecho la naturaleza, para felicidad del hombre, mas poderosa esta lisonja que la razn. Un enfermo, cuyo mal es incurable, que puede formar juicio de su estado por ejemplos frecuentes y familiares,- y quien avisan del peligro los movimientos inquietos de su familia, las lgrimas de sus amigos, y el semblante el abandono de los mdicos, no por eso se persuade que es llegada su ltima hora; el inters que tiene es tan grande que de nadie se fia en esto mas que de s mismo, no da crdito los dictmenes de los dems y tiene por infundados sus temores: en tanto que el enfermo siente y piensa, no reflexiona ni discurre sino su favor, y todo al fin ha muerto, cuando todava vive la esperanza.
Observemos un enfermo que habr dicho cien veces que su dolencia es de muerte, que conoce que no hay remedio para su mal, y que est cercano es-

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Marzo varía siete veces en el día.
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