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Roger de Lauria. Personajes de Aragón.

General victorioso de la Escuadra Aragonesa en el Mediterraneo





Roger de Lauria (1). por M.J.Quintana

Cuando el infeliz Conradino, ltimo resto de la Casa de Suevia, oy la sentencia de muerte a que le conden su inhumano vencedor Carlos de Anjou, despus de reclamar contra la iniquidad de aquel juicio, dicese que, sacndose un anillo que traa al dedo, lo arroj en medio del concurso que asistia al funesto espectculo, dando con l la investidura de sus Estados al principe que le vengase. No falto all quien recogiese esta prenda de discordia, y trayndola al rey de Aragn, Pedro III, le hiciese entender con ella las voces del prncipe moribundo y le recordase que tena a los reinos de Npoles y de Sicilia, usurpados por los franceses. Estaba Pedro casado con Constanza, hija de Manfredo, to natural de Conradino, que, seor de aquellos Estados, haba sido antes vencido y muerto por Carlos en los campos de Benevento; y esta alianza daba ms peso a las pretensiones del monarca aragons, que entonces se hallaba en el vigor de la edad, lleno de valor y codicioso de gloria y poderio.

Mas la ambicin de este principe quiz se habra ejercitado solamente contra los sarracenos sin la conducta que tuvieron los franceses en el pais conquistado. Su petulancia, avivada con el orgullo de la victoria y apoyada en la persuasin que tena de la santidad y justicia de su causa, no conocieron lmites ni freno, se abandon a los mayores excesos y atropell todos los derechos domsticos y civiles. Entonces la indignacin rompi los lazos del miedo y ense a los hombres oprimidos las fuerzas que en su abatimiento desconocin. Un insulto hecho a una dama por un francs en las valles de Palermo di ocasin a aquella matanza horrible que se conoce en todas las historias con el nombre de Visperas Sicilianas (30 de marzo de 1282). Los franceses, sus hijos y sus mujeres, aunque fuesen del pas, cayeron a manos de la venganza, sin que les quedase en toda Sicilia mas que un pueblo de corta consideracin, llamado Esterlinga.

Cogieron estas alteraciones al rey Carlos en medio de los preparativos formidables que destinaba a la conquista del imperio griego, y pareca humanamente imposible que los infelices sicilianos pudiesen resistir a estas fuerzas, que al instante vinieron sobre ellos. Mecina es sitiada, embestida, y a pesar del ardor de sus defensores, conoce la flaqueza y trata de capitular, pero el implacable enojo del rey se niega a todo concierto, y slo quiere entrar en la plaza rodeado de suplicios y de verdugos. Los mecinenses entonces juran desesperados comerse primero unos a otros que entregarse a sus duros opresores, y dan con esto lugar a que llegue el defensor y vengador de Sicilia.

El clebre negociador Juan Prochita. que no perdonaba medio ni fatiga para traer socorros a su desvalida patria, haba podido confederar entre s al Papa Nicolao III, al emperador de Grecia y al rey de Aragn. Tres aos antes se haba hecho esta alianza en ruina y odio del podero francs, ofreciendo el Papa para la empresa socorro espirituales, que valan mucho en aquel tiempo; el emperador, dinero y el rey, tropas y su persona. La muerte de Nicolao y la adhesin de su sucesor a los intereses de la Francia no pudieron estorbar los efectos de la liga; y Pedro III, desde la costa de Africa, donde se haba acercado con pretexto de hacer guerra a los moros, aport con su escuadra a Palermo, cuando ya los pobres mecineses se hallaban en el mayor aprieto y agona. Los habitantes de Palermo le alzaron al instante por su rey, y el envi a Mecina un corto refuerzo de almogvares, que en diferentes salidas que hicieron ahuyentaron siempre al enemigo. El dspota, estremecido, conoce entonces que la fortuna se le trueca, y temeroso de alguna alteracin en Npoles, no se atreve a medirse con su rival y le abandona la Sicilia.

Los sicilianos y aragoneses acometieron al instante las costas de Calabria, y a vista de Regio se di la primera batalla naval entre ellos y los franceses, siendo stos vencidos, con prdidas de veintids galeras y cuatro mil prisioneros. Mandaba a la sazn la escuadra aragonesa, como almirante, D. Jaime Prez, hijo natural del rey; llevado del ardor juvenil, quiso embestir a Regio, contra la orden expresa de su padre, y perdi en aquella faccin algunos soldados, sin poder ganar la plaza; de lo que irritado el rey, le quit el mando de la armada y nombr por almirante de ella a un caballero de su Corte llamado Roger de Lauria (1283).

Era nacido en Scala (2), pueblo situado en la costa occidental de la Calabria superior, y su padre, seor de Lauria, haba sido privado del rey Manfredo y muerto a su lado en la batalla de Benevento. Roger fu traido a Espaa por su madre doa Bella, ama de leche, segn unos, y dama, segn otros, de la reina de Aragn, doa Constanza, a quien vino asistiendo cuando su casamiento con Pedro III. Crise en la cmara de este prncipe; el rey D. Jaime le hered en el reino de Valencia, y por su educacin y por las mercedes que haba recibido estaba incorporado con la nobleza aragonesa. Los historiadores no sealan los hechos y los mritos que le sirvieron para el empleo eminente a que fu elevado, y el diploma del rey no habla de otra cosa que de su probidad, de su prudencia y de su amor a los intereses de su corona. As puede presumirse que la primera mitad de su vida nada ofreci a la curiosidad y al ejemplo, aunque es fuerza confesar tambin que semejante obscuridad est ampliamente compensada con el lustre que sus hazaas dieron a la segunda.

Fu bien glorioso para el monarca aragons que su enemigo, no atrevindose a hacerle frente en Sicilia, buscase todos los pretextos de la poltica para alejarle de all. Carlos le desafi personalmente, y Pedro acept el duelo, que deba verificarse en Burdeos, autorizandole el rey de Inglaterra, seor entonces de aquella parte de Francia. El Papa Martino IV, tan adicto a los franceses como contrario les haba sido su antecesor Nicolao, descomulg al rey de Aragn, puso entredico en sus Estados, y, segn el extrao derecho pblico que reinaba entonces en Europa, le priv de ellos y di su investidura a uno de los hijos del rey de Francia. Pedro parti de Sicilia a conjurar esta nube; mas para asegurar a sus nuevos vasallos con la confianza de su proteccin, hizo venir a la isla a la reina su esposa y a Jaime y Fadrique, sus hijos, y declar por sucesor suyo en aquel Estado al primero; y dejando a Lauria la instruccin sobre el orden que haba de guardarse en el armamento de la escuadra que deba defender a Sicilia, se hizo a la vela para la peninsula.

Las aguas de Malta fueron el teatro de la primera victoria de Roger. Tuvo aviso de que las galeras francesas navegaban la vuelta de aquella isla para socorrer la ciudadela sitiada por los aragoneses, y al instante se dirigi con las suyas a encontrarlas. Halllas descuidadas en el puerto, y aunque pudo acometerlas de improviso sin ser sentido, quiso ms bien esperar el da para la batalla, y les envi un esquife a decirles que se rindiesen o se apercibiesen a la pelea. Sin duda que quiso dar crdito a sus armas, manifestando a los enemigos que desdeaba los medios de la astucia, y slo quera servirse del esfuerzo; mas el xito nicamente poda absolver de temerara esta bizarra (1285).

Eran las galeras enemigas veinte, y las suyas diez y ocho; al rayar el da embistieron las unas con las otras, y pelearon con tanto tesn y encarnizamiento como si de aquella jornada dependiese la restitucin de la Sicilia. Medioda era pasado, y aun duraba la accin, cuando el general francs vi que sus galeras cedan y se inclinaban a huir. Llambase Guillermo Corner, y estaba dotado de un valor extraordinario; encendido en saa por la flaqueza de los suyos, quiso aventurarlo todo de una vez, y con denuedo terrible acometi contra la capitana de Lauria, creyendo librada su victoria en tomarla o destruirla. Abordla por la proa: l, con un hacha de armas, empez a hecerse camino por medio de sus enemigos, hiriendo y matando en ellos. Roger le sali al encuentro, y los dos pelearon entre s con el esfuerzo que los distingua y el furor que los animaba. En medio de su refriega, una azcona arrojada clava a Roger por un pie a las tablas del navo, y una piedra derriba a Guillermo el hacha que tena en la mano; entonces el general aragones, que haba podido desclavarse la azcona, la arroj a su contrario, que, atravesado con ella, cay sobre la cubierta sin vida. Su muerte acab de declarar la victoria por los nuestros, que con diez galeras apresadas, y rendidas las islas de Gozo, Malta y Lipari, volvieron triunfantes a Sicilia.

Alzado con esta ventaja el nimo a mayores cosas, Roger, armando cuantas galeras haba en la isla, coste con ellas toda la marina de Calabria y se dirigi a Napoles, en cuyas cercanas se puso como provocando al enemigo. Para ms irritarle se acerc a los muros y lanz sobre la ciudad toda clase de armas arrojadizas. Despues recorri la marina occidental de Pausilipo, infestando la costa, saqueando los lugares y talando y destruyendo los jardines y viedos de la ribera. Miraban los napolitanos desde sus murallas esta devastacin, y ardan ya por salir a castigar la soberbia insolente de sus contrarios. El rey Carlos no se hallaba all entonces; mas el principe de Salerno, su hijo, a quien haba dejado el gobierno del Estado en su ausencia, ansioso de vengar aquella afrenta, hizo armar los barones y caballeros que con l estaban, y llenando de gentes y pertrechos blicos las galeras que haba en el puerto, sali l mismo en persona en busca de los nuestros. No concuerdan los historiadores en el nmero de galeras que haba de una parte y de otra, aunque todos afirman que eran muchas ms las enemigas. Roger, vindolas venir, hizose a la vela, como que rehusaba el combate, para alejarlas del puerto; lo cual visto por los napolitanos, les acrecent el orgullo en tal manera, que ya denostaban a los aragoneses y sicilianos y les mostraban de lejos las sogas y cuerdas que haban de servir a su esclavitud y a sus suplicios. Cuando ya estuvieron en alta mar, salt Roger en un esquife, y recorriendo con l por los buques de su armada, exhortaba a los suyos a la pelea y les sealaba la pompa y la riqueza de los barones y caballeros franceses como despojos ciertos de su aliento y su destreza; hecho esto, volvi a subir a su galera, puso con ligereza increble la escruadra en orden de batalla, y parti furiosamente a encontrar con la enemiga.

Trabse el combate, que ya por las fuerzas que concurran, ya por la animosidad de los combatientes, ya por las consecuencias importantes que tuvo, fu el ms ilustre de los que hasta entonces se haban dado por mar en aquel tiempo (1284). Animaba a los nuestros el deseo de conservar el dominio y gloria recientemente ganados, mientras que los franceses ardan en ansia de vengar las afrentas y daos recibidos. Embestianse con furor, procurando romper con el mpetu y la fuerza la muralla que oponan los contrarios, y aferradas las galeras por las proas, revolvianse de una parte a otra a buscar el lado en que ms pudiesen ofender, sin que en tal conflicto y en semejante cercania se disparase tiro que no fuese mortal. Pero aunque las fuerzas del principe eran superiores a las de Roger, se vi muy desde el principio del combate cunta ventaja llevaban los soldados prcticos en las maniobras navales a los cortesanos y caballeros, poco ejercitados en ellas. Algunas de las galeras enemigas que pudieron desasirse tomaron la vuelta de Npoles con el genovs Enrique de Mar, que logr al fin escaparse. Volaron a su alcance las catalanas, y tomaron diez de ellas con todos los guerreros que contenan. Roger, desde su navio, animaba a los suyos al seguimiento, y cuando los sentia flaquear los amenazaba furioso si dejaban escapar la presa. Entre tanto se peleaba terriblemente alrededor de la Galera de Capua, donde iba el principe de Salerno. All estaba la mejor gente; all, los ms bravos caballeros, unidos, apiados entre s, formaban un muro delante de su caudillo, y peleando desesperados, contrastaban la industria y esfuerzo de los nuestros y ponan en balanzas la victoria. Roger, cansado de esta resistencia, mando barrenar la galera y desfondarla para echarla a pique; entonces el principe, temeroso ya de su muerte, le hizo llamar y le entrego su espada, pidindole la vida y la de los que iban con l. Roger le di la mano y le paso a su galera, quedando hechos al mismo tiempo prisioneros el general de la escuadra enemiga, Jacobo de Brusson, Guillermo Stendardo y otros ilustres caballeros italianos y provenzales.

Ganada la batalla, los nuestros, fieros con el suceso, dieron la vuelta a Npoles y, presentndose delante de la ciudad con toda la arrogancia de su triunfo, empezaron a excitarla a la sedicin y a la novedad. Tumulturonse los moradores, unos por miedo, otros con deseo de sacudir el yugo francs, y en altas voces gritaban: "Viva Roger, muera carlos!" Cost mucho afn a los ciudadanos amigos del orden contener esta agitacin, y Roger, perdida la esperanza de que el movimiento siguiese, hizo vela para Mecina. Pero antes, en la isla de Capri, mand cortar la cabeza a dos caballeros de los que se haban rendido, por desertores del partido aragons: ejemplo de rigor que desluce el lustre de su victoria, por ms que se autorizase en la necesidad del escarmiento. Ms noble accin fu la de pedir al principe que pusiese en libertad a la infanta Beatriz, hermana de la reina Constanza, custodiada en prisin desde la muerte de Manfredo, su padre. Con ella y con sus prisioneros entr triunfante en Mecina y se present a la reina, que para disimular al principe la humillacin vergonzosa de su situacin tuvo la atencin delicada de alejar a los infantes, sus hijos, al tiempo de recibirle. Despus mand que se le custodiase en el castillo de Matagrifn, y en la misma fortaleza hizo guardar a todos los caballeros de su comitiva.

Vise entonces un acontecimiento que manifiesta la necesidad de respetar la justicia en la victoria y el peligro de ultrajar insolentemente a los pueblos. El de Sicilia, a pesar de los triunfos y victorias que consegua, guardaba vivo en su memoria el mal que haba recibido de los franceses. Creyeron los sicilianos que aquellos brbaros, que tan indignamente abusaron de sus victorias, no merecian estar al abrigo del derecho de gentes; y amotinndose furiosos, rompieron los encierros donde se guardaban los prisioneros, y antes que los magistrados pudiesen atajar el alboroto, ya eran muertos mas de sesenta de aquellos infelices. No contentos con esta demostracin tumultuaria, se juntaron en Mecina los sndicos de las ciudades, y en Cortes generales de la isla decretaron que el principe cautivo deba pagar con su cabeza la muerte que su padre haba ejecutado en Conradino. Cuando Carlos de Anjou hizo morir a este principe, estaba bien lejos de pensar que llegara un da en que su hijo y heredero se vera tratado con la misma severidad, y que en el aprieto slo debera la vida a la generosa hija de aquel Manfredo a quien, despus de vencido y muerto, haba tratado tambin con una barbarie sin ejemplo. Con efecto, la reina Constanza hizo entender a los feroces sicilianos que un negocio tan grave no podia tratarse sin conocimiento del rey D. Pedro; y al mismo tiempo mand trasladar al prisionero a otra fortaleza ms segura, donde estuviese guarecido de todo insulto popular. As le salv, ganndose con esta accin magnnima la veneracin de su siglo y de la posteridad, al paso que con ella haca ms detestable la conducta sanguinaria del rey Carlos, condenado a la infamia en todos los tiempos y por todos los escritores.

Tres das despus de la derrota de su hijo lleg a Gaeta con grande refuerzo de galeras y gente de guerra, al tiempo que Npoles estaba alterada de resultas de aquel suceso. Indignse tanto, que tuvo propsito de entregar la ciudad a las llamas, y dur mucho tiempo en l, hasta que a ruegos del legado del Papa se templ algn tanto y se content con hacer perecer en los suplicios ciento cincuenta ciudadanos de los ms culpados. Despus, sin entrar alli, se dirigi con todas sus fuerzas a la Calabria para cobrar todo lo que los aragoneses haban ganado en la costa y hacer la guerra a Sicilia.

La escuadra de Roger, reforzada con las galeras que el rey D. Pedro le haba enviado para que pudiese hacer frente a las de Carlos, se hiz a la vela y coste la Calabria. Avist a los enemigos en el cabo de Pallerin, y no osando los franceses venir a batalla, el almirante salt en tierra de noche, y atac y saque a Nicotera, plaza fuerte y bien guarnecida, con tal celeridad que, sin ser sentido de la escuadra enemiga, ya al alba se hallaba en el cabo unido al grueso de la armada. De este modo y con igual felicidad saque a Castelvetro, tom a Castrovilari y otros pueblos de la Basilicata, en tanto nmero, que ya fu preciso enviar de Sicilia un gobernador que por parte del rey de Aragn defendiese y mandase toda aquella parte de Calabria. Despues de estas facciones, Roger, dejando aquella costa y acercndose a la de Africa, lleg a la isla de Gerbes, y saltando en tierra con su gente, los moros, que entonces la poseian, no pudieron resistirle y se la rindieron (1285). All mand alzar una fortaleza y dej un capitn que la guardase. Para colmar su fortuna, una galera catalana hizo cautivo a un rgulo berberisco, y con l y los despojos de los Gerbes di la vuelta a Mecina con igual gloria que otras veces.

A principios del ao 1285 muri en Foggia el rey Carlos, rendido al dolor que le causaban tantas desgracias. Hombre esforzado, guerrero ilustre si no hubiera manchado sus hazaas y su fama con la inhumanidad y la fiereza que manifest en toda su vida. Se hacan estos vicios tanto ms extraos en l, cuanto ms se comparaban a la moderacin y dulzura de su hermano el rey de francia, san Luis. Gan grandes batallas, se apoder de grandes Estados, y de simple conde de Provenza se vi rey de Npoles y de Sicilia, rbitro de Italia y objeto de espanto a grecia, adonde ya amagaba su ambicin. La fortuna que le haba acariciado al principio de su carrera, le aguard al fin de ella amargos desabrimientos que van referidos, frutos todos de la fiereza implacable de su carcter y de la insolencia de su gente; porque si l hubiera regido los pueblo subyugados con alguna especie de moderacin y justicia, su dominio, apoyado en la benevolencia de sus sbditos, sostenido por los Papas y defendido con todo el poder de la Francia, no era posible que se resistiese de los dbiles embates de un rey de Aragn. Leccin insigne dada a los ambiciosos para que se acuerden que los hombres no disimulan ni sufren la usurpacin y la conquista sino a quien les hace ms felices. El muri, en fin, y el odio que se le tenia public que se haba ahogado a s mismo por no poder con su rabia. Pedro, su rival, al saberlo, elogi mucho sus prendas militares, y dijo que haba muerto el mejor caballero del mundo. Por su falta, un hijo del prncipe prisionero tom la gobernacin del Estado, auxilindole el conde de Artois, primo de su padre, y Gerardo de Parma, legado de la Santa Sede.
La guerra entre tanto segua. El rey de Francia, Felipe el Atrevido, haba invadido el Roselln, apoyando con las armas la investidura que el Papa haba dado a uno de sus hijos de los Estados del rey enemigo. Sus preparativos de guerra fueron formidables: ciento cincuenta galeras amenazaban las costas, mientras que las fronteras eran embestidas por cerca de doscientos mil combatientes, entre ellos diez y ocho mil caballos y diez y siete mil ballesteros. El rey don Pedro. excomulgado por el Papa, vendido por su hermano el rey de Mallorca, abandonado del de Castilla y acometido de todas las fuerzas de la Francia, lejos de intimidarse en tanto apuro, hizo frente a su enemigo por todas partes. Los franceses ocuparon el Roselln, atravesaron el Ampurdn, y pusieron sitio a Gerona. Defendieronse los de dentro animosamente, hasta que, de resultas de un choque que hubo entre las tropas del rey D. Pedro y una parte de los franceses, se rindieron a partido y capitularon. Mas la fortuna, favorable hasta entonces, les volvi la espalda: declarse la peste en el campo francs, y sus capitanes trataron de volverse por tierra a su pas. Despidieron adems, por economa, una gran parte de las naves que tenan en Rosas, con lo cual, enflaquecida su escuadra, no pudo resistir a la de Roger de Lauria, que llamado por su rey, vena a toda prisa a socorrerle desde Italia.

Acababa de conquistar la ciudad de Taranto y de reducir casi todo lo que faltaba en la Calabria, cuando D. Pedro le envi orden de que se viniese con su armada a Catalua. Hizolo as, y lleg a Barcelona sin que los enemigos le sintiesen. All fu a encontrar al rey, y le mand que saliese en busca de las galeras francesas, diciendole: "Ya sabes, Roger, por experiencia, cun fcil es a los catalanes y sicilianos triunfar de los frnceses y provenzales por mar." El, con tan buen auspicio, sali a buscarlos, a tiempo que sus almirantes, dejando quince galeras en Rosas, se venan con otras cuarenta hacia Barcelona, adonde el rey de Francia pensaba llegar por tierra. Hallbanse en Sanpol cuando avistaron una divisin de diez galeras catalanas, y destacaron tras ellas veinticinco de las suyas; escapseles la divisin, y antes de que pudiesen las veinticinco reunirse a sus compaeras, dieron con la escuadra de Roger, a quien no crean todava en catalua. Era de noche, pero esto no le detuvo de enviarlas; cay en los franceses gran desmayo al saber el adversario que tenian enfrente, y se apercibieron flojamente a la pelea; pero, confiados en la oscuridad, intentaron desordenar la escuadra aragonesa, tomando la misma voz y las mismas seales. Decan los nuestros "Aragn", y ellos repetan: "Aragn"; los buques de Roger llevaban un farol encendido, y tambin le encendieron en los suyos; mezclados as y confundidos los unos con los otros, la batalla se trab, mas no duro mucho tiempo. Roger acometi a una galera provenzal, y del primer encuentro le derrib todos los remos de un costado, cayendo al mar lo remeros y gente que all haba, con grandes alaridos. Igual esfuerzo hacan los dems buques aragoneses por su parte; y la ballesteria catalana, entonces la mas formidable del mundo, causaba tal estrago en los franceses, que, perdido el nimo y la confianza, doce de sus velas escaparon con Enrique de Mar, y las dems se rindieron con Juan Escoto, su almirante. Roger traslad a su gente a las galeras apresadas, por estar en mejor estado que las suyas; stas las envi a Barcelona y se dispuso a seguir el alcance de las fugitivas.

Pasaron de cinco mil los enemigos muertos en el combate, y a otro da quiso el vencedor tomar en los prisioneros la represalia de los estragos y crueldades que los de su nacin haban cometido a su entrada por el Roselln. Slo el almirante y otros cincuenta caballeros fueron exceptuados de esta resolucin inhumana; y con fiereza indigna de su gloria mand arrojar al mar trescientos ensartados en una maroma, y a doscientos sesenta, que no estaban heridos, les hizo sacar los ojos y los envi al campo frances. Corri despus tras de los que huan, entr en el puerto de Cadaqus, que estaba por el enemigo, rindio el castillo y apres tres buques, y en ellos el tesoro que vena para la paga del ejrcito. No estaba todava en este tiempo ganada Gerona, que haba conseguido una tregua de treinta das, para rendirse al fin de ellos si no era socorrida. Los franceses, viendo la actividad y fortuna de Roger, queran que se tuviese por comprendido en aquella tregua, y le enviaron al conde de Fox para que cesase en sus hostilidades. Mas l contesto que ni a franceses ni a provenzales la concedera jamas. Motejle el conde de soberbio, y le dijo que al ao siguiente pondra su prncipe una escuadra de trescientas velas, y que el rey D.Pedro no podra presentarle otra igual. "Yo la aguardar -replic-; Dios, que hasta ahora me ha dado victoria, no me dajar sin ella, y yo fio que osaris combatir conmigo." Y crecindole el orgullo con la contestacin: "Sabed -le dijo- que sin licencia de mi rey no ha de atreverse a andar por el mar escuadra o galera alguna; que digo galera?, los peces mismos, si quieren levantar la cabeza sobre las aguas han de llevar un escudo con las armas de Aragn". Sonrise el conde al oir esta jactancia, y mudando de conversacin, se despidi de l y se volvi a sus reales.

Con esta respuesta, los generales franceses obligados a quemar los buques que tenan en Rosas para que no cayesen en poder del enemigo, desesperanzados de todo socorro por mar, viendo ya entrada la peste en su campo y enfermo de muerte el rey, sin embargo que ya tenan ganada Gerona, se vieron constreidos a retirarse a su pas. Pusironse en movimiento para ejecutarlo, y el desorden y el estrago que sufrieron en su vuelta (1285) fueron iguales a la presuncin y pujanza con que entraron. El monarca aragons, siempre sobre ellos, hostigndoles con encuentros continuos, cortndoles los viveres, no les dejaba ni marchar ni descansar; y aquel ejrcito que contaba por suya Catalua sin haber perdido una batalla, entr en Francia roto, desordenado y disperso, dejando los caminos cubiertos de enfermos y despojos, muerto su rey del contagio, y con poco aliento en los que se haban salvado para venir otra vez.

Gerona al instante se redujo a la obediencia de Pedro, el cual, libre de los franceses volvi su nimo a castigar la perfidia del rey de Mallorca, su hermano. Dispuso a este fin una armada, y di el mando de ella al principe D. Alfonso, su hijo. En este estado le acometi una dolencia, de que muri en Villafranca a los cuarenta y seis aos de edad. Sicilia conquistada, Npoles amenazada, su reino defendido de tan formidable invasin, Mallorca castigada, pues se rindi a su hijo, fueron las operaciones brillantes de su reinado. Los aragoneses le dieron el nombre de Grande; y si este ttulo es merecido por el valor, la capacidad y la fortuna, no hay duda en que est justamente aplicado a Pedro III, no slo para distinguirle de los dems reyes de su nombre, sino de todos los de su tiempo, a quienes se aventaj en muchos grados. Pero despus de la extensin que habia dado a sus Estados el D. Jaime su padre, ms grande y ms gloria hubiera cabido a su sucesor si empleara en civilizarlos las grandes dotes que emple en aumentarlos con conquistas tan lejanas, despoblando sus reinos para mantenerlas y estableciendo aquella serie interminable de pretensiones, sostenidas por sus sucesores con ros de sangre espaola.

Muerto el rey, Roger antes de volver a Sicilia exigi de D. Alfonso, su heredero, palabra real de ayudar con todas sus fuerzas y contra cualquier enemigo al infante D. Jaime, jurado ya sucesor en el dominio de aquella isla.

Con esta seguridad y pacto se hizo a la vela en su armada, y tuvo el contratiempo de una tormenta que dispers los buques y ech a pique seis, en que iban la mayor parte de los tesoros que haba ganado en sus batallas anteriores. Dur el temporal tres das, y slo la gran diligencia de los pilotos pudieron salvar la armada, que, compuesta de cuarenta galeras, lleg a Trpana en muy mal estado. El almirante fu por tierra a Palermo y di a doa Constanza la noticia de la muerte del rey D. Pedro. Al instante su hijo D. Jaime tom el ttulo de rey de Sicilia y se coron en aquella ciudad; lo cual ejecutado, mand volver a Roger a Espaa para que manifestase a su hermano el estado de cosas de Sicilia y de Calabria, y para que nada se tratase en perjuicio suyo en las negociaciones de paz que mediaban con el prncipe de Salerno, a quien D. Pedro poco antes de su muerte haba hecho traer a Espaa.

Deseaba la paz el rey de Aragn para atender a la tranquilidad de sus Estados y quitarse de encima un enemigo tan poderoso como la Francia; desebala el prncipe para recobrar su libertad y disfrutar de su corona; desebala tambin el rey D. Jaime para cimentarse en su nuevo Estado, que siempre crea le sera asegurado por las convenciones que se ajustasen. Mediaba el rey de Inglaterra a ruegos del principe; pero, a pesar de su influjo y del deseo comn, lo estorbaban las miras del Papa y del rey de Francia, que no se mostraban fciles a acceder a las condiciones con que el rey de Aragn consenta en la libertad de su prisionero. Se ajustaban treguas para hacer la paz, y estas treguas se rompan sin haber concertado nada. El almirante Roger en este intermedio arm seis galeras, y con ellas hizo velas para aguasmuertas, corri la costa de Provenza, combati a Santueri, Engrato y otros pueblos, hizo grandes presas en ellos, y se volvio a Catalua (1286) sin que la armada francesa, muy superior en nmero, pudiese encontrarle ni alcanzarle.

En su ausencia, el rey de Sicilia haba dado el cargo de su armada a Bernardo de Sarri, uno de los ms valientes caballeros de aquel tiempo, el cual, con doce galeras armadas de catalanes, corri toda la marina de Capua, tom las islas de Capr y de Prochita, entr por fuerza a Astura y se volvi a Sicilia, talando y quemando los casales y tierras de Sorrento y Pasitano, y cargado de un botn inmenso. Estos estragos obligaron a los gobernadores del reino de Npoles a aprestar una armada y juntar gente para invadir a Sicilia; las atenciones que distraan al rey de Aragn, la ausencia de Roger y la inteligencia que tenan en algunos pueblos de la isla les prometan buen xito en su empresa, y aplicaron todos sus esfuerzos a conseguirla. Iban por capitanes de la primera armada que enviaron el obispo de Marturano, legado del Papa, y Ricardo Murrono; y por almirante, un caballero muy estimado entonces, llamado Reinaldo de Aveli. Esta armada arrib a Agosta, y el ejrcito que llevaba salt en tierra, puso a saco la plaza y fortific el castillo; hecho esto, la armada di la vuelta a Brindis, donde el grueso del ejrcito enemigo esperaba para pasar a Sicilia.

La ausencia de Roger haba ocasionado gran descuido en los armamentos navales de la isla, y cuando lleg a ella y supo la rendicin y toma de Agosta, empez al instante a reparar la falta y a preparar la armada. Los sicilianos, que vieron a los enemigos otra vez dentro de su pas y amenazados del grande armamento que se haca contra ellos en Brindis, empezaron a culpar de esta situacin al almirante; la envidia apoyaba la queja, y echndole en cara que por piratear en la Provenza haba abandonado las obligaciones de su cargo, os llevar a los odos del rey aquella odiosa imputacin y calumniarle con ella. Lleg a Roger la noticia de esta maquinacin a tiempo que se hallaba en el arsenal dando priesa a los trabajos del armamento; y as como estaba, lleno de polvo, mal vestido, ceido de una toalla, subi indignado a palacio, y puesto delante del rey y de aquellos viles cortesanos: "Quien de vosotros -dijo- es el que, ignorando los trabajos mos, no est contento de lo que he hecho hasta ahora? Presente estoy, diga su acusacin, yo le responder. Si despreciis mis acciones y mis fatigas, por las cuales tenis vida y tesoros, mostrad lo que habis hecho, y si son vuestras victorias las que os han dado el hogar y la patria en que vivis, el lujo que ostentais.
Vosotros os divertais mientras que a mi me oprima el peso de las armas; ningn cuidado os agitaba mientras que yo dispona mis campaas; ociosos estabais, y no temi ni la muerte ni la fatiga; yo andaba a la inclemencia del mar, y vosotros estabais abrigados en vuestras casas; un banco de remero era mi lecho, y mas manjares fastidiosos y repugnantes a vosotros, acostumbrados a mesas regaladas; en fin, el hambre y el afn me consuman, mientras que, nadando en deleites, hallabais vuestra seguridad en mis trabajos.
Considerad mis acciones, y ved, si la guerra dura, quin ha de ser el martillo de vuestros enemigos, pues no me da tanta vergenza vuestra calumnia como dolo vuestro peligro si olvidis lo que valgo y me desechis de vosotros."
Vuelto entonces a los que le haban acompaado: "Id -exclam- y traed al instante los testigos de mi valor, los monumentos de mis victorias y de mi gloria: la bandera del principe de Salerno, los despojos de Nicotera, Castrevechio y de Taranto; los de Calabria cuando hice huir al rey Carlos de Regio; traed las cadenas serviles de los Gerbes, las insignias del triunfo que consegu en San Feli y en Rosas y las riquezas conseguidas en Aguas y en Provenza; traedlas, y pues que aun dura y durar la guerra, si entre stos hay alguno ms valeros que yo, ese dirija las armas y escuadras de Sicilia y defienda el Estado contra sus enemigos."
La magnificiencia y dignidad de sus palabras impusieron silencio y admiracin a toda la Corte que le escuchaba; los malsines no osaron contradecirle, y l, despreciando sus viles intrigas y su miserable envidia, volvi a entender en la preparacin de la armada, que, a fuerza de su increble actividad y diligencia, a breve tiempo estuvo dispuesta en nmero de cuarenta galeras bien pertrechadas.

En ellas se hizo a la vela, y sali a buscar a los enemigos, al mismo tiempo que el rey, despues de haber asegurado a Catania, que tena inteligencia con ellos, puso sitio sobre la fortaleza de Agosta para arrojarlos de aquel punto, uno de los ms fuertes e importantes de la isla. Los sitiados se defendieron valientemente; pero al fin, siendo mucha gente y faltandoles bastimentos, tuvieron que rendirse a partido de que salvasen las vidas. Fueron en aquella ocasin hechos prisioneros los tres principales personajes del armamento enviado anteriormente por los gobernadores de Npoles, que eran el legado del Papa, el general Murrono y el almirante Reinaldo de Avell. Entre ellos se hallaba un religioso llamado fray Prono de Aydona, dominicano, el cual haba trado letras y provisiones del Papa para alterar la isla. Ya anteriormente, venido con la misma misin y cogido, haba sido perdonado generosamente por el rey, que, respetando su estado, tambin mand ahora ponerle en libertad; pero l quiso ms bien estrellarse la cabeza contra un muro que sufrir la confusin de parecer a la presencia del monarca ofendido.

Mientras esto pasaba en Agosta, Roger supo que la mayor parte de la armada enemiga se hallaba en Castelamar de Stabia esperando tiempo para pasar a Sicilia. Componase sta de ochenta y cuatro velas, y l no tena mas que cuarenta; pero llevaba consigo su pericia, su esfuerzo, su fortuna y, sobre todo su nombre. As, luego que lleg a Sorrente envi un esquife al almirante enemigo, dicindole que se apercibiera a la batalla, porque l iba a presentrsela.
Con este aviso, los franceses pusieron en orden su armada, en donde iban un nmero considerable de condes y seores provenzales. Colocaron en medio en dos grandes taridas los dos estandartes del prncipe y de la Iglesia, y vinieron a encontrarse con los nuestros. Roger dispuso sus galeras en orden de batalla, seal las que haban de guardar el estandarte real, que coloc en medio, orden en cada buque su terrible ballesteria, y di la seal de embestir. Rompise la batalla por una galera siciliana, que fu rodeada de cuatro francesas, y al fin rendida; pero acudieron ms velas aragonesas y sicilianas, que la represaron. Otras acometieron el centro enemigo, donde iban los condes, y empeada as la batalla, los franceses se distinguan por el nmero y la valenta; los nuestros, por la osadia y la destreza. Vease a Roger armado sobre la popa de su galera animando a sus capitanes y dirigiendo sus movimientos. A su voz y a sus gritos, que resonaban feroces en medio de aquel estruendo, los suyos se alentaban y se estremecan los enemigos. Declarse, en fin, la fortuna por la pericia; su misma muchedumbre impeda a los franceses maniobrar con acierto, y moviendse tumultuariamente y en desorden, ms pareca que peleaban por conservar el honor que por alcanzar la victoria. Los nuestros, que sintieron su desconcierto, empearon ms la accin, y empezaron a hacer grande estrago en ellos, que, ya desbaratados y confundidos, no osaban hacer resistencia. Derribados los dos estandartes, vencidas y ganadas las galeras en que iban los condes y gente principal, apresadas cuarenta y cuatro, el resto se puso en huda con Enrique de Mar, hombre muy diestro en escaparse de estos peligros. Roger envi a Mecina las galeras apresadas con cinco mil hombres que tom en ellas, y se puso otra vez a vista de Npoles, que, alborotada con tan grande derrota, se volvi a alterar y aclamar el nombre del almirante aragones (1287).

En tan gran conflicto, los gobernadores del reino tomaron el partido de asentar treguas con Roger. Este crey que la suspensin de armas sera til para el rey, y la ajust por un ao y tres meses, exigiendo que se le haba de entregar la isla y la fortaleza de Iscla, que se haban cobrado los franceses; pero don Jaime no quiso confirmar esta convencin, hecha sin consulta suya, y se tuvo por mal servido del almirante, a quien al instante empez a acusar de envidia, imputndole que se haba dejado ganar por dinero de los enemigos. El envi un comisionado suyo al rey de Aragn para que la confirmase por su parte; mas tampoco vino en ello este monarca, ya prevenido por su hermano, y le respondi que l la aceptara y guardara si D. Jaime la admitiese.

Al ao siguiente de 1288 consigui su libertad el prncipe de Salerno, bajo las condiciones siguientes: que pagase veintitrs mil marcos de plata, diese en rehenes a Roberto y Luis, sus hijos, y alcanzase del papa y del rey de Francia una tregua de tres aos, en la que haba de entrar el prncipe mismo. Otras muchas convenciones hubo, que no son de este propsito; baste decir que Nicolao IV, Pontifice entonces, y el rey de Francia no las aceptaron; que el prncipe fu coronado por el Papa mismo rey de Sicilia y seor de Pulla, Capua y de Calabria, y que la guerra volvi a encenderse con ms furor que nunca. El rey D.Jaime pas con su ejrcito a Calabria a reducir los lugares que se le haban rebelado en aquella provincia, y con intento de dirigirse despus a sitiar a Gaeta. Escarmentados y reducidos muchos pueblos y fortalezas y arrojado de all el conde de Artois, que haba con un grueso ejrcito querido hacer frente a los nuestros, D. Jaime se dirigi a la playa de Belveder para combatir el lugar que era muy fuerte.
Hallbase all el seor de l, Roger de Sangeneto, que, habiendo sido antes prisionero del rey de Aragn, por medio del almirante haba conseguido su libertad, haciendo homenaje de rendirse l y sus castillos a la obediencia del rey, y dejando en rehenes para seguridad dos hijos que tena. Pudo ms con aquel caballero la fe jurada a su primer seor que el amor a sus hijos, y al punto que se vi libre sigui haciendo toda la guerra que poda desde sus posesiones.
Fu, pues, combatido con el mayor tesn el castillo de Belveder; pero Sangeneto se defendia valerosamente, y con una mquina blica que tena en la muralla, dirigida contra la parte real donde se hallaba el rey, haca en los sitiadores un estrago terrible. El almirante, que asista a D. Jaime en toda aquella expedicin, acudi entonces a uno de los medios condenados en todos tiempos por el derecho de gentes y abominados de la humanidad y de la justicia. Arm una polea con cuatro remos, y puso en alto sobre ella al hijo mayor de Sangeneto, hacindole blanco de los tiros de la mquina. Todos los triunfos de Roger de Lauria no bastan a cubrir la mancha que deja en su carcter semejante atrocidad, y todo su herosmo se eclipsa delante de la entereza de aquel infeliz padre que, sordo entonces a los gritos de la sangre, mand esforzadamente que la mquina siguiese su ejercicio.
Cayo el mozo inocente a la violencia de un tiro, que le dividi en dos partes la cabeza, y parece que su desgracia despert en el barbaro Roger algunos sentimientos de virtud. El cadver, cubierto con una rica vestimenta, fu enviado al padre, y D. Jaime, no queriendo perder ms tiempo delante de aquella fortaleza, levant el sitio y envi a Sangeneto el otro hijo que tena en su poder (1289).

La armada y el ejrcito se dirigieron despus a Gaeta, en cuyo puerto entraron sin oposicin. El rey intim a la plaza que se rindiese, y a la repulsa arrogante que de ella recibi mand hacer todos los preparativos del sitio y comenz a combatirla. El rey de Npoles acudi al instante a la defensa con un ejrcito poderoso, cifrando los dos monarcas rivales su reputacin y su fortuna en el xito de aquella empresa. El de Sicilia tena a su favor la compaia de los mejores capitanes del mundo, victoriosos por mar y por tierra, y el empeo de salir con una empresa, la primera en que empleaba su persona, mientras que al de Npoles instigaba el ansia de reparar los daos y afrentas recibidas, el deseo de dar reputacin al principio de su reinado, y la esperanza que tena en el brillante ejrcito que haba juntado en Provenza y en Italia, mandado por uno de los mejores generales de aquel tiempo, que era el conde de Artois.

Al principio los franceses embistieron la parte oriental del campamento siciliano, donde se hallaba el almirante Roger, y fueron rechazados y obligados a retirarse del combate. Pero sus fuerzas iban cada da aumentndose con uxilios que les venan del partido gelfo en Italia, y los nuestros parecan ya ms sitiados que los de Gaeta. Una batalla era inevitable en esta situacin, y de ella iba a depender el destino de Npoles y de Sicilia; pero el rey de Inglaterra, continuando el bello papel de pacificador con que se mostr en estas sangrientas alteraciones, envi un embajador al Papa, exhortandole a que procurase algn concierto entre los dos prncipes; el Papa condescendi con los deseos de aquel monarca, y envi un legado a Gaeta, el cual, con el embajador ingls, persuadi a los dos reyes que asentasen treguas por dos aos, con la condicin de que el de Npoles levantase primero su real. As lo hizo, y tres das despus don Jaime se volvi con su armada y su ejrcito a Sicilia.

Mas a pesar de estas ventajas y mediaciones, la suerte de los infelices sicilianos iba a conducirlos al riesgo de volver al yugo de sus antiguos opresores.
Ellos no tenan otro escudo ni otros valedores que las fuerzas de Catalua y Aragn, y stas iban a faltarles, y quiz a volverse en contra suya. El rey D. Alonso, no juzgndose bastante fuerte para hacer frente a un tiempo a la Francia, a las disensiones intestinas movidas en sus estados por los ricoshombres, celosos de la conservacin de sus fueros y privilegios, atropellados por el rey difunto; al rompimiento que amenazaba de parte de Castilla, y a sostener el Estado de Sicilia contra las fuerzas de Npoles, del Papa y del partido gelfo en Italia, tuvo por ms conveniente dar la paz y la tranquilidad a sus Estados que sostener sus pretensiones a costa de una guerra a la cual no vea fin. Hizo, pues, la paz con sus enemigos, ofreciendo, entre otras condiciones, renunciar su derecho a los Estados de Sicilia, sacar de all sus fuerzas y sus generales, persuadir a la reina su madre y a su hermano que abandonasen el pensamiento de mantenerse en el dominio de la isla, y aun obligndose, en caso necesario, a arrojarlos l mismo de all con sus propias fuerzas.
Mas cuando Catalua y Aragn empezaban a respirar con la esperanza de la paz, y aquel prncipe se disponia a celebrar sus bodas con una hija del rey de Inglaterra, falleci arrebatadamente en Barcelona a los veintisiete aos de edad, en 1291.

Su muerte fu generalmente sentida, as por su amor a la virtud, a la justicia y a la liberalidad, en la cual fu muy sealado y obtuvo por ella el sobrenombre de Franco, como por haber mostrado la paz al mundo, segn dice Mariana, si bien no se la pudo dar.

Llam por su testamento a sucederle a su hermano D. Jaime, con tal de que dejase el reino de Sicilia a D. Fadrique, substituyendo a ste en primer lugar en la sucesin, y despus de l al infante D. Pedro, en caso de que D. Jaime prefiriese quedarse en Sicilia. Pero este principe, luego que supo la muerte de su hermano, se hizo a la vela para Aragn y celebr su coronacin en Zaragoza, protestando en este acto que no recibia los reinos y seorios por el testamento de su hermano, sino por el derecho de su primogenitura. Con este anunci que tambin quera quedarse con los Estados de Sicilia y de Italia, y al instante empez a tomar medidas para la seguridad y defensa de ellos.

Di el cargo de gobernador y general de Calabra a D. Blasco de Alagn, hombre de un esfuerzo a toda prueba y de una capacidad y prudencia consumada. Este guerrero, despus de haber con su sagacidad y moderacin establecido la autoridad y preeminencia de su encargo en las tropas de la provincia, que se rehusaban a obedecerle, ret a los franceses que el rey de Npoles tena tambin en Calabra y los desbarat, haciendo prisionero a su general Guido Primerano. Esta victoria asegur la provincia del estrago que los enemigos hacan en ella y acab de afirmar la autoridad de D. Blasco. Mas como nunca faltan envidiosos al mrito cuando se levanta, fu acusado ante el rey de haber tomado a Montalbo quebrando la tregua que haba con los enemigos, y de haber batido moneda, en desdoro de la preeminencia real. Mandado venir a la Corte para responder a estas acusaciones, obedeci y vino a la peninsula; pero antes hizo homenaje al infante D. Fadrique, lugarteniente de su hermano en aquellos Estados, de que luego que hubiese dado los descargos a las culpas que se le imputaban, y satisfecho su honor, volvera a la defensa de Sicilia.

Roger de Lauria en este intermedio, despus del sitio de Gaeta, haba corrido con una armada las costas de Africa y tomado a Tolometa por asalto. Enviado a la peninsula por D. Jaime, a ruegos de don Alonso, para asegurar las costas, al instante que muri este prncipe naveg hacia Sicilia, de donde vino acompaando al nuevo rey; mas luego, por su mandato, volvi a hacer vela para la isla a defender sus mares y los de Calabria. Mandaba por los franceses en esta provincia Guilln Estendardo, el cual, teniendo noticia de que la armada siciliana iba a surgir junto a Castella, puso en celada cuatrocientos caballos en aquella marina, esperando sorprender a Roger. Mas ste, que prevena siempre los accidentes y venca las asechanzas con ellas, hizo desembarcar su gente con tanto acierto como si tuviesen delante los enemigos. No pudo Estendardo excusar de venir a batalla, la cual fu muy reida, sin embargo de darse con poca gente (1292); pero herido el general francs, y sacado a duras penas del riesgo, se declar la victoria por Roger, el cual, siguiendo las fieras instigaciones de su ndole inhumana, hizo degollar a uno de los prisioneros, Ricardo de Santa Sofa, porque siendo gobernador de Cotrn por el rey de Aragn, haba entregado aquella plaza a los enemigos. Ganada la batalla y recogida la gente de la armada, dirigise hacia Levante, coste la Morea, entr de noche y saque a Malvasa, tal la isla de Chio, y cargado de presas y despojos, di la vuelta al puerto de Mecina.

Seguan entre tanto las negociaciones de paz entre los prncipes enemigos y era difcil al de Aragn lograrla a buen partido en aquel estado de cosas. La unin tan estrecha entre las casas de Npoles y Francia, la adhesin de los Papas a su partido, por el dominio directo que afectaban sobre la Sicilia; el entredicho puesto en Aragn y la investidura dada a Carlos de Valois, no consentan concierto ninguno que no tuviese por base la renunciacin de la isla, a menos de que D. Jaime consiguiese en la guerra unas ventajas tales que obligasen a sus adversarios a consentir en la cesin de aquel Estado. Pero estas ventajas no podan esperarse del poder que le asista, y mucho menos de su espritu, que estaba muy distante de la magnanimidad, entereza y valor del gran D. Pedro su padre. Blande, pues, al fin, y ajust su paz con la Iglesia, con el rey de Npoles y el de Francia, renunciando su derecho sobre la Sicilia y obligndose a arrojar de ella con sus armas a su madre y a su hermano, en caso de que no quisiesen dejar la posesin en que estaban.
Concert casarse con una hija del rey de Npoles, y por un artculo secreto le prometi el Papa la donacin de las islas de Cerdea y Crcega en cambio de la Sicilia.

Al rumor de estas negociaciones, los sicilianos enviaron embajadores a D. Jaime a pedirle que reformase o revocase una concordia tan perjudicial para ellos. Entretvolos el rey algn tiempo mientras se terminaba el tratado, y cuando ya estuvo confirmado, al tiempo de celebrar sus bodas en Villabertrn con la infanta de Npoles, les di su respuesta final, anuncindoles la renuncia que haba hecho de los reinos de Sicilia y Calabria en el rey Carlos, su suegro.
Oyeron esta nueva como si recibieran sentencia de muerte, y delante de los ricoshombres y caballeros que a la sazn se hallaban presentes, es fama que Cataldo de Russo, uno de ellos, se explic en estas palabras:

"Conque en vano ha sido sostener tan grands guerras, verter tanta sangre y ganar tantas batallas, si al fin los mismos defensores que elegimos, a quienes juramos nuestra fe, y por quien con tanto tesn hemos combatido, nos entregan a nuestros crueles enemigos! No ganan, no, a Sicilia los franceses, tantas veces derrotados por mar y por tierra; el rey de Aragn es quien la abandona, teniendo menos aliento para sostener su buena fortuna que perseverancia y tenacidad sus contrarios para contrastar la adversidad de la suya. Afirmado, como lo est, el reino de Sicilia, conquistada la Calabria toda y la mayor parte de las provincias vecinas, vencedores siempre que hemos combatido, nada nos faltaba a los sicilianos sino un monarca que nos tuviese en ms precio y supiese estimar su prosperidad. Desventurados! Qu nos puede valer ya por nuestra parte delante de un rey que confunde todas leyes divinas y humanas, y no slo abandona a sus ms fieles vasallos, sino que pone a su madre y hermanos en poder de sus enemigos? Qu de atrocidades no harn cometer la rabia y la venganza a estos hombres, ya antes tan soberbios y crueles, cuando vuelvan a nuestras casas y las vean teidas an con la sangre de los suyos! Decid, a quin queris que nos demos? Ser a aquel que, siendo prncipe de Salerno y prisionero por vuestra causa, y a presencia vuestra, condenamos a muerte? Entregaremos vuestra madre y hermanos al hijo de aquel que en un da quit el reino y la vida al rey Manfredo, su padre? Pero la miseria y la injusticia producen al fin la independencia. Los pueblos de Sicilia no son un rebao vil que se compra y se enajena por interes y dinero. Buscamos a la casa de Aragn para que fuese nuestra protectora, la juramos vasallaje, y con su ayuda arrojamos de la isla a los tiranos y castigamos sus atrocidades. Si la Casa de Aragn nos abandona, nosotros alzamos el juramento de fidelidad que le hicimos y sabremos buscar un prncipe que nos defienda; desde este momento no somos vuestros ni de quien vos queris que seamos; mandad que se nos entreguen las fortalezas y castillos que se tienen por vos ahora; y libres y exentos de todo seorio, volveremos al estado en que nos hallbamos cuando recibimos por rey a D. Pedro vuestro padre."

Estas palabras, acompaadas de lgrimas y demostraciones de desesperacin y dolor, conmovieron a todos los circunstantes; pero el rey, que ya haba tomado su partido, les admiti la protestacin de libertad que haban hecho, di las rdenes que le pedan y les encarg que cuidasen de su madre y su hermana, aadiendo que nada les deca acerca del infante D. Enrique porque ste, como buen caballero, sabra bien lo que haba que hacer (1295).

Ocupaba en aquella sazn la silla pontificia Bonifacio VIII, Papa clebre por su ambicin, su sagacidad y sus desgracias. Antes de su eleccin haba tenido algunas relaciones con D. Fadrique; y el infante, luego que le vi Papa, le envi una Embajada a congratularle y hacrselo propicio. Bonifacio le pidi que viniese a verle con Juan Prochita, Roger de Lauria y algunos barones de Sicilia, con el objeto, segn deca, de arrglar las cosas de la isla y tratar del acrecentamiento de aquel prncipe. Estas vistas se hicieron en la playa de Roma, y como el papa viese la gentil desposicin del infante y la magnanimidad y discrecin que mostraba en sus palabras, desesper de poderle traer a los fines que quera, y eran que la Sicilia se pusiese bajo de su obediencia sin oposicin. Abrazle, y vindole armado, di a entender que senta ser la causa de que tan mozo se aficionase a las armas. Volvise despus a Roger, y considerndole despacio "Es ste -dijo- el enemigo tan grande de la Iglesia y el que ha quitado la vida a tanta muchedumbre de gentes? - Ese mismo soy, Padre Santo - respondio Roger-; mas la culpa de tantas desgracias es de vuestros predecesores y vuestra." Tras de estas y otras plticas, Bonifacio se separ con Fadrique, y persuadindole que se conformase con la paz que su hermano haba cocertado, le prometi casarle con Catalina, nieta de Balduino, ltimo emperador latino de Constantinopla, y ayudarle con las fuerzas de Francia y las suyas a conquistar aquel imperio. El infante admiti la oferta, prometio no oponerse a la restitucin de la Sicilia, y se volvi a la isla.

En ella no se creyeron al principio las noticias de la paz ajustada entre el rey de Aragn y sus enemigos. mas cuando los embajadores enviados a este fin volvieron con la respuesta y declaracin definitiva de D. Jaime, sacando fuerzas de su desesperacin misma, los sicilianos, en Parlamento general del reino celebrado en Palermo, pidieron al infante don Fadrique que se encargase de aquel Estado, lo cual consentido y admitido por l, se seal da para juntarse en Catania los barones y seores principales de la isla con los sindicos y procuradores de las ciudades a prestar el juramento de fidelidad. Roger, en aquella ocasin, si bien al principio estuvo perplejo por las relaciones estrechas que tena con el rey de Aragn y por la incertidumbre en que se hallaba de su renuncia, luego que estuvo cierto de ella y vi el consentimiento general de toda Sicilia, acudi al Parlamento sealado, y en la iglesia mayor de Catania, delante de todo el reino, convocado all a este fin, l fu quien aclam rey de Sicilia al infante, y l fu quien prob que esto le era debido por disposicin divina (1296), por la sustitucin que haba hecho en l su hermano D. Alonso y por general eleccin de todos los sicilianos.

El Papa, sabiendo esta resolucin, envi all embajadores para estorbarla, pero fueron arrojados de la isla sin ser odos. Don Jaime public un edicto mandando a los guerreros aragoneses y catalanes que estaban en Sicilia se viniesen para l, viendo la necesidad que tendra de ellos en la guerra que ya prevea entre l y su hermano. Algunos obedecieron, pero los ms se quedaron en Sicilia a persuasin de D. Blasco de Alagn, que, a despecho de D. Jaime, haba vuelto all, cumpliendo con la palabra que antes haba dado a D. Fadrique. Este caballero les dijo que, perteneciendo al infante aquel reino y siendo los franceses enemigos comunes de Sicilia y de Aragn, nadie debia a mal caso el que ellos le defendiesen con todo su poder de su brbara dominacin, y se ofreci a sustentarlos con las armas delante de cualquier prncipe. Era D. Blasco uno de los ms sealados de aquel tiempo por su linaje, sus hazaas y sus virtudes; su autoridad contuvo una gran parte de sus compatriotas, y puede decirse que su presencia en Sicilia fu lo que ms contribuy a mantener su independencia en la gran borrasca que la amenazaba.

Llegaba ya el tiempo en que iba a ser privada de su mejor defensa con la desercin de Roger. Este, aunque haba sido nombrado almirante por D. Fadrique y le acompao en su primera expedicin a Calabria, empezaba a flaquear en la fe que le haba prometido. La primera demostracin del disgusto se manifest en Atanzaro, plaza fuerte de la baja Calabria, y que estaba entonces defendida por Pedro Russo, uno de los barones ms acreditados de Npoles. Haba el rey ganado a Esquilache, y llam a sus capitanes a consejo para tratar si haba de embestir o no a Catanzaro. El almirante fu de parecer que se acometiese antes a Cotrn y otros pueblos que estaban descuidados, los cuales rendidos, la empresa de Catazaro sera ms fcil. En un hombre tan arrojado como Roger pareci extrao que propusiese el partido ms tmido, y todos lo atribuyeron al parentesco que tena con Pedro Russo. Sin embargo, ninguno osaba contradecirle, hasta que el rey, que deseaba ganar crdito en aquella empresa y autorizar sus armas, dijo que si los enemigos los vean acometer las plazas dbiles y huir de embestir a las fuertes menospreciaran su poder, y que por esto convena acometer desde luego lo ms arduo, y con una victoria conseguir muchos triunfos.

Prevaleci este dictamn, y el ejrcito embisti a Catanzaro. Su defensor, conociendo desde los primeros encuentros que no era bastante a resistir, pidi treguas de cuarenta das, a condicin de rendir la plaza si en ellos no era socorrido. Concedisele este partido, y todos los pueblos de la comarca siguieron el ejemplo de Catanzaro y se aplazaron del mismo modo; entre ellos Cotrn, en cuyas cercanias asent don Fadrique su campo. Sucedi que entre los vecinos del lugar y los franceses que le guarnecan se movi un alboroto y vinieron a las armas. Los vecinos llamaron en su ayuda a los sicilianos, y stos, no teniendo cuenta con las treguas, entraron en la plaza, acometieron a los franceses, que retirados al castillo creyeron que todo el ejrcito enemigo vena sobre ellos, y no tuvieron aliento para defenderle de aquella poca gente dispersa y desmandada. Cuando la noticia de este tumulto lleg a D. Fadrique, desarmado como estaba subi a caballo y tomando una maza corri con algunos caballeros hacia el castillo a contener a los suyos, que ya andaban robando. Hiri y mat algunos de ellos; mas el socorro no lleg tan presto que ya los franceses no hubiesen recibido grande dao, y el rey lo repar en la manera posible, mandando restituir lo que pudo hallarse, pagando el resto de su cmara y haciendo poner en libertad dos franceses de los que tena al remo por cada uno de los que haban muerto en el rebato.

La tregua haba sido ajustada por Roger, y su violacin, aunque imprevista, fu para su nimo orgulloso un desaire a su autoridad. Impaciente de clera lleg a la presencia del rey, y renunciando su empleo de almirante, se despidi de l dicindole "que l no era ms famoso por sus servicios y sus victorias que por su exactitud y puntualidad en guardar los pactos y conciertos que haca; que esta fama de leal le haca ilustre entre italianos, franceses, espaoles, moros y orientales; que aquella violacin era una mancha en su fe, la cual mancillaba su buen crdito y disminua su autoridad; que le diese, pues, licencia para retirarse de su servicio, y que presto llegara tiempo en que sus mulos, confundidos con el peso de los negocios y defensas de aquel reino, confesaran la sencillez y la fidelidad con que Roger serva a su rey"
Este, alterado con aquella resolucin, le respondi indignado "que se fuese donde gustase, aunque fuese a sus contrarios, porque si sus servicios eran muchos, no eran menores ni menos conocidos los premios que se le haban dado; sobre todo, era mucho mayor que ellos su soberbia y su jactancia, la cual no quera l sufrir por nada del mundo". Hubiera pasado a ms la alteracin a no haber mediado Conrado Lanza, cuado de Roger, persona de gran autoridad por sus muchos servicios. A su persuasin se aplaco el rey, y Roger pidi perdon de su demasa, y se reconcili en su gracia. Mas sus contrarios no por eso se desalentaron en sus intrigas y en sus imputaciones. Saban que el rey de Aragn haba intimado pblicamente a Roger que entregase al rey Carlos el castillo de Girachi, y que de no hacerlo procederia contra l y sus bienes como seor contra vasallo; saban que, adems de este requerimiento pblico, haba tratos secretos entre el almirante y D. Jaime, y juzgaban que aquel enojo de Roger era un pretexto para dejar el servicio de don Fadrique.

Mas sea que estos tratos aun no tuviesen la correspondiente madurez, o que todava Roger estuviese de buena fe asistiendo a este prncipe, lo cierto es que despus de este lance l mando la armada siciliana que se envi al socorro de Roca Imperial, sitiada por el conde Monforte. Noticioso de que el sitio se haba levantado, coste las marinas de la Pulla, haciendo a los enemigos de Sicilia toda la guerra que l acostumbraba en esta clase de correras. Asalt y puso a saco a Lecce, volviendo con el despojo a Otranto, entr sin resistencia en esta ciudad, entonces abierta y sin defensas, y viendo la oportunidad de su situacin y la excelencia de su puerto, hizo reparar sus murallas y fortalecerla con baluartes. De all pas con la armada a Brindis, donde haban entrado de refuerzo seiscientos soldados escogidos del rey Carlos, mandados por un frances distinguido llamado Godofredo de Janvila. Roger desembarc la caballeria que llevaba en sus galeras, fortific un puesto, desde l comenzo a talar los campos y estragar la tierra. Al da siguiente, como estuviese sobre el puente de Brindis cubriendo con sus caballos los trabajos de los gastadores, stos se desmandaron, y Roger, temindose alguna celada, sali del puente con gran parte de los suyos a recogerlos. Al instante los enemigos embistieron al puente, casi indefenso.
El puesto fortificado por los sicilianos y las galeras donde podan recogerse estaban lejos, y slo hacindose fuertes en el puente podan evitar el riesgo de ser muertos o presos. Cargaron, pues, unos y otros a aquel punto, en que consista la salvacin de los unos y la venganza de los otros. Dos caballeros de Sicilia pudieron sostener el impetu enemigo, mientras que Roger, animando a los suyos con el nombre de Lauria, que repetia a gritos, entr de los primeros en el puente, y cerrando con el general francs, le hiri en el rostro y le hizo caer del caballo. A esta desgracia juntndose el estrago que haca en los enemigos la terrible ballesteria del almirante, volvieron al fin la espalda y abandonaron el puente, desde donde los nuestros se recogieron libremente a su campo fortificado.

Cuando Roger di la vuelta a Mecina hall en ella al rey D. Fadrique y a dos embajadores del rey de Aragn, que venan a pedir se viese con su hermano en alguna de las islas de Iscla o Prochita. Traan tambin una carta para el almirante, en que don Jaime le encargaba persuadiese al rey de Sicilia que consintiese en aquellas conferencias. Para tratar este punto se celebr Parlamento en Chaza, y en l Roger habl largamente sobre la conveniencia y utilidad de acceder a los deseos del rey de Aragn, a quien as D. Fadrique como toda la Sicilia deban reconocer por superior. Las razones en que el almirante fund su parecer eran tomadas de la pujanza de aquel prncipe, de la flaqueza de la Sicilia y de la esperanza que poda haber en que se venciese por las splicas y amonestaciones de su hermano para no entregarlos a los enemigos. Pero el parecer contrario apoyado en el consentimiento de todos los barones y sindicos de las ciudades, dictado por la entereza y el valor, prevaleci en el esforzado corazn del rey, saliendo acordado del Parlamento que no se diese lugar a las vistas, y que si D. Jaime vena armado contra su hermano, ste le recibiese a mano armada tambin y la guerra decidiese su querella.

Vuelta la Corte a Mecina, Roger mostr a don adrique una carta del rey de Aragn en que le mandaba se fuese para l, y le pidi licencia para ejecutarlo, ofreciendo delante de Conrado Lanza que solicitaria con aquel monarca todo cuanto conviniese a su servicio. Disela el rey, y le concedi adems dos galeras que pidi para ir a visitar y abastecer los castillos que tenia en Calabria, antes de partir a Aragn.
En su ausencia sus mulos acabaron de irritar a don Fadrique en su dao: imputndole que en su expedicin a Otranto y en aquel mismo viaje que hacia para visitar sus castillos se haba avistado con los generales del rey Carlos, y tratado con ellos en perjuicio de la Sicilia; y decan que su cuidado en pertrechar sus fortalezas manifestaba su intencin de pasarse a los enemigos. Volvi Roger a despedirse del rey, y llegando a su presencia, le pidi la mano para besrsela, y el rey se la neg. Pregunta la causa de aquel desaire, y D. Fadrique le responde que un hombre que se entiende con sus enemigos ya no es su vasallo; mndale adems que quede arrestado en palacio, y entonces el almirante dejndose llevar de la ira a que es tan propenso: "Nadie -exclama- hay en el mundo que pueda privarme de la libertad mientras el rey de Aragn est con ella, ni es este el galardn que mi lealtad y mis servicios han merecido." Ninguno osaba llegarse a l, y respetando al cabo la palabra del rey, se tuvo por arrestado y se apart a un lado de la sala en que se hallaba. Dos caballeros sicilianos, Manfredo de Claramonte y Vinchiguerra de Palaci, que tenan grande autoridad con el rey, salieron por sus fiadores y le llevaron a su misma casa. En la noche sali a caballo y se dirigi a una de las fortalezas que tena en Sicilia y las hizo pertrechar todas. All se mantuvo sin hacer guerra y sin pedir concierto; pag la suma en que sus fiadores se haban obligado, y el rey, temindose un escndalo y moimiento perjudicial, ces de proceder contra l.

Los embajadores del rey de Aragn llavaban tambin el encargo de pedir a la reina doa Constanza y a la infanta Violante, su hija, que se fuesen con ellos a Roma a celebrar las bodas concertadas entre la infanta y Roberto, duque de Calabria, heredero del rey Carlos. vino en ello D. Fadrique, y su madre y su hermana, acompaadas de Juan Prochita y de Roger de Lauria, salieron a un tiempo de Sicilia (1297).
Era ciertamente un espectculo propio a manifestar la visicitud de las cosas humanas, que a un tiempo y como expelidos dejasen a Sicilia la hija y nieta de Manfredo, el negociador que con su actividad y consejo haba libertado la isla, y el guerrero invencible que la haba defendido a costa de tanta sangre y con tanta gloria, y que saliendo de all se dirigiesen a buscar un asilo entre los mismos de quienes eran mortales enemigos. Roger perda en la separacin no slo los grandes Estados que tena en Sicilia, sino caudales inmensos que habia puesto en poder de mercaderes. El rey D. Fadrique se apoder de todo y arroj de las fortalezas a Juan y Roger de Lauria, sobrino el uno y el otro hijo del almirante, que desde ellas haban empezado a hacer correras en el interior de la isla. Pero el cargo de almirante de Aragn, el de vicealmirante de la Iglesia, el Estado de Concentasina y el enlace de su hija Beatriz con D. Jaime Ejrica, primo hermano del monarca aragons, consolaron a Roger de las prdidas que haca en Sicilia y le pagaron su desercin. Es preciso confesar, sin embargo, que esta ltima parte de su carrera no es tan gloriosa como la anterior, y que parecera ms grande al frente de las fuerzas sicilianas y defendiendo aquel Estado, objeto de tanta porfa, que no al frente de sus poderosos enemigos, atrado por dones y empleos, todos por cierto desiguales a su mrito y a su fama.

El alma de aquella nueva confederacin era el Papa, y a nombre de la Iglesia se hacia todo. El rey D. Jaime fu a Roma, celebr all las bodas de su hermana con el duque Roberto, recibi la investidura del reino de Cerdea y se volvi a Aragn a hacer los preparativos del armamento que haba de embestir a Sicilia. Entretanto, Roger, acaudillando la gente de guerra que le confi el rey de Npoles, entr en Calabria con intento de ganar, ya con la fuerza, ya con la astucia, los pueblos que en aquella provincia estaban por D. Fadrique. Hallbase ausente D. Blasco de Alagn, general en Calabria por Sicilia, y en su ausencia el vecindario de Catanzaro alz banderas por el rey Carlos, y puso el castillo en tanto aprieto, que su guarnicin concert rendirse si dentro de treinta das su rey no enviaba socorro tal que pudiese ponerse en batalla delante de Catanzaro. Un da antes de cumplirse el plazo lleg don Blasco a Esquilache y di vistas a las tropas enemigas que estaban en la plaza acaudilladas por Roger de Lauria y el conde Pedro Russo. Tuvo por la noche noticia de haber llegado refuerzo a los enemigos, y ocultndolo a los suyos para no desanimarlos, lleg con su tropa en la tarde del ltimo da concertado, faltandole muchas compaias, que por la precipitacin de la marcha no acudieron a tiempo.Psose con los estandartes tendidos en orden de batalla delante de la ciudad, y el almirante, confiado en el nmero de los suyos, que eran setecientos contra doscientos hombres de armas y unos pocos almogvares, acometi con todo el vigor y la impetuosidad que sola. Mas la gente que entonces acaudillaba no eran aquellos catalanes y aragoneses, que con slo oir el nombre de Lauria ya se crean seguros de la victoria; el sol era contrario, y el guerrero que tena contra s estaba tambin acostumbrado a pelear, mandaba soldados aguerridos, y sobre todo no saba ceder. Murieron muchos: Roger, herido en un brazo, cado y abandonado junto a un valladar, fu salvado por un soldado que le subio en su caballo, y aquella misma noche le recogi en el castillo de Badulato. Su herida y su cada, haciendo creer que estaba muerto, desalentaron a los franceses, que huyeron, dejando el triunfo y la victoria en manos de los sicilianos (1297). Este fu el primero y nico desaire que recibio Roger de la fortuna, la cual en aquella ocasin quiso pasar a las sienes del guerrero aragons los lauros que adornaban las de Lauria.

Roger, furioso de ira por aquel revs, y acusando altamente a los franceses delante del rey Carlos de su cobardia y del desamparo en que haban dejado a su general, sali de Italia y se vino a Aragn a precipitar los medios de la venganza. Esta se le cumpli, aunque no tan pronto como deseaba ni tan exenta de reveses como estaba acostumbrado. Puesta a punto la armada aragonesa, el rey D. Jaime naveg a Italia, donde recibi de mano del Papa el estandarte de la Iglesia, y despus se junt con todas las fuerzas del reino de Npoles, que le aguardaban para embestir a Sicilia. Este fu el armamento ms considerable que se hizo en aquel tiempo. Roger tena la principal autoridad militar en l, y parecia imposible que la isla resistiese a una invasin tan formidable.

Don Fadrique sali con su armada a la vista de Npoles y se apost en la isla de Iscla para combatir a los aragoneses antes de su unin con las galeras francesas. Estando all, se dice que su hermano le amonest que no tuviese la temeridad de tentar a la fortuna lejos de su casa y que se volviese a Sicilia.
Fadrique sigui el consejo, y vuelto a la isla, se aplic con gran diligencia a pertrechar y fortalecer los lugares y castillos de la marina. La escuadra combinada lleg a la costa de Patti, y desembarcado el ejrcito, Patti y otros muchos pueblos y castillos, parte por fuerza, parte por inteligencia del almirante, se dieron al rey de Aragn. Mas como llegase el invierno y la armada necesitase de abrigo, se escogi a este fin el puerto de Siracusa, y la armada di la vuelta a la isla y entro en aquel puerto. Siracusa se defendi con una constancia que no se esperaba; entre tanto los vecinos de Patti se volvieron a la obediencia del rey D. Fadrique y estrecharon el castillo, guarnecido con tropas de D. Jaime. Este envi a socorrer a los sitiados, por tierra al almirante, por mar a Juan de Lauria, su sobrino, con veinte galeras escogidas, armadas de catalanes. El almirante atraves la isla: a la fama de su venida los sitiadores alzaron el cerco, y despus de provisto el castillo de gente y municiones, se volvi a sus reales. Juan de Lauria pas con sus galeras el Faro, visit y pertrech los lugares y fortalezas de la comarca y marina de Melazo, y di la vuelta hacia Siracusa. Pero los mecinenses le salieron al encuentro con veintids velas, le atacaron animosamente y le ganaron diez y seis galeras, hacindole prisionero a el mismo. Fulminsele proceso como a traidor, y sentenciado a muerte por la gran Corte, le cortaron la cabeza en Mecina: rigor quiz tan inhumano como impoltico y que, pareciendo hecho menos en castigo de aquel desdichado mozo que en odio del almirante, anunciaba a ste su destino si algn da vena a parar en manos de sus enemigos.

Para su genio colrico e impaciente debi ser terrible este contratiempo; tanto ms que por entonces se le dilataba la venganza, pues el rey de Aragn, desesperando ganar a Siracusa, abatido con las prdidas que cada da haca su ejrcito y, como huyendo de su hermano, se fu precipitadamente a Npoles, y de all di la vuelta a Aragn. Mas ardiendo en deseos de lavar la mengua de su campaa anterior, al ao siguiente volvi a Npoles con Roger y con su armada, convoc a la empresa todos los pueblos de la Italia, y luego que estuvieron juntas las fuerzas de los dos reinos pas a Sicilia. Su hermano, no queriendo exponer el interior de la isla a los estragos que haba sufrido en la invasin pasada, y confiando en la fuerza y destreza de sus marinos, confirmadas por las victoria conseguida contra Juan de Lauria, sali de Mecina con su armada, determinado a exponer su estado y su persona al trance de una batalla decisiva. Avistronse las dos armadas en el cabo de Orlando, y era tal la confianza y soberbia de los sicilianos, vencedores siempre en el mar por tantos aos, que quisieron acometer sin orden ni concierto a las galeras enemigas, que los esperaban arrimadas a la costa, enlazadas y trabadas unas con otras por disposicin de Roger, a manera de un muro incontrastable. Su rey las contena, y siendo puesto el sol cuando se avistaron unos y otros, parecindoles poco el tiempo que quedaba, esperaron al otro da para la ejecucin de sus furores.

Fu esta batalla (junio 4 de 1299), sin duda, la ms escandalosa y horrible de cuantas se dieron en aquellas guerras crueles. Unas eran las banderas, unas las armas, una la lengua de los combatientes. Los dos caudillos eran hermanos, concurriendo uno con otro, no por delito, ni por usurpacin, ni por inters que hubiese en medio de ellos, sino por contentar la ambicin ajena y despojar el uno al otro de lo que su valor y su sangre y la aclamacin de los pueblos le haban dado. Apenas haba guerrero que no hubiese ya combatido por la misma causa y en compaa de los mismos a quienes iba a ofender. Las insignias de la Iglesia, que tremolaban junto a los estandartes de Aragn, recordaban la odiosidad de su actual ministerio; y en vez de ser seal de paz y de concordia, daban con su intervencin a aquella guerra el carcter de sacrilegio, y a las muertes que iban a suceder, el de abominables parricidios.

Roger por la noche hizo sacar de sus galeras todos los caballos y gente intil, reforzndolas con los soldados de los presidios que el rey tena puestos en los lugares vecinos de la costa, y luego que ray el da hizo desenlazar sus buques y se lanz en alta mar. Eran sus galeras cincuenta y seis, y las sicilianas, cuarenta.
Los dos reyes se pusieron en medio cada uno en su capitana, siendo los principales guerreos que asistan al de Sicilia D. Blasco de Alagn, Hugo de Ampurias, Vinchiguerra de Palici y Gombal de Entenza, entre quienes reparti el mando de las divisiones de su escuadra. Al de Aragn acompaaban en la capitana el duque de Calabria y el prncipe de Taranto, sus cuados. Pelese gran espacio de lejos con las armas arrojadizas; mas Gombal de Entenza, impaciente por sealarse, cort el cabo que amarraba su galera con las dems de su bando y se arroj a los enemigos. Salieron a recibirle tres velas, y la batalla empez a trabarse de este modo, combatindose de ambas partes con igual tesn hasta medioda. El calor era tan grande, que muchos soldados moran sofocados sin ser heridos. Cay muerto Enteza, y su galera se rindi; otras de Sicilia siguieron su ejemplo, hostigadas de una divisin que Roger haba dejado suelta para que acometiese a los enemigos por la popa. Desmayaban con esto los sicilianos, y el rey D. Fadrique, viendo delararse la fortuna por su hermano, determin morir, y mand que llamasen a D. Blasco de Alagn, para juntos acometer al enemigo y acabar como buenos. La fatiga y la rabia, ayudadas del calor insufrible que haca, rindieron sus fuerzas y le hicieron caer sin aliento. Entonces los ricoshombres que le acompaaban acordaron que la galera se retirase de la batalla tras de otras seis que tambin huan. Don Blasco, que no quitaba los ojos de la capitana, luego que la vi huir mand a su alfrez, Fernn Perez de Arbe, que moviese el pendn para acompaar al rey: "No permita Dios jams -respondi aquel valiente caballero- que yo mueva, para huir del enemigo, el pendn que me entregaron"; y sacudiendo de la frente la celada, se rompi desesperado la cabeza contra el mstil del navio y muri a otro da. No pele con menos aliento el rey D. Jaime: clavado por el pie con un dardo a la cubierta de su galera, sufri el dolor sin dar muestras de estar herido, siguiendo peleando y animando a los suyos con el ejemplo. Este tesn era digno de la victoria que conseguia, y la hubiera merecido con ms razn si no la dejara manchar con la inhumana venganza que ejecut Roger en las diez y ocho galeras sicilianas que fueron apresadas. La mayor parte de los prisioneros principalmente los nobles de Mesina, pagaron con su vida el suplicio de Juan de Lauria. Diseles muerte de diversos modos, y mientras los espectadores de esta crueldad, aunque agitados del combate, se movan a compasin y lloraban de lstima. Roger miraba el estrago con ojos enjutos y en altas voces animaba a la matanza. Saciado ya de muertos, ces el castigo, y los prisioneros fueron llevados delante del rey. No falt entre ellos quien echase a los espaoles en cara su inhumanidad y su furor, su olvido de los obsequios y favores que haban recibido en Sicilia; en fin, su ingratitud con aquellos marinos mismos que en San Felu y en Rosas haban libertado Catalua de la invasin de la Francia. Don Jaime oy estas quejas con la indulgencia, y entre los circunstantes haba muchos que las aprobaban y aun murmuraban de su victoria.

Con ella las cosas de Sicilia parecan ya desesperadas. El rey de Aragn, creyndolo as, y que para apoderarse de la isla no tendran los napolitanos mas que presentarse, di la vuelta a sus Estados, con gran disgusto del rey Carlos y del Papa, que quisiera que no hubiese abandonado la empresa hasta arrojar l mismo a su hermano de aquel reino. Dej empero al almirante para que asistiese al duque de Calabria a tomar la posesin de Sicilia, y con l a los principales capitanes que le acompaaban, los cuales todos se dirigieron a la costa oriental de la isla y se pusieron sobre Rendazo.

La resistencia que hizo esta plaza y la variedad que tuvieron los sucesos dieron al mundo un nuevo ejemplo de que no es fcil poner a un pueblo un yugo que l unnimemente desecha, y que la constancia, la entereza y el horror a la tirania prestan a las naciones por desvalidas y abatidas que estn, una fuerza sobrehumana. Los sicilianos, abandonados a si solos, vencidos completamente por mar, con dos ejrcitos enemigos en la isla, hicieron frente por todas partes al peligro y le sacudieron de s. Vuelto D. Fadrique a Mecina con las naves que le quedaron de la derrota, di aviso de ello a los pueblos, y manifestndose con confianza en medio de aquella adversidad, les ense a no desmayar por ella, y todos se apercibieron a la resistencia. El duque de Calabria y el almirante no pudieron tomar Rendazo, se dilataron por el Val del Noto, rindindoseles de fuerza o de grado casi todos los castillos y plazas fuertes, entre ellas Catania, Noto, Csaro y Ragusa. Ya un legado del Papa haba venido a aquella parte a reconciliar los pueblos con la Iglesia; y el rey Carlos, para apresurar el suceso, haba enviado otra armada y otro ejrcito, con su hijo el prncipe de Taranto, a apoderarse del Val de Mzara. Estas fuerzas arribaron a Trpana, y luego que D. Fadrique tuvo noticia de su llegada, determin ir a encontrarse con el prncipe y darle batalla. El con su ejrcito estaba en medio de sus dos adversarios, cubriendo el pas que no ocupaba y conteniendo al duque de Calabria.
Don Blasco de Alagn, su principal caudillo, no era de parecer que aventurase el rey su persona en aquella empresa, y se ofreca con toda la seguridad de su esfuerzo y de su fortuna a buscar al principe y vencerle. Pero D. Fadrique, por su nimo y su constancia, era digno de su elevacin: tuvo a cobardia este consejo, y quiso arriesgar su persona y su reino al trance de la batalla.
Sali, pues, en busca del principe, que, confiado en la suerte que favorecia su partido, no dud de aceptar el combate que los sicilianos le presentaron. Al principio el xito fu muy dudoso, y aun adverso a D. Fadrique, y se dice que uno de los barones que le acompaaban le requiri que saliese de la batalla. "Salir yo? -respondio el rey-. He aventurado hoy mi persona por la justicia de mi causa; huyan los traidores y los que quieran imitarlos, que yo o he de morir o he de vencer" Dicho esto, mand al caballero que llevaba su estandarte que le tendiese enteramente, y con los que tena a su lado arremeti el primero adonde el peligro era ms grande. Fu herido en el rostro y en un brazo; pero al fin hizo suya la victoria, contribuyendo mucho a ella la disposicin que D. blasco de Alagn di al ejrcito y el valor y destreza de los terribles almogvares. El prncipe de Taranto fu hecho prisionero, y el rey mand que se le custodiase en el castillo de Calaf, guardado por Martn Prez de Oros, el mismo caballero que en la batalla le haba rendido.

Roger haba previsto esta desgracia, conociendo la sagacidad y actividad de D. Fadrique y D. Blasco; y su dictamen en el consejo que tuvo el duque de Calabria cuando supo la llegada de su hermano al Val de Mzara era de que al instante los dos ejrcitos marchasen uno a otro a coger en medio al rey de Sicilia y unirse para concertar sus operaciones. Psose esto por obra, pero ya fu tarde; y sabida la derrota y prisin del prncipe, se volvieron tristemente a Catania. Con este suceso y la victoria que junto a Gallano consigui D. Blasco en un encuentro que tuvo con los franceses mandados por el conde de Brena, que fu hecho tambin prisionero, los sicilianos, confiados y orgullosos, armaron veintisiete galeras, y juntndolas a ellas otras cinco genovesas, salieron al encuentro a Roger, que con la armada napolitana haba ido a Npoles a buscar refuerzos de gente para el duque de Calabria. Era almirante de ellas Conrado de Oria, genovs, muy estimado de D. Fadrique y uno de los mejores marinos de su tiempo. Pero quin poda arrostrar a Roger de Lauria en el mar sin nota de temerario? Las galeras genovesas no osaron entrar en batalla, y las sicilianas, inferiores con mucho en nmero, y ms todava en fuerza y en destreza, fueron vencidas y apresadas casi todas. La capitana, en que vena Conrado de Oria, hizo una resistencia digna del nombre y reputacin de aquel caudillo y acreedora a mejor suerte. Rodeada por todas partes, sola y sin esperanza, contrast por gran tiempo su mala fortuna, haciendo una gran carniceria en los contrarios con la ballestera genovesa que llevaba a bordo. Viendo Roger que ni se renda ni era posible entrarla, mand que la desfundasen, y como ni aun esto pudiese ejecutarse, determin que se acostase una galera y la pegase fuego; entonces Oria se rindi, y entreg el estandarte real. Fu esta batalla junto a la isla de Ponza, y Roger, segn su inhumana costumbre, manch la gloria adquirida en ella con la crueldad que us en los ballesteros genoveses de la capitana de Sicilia, a quienes hizo sacar los ojos y cortar las manos, en venganza del dao que le haban hecho. Apenas l haba dado este ejemplo de barbarie tan odioso, Oria y el rey D. Fadrique dieron uno bien loable de generosidad y entereza.
Fu Oria tratado en su prisin con todo rigor y aun amenazado de muerte si no entregaba el castillo de Francavilla, que tenia en Sicilia; l se neg a la propuesta (1300) diciendo que el castillo era del rey D. Fadrique, y ste, estimando ms la persona de aquel caballero, mand rendir el castillo, sin embargo de la iumportancia de su posicin.

Esta fu la postrera batalla y ltima victoria sealada de Roger. Cansado ya de vencer y fatigado de triunfos, se avist con D. Blasco de Alagn, para que entre los dos acordasen un medio de concierto entre aquellos prncipes. Pdose extraar mucho en el carcter duro del almirante este movimiento a la paz: tal vez desconfiaba ya de sojuzgar la Sicilia y tema que se le trocase la fortuna. Mas cualquiera que fuese el motivo que la instigase, ni l ni D. Blasco fueron los mediadores de la paz, que dos aos despus se ajust al fin entre Carlos y D. Fadrique. Haban sitiado los franceses a Mecina, y a pesar de la estrechez en que la pusieron, fules forzoso levantar el sitio, porque el hambre y miseria que sufran los cercados las empezaron a padecer los sitiadores. Concertronse treguas por medio de la duquesa de Calabria, hermana de D. Fadrique, y no habindose efectuado la paz, los franceses quisieron hacer el ltimo esfuerzo para sujetar la isla. A este fin pas a ella el conde de Anjou, hermano del rey de Francia, con una poderosa armada y un florido ejrcito.
Las cosas de Sicilia estaban tan desesperadas que pareca ya temeraria la resistencia. Don Blasco haba muerto de enfermedad en Mecina durante el sitio; los pueblos que estaban por D. Fadrique se hallaban en el estado ms miserable, sin comercio y sin recursos; una gran parte del reino en poder de los enemigos. Mas el invencible corazn del rey sobrepuj a todo; el conde de Anjou entr en la isla, gan algunos lugares, y se detuvo en Siaoca, que defendida por un hombre de valor no quiso rendirse y le hizo perder cuarenta y tres das. La peste que se declar en el campo, matando gran nmero de hombres y caballos, los disminua y hostigaba, cuando D. Fadrique, aprovechndose de esta situacin, se acerc a los franceses con intencin de darles batalla.
El conde entonces, no queriendo aventurarse al trance de la pelea ni dejar vergonzosamente el sitio comenzado, crey que lo ms oportuno sera inducir a los principes a hacer la paz. Esta al fin se concert, quedndose D. Fadrique con el reino de Sicilia y casndose con Leonor, hija del rey Carlos.

Tal fu el fin de esta clebre contienda, que dur veinte aos y en que Roger de Lauria fu el principal y ms glorioso concurrente. En los conciertos no se tuvo la cuenta que al parecer se deba con su persona y no se estipul recompensa alguna o indemnizacin por los grandes Estados que haba perdido en Sicilia, ni por los servicios sealados que haba hecho a los reyes de Aragn y de Npoles en los ltimos aos de la guerra. Pero era preciso que as fuese: el rey de Npoles perdia a Sicilia a pesar de sus triunfos, y a pesar tambin de ellos, quedaba siendo rey de la isla D. Fadrique. Asentada la paz, l se retiro a Espaa y muri en Valencia en 17 de enero de 1305.
Su cuerpo est enterrado en el monasterio de Santas Cruces, del Orden de San Bernardo, en Catalua, debajo del panten del rey D. Pedro III, cuyo mayor amigo haba sido; all mand l enterrarse, en el testamento que otorg en Lrida, ao 1291, en caso de que su muerte acaeciese en alguno de los Estados de Aragn, Catalua, Valencia y Mallorca. Su epitafio, aunque algo gastado por el tiempo, dice as, traducido de la lengua catalana, en que esta escrito: "Aqu yace el noble Roger de Lauria, almirante de los reinos de Aragn y de Sicilia por el rey de Aragn, y pas de esta vida en el ao de la Encarnacin de Nuestro Seor Jesucristo 1304, a 16 de las Kalendas de febrero".

La sencillez y modestia de esta inscripcin hace resaltar ms la gloria de Roger, y avergenza a los que, habiendo sido nulos en vida, quieren despus engaar a la posteridad con los pomposos epitafios que se les ponen en los sepulcros. Ningn marino, ningn guerrero le ha superado antes y despus en virtudes y prendas militares, en gloria ni en fortuna. Era de estatura ms pequea que grande, alcanzaba grandes fuerzas, y su compostura, grave y moderada, anunciaba desde su juventud la dignidad y autoridad que haba de tener. En las ocasiones de lucimiento y en los torneos y justas nadie poda igualarle en magnificiencia ni contrastar su esfuerzo y su destreza. Es lstima que juntase a tan grandes y bellas cualidades la dureza brbara que las desluca; su corazn de tigre no perdon jams, y abusando con tal crueldad de su superioridad con los vencidos y los prisioneros, se haca indigno de las victorias que consegua. Puede excusarse en parte este gran defecto con la ferocidad de los tiempos en que vivi y con la naturaleza de aquellas guerras, verdaderamente civiles. Mas distinguindose l entonces en la crueldad y en la venganza, parece que su corazn era ms terrible y ms inhumano que las circunstancias y los tiempos.

Fu casado dos veces: la primera, con una hermana de Conrado Lanza, deudo de doa Constanza, mujer del rey D. Pedro; la segunda, con una hija de D. Berenguer de Enteza, y su descendencia, enlazada a las primeras Casas de Aragn y Catalua, todava dura, conservando entre sus apellidos el nombre ilustre del almirante. Si, a pesar de haber nacido fuera de Espaa y ser su linaje extranjero, le he colocado entre nuestros hombres clebres, es porque, venido a Aragn desde muy nio, aqu se educ, se form, se estableci, por Aragn combati, y al frente siempre de fuerzas aragonesas; su pericia, sus combates, sus conquistas, su gloria, sus virtudes, hasta sus vicios mismos, nos pertenecen.


(1) Es grande la variedad con que se escribe este nombre, producida acaso por el diferente valor que se da al primer diptongo. Los italianos le llaman Loria unos, y otros del Oria, y en su testamento tambin est escrito as; los franceses y castellanos, Lauria.
(2) As consta de una carta latina que se conserva en el archivo real de la Corona de Aragn, escrita por Roger al rey D. Jaime II en 19 de Julio de 1297.



Aragoneses Ilustres

Lista Cronológica de los Reyes de Aragón

R E Y E S D E A R A G O N
CASA DE NAVARRA
CASA DE BARCELONA
Unión del Reino de Aragón con el condado de Barcelona
RAMA DE CASTILLA
UNION DE CASTILLA Y ARAGON
Monarquia Española
1516Juana I y Carlos I
1555Carlos I (solo)
1556Felipe I (II de Castilla)
1598Felipe II (III de Castilla)
1621Felipe III (IV de Castilla)
1665Carlos II
1700Felipe IV, (V de Castilla)
1701 a 1713Carlos, Archiduque de Austria
1724Luis I.
1724Felipe IV, (por segunda vez)
1746Fernando III, (VI de Castilla)
1759Carlos III.
1788Carlos IV.
1808Fernando IV, (VII de Castilla)
1808Isabel I, (II de Castilla)


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