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BOREAS  NATURAL

CONCEPTOS EN TORNO A LA SOSTENIBILIDAD

José A. Domínguez

Se habla mucho de sostenibilidad, de desarrollo sostenible. Los políticos dicen que legislan en ese sentido y los empresarios dicen que sus empresas respetan el medio ambiente. Así surgen las eco-ciudades, los eco-vertederos y  se nos invita a que reciclemos, usemos lámparas de bajo consumo, los motores de los vehículos son más eficientes y las montañas se llenan de aerogeneradores y tendidos eléctricos. Pero, ¿con esto contribuimos verdaderamente al desarrollo sostenible? ¿O simplemente lo hacemos para tener la conciencia tranquila? Veamos algunos conceptos en torno a la sostenibilidad.

Aunque la idea es antigua, el concepto de desarrollo sostenible resurge con el Informe Brundtland encargado por la Comisión Mundial sobre el Medio Ambiente y Desarrollo de la ONU. Literalmente se dice en él: “Está en manos de la humanidad hacer que el desarrollo sea sostenible, es decir, asegurar que satisfaga las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las futuras generaciones para satisfacer las propias”.

La expresión se popularizaría tras la Cumbre de la Tierra en Río de Janeiro (1992) y ahora se aplica profusamente para calificar muchos proyectos y darles un toque de modernidad.

El desarrollo sostenible se refiere, pues, a un tipo de desarrollo socioeconómico que sea capaz de prolongarse en el tiempo sin socavar la capacidad de la naturaleza para mantenerlo. No obstante aunque el término posee numerosas interpretaciones, por ejemplo ¿cuáles son las necesidades que es preciso satisfacer?, nos viene a indicar que el actual modelo de desarrollo no es sostenible e introduce la idea de solidaridad intergeneracional.

Tras la idea del desarrollo sostenible está el hecho de que el planeta Tierra posee unos recursos finitos. El aire, el agua, la tierra, los minerales, las plantas, los animales. Algunos de esos recursos son limitados en la cantidad total disponible, por ejemplo el petróleo o el carbón. Otros están limitados por su concentración o tasa de renovación, como puede ser la energía solar o la madera.

Frente a esta idea de un mundo finito y recursos limitados hay dos posturas, la de los que creen que aún estamos muy lejos de superar esos límites y que la tecnología resolverá los problemas de escasez y mantienen la tesis de que cuanto más se crezca, mejor, y la postura de los que creen que esos límites están a punto de superarse o se han traspasado y ponen como ejemplos el calentamiento del planeta, el colapso de las pesquerías, la extinción de especies o la disminución de los bosques primarios. El reciente Plan Nacional de Asignación que limita las emisiones de CO2 –gas causante del efecto invernadero- a las empresas es un claro ejemplo de que estamos en un mundo finito.

 

La huella del desarrollo

Son diversos los autores que vienen aplicándose a elaborar indicadores que permitan cuantificar físicamente la sostenibilidad. Uno de estos indicadores, en lo que se refiere a recursos renovables, es la huella ecológica de una población, por ejemplo de un país o una región. Como huella ecológica se entiende la superficie de tierra y de mar biológicamente productivas que son necesarias para mantener una población humana con un nivel de consume determinado.  La huella per capita, es decir el cociente entre la huella y el número de habitantes se denomina planetoide personal.

El planetoide personal está formado por la superficie de suelo agrícola para producir los alimentos que una persona necesita, la superficie de pastos para los animales que consume, la de bosque para la madera y el papel, la de suelo para vivienda y carreteras, la de mar para pescado y la de bosque que absorba el dióxido de carbono producido por su consumo de energía

Paralelamente se ha definido como capacidad accesible la superficie biológicamente productiva local que puede ser utilizada por los habitantes de un territorio. Entonces, la diferencia entre capacidad accesible y planetoide personal se llama déficit ecológico. Si el déficit es negativo, indica desequilibrio y que el consumo es mayor que la capacidad local.

Una relación de datos de 1996 elaborada por la organización WWF sobre estos indicadores (Tabla I) nos demuestra la existencia, primero, de grandes desigualdades internacionales y, segundo, de que hay países –principalmente los desarrollados- que viven por encima de sus posibilidades. También que, globalmente, el balance es negativo.

Tabla I

País       capac. accesible   planet.pers.  déficit. ecol.

Brasil               11,56                 2,60                 8,96

Camerún            4,23                 0,89                 3,35  

Suecia                8,02                 7,53                 0,48

España               2,52                 5,50               -2,98

Alemania            2,48                 6,31               -3,83

Japón                 0,86                 5,94               -5,08

EEUU                5,57               12,22               -6,66

Mundo              2,18                 2,85               -0,67

Otro indicador, que en este caso incluye los recursos no renovables es la mochila ecológica. Se define como mochila ecológica la cantidad de materiales que intervienen y hay que mover en el ciclo vital de un producto y que quedan como residuos en escombreras y vertederos. La mochila ecológica refleja los flujos ocultos de recursos necesarios para fabricar un producto pero que no forman parte del mismo ni son valorados. Así, un kilo de carbón lignito tiene una mochila de 10 kilogramos de escombros y residuos. Un kilogramo de metal como el cinc tiene una mochila de 27 kg, pero un kilogramo de oro o platino tienen una mochila de 350 toneladas respectivamente.

De la eficiencia a la disminución del consumo.

En el camino hacia la ansiada sostenibilidad, continuamente se nos informa de que los coches son más eficientes -consumen menos gasolina-, que los electrodomésticos también son más eficientes y que los grifos ahorran agua. Pero ¿caminamos en la buena dirección y a la velocidad adecuada?

Para cuantificar la eficiencia se han definido los términos desacoplamiento y desmaterialización. Como desacoplamiento se define la desconexión entre crecimiento económico y uso de los recursos naturales, es decir, que la producción económica crece más deprisa que el consumo de recursos materiales y que los niveles de contaminación. Ejemplos de desacoplamiento son el aumento del volumen de vidrio reciclado, el diseño de motores de bajo consumo o que los teléfonos móviles sean cada vez más ligeros.

Pero los economistas advierten que el desacoplamiento no es buen indicador de sostenibilidad. Como ejemplo se pone el de los automóviles. Ahora los motores de los automóviles han pasado de consumir 8 litros de gasolina por kilómetro a 5 litros por kilómetro. Pero como el automóvil se emplea para hacer trayectos más largos o las familias han pasado de tener uno a tener dos automóviles, el consumo de gasolina –y, por tanto, de petróleo- sigue aumentando.

Por eso los economistas argumentan que el camino a la sostenibilidad, especialmente en los países industriales, pasa por la desmaterialización. Como desmaterialización se entiende la reducción del consumo de materias primas, es decir, la disminución absoluta de la cantidad de recursos materiales incorporada a los productos industriales.

En estos momentos los datos mundiales indican que en determinados sectores y, en determinados países el PIB crece más rápido que el consumo de materiales o de energía y, por tanto, se produce desacoplamiento. Casos de desmaterialización absoluta se estarían dando en Finlandia, Francia e Italia. Pero, globalmente, en el mundo sigue creciendo el consumo de combustibles fósiles, de minerales, de madera…, es decir, no hay desmaterialización y por tanto no se camina hacia la sostenibilidad.

El caso de España

En unas declaraciones realizadas en junio pasado por Pedro Solbes, ministro de Economía, éste afirmaba que en los últimos años el consumo de energía por unidad de producto había crecido en nuestro país. Es decir, que España consume cada vez más energía para producir lo mismo.

Esto indica que estamos muy lejos de llegar al concepto de desacoplamiento y, por supuesto, caminamos en dirección opuesta a la desmaterialización. Para los economistas, España sigue un proceso rematerializador desde la década de 1970 y el proceso se ha acentuado en los últimos años ya que el requerimiento de materiales y energía de la economía española crece a tasas superiores a las de los países industrializados. Por eso avisan de la imposibilidad de sostener el modelo de desarrollo en el espacio y en el tiempo.

Esto nos lleva a reflexionar sobre varios aspectos. Primero, que debemos cambiar el modelo de desarrollo actual por otro basado más en el crecimiento cualitativo que el cuantitativo. Segundo, que debemos optar por definir las necesidades básicas y entonces diseñar un sistema energético acorde a esas necesidades. Por supuesto esto nos obligará a modificar nuestro sistema de consumo y nuestros parámetros alimentarios, de movilidad, etc. Propuestas y bibliografía sobre el tema ya hay. Cuanto más tardemos en aplicarnos, peor.

 

Bibliografía consultada

CARPINTERO, O. & NAREDO, J. M. (2004) El metabolismo de la economía española. En: La situación del mundo, 2004.

GARCÍA, E. (2004) Medio Ambiente y Sociedad. 

ULRICH VON WEIZSÄCKER Y OTROS (1997) Factor 4. Informe al Club de Roma.

 

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