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Buffon: Mamiferos. Cuadrumanos. Kimpezei. 166

aplicasen distintos nombres. Buffon confundió al Kimpezei con el Orangután, y solo mas tarde conoció y declaró su error, advirtiendo que pertenecía al Kimpezei lo que habia dicho del Pongo, y al Orangután lo del Jocko.

Se careció además de un buen dibujo de este animal, hasta que no hace mucho publicó Mr. Griffth la copia de un yeso moldeado, que se ejecutó en uno que murió en Inglaterra. El que representa al de que habla Buffon es un capricho del dibujante, que quiso poner á un cuerpo de Mono una cara de Hombre.

KIMPEZEI

Troglodytes níger (Geofí); Simia Troglodytes (Lirt.); Chimpancé (G. Cuvier); Sálinis indicus ó de Angola (Tulp.); Pongo (Buff.); Pigmeo (Tyson); Anlhropopi-thecus (JBlainv.)

«Es imposible ver por primera vez al Kimpezei sin quedar sorprendido de su grande semejanza con el Hombre, no solo en las formas, sino en los gestos, actitudes, y hasta en algunos de sus hábitos: así es que todos los nombres que se le han dado son la espresion de esta misma idea. Ya le han llamado Pongo, nombre con que los negros designan un gran fetiche ó especie de genio de los bosques; en otras partes le han dado el de Cojas Morros ó Quojas Moran que en la lengua de Angola significa hombre de los bosques; en el Congo le denominan Enjoka, nombre desfigurado por Buffon, que en la lengua del país es el imperativo del verbo callarse: aenjoko, cállate. Fácilmente se conocerá el origen de esta denominación cuando se sepa que los negros del Congo creen que, si el Kimpezei no habla, es por temor de que le esclavicen y le obliguen á trabajar. Pero todos estos no son mas que epítetos que acompañan á su verdadero nombre Kimpezei, por el cual es conocido de todos los naturales de la costa de Guinea: el viajero Lecat lo modificó llamándole Quimpezei, y Cuvier Chimpansé.

No hace muchos años que los parisienses iban de tropel al jardín á ver á Jacqueline, hembra joven perteneciente al género de que hablamos; era mansa, bondadosa y acariciadora; conocía perfectamente á las personas que iban á visitarla, y acariciábalas mas que á otras. Cuando la contrariaban, sollozaba como un chiquillo, se retiraba á un rincón y se ponía mohína por un rato; pero su rabieta cedía á la menor demostración de afecto, se enjugaba las lágrimas y volvía sin rencor al lado del que la habia contrariado. No obstante ser muy joven, puesto que solo tenia dos años y medio, se hallaba muy desarrollada en inteligencia: solo citaré dos ejemplos que presencié y me parecen muy notables. Un amigo que me acompañaba se quitó los guantes y los puso encima de una mesa: al punto los tomó Jacqueline y trató de ponérselos; pero no pudo lograrlo por meter la mano derecha en el guante de la izquierda. Le hicieren ver su error, y tan bien lo entendió que nunca mas volvió á equivocarse Mr. Werner, un escelente pinttor de Historia natural, estuvo encargado de dibujarla: admirada Jacqueline al ver formarse su imagen bajo el lapiz del artista, quiso también dibujar. Diósele papel y lápiz, y muy alegre trazó algunas rayas informes; pero como apretaba el lápiz con toda su fuerza , se le rompió la punta, lo que la enfadó mucho. Para calmarla se le hizo otra, y advertida por la esperiencia, apretó menos el lápiz. Como viese que el dibujante lo llevaba á la boca, quiso hacer lo mismo; pero en vez de humedecerlo con la lengua, lo rompió con los dientes: no fue imposible remediar este grave inconveniente, el cual puso fin á sus estudios artísticos. Probó á coser como la mujer que la guardaba; pero como se punzase á menudo los dedos, arrojó la labor, se echó en la cuerda que se le habia tendido, y se consoló de su impericia con unas cuantas cabriolas capaces de asombrar al mas atrevido volatín.

Tenia Jacqueline un perro y un gato, que quería en estremo, y los mimaba en términos de hacer que durmiesen con ella en su cama uno á cada lado: con todo, supo conservar sobre ellos la superioridad que le daba su mayor inteligencia, y cuando lo creía oportuno los castigaba con rigor para que la obedeciesen ó para obligarles á vivir en paz.

La pobre Jacqueline acostumbraba lavarse todos los dias la cara y las manos con agua fresca, lo cual unido á los rigores de un clima muy distinto del africano, le ocasionó probablemente la enfermedad de pecho que la hizo sucumbir. Jacg, el Orangulang su antecesor en el Jardin, lo mismo que otros de su género que vivieron en casa de Buffon y de la emperatriz Josefina, murieron del mismo mal.

Se sabe que figuró al Orangután en la historia de Alejandro Magno; ahora veremos al Kimpezei en la historia de los cartagineses; y de ambos casos sacamos la consecuencia de que antiguamente fue la especie mucho mas numerosa en individuos que en la actualidad, y que se estendia por la costa occidental del África hasta las faldas del Atlas.

Trescientos treinta años antes de Jesucristo los cartagineses, al mando de Hannon, abordaron á una isla del África occidental. Observábales una muchedumbre de Monos que los cartagineses tomaron por enemigos y les dieron una carga. Entonces se observó que dichos Monos no se defendieron de sús agresores en campo raso, sino que ganaron precipitadamente unas alturas, desde donde se defendieron con denuedo á pedradas. Solo pudieron hacerse dueños los cartagineses de tres hembras; las cuales lucharon con tal encarnizamiento, que fue imposible conservarlas vivas. Hannon, que las tomó por mujeres salvajes velludas, mandó desollarlas y llevar las pieles á Cartago. (Hannonis periplus, pág. 77, edición de -1674). Colocáronlas en el templo de Juno, donde dos siglos después aun las hallaron los romanos cuando conquistaron la ciudad. Es muy probable que cuanto los antiguos refieren de los Sátiros, Faunos, Silvanos y otras deidades silvestres, deba su orígen á la mal conocida historia de estos animales: probablemente pertenecía á uno de estos la piel de Sátiro que S. Agustín dice haber visto en Roma.

Según todos los viajeros aseguran, puede hacer los mismos servicios que un negro: en Loango se vio á una hembra ir á buscar agua con un cántaro, por leña al bosque, barrer, hacer la cama, dar vueltas al asador, etc. Habiendo enfermado, un cirujano, le dio una sangría y le salvó la vida. Al año siguiente una fluxión de pecho la obligó á guardar cama otra vez; y al ver entrar al mismo cirujano le alargó el brazo é hizo seña, de que la sangrase.

Mr. de Grandpré, viajero muy digno de fe, oficial de la marina francesa, habiendo vivido en Angola por espacio de dos años, refiére lo siguiente: «La inteligencia de este animal es en efecto extraordinaria; por lo regular anda de pié apoyado en una rama á modo de palo: los negros le temen y con razón, puesto que los maltrata cuando los encuentra»... Con todos mis esfuerzos para proporcionarme un individuo de esta especie, no he podido lograrlo; pero he visto uno en un buque negrero. Era una hembra; la examiné y medí con atención, y lo consentía gustosa.

Largo fuera referir las pruebas de inteligencia que dio este animal; solo hablaré do las mas notables. Habia aprendido á calentar el horno, y vigilaba atentamente para que no saltase alguna ascua é incendiase el buque; conocía muy bien cuando habia el suficiente grado de calor, y siempre avisaba á punto al panadero, quien, seguro de la sagacidad del ani

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