Pasapues > Buffon > Los tres Reinos de la Naturaleza > Tomo 1

Zoología o Reino Animal. Antropología. Unidad de la especie humana. 96

haber arrebatado á estos infelices del suelo africano. Aunque tal cual vez acontezca que dos negros engendren un albino, ó negro pero salpicado de blanco, solo debe atribuirse tal estrañeza á una degeneración individual, como sucede cuando el blanco produce cenicientos: fuera de esto, sean cuales fueren las diversidades de las castas humanas, el negro en todas partes propaga negros, el blanco blancos, y el mogol mogoles, en cualquier pais á donde sean trasladados (1).
Echase de ver muy á menudo notabilísima diferencia entre dos pueblos vecinos: vemos al beréber, moro aceitunado de casta esencialmente blanca, seco, descarnado y con vientre sumido, junto á los negros, altos y recios, torpes y holgazanes, beodos y comilones, cuando el moro se contenta las mas veces con dátiles y goma arábiga. De ahí la penetracion, la astucia, la destreza y la valentía de que está dotado el moro, en tanto que el negro, siempre negado, simple y paciente, se deja engañar por hombres menos robustos que él.
Aun entre las castas particulares se notan ciertos caracteres permanentes y un tipo indeleble, según se echa de ver en los judíos, que en todas partes presentan su fisonomía nacional.

DISTRIBUCIÓN GENERAL GEOGRÁFICA.

Se ha dicho que las primeras moradas del género humano, huyendo el Hombre de las antiguas inundaciones de la tierra, fueron las cumbres de las montañas, los páramos, como el de la gran Tartaria ó del Tibet, según suponía Bailfy, ó como la cordillera del Atlante en África, y las cumbres del Cáucaso, del Líbano ó de Arabia, y por último, las altas gargantas de los Andes en el Perú y Méjico; y efectivamente casi todos estos terrenos presentan el sello particular de la dilatada permanencia de los hombres (2).

Los primeros terrenos debieron ser fértiles cuando salieron del légamo de las aguas; pero á medida que se fueron desaguando y cultivando por las generaciones humanas que en ellos se asentaron, y que los turbiones y aguaceros arrebataron á los valles mas hondos las tierras flojas y ligeras, es evidente que hubieron de ir perdiendo la mayor parte de su fertilidad.

En el dia, sea cual fuere la causa primitiva, todos los terrenos elevados son mas ó menos arenosos ó gredosos y áridos. El gran páramo de la Tartaria y del Tibet, además de la rigidez de su clima y de su esposicion en invierno á los cierzos glaciales del polo, presenta sus dilatadísimas llanuras descubiertas y lasas; estiendese por todas partes una arenilla menuda, negruzca y resbaladiza, que, como no retiene humedad alguna, no ofrece alimento á la vejetacion. De ahí es que aquellas llanuras solo en la estación lluviosa se revisten de algunos arbustos menguados, de yerbas verdes, aunque lánguidas y escasas, de las cuales las rías altas alcanzan apenas tres ó cuatro pies. El tártaro y el calmuco apacientan sus manadas de caballos en estas llanadas, pasando la vida en perpetua emigración bajo sus tiendas, á caballo y en sus carroso kibilkes. Si por acaso se encuentra en aquellos yermos algún charco, es generalmente de agua salada, como la del mar Caspio y del lago Aral: así es que el tártaro no bebe mas que la leche de sus yeguas, ó chupa la sangre todavía caliente de sus caballos en aquellos pavorosos desiertos, cuyo suelo aparece cuajado en el estío de moho salitroso.

Feliz se cree el árabe en medio de los terrenos áridos y peñascosos del Yemen, y el moro que recorre las soledades del Bileduljerid y del Senaar, Cuando, montado en su soberbio camello, avanza por la noche cantando tristes endechas en medio de aquellos dilatados y ardientes arenales, azotados por el viento que levanta y arremolina la abrasada arena. Apenas se alcanzan á descubrir de lejos por las llanuras, rasas y rojizas, algunas yerbas salitrosas, secas y espinosas; y si por acaso se ven correr algunos hilillos de agua salobre, crece en torno de ella un islote de verdura ó una oasis, cuya vista halaga al viajero moribundo, que estuvo á pique de fenecer de sed y hambre en aquellos yermos, y de ser destrozado por las hienas ó chacales, que, dando espantosos ahullidos, se agavillan de noche para asaltar las caravanas. Los karros del África meridional son también unas tierras cascajosas, donde solo brotan plantas ficóides que crecen casi sin humedad: en medio de aquellas abrasadas llanuras, el negro cafre, el namaqués con la azagaya en la mano, conduce su ganado vacuno, y se sustenta, como pastor, de su leche ó de su carne.
Por último, vénse en el Nuevo Mundo inmensas llanuras sin bosque alguno, revestidas de una especie de borra vejetal ó de espesas y altas gramíneas, en donde pacen anchurosamente crecidos rebaños de toros almizclados ó de bisontes montaraces. Las lla-

(1) Aunque la isla dé Bornholm, en Dinamarca, no cuente mas de veinte y cuatro mil habitantes, adviértense en tan corto número dos estirpes absolutamente distintas, asi en lo físico como en lo moral. Los de la parte septentrional tienen de cinco pies y siete pulgadas á cinco pies y diez pulgadas de alto; músculos robustos, miembros fornidos, facciones pronunciadas y buena estatura, tez blanca, ojos azules, pelo castaño, rubio ú rojo. Hablan poco, pero con voz recia, sus meditaciones son profundas, y las espresan con sentencias ó sátiras mordaces.
Los moradores de la parte meridional no esceden generalmente la estatura de cinco pies y medio; sus miembros son bien proporcionados, sus movimientos agraciados, su rostro estrecho, sus ojos negros y pequeños, su pelo negro y liso, y morena la tez; son en estremo parlanchines, de índole jovial, y entréganse rara vez á graves y detenidas meditaciones (Skougaard, Descripc. de Bornholm, (en danés), Conpenhague, 1804, en 8.ª, tomo i, pág. 77y sig.).
Estos dos linajes descienden, al parecer, el primero de los godos, y el segundo de los esclavones, y aunque han entroncado uno con otro, puédese todavía distinguir á primera vista un Bornholmiano del Norte de otro del Mediodía; Este fenómeno, que no es dable atribuir á la diferencia de temperaturas, ofrece otra prueba en pro de la opinión sobre la diferencia permanente de los árboles humanos.
(2) \V. Maclure, en sus conjeturas acerca de los cambios geológicos de la América septentrional, cree que el estado de civilización de los páramos de Méjico y del reñí, y el estado salvaje de la casta humana que ocupa las regiones americanas menos elevadas, dependen de la gran cantidad de aguas y pantanos que en lo antiguo cubrían las tierras bajas. Confirma esta opinión el corto número de mamíferos terrestres que cría América, cuando vemos tan estremadamente multiplicadas las especies acuátiles. Abundan en aquella parte del mundo las aves acuáticas palmípedas y zancudas, y nótase una desproporción análoga muy chocante entre los carnívoros y los herbívoros. (The American Jourual of Science, by Benj. Silliman. Newhauen, 18¿5, tomo vi, eu'8.°)

Página siguiente

 

Índice de páginas y de contenidos, Índice de ilustraciones.

 

Marzo varía siete veces en el día.
Tiempo presente, al mentarlo ya es ausente.
No fuera malo dar un beso, si quedara en eso.
Nada nos pertenece en propiedad más que nuestros propios sueños. Nietzche

 

Felix Azara | Francisco Loscos | Ignacio Jordan de Asso | Odón de Buen

Copyright 1996-2017 © All Rights Reserved Javier Mendívil Navarro, Aragón (España)

Si crees que falta algo, o está confundido escríbenos

Aviso Legal. Esta actividad de la Asociación Cultural Aragón Interactivo y Multimedia

Esta web no usa directamente cookis para seguimiento de usuarios, pero productos de terceros como publicidad, mapas o blog si pueden hacerlo.
Si continuas aceptas el uso de cookis en esta web.