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Los tres Reinos de la Naturaleza. Zoología o Reino Animal. Antropología. Alimentación del hombre. 41

niales terrestres: varian, no obstante, en ellos su carácter, sus hábitos y sus inclinaciones. Delamethier dice que el que se alimenta de carnes y bebe licores fermentados tiene mas fuerza y valor que el que se mantiene de vejetales y bebe agua, y que su espíritu tiene mas vigor y su carácter moral mas energía. La mayor parte de los que se alimentan de carnes, dice también Virey, desplegan mas inteligencia y mas valor que los tímidos y lentos herbívoros: la dieta pitagórica, añade calma singularmente las pasiones y la ferocidad de carácter, siendo apropiada para ocuparse en tranquilas contemplaciones.
Comparando los pueblos por las diferencias estadísticas, se quiere inferir que los que comen mucha carne son mas activos que los que viven casi esclusivamente de vejetales; pero este cálculo no es tan exacto como á primera vista aparece; pues la energía muscular y la fuerza no son esclusivas de los pueblos carnívoros, ni la actividad, el valor y las cualidades de espíritu son un patrimonio esclusivo de los que usan de las carnes y de los licores espirituosos; dado que es exagerado cuanto se ha dicho sobre este punto, debiéndose referir mas bien á la cantidad, abuso y mala calidad de los alimentos. El crimen y la inmoralidad no es una maldicion de los pueblos carnívoros: la perversidad y el desenfreno son de todos los tiempos y lugares. Si por una exacta estadística se pudiera comparar el estado actual de España con la de hace solo medio siglo, veriamos que el, mismo español, usando de los mismos alimentos y en medio del mismo clima, es bastante diferente. Está fuera de duda en nuestro concepto que, bajo la influencia de un mismo régimen alimenticio y del uso de opuestos alimentos, se halla la ferocidad como el fanatismo, la perfidia y también la filantropía, la moralidad mas pura y las mas dulces costumbres. Cierto es que en el Indostan, que se alimentan poco de animales, se hallan suaves costumbres; pero, no obstante, el fanatismo y la impostura los obligan á derramar la sangre de sus hermanos por un deber de conciencia, y la depravación de las costumbres y la exaltación de las pasiones llega al último punto en Cachemira y en Bengala. En Malabar se cree un deber de la mujer viuda el morir abrasada en la misma pira en que su marido se consume. En Malaca, habitada por los Maleses herbívoros y frugívoros, se encuentran , según algunos viajeros, los hombres mas sanguinarios de la tierra. Entre los Indios, ya se alimenten de un modo ó de otro, se hallan familias tan valientes como entre los pueblos de Europa. Los Árabes son valerosos y aguerridos, y los asiáticos formaron un dia una nación conquistadora y temible, no obstante que la leche y loa frutos de la tierra eran su especial alimento. Oigamos á Froissac: «las tribus sometidas a un mismo régimen tienen hábitos y costumbres enteramente opuestos: las unas pacíficos, las otras guerreros; estas hospitalarios, aquellas crueles para los extranjeros.» Los Esquimales, los Kahucandolos, que casi esclusivamente se mantienen de carnes, ni son crueles ni valientes; son benéficos y hospitalarios. Pero el Hombre puede ser débil ó fuerte, valiente ó cobarde, inteligente ó estúpido en medio de todos los climas y nutriéndose de todos los alimentos que la naturaleza ofrece. Debemos, á pesar de lo dicho, hacer una reflexión que se desprende de la historia de la biología. Si suponemos al Hombre alimentándose única ó casi esclusivamente de la palpitante carne de las fieras carniceras, con las que tenga que luchar para vencerlas antes de devorarlas, su carácter se resentirá, y un sello especial marcará sus afecciones y sus inclinaciones: veamos la razón. 1º La carne viva de los animales carnívoros, siendo muy vitalizada llevará á su organismo un estímulo constante que hará siempre enérgicas sus reacciones, que siendo por lo mismo irreflexivas como todas las producidas por tumultuosas ó vehementes escitaciones, lo conducirán al desenfreno y á la inmoralidad. La segunda fue ya reconocida por Pitágoras, bien desenvuelta por varios moralistas, y últimamente admitida por los socialistas que es de la mayor importancia, aunque apenas se conocen pueblos que se alimenten de la carne aun viva de las fieras que vencen en abierto combate. El hábito tiene tanta influencia sobre las acciones humanas que á veces las convierte en verdaderas necesidades; y el espectáculo de las víctimas que se dedican al mantenimiento del Hombre no es indiferente para su moralidad: por eso témia Pitágoras que el asesinato de los animales inspirase gusto al asesinato humano. El Hombre, por su razón benévolo y compasivo, puede ser por hábito cruel y sanguinario. Hay, es verdad, en su corazón un sentimiento innato de conservación ; pero la influencia de mil causas lo acalla para hacerlo destructor. El sentimiento de destrucción, dice Broussais, es despreciable y no se limita á un solo objeto, sino que se estiende á las obras de los hombres, sepultando bajo las ruinas los monumentos de gloria de las naciones y de sus artes. ¡ Hay siglos en que domina por desgracia este inmoral sentimiento! Aun debemos fijar un momento la atención en la importancia que se quiso dar al alimento habitual de los pueblos sobre su forma de gobierno. La. tiranía y el absolutismo, el gobierno representativo y la libertad absoluta, todo se quiso explicar por la influencia del alimento; sin embargo se ven las formas de gobierno hundirse en las naciones subsistiendo inmutable la costumbre de alimentarse. Los pueblos, sin consideración á su régimen alimenticio, principiaron á ser dirigidos por un despotismo voluntario, y pasando por transiciones mas ó menos rápidas, terminaron por el despotismo forzoso y opresor. El cetro de oro, que se vio asaltado por la ambición, fue reemplazado por el cetro de hierro, que se defiende. Pero no culpemos á los alimentos, pues los sucesos, dependen de la suerte de las naciones y de su naturaleza: bajo instituciones libres como bajo gobiernos arbitrarios, el obedecer es una condición de existencia. La libertad absoluta es un espectro vestido de oro falso; es una palabra seductora, que no tiene valor real para el hombre pensador que recorre filosóficamente la historia de las naciones, porque en medio de los gobiernos representativos los nombres obedecen á las leyes. ¡ Desgraciado el pueblo que desconozca esta verdad! En el ápice de la pirámide erigida á la libertad se halla el despotismo, y las frondosas hojas del árbol que se la consagra resguardan al héroe que debe empuñar el cetro de la paz. En medio de los parlamentos de una nación libre, se siente el poder opresor de una clase, y la miseria cunde y pulula por entre la grandeza del gobierno representativo. Obedecen, no obstante, con mas facilidad los pueblos de mas suaves y morigeradas costumbres; y en vez de ser estos el patrimonio de los déspotas, suelen ser al contrario los que me nos sufren su pesado cetro. Aquellos en los que el desenfreno y la perversión dominan, exigen fuertes y rigurosos gobiernos, manténganse de carnes ó aliméntense de vejetales.
No sabemos hasta qué punto deba darse crédito á las historias y relaciones antiguas sobre los antropófagos. La existencia de naciones que se alimentan con las carnes de sus semejantes es un hecho contra natural, que no tiene ejemplo ni aun éntre los animales. Que el Hombre en medio de las privaciones que amenazan su existencia; que en el hambre venza su natural repugnancia; y que, dominado por el instinto de la conservación, calme, en medio de un furor famélico que, le prive de su razón, su ansiedad á espensas de la carne de sus semejantes, se comprende; pero que, como dice Aristóteles, en algunos pueblos salvajes, que habitaban un tiempo las cercanías del Ponto Éuxino se regalasen recíproca

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