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Los tres Reinos de la Naturaleza. Zoología o Reino Animal. Antropología. Importancia del estudio del Hombre. 10

La esperiencia, bella imagen de la naturaleza, permite al hombre reproducir los fenómenos para estudiarlos con el detenimiento y observación indispensables á las limitadas facultades de que fue dotado por el ordenador de las leyes eternas. ¿Qué poder mas admirable? ¿Qué fuerza que se una mas íntimamente con su Hacedor? Do quiera que vemos un fenómeno, somos arrastrados á imitarle por una fuerza irresistible. Y no contentos con imitarle, ponemos en actividad nuestra inteligencia para descubrir la causa y las relaciones que la unen con sus efectos; las leyes naturales. Resguardados por la razon, caminamos con paso certero hacia el objeto. Si por efecto de nuestras limitadas dotes ó por el escaso desarrollo de la ciencia llegamos á un término cuya esplicacion no alcanzamos, entra el dominio de la imaginación creadora, que sublime y grandiosa cual si poseyera la mano de la Providencia, nos presenta con sus formas seductoras una combinación, un plan, una teoría con que llenar el vacio que nos dejara la inteligencia. Esta teoría, fundada la mayor parte de las veces en la generalización, no solo satisface nuestro primer anhelo sino que á veces, descorriendo el velo que oculta la verdad, nos da á conocer nuevas leyes, y hace que avancemos hacia la perfección. Tal es la marcha del naturalista en sus nobles investigaciones.

¿Mas quién podrá suponer que este ser privilegiado, este ser que contempla el órden y armonía del universo, este ser que interpreta las leyes eternas y que aspira á confundirse algun dia en el seno de su invisible Hacedor, es un ser compuesto de los mismos elementos materiales y constituido bajo los mismos principios que los otros séres que sometió á su imperio el Dios omnipotente?

Si á primera vista no alcanzamos la verdad de esta proposición, el estudio de la anatomía y de la fisiología nos demuestra cuán semejante es el hombre al bruto en la estructura de su organizacion interna, en sus funciones todas y en su constitucion física.
El mecanismo de la vida es el mismo en unos y en otros; el desarrollo del cuerpo en las diferentes edades , la perpetuidad de las razas y la decadencia de las fuerzas físicas, después de haber llenado tan alto deber, son una misma cosa en el hombre que en los brutos.

Mas allá podemos llegar en la comparación de la semejanza del hombre con los demás animales. Las impresiones verificadas por los agentes externos ó internos, y que son seguidas de cierta pasividad ó actividad de un ser desconocido para nosotros en su esencia, nos indican ciertamente que existe en ellos una sustancia simple que posee propiedades enteramente distintas de la materia. Hasta aquí las semejanzas. Los fenómenos interesantes de esta parte inmaterial participan, si, de alguna semejanza, pero las diferencias son mas notables aun, y ellas son las que colocan al hombre en la esfera elevada de su destino.

Vemos en los animales sensaciones de placer y de dolor, de amor y odio, de temor y de venganza, y aun podríamos asegurar de recuerdo; y seria seguramente un absurdo el suponer que estas diversas sensaciones tuvieran su origen en la materia. Tal suposición indicaría conocimientos poco profundos de psicología de parte del que atribuyera sensibilidad á la materia. La materia no siente. La sensibilidad no se puede negar á los brutos, pero no por esto podemos concederles mas que puras sensaciones ó recuerdos. Esto nos dice la esperiencia; pues á pesar del trascurso de los siglos, ningún progreso observamos en los actos de su vida, y en el mismo estado de conocimientos encontramos sus primeras y sus últimas generaciones. Sujetos al destino y esclavos de la suerte que les señalaran los agentes exteriores, ceden sin resistencia á la acción de la naturaleza material, y jamás hacen un esfuerzo para modificar las circunstanciaS que limitan las condiciones de su existencia. Así notamos en ellos un instinto de propia conservacion, un instinto raro y admirable en muchos de sus actos; pero este mismo instinto, que un momento seducirnos pudiera, suministra por sí solo el suficiente argumento para destruir desde su base toda teoría que tienda á admitir una identidad entre el principio sensitivo inmaterial del bruto y el principio inteligente y libre del hombre. Es, sí, una sustancia simple y por consiguiente inmaterial, mas no un espíritu.

Para admitir nosotros como espíritu el principio inmaterial del bruto, seria necesario que viéramos en él la inteligencia y la libertad, facultades que distinguen un principio de otro, y que impelen al hombre á emprender y seguir con perseverancia para establecer su dominio sobre las fuerzas físicas de la naturaleza. Débil el hombre por su constitución física; sin armas para defenderse de los ataques de las fieras, de los rigores de las estaciones, de las tempestades con que le amenaza la atmósfera, y de las terribles catástrofes que produce la masa interior del globo y de que continuamente se ve rodeado, acude á su espíritu y encuentra armas para defenderse y establecer su trono y señorío sobre tanto elemento conjurado contra su existencia. Incapaz de variar las leyes que fundara el legislador infalible, aprende por la esperiencia á combinar las fuerzas naturales, neutralizarlas ó disponerlas para ausiliar sus proyectos y conseguir el fin que se propone: su felicidad.

El deseo de la inmortalidad eleva su espíritu á las regiones de la eternidad atravesando los límites del tiempo. El sentimiento que despierta en él el estudio de la naturaleza, le da el valor necesario para preguntarle su origen; y corre presuroso á rendir su homenaje ante quien tanta maravilla supo crear á la simple insinuación de su santa voluntad.
No, la oscuridad que reina respecto al principio inmaterial del bruto, no es una garantía para ponerle en parangon con el espíritu del hombre; no es razón para que nosotros abjuremos á cuanto nos es conocido clara, distinta y evidentemente acerca de la superioridad de nuestro destino. Conocedor de sí mismo y de la inmortalidad de su alma, mira como pasajera su existencia en este planeta, y trabaja con asiduidad por dejar grabado su nombre á las generaciones postreras y por alcanzar la gracia de su señor.
No podemos saber intuitivamente lo que pasa en el principio sensitivo del bruto; mas la observacion de los fenómenos á que da lugar nos demuestra bien claramente la diferencia inmensa que existe entre él y el alma humana.
Los argumentos de los materialistas no podrán ser válidos ante las dificultades que presenta la resolucion de tan alto problema ni ante nuestra ignorancia respecto de la naturaleza real de estos principios invisibles; antes al contrario, si nos dejamos guiar por la razon, la observacion y la esperiencia, podremos valernos de las armas que nos entregan para aniquilar sus débiles sofismas.

Existe en el hombre, como reconoce todo buen pensador, un principio inteligente y libre, y existe tambien en nosotros la necesidad de engrandecerle por el estudio y de suministrarle todos los medios que contribuyan á su desarrollo. La ciencia es el origen de nuestra grandeza, el elemento poderoso que, rompiendo la barrera de la ignorancia, nos lleva al conocimiento de la moral, y enseña á distinguir la virtud del vicio para desviarnos de este y seguir el rumbo de aquella. ¿Qué seria del hombre si la educación y la sociedad no le enseñaran á modificar sus pasiones? ¿Qué, si se dejara arrastrar por

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