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Los tres Reinos de la Naturaleza. Prólogo. 6

tambien el corpulento árbol de algun bosque de la América para contemplar en su nido al tierno pajarillo; nos sentaremos en el cesped de un jardin para ver á la mariposa en sus tres estados; las profundidades del mar no nos arrendrarán de seguir á la enorme ballena y examinar la morada de los habitantes submarinos. Cuando llegue la alegre primavera, asistiremos á las festividades de Flora: veremos salir el boton que ha de ser flor al siguiente dia, y que caerá al otro para recelar el fruto de la concepcion; penetraremos en los bosques donde se crian los árboles gigantescos que nos dan las maderas de construccion; correremos las praderas deteniéndonos en las plantas que por sus virtudes medicinales ó aplicaciones á la industria importa mas conocer. Finalmente, ora escalando las montañas, ora siguiendo el curso de los ríos, ora bajando á las minas, iremos describiendo, ya los metales útiles, en las diversas formas con que se presentan, ya las capas de carbón de piedra, este elemento primario de la industria moderna, ya las sales y otras sustancias; concluyendo con la interesante historia de las revoluciones qué ha esperimentado nuestro globo en el trascurso de los siglos. En resumen, recorreremos esa inmensa cadena de seres que desde el hombre, va descendiendo hasta el imperceptible infusorio, y desde el robusto cedro hasta el humilde líquen, deteniéndonos en todos aquellos que, ó por sus formas, ó por alguna cstraña particularidad de su organismo, ó por lo admirable de su instinto, ó por sus usos interesan generalmente. Descritas estas dos grandes secciones de la Zoología y la Botánica, pasaremos á la Mineralogía, sin olvidar, desde el codiciado oro y el precioso diamante hasta el cenagoso mantillo, ninguna sustancia útil al hombre. El tratado de la Geología será la cúpula de este grandioso edificio.
Pero no se crea que vamos á emprender obra tan grave por nosotros mismos: fuera pretensión impertinente, de la cual estamos bien distantes. Cuvier, el gran legislador de la Historia natural, Lacepede, Lesson, Lamark y Virey; Lineo, los Jussieu, Rousseau, Saint-Pierre, y Decandolle; Werner, Haüy, Romé de Lille, Brogniart y Beudant; Bukland, Humboldt; genios de la ciencia, vendrán á labrar juntamente el precioso mosaico de nuestra obra. También Fabra, Lagasca, Cavanilles y otros distinguidos naturalistas españoles dejarán en él algún fragmento. Pero Buffon, sobre todos, este digno pintor de las maravillas de la naturaleza, será quien mas frecuentemente nos preste su mágico pincel y sus brillantes colores. Nadie como él ha sabido penetrar en el seno de la creación, trazar retratos admirables, en los cuales creemos ver de bulto la verdad, descubrir las relaciones de los seres y adivinar las leyes que rigen el movimiento y la conservación del mundo. Sin abrumarnos con el peso de una terminología exótica, y sin poner ante nuestros ojos el triste espectáculo de una disección anatómica de cada cuerpo, nos los presenta con fiel exactitud, animados por la energía de su palabra y la grandeza de su estilo. Ora hable del tímido ciervo ó del audaz caballo, ora del inocente cordero ó del sanguinario chacal, ora, en fin, de la cándida paloma ó del astuto zorro, nos parece ver cadáveres que con su palabra van recobrando la vida, y que oímos el vigoroso relincho del uno, el fiero rugido del otro, el balido melancólico de este, el alegre cántico de aquel. Leer esas descripciones, llenas de encanto y de verdad , es casi estar en presencia de la naturaleza, ahora en medio de un bosque sombrío, luego á la margen de un riachuelo, mas tarde en la cima de los Alpes, mañana en una cueva húmeda y lóbrega.
La ciencia ha progresado mucho, ciertamente, desde entonces, y nadie ha ocupado todavía el caballete ni cogido los pinceles que le arrebató la muerte. Pero esta será nuestra tarea. No vamos á continuar su obra; vamos solo á ponerla al nivel de la ciencia en nuestros dias. Vamos á ordenar la galería de sus cuadros, á rectificar por mano autorizada los errores que han descubierto el tiempo y nuevas investigaciones, y á ocupar los claros que él dejó con los trabajos de los mas célebres naturalistas posteriores. Humilde como es esta tarea, no hubiéramos osado acometerla, si no se hubiesen dignado unirse á nosotros, para compartirla, personas autorizadas, consagradas á la enseñanza, cuyos nombres consignaremos oportunamente como un tributo humilde, pero sincero, de nuestra gratitud.
Ellas nos ayudarán tambien á hacer la historia de la ciencia, que es quizá mas que otra alguna la historia de la civilización. España tiene en ella sus títulos de gloria, que nos será dulce recordar, y génios hundidos en el olvido por generaciones ingratas, que es tiempo ya de levantar para ceñir á su frente los merecidos laureles.

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