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Los tres Reinos de la Naturaleza. Prólogo. 3

¿Hay alguien que no haya querido leer en su vida en el gran libro de la naturaleza? ¿Quién no se ha parado alguna mañana de verano á oir el canto inimitable del pintado pajarillo que saluda la aparición del sol? ¿Quién no ha admirado las caprichosas formas é infinitos matices de las flores? Los vivos destellos del diamante, las cristalizaciones de las grutas, el peso del plomo, la virtud del iman ¿á quién no sorprenden? ¿No habeis deseado saber cómo las ramas se cubren de hojas, y tras ellas vienen las flores y los frutos, para volver á quedar desnudo el tronco y macilento? ¿No admiramos á todas horas ese sábio instinto de los animales, que hacen maquinalmente mejor que nosotros lo que solo por la razon aprendemos? Pero si todo cuanto hollamos con nuestros pies, cuanto vemos y aun cuanto concebimos pertenece á esta inmensa obra de la naturaleza, de la cual nosotros mismos somos una parte ¿quién no sentiria alguna vez el deseo de penetrar en el seno de esta ciencia, que es madre de todas y que en sus investigaciones, tan pronto se estiende por el ancho horizonte, como desciende hasta el centro de la tierra, ó sube a esplorar las misteriosas regiones de los cielos?
Todo lo debe el hombre al estudio de la naturaleza. Es al venir al mundo la mas debíl, la mas necesitada, la mas miserable de las criaturas. Su primera voz es un gemido; su primer paso, una caida. Le ofende todo: el frio ó el calor de la atmósfera, el tacto de las mantillas que lo abrigan, hasta el primer rayo de luz que ilumina sus ojos. Las sociedades salvajes, á pesar de cuanto hayan dicho algunas imaginaciones estraviadas, viven tristemente, aquejadas de necesidades y dolencias. Aposentadas en los bosques ó á las orillas de los ríos ó del mar, ó vagantes por llanos y montañas, subsistiendo de la caza ó de la pesca, sin conocer otros placeres que los corporales, pasan los días en una brutal inacción. Y si por efecto de las leyes naturales, el granizo, la sequía, una tempestad les arrebata el alimento, se ve el salvaje, verdadero Saturno, devorar á sus propios hijos machacándolos antes con enormes piedras (1). Pero se desenvuelve la intelijencia, la aurora de la civilización se anuncia, y todo cambía y se mejora. El niño hecho hombre, el aduar transformado en pueblo, caminan de conquista en conquista dilatando sus dominios, y la naturaleza entera, antes silenciosa y languida, parece animarse de nueva vida. El brazo débil del hombre se arma de agudo chuzo, el chuzo se convierte en hacha, el hacha en flecha, la flecha en escopeta y en horrísono cañon; adelantos del ingenio por cuyo medio cuanto hay en la creación se rinde y obedece, reconociendo el supremo poder del hombre. El perro le consagra su fidelidad; el buey su trabajo y su paciencia; el caballo, su ligereza y lealtad; el camello, su sufrimiento; y hasta el tigre feroz aprende á besar la mano del soberano de la tierra: los que no sufren su yugo huyen de él á los bosques ó a las cuevas. El águila no se exime por elevarse hasta las nubes, ni el enorme cetáceo por undirse en la profundidad de los mares, pues el ballestero metido en su canoa, que ha clavado á este su arpon, espera tranquilo que vuelva á la superficie á ofrecerle sus despojos. Para defenderse de la inclemencia del tiempo, deshace los peñascos mas duros, corta en delgadas hojas los mas gruesos troncos, y se construye una morada sólida, que desafia el poder de las tempestades. Hasta el rayo terrible baja humildemente por un alambre, obedeciendo al hombre, á sumergirse en un pozo.
Pero este grande predominio, que constituye al hombre señor absoluto de la tierra, no lo ha adquirido sino por medio de la inteligencia aplicada al conocimiento de sí mismo y de los demás objetos de la naturaleza. Observando que las pieles de lana eran el mejor abrigo, no paró hasta hilar y tejer sus filamentos, para formar, por decirlo así, una piel continuada que sirviese mejor á su objeto, llegando á convertir el grosero vellon en el flexible y lustroso paño de Sedan. Viendo flotar los árboles en el mar, algun hombre audas debió concebir la primera idea de escavarlos para trasladarse dentro de ellos con brevedad de una orilla á otra de los rios. Esta débil canoa, jugueta de la corriente y de las olas, se transformó, andando el tiempo, en el navio de anchas lonas y el barco de vapor. Notando la fijeza de los colores que se desprendian de ciertas sustancias, abandonó el

(1) Los europeos lo han visto en los salvajes de la Nueva Holanda.


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