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El Santo Grial en Aragón. Parte VIII Historia de Aragón.

Autores de las Leyendas


No es ya posible que en nuestros días haya nadie que crea en la existencia del rey Artús y de sus caballeros de la Tabla Redonda, ni en las visiones del fingido Merlín, ni en las maravillosas hazañas de tantos héroes fantásticos como intervienen en las demandas del Santo Grial: pero como es probable que alguien llegue a dudar en globo de la realidad de todos estos personajes y sucesos, al ver cómo en unas mismas narraciones van juntos el Santo Grial y José de Arimatea con las ficciones de Merlín y las proezas de Perceval y compañeros de demanda, es necesario dejar en su punto histórico la personalidad interesante y simpática de José, que es el único sujeto real que se nombra en las leyendas de Graal sagrado, aunque lo desfiguran con falsa actuación los narradores.

San José de Arimatea no estuvo jamás en Inglaterra, ni con el Cáliz ni sin él, por más que esos noveladores afirmen que predico allá el Evangelio y llevó consigo la preciosa copa de la Cena de Jesús.

El MARTIROLOGIO ROMANO y las ANALECTAS BOLANDIANAS -las dos obras que gozan de autoridad máxima en cuestiones hagiográficas- van a sacarnos de dudas y a ofrecernos de este personaje algunos datos curiosos relacionados con Inglaterra, pero no en el sentido que las leyendas quieren.

Dice el Martirologio Romano con su acostumbrado laconismo: "Día 17 de Marzo. En Jerusalén muere S. José de Arimatea, noble decurión, discípulo del Señor: "el que, tomando de la cruz su cuerpo, lo deposito en un sepulcro suyo, nuevo".

Copiando y comentando los Bolandos esta efemérides, dicen: Faltaba esta memoria en la rectificación primera del Martirologio mandada hacer por Gregorio XIII; pero los canónigos de la Basílica Vaticana, que guardaban un brazo del Santo y celebraban su fiesta con oficio doble, se lo advirtieron al cardenal Baronio, autor de la rectificación, y lo juzgó oportuno: luego aprobó la edición Sixto V en 1585.

En el catálogo de las reliquias del mismo Capitulo Vaticano se hacía mención del brazo de San Longinos y después esta otra: Un brazo de plata llevando unas tenazas, dentro del cual se guarda el sagrado brazo de San José de Arimatea, noble decurión, que bajó de la cruz el cuerpo de nuestro Salvador. Fué confeccionado siendo Pontífice Clemente VIII. En opinión de Baronio estos dos brazos vinieron de Oriente a Roma, y añade que el óbito y el culto a este Santo fueron en Jerusalén, en donde ejercía el cargo de Decurión civil, que equivalía allá al de Senador en Roma, según la frase de Cornelio a Lápide: "Los que en Roma se llaman senadores, en los municipios se decían decuriones": algo muy semejante a los concejales de ahora, pero distinto de los decuriones militares, que eran los que mandaban en diez soldados, como los centuriones en cien y los tribunos en mil. - En los Martirologios griegos se pone su memoria en 31 de Julio con estas palabras: "En Jerusalén muere en paz S. José de Arimatea, el que procuró el sepelio del Señor".

Por consiguiente, no murió en Inglaterra como dicen las leyendas.

Acerca de los restos mortales de este feliz discípulo y fiel amigo de Jesús - y compatriota de Samuel, pues el lugar de Arimatea que le dió sobrenombre es el antiguo Ramatha o Rama donde nació aquel gran profeta - recogen algunos autores una tradición, no inverosímil, pero poco comprobada, según la cual su cuerpo fué traído de Jerusalen a la abadía de Moyenmetier (diócesis de Toul) en tiempo de Carlomagno: allí se veneró hasta el siglo décimo en que el monasterio fué cedido a los canónigos regulares de S. Agustín, que lo habitaron setenta años. En ese tiempo unos monjes extranjeros, desconocidos, hallaron medio de sustraer de su sepulcro esos sagrados restos, y ya no se ha sabido más de ellos.

Continúan las analectas. Refiere Mateo Parisiense que en la solemnísima asamblea de próceres y obispos, reunida ante Enrique III de Inglaterra el 13 de Octubre de 1247 para celebrar la recepción de la Sangre sagrada que le enviaban de Jerusalén. Roberto de Lincoln defendió y explicó su autenticidad con esta narración: (Advierten aquí en Nota los Bolandos que lo que van a consignar, de boca de Roberto, "no está en pugna con lo que dicen los Evangelios ni se aparta de la mayor verosimilitud"). Dijo el mantenedor Lincolniense: "Crucificado y muerto Jesús, pidió José su santísimo cuerpo llegando animoso hasta Poncio Pilato (de lo cual se deduce que era persona de elevada posición José) y el gobernador se lo concedió. Entonces él, entre las murmuraciones de los judíos, con todo cuidado y reverencia bajó de la cruz el sacratísimo cuerpo, exangüe y lleno de heridas, y teniendo un grande y fino lienzo (la sábana de que habla el Evangelio) y colgándolo del cuello y de los hombros del Señor, para no tocar con sus manos tan dignísimo cuerpo, con él limpió repetida y devotamente las heridas todavía frescas y sangrantes: especialmente las de los clavos que había arrancado del patíbulo de la cruz, que estaban llenas de sangre, las secó con toda diligencia empleando el mismo lienzo en vez de esponja. Después que llevó el cuerpo del Señor para enterrarlo no lejos del Gólgota, en el lugar donde hoy se adora el sepulcro, lo lavó para embalsamarlo según la práctica, y no atreviéndose a tirar el agua de este lavado, enrojecida y mezclada con sangre, la guardó en un recipiente muy limpio. Pero con mayor reverencia colocó en un vaso más precioso la sangre coagulada que sacó de las heridas de las manos y de los pies y de la abertura del costado derecho: recogiendo estos líquidos como un tesoro inapreciable para sí y sus sucesores... Estando José piadosamente ocupado en esto, llegó Nicodemo a ayudarle... Y cuando de allí se apartaron José y Nicodemo, partieron entre sí dichos líquidos por razón de su amistad y condiscipulando como una preciosa adquisición.
Así, pues, pasando la posesión de estas cosas santísimas de padres a hijos y de unos amigos a otros, después de muchas generaciones estaban en poder del Patriarca de Jerusalen, como tesoro de su iglesia, en el año de gracia 1247.
Y como a la sazón amenazaba gran peligro a la Tierra Santa, que temían perderla los cristianos (hacía poco, en efecto, que Jerusalén había sido tomada por el sultán de Egipto y era asaz inquietantes la situación en Palestina) y sabedores de la religiosidad del rey de Inglaterra y de la cristiandad de todo su reino, dicho Patriarca, de acuerdo con sus obispos sufragáneos, con los maestres de las milicias del Templo y del Hospital y con los Nobles transmarinos (los príncipes y jefes europeos que allá estaban) todos los cuales pusieron sus sellos en testimonio de verdad o certificaron la legitimidad del acto, enviaba dicho tesoro de la Sangre preciosa de Jesús al pisdosísimo rey de Inglaterra Enrique III, para que, bajo su tutela, fuese venerado dignamente y con más seguridad conservado; y esto no por retribución alguna, sino sólo como un obsequio de afecto y de pura liberabilidad". Satisfizo a la samblea esta relación de Roberto de Lincoln (el cual, al parecer, fué portador de la insigne reliquia desde Jerusalen, y allá adquirió estos datos) y creyeron que no se podía dudar de la autenticidad del tesoro recibido, por ser muy racional todo lo expuesto.

No así -observa la Analecta- lo que se dice en el llamado Evangelio de Nicodemo, completamente apócrifo y fabuloso. (Se refiere a la leyenda que tan inmerecido éxito ha tenido, y es el cuento de que José de Arimatea, viendo al divino Maestro en la cruz, corrió a la casa donde había celebrado la Pascua y la Cena eucarística, y tomando la Copa en que Jesús había bebido, volvio al Calvario y recogió en ella la sangre que manaba de sus heridas). Igualmente que lo que dice Pedro de Natal, tomado de otras fuentes tan poco veraces como esa (la del falso Nicodemo) y es esto: Bautizado José por los discípulos después de la Ascensión del Señor, predicó en Jerusalén la doctrina de Cristo, por lo cual preso por los judíos y encerrado dentro de un muro para que allí muriera de hambre en las tinieblas. Cuando Jerusalén fué tomada y destruída por Tito, éste vió ese muro y lo mandó abrir, hallando dentro a José, de venerable y glorioso aspecto; y preguntandole Tito quién era y por qué motivo habí sido allí encerrado, se lo explicó José y añadió que desde el día de su encierro hasta entonces (¡ 37 años !) había sido mantenido con un manjar celestial y había disfrutado de una luz divina. Después de salir de su reclusión vivió en Jerusalén con los discípulos y descansó en el Señor en muy avanzada ancianidad".

"Con ser esto tan extraordinario, es más, fácil de creer que así terminó José su vida que no lo que dice el PseudoDextro de su venida por mar a Marsella con Lázaro, Marta y Magdalena; o el otro cuento de Juliano de que fué compañero de Santiago a España y que aquí fué hecho obispo y predico el Evangelio en Celtiberia (Aragón), Carpetania (tierras de Madrid) y Lusitania (Portugal), que regresó con el Apóstol a Judea y que allá vivió aún ocho años hasta su muerte."

Otro error más grave señala Baronio y tan inverosimil que estima que no hay por qué refutarlo, y es el de los que dicen que el año 48 de nuestra Era navegó con rumbo a la Gran Bretaña, enviado por S. Pedro con doce compañeros más, y fundaron primeramente el monasterio de Gladstone. "Creemos -dicen los Bolandos- que el autor de esta ficción fué el mismo que inventó los hechos del rey Arturo con el cúmulo interminable de fábulas que invadieron todos los países. El título de ese cuento así lo indica, pues dice: "Este escrito se encuentra en las Gestas del Rey Arturo". Despues lo explica más diciendo: "El que José de Arimatea, noble decurión, con su hijo Josephes y muchos otros vinieran a la Bretaña mayor, que hoy se dice Inglaterra, y que aquí murieran, lo atestigua el libro de Gestas del ínclito Rey Arturo, en la demanda de cierto ilustre caballero llamado Lanzarote del Lago, hecha por los socios de la Tabla Redonda. No puede hallarse autor mejor ni más antiguo que recoja esa especie, pues el Freculfo del siglo IX, citado por Capgravio, no es historia de los reyes de Inglaterra ni de Francia, sino una crónica universal donde se dice la dispersión de los Apóstoles y discípulos a predicar la fe por todo el mundo; pero acerca de José de Arimatea no se encuentra una palabra en todo el libro".

En vista de esto, podemos concluir con toda seguridad afirmando que fué uno de tantos embustes lo del viaje y la predicación de José en Inglaterra.

De otro modo hemos de pensar sobre ese suceso que refirió Mateo Parisiense del envío de la Sangre del Redentor a Enrique III. Si damos crédito a la narración -que, según los sabios Bolandistas, no contradice a la historia evangélica y es completamente verosímil- nos hallamos ante un hecho que vendría a dar por tierra con la inmensa mole de tantas invenciones y relatos fantásticos con que falsearon la historía del noble discípulo y piadoso enterrador de Jesús esos escritores ingleses, si es que alguien de buena fe pudo creerlos. Si esa reliquia sacratísima del precio de nuestra Redención, conservada en Jerusalén por José de Arimatea y sus descendientes por espacio de once siglos, hubiese llegado uno antes a Inglaterra, es decir, en el año 1147, cuando se iniciaba la fiebre literaria de esos inventores o "traductores" de leyendas de la Tabla Redonda, del Santo Graal, de Perceval y demás héroes, ciertamente que no habrían tenido necesidad de inventar la fábula del arribo de José con el Cáliz del Señor a la Gran Bretaña, pues les hubiera servido admirablemente para Santo Grial (en el caso de que entonces quisieran utilizarlos para sus leyendas) el mismo vaso que contenia el sagrado tesoro que de Jerusalén enviaron a Inglaterra. Pero ya estaban forjadas hacía cien años y propaladas por toda Europa las leyendas del auténtico Grial, aunque con el error inicial de haberlo llevado allá el noble decurión en persona: y puesto que fué recibido con toda solemnidad y reverencia en la corte de Enrique III ese magnífico regalo del Patriarca de la Ciudad Santa, no obstante lo que decían las ya entonces innumerables leyendas acerca de la predicación de José con el Cáliz del Señor, síguese de aquí que nadie creía esto como hecho histórico y que tomaban las narraciones de esos escritores por lo que eran, por meros pasatiempos, y como un pugilato de moda entre ellos para alcanzar la nota de mayor inventiva.

Todavía se presta ese suceso a otras muy interesantes reflesiones.

Sabido es que las primitivas leyendas reconocían al Santo Grial como un objeto de altisima excelencia por dos motivos distintos, aunque idénticos en el fondo: por haber sido la Copa en que el Señor consagro su Sangre eucarística en la última Cena, y por haberse servido de la misma José de Arimatea el día siguiente para recoger en ella la Sangre fisiológica que caía de las heridas de Jesús en la cruz.

El primer hecho es cierto de toda certeza como consignado en los Evangelios: el segundo no pasa de la categoría de una tradición, la cual, aunque no contradiga a los relatos evangélicos, no tiene apoyo en ellos, pues no presenta a José actuando en las escenas de la Pasión hasta después de muerto Jesús -cum jam sero factum eset, dicen los textos sagrados; "a la caída de la tarde, al venir la noche"- cuando pidió licencia al gobernador para darle sepultura: pero no lo citan al pie de la cruz como a la Madre del Señor, a sus piadosas compañeras y a Juan Evangelista.

Tan sangre divina era la que había contenido el sagrado Cáliz en la última Cena, como la que pudo recibir en él José (según esa tradición) de las heridas del Redentor agonizante: y sin embargo, las primitivas leyendas recalcan más este segundo mérito del sagrado Vaso (y no sin alguna razón sentimental) no obstante ser el primero inmensamente más cierto que éste. Esos autores de leyendas del Santo Graal eran cristianos instruídos y sabían por los Evangelios lo sucedido en la última Cena de Jesús: lo de José de Arimatea -fuera del descendimiento y sepultura del Señor- no lo pudieron saber más que por tradición, si no es que lo inventaron ellos juntamente con su predicación en Inglaterra.

Pero quizá no fué mera invención como lo del viaje, sino recuerdo de una tradición antiquísima fundada en un hecho cierto, si bien un poco falseado desde su origen. Veamos cómo:

Tenemos dos versiones del acto de José de guardar una porción de sangre del Señor. La primera la dió el falso evangelio de Nicodemo diciendo que José corrió a la casa donde Jesús había celebrado en la noche anterior la Pascua con sus discípulos -es decir, a su propia casa del Cenáculo, porque a otra distinta no es muy creíble- y tomando el mismo Cáliz de que se había servido Su Divina Majestad para la Cena eucarística, volvió al Calvario y recibió al pie de la cruz en la sagrada Copa alguna cantidad de la sangre que caía de las heridas del Crucificado. La otra versión es la que refirió Mateo de París, según la cual no fué sangre líquida y caliente la que guardó el piadoso decurión, sino la que sacó de las heridas de Jesús al preparar su cuerpo para ponerlo en el sepulcro. Esta segunda relación es por muchos conceptos más verosímil que la otra; pero nadie pudo tener noticia en Europa de ese suceso hasta que lo explicó Roberto de Lincoln ante la Corte de Inglaterra el año 1247, cuando se recibió esa insigne Reliquia de la Redención. En cambio, lo que dejó consignado en el siglo primero del fingido evangelio de Nicodemo pudo extenderse, y se extendio realmente, con el transcurso de los tiempos a todas las naciones cristianas, no como verdad evangélica y artículo de fe, pues ese libro apócrifo y fabuloso perdió pronto toda su autoridad histórica, sino como un dato curioso y fácilmente creíble de las terribles escenas de la Pasión.

Los primeros autores de las leyendas del Graal tuvieron por cierto este dato del evangelio apócrifo, y de ellos las recogieron Cristián de Troyes y Wolfram de Eschenbach en sus poemas, así como admitieron también la fábula del encierro de José dentro de un muro y su liberación por el emperador Tito, y naturalmente atribuyeron al mismo Vaso sagrado los dos soberanos méritos; el de haber contenido la Sangre eucarística, y el de haber recibido la que manaba de las heridas de Jesús en la cruz. La primera vez que apareció en forma literaria esta leyenda de Nicodemo -según la autorizada opinión de Gayngos- fué en una novela titulada Sangreal qué escribió el trovero anglonormando Sonelich del tiempo de Enrique II, de donde la tomó Cristián para sus rimas de Perceval le Gallois, como creen muchos escritores.

Aquí podemos conjeturar con buen fundamento -acordándonos de que "toda novela tiene algo de historia"- que esa noticia del novelesco Nicodemo acaso no esté enteramente desprovista de verdad, sino que fué la explicación del mismo suceso de la preparación del enterramiento por José, pero dada en forma más trágica e impresionante.

Por otra parte, después de la mitad del siglo XIII en que el célebra historiador Mateo de París (que murio en 1259) publicó la muy racional relación de Roberto de cómo pudo adquirir José cierta porción de la preciosísima Sangre del Maestro, ya en las leyendas del Santo Grial perdió toda influencia la tradición del falso Nicodemo y la ganó la explicación del lincolniense. Así vemos que la más antigua Demanda castellana, que es la de 1313, en su texto de Josep Abarimatía consigna el suceso de este modo: "E quando vino a la cruz do el estaba puesto, començo de llorar doloridamente por los muy grandes dolores que el sofriera.- E quando lo desçendio de la cruz con grandes sospiros llorando mucho, echolo en un monumento que feziera para sy. E desy fue a su casa por la escodilla.- E torno a el e cogio en ella tanta de aquella sangre quanta mas pudo coger e despues tornola a guardar a su casa. E por esta sangre mostro Dios muchas virtudes en tierra de promisyon e en otras muchas tierras" Puesto que no era conocida la relación del Parisiense hasta la mitad del siglo XIII, esta escudilla no fué ni pudo ser tenida por el Santo Grial en las leyendas más antiguas, sino que todas se referían a otro Vaso más precioso y más cierto de la Sangre del Señor, según veremops muy pronto.

De igual manera, y ya en los tiempos modernos, nuestros comentaristas del Quijote, Pellicer y Clemencín (1832-33) aunque no estaban muy sobrados de noticias respecto al Santo Grial, pues ambos se refieren al sacro catino de Génova (¡ y lo tenían en Valencia, tan cerca!...) siguieron la opinión de la Demanda castellana y coinciden en decir que "en él recogió el de Arimatea Sangre de Nuestro Señor Jesucristo cuando lo bajó de la cruz y le dió sepultura".

De todo lo expuesto hasta aquí con relación a José de Arimatea, se deduce: Que probablemente era suyo el Cáliz que usó Jesús en la Cena eucarística: Que no es muy creíble que en él recogiese Sangre del Redentor cuando aún estaba en la cruz: Que es ciertísimo que bajó de ella el Cuerpo muerto del Señor y le dió sepultura, ayudado por Nicodemo: Que es muy probable que en la preparación del enterramiento guardase en un vaso precioso -distinto del de la Cena- alguna cantidad de la Sangre divina: Que después de la Redención no salió de la Tierra Santa, y que murió de muerte natural en Jerusalén, pasados algunos años desde la Ascensión del Maestro: Que lo veneraron como Santo los cristianos de Oriente y por tal lo ha recibido la Iglesia universal: Y que un brazo suyo y otro de Longinos (el soldado de la lanzada) se guardaban juntos entre las reliquias de la Basílica Vaticana. Este dato es muy interesante, como veremos, pues en las leyendas sale muchas veces la lanza de Longinos con el Santo Grial.

Aclarado este largo incidente de José de Arimatea y de Inglaterra, continúa nuestro Cáliz en posesión de la autenticidad y siendo el único objeto históricamente cierto, en que se inspiraban las leyendas.

Dámaso Sangorrín Diest.
Deán de la Catedral de Jaca.

(Capitulos I II II b III IV V V b VIII VIII b)

Publicado por primera vez en la Revista Aragón, AÑO V - Nº 43, Zaragoza, ABRIL de 1929.
Más información en "El Santo Cáliz"

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