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El Santo Grial en Aragón. Parte IV Historia de Aragón.

De Huesca a San Juan de La Peña


Holgaría todo este capítulo -que, además, tendrá que ser largo- si quien lo escribe atuviera cómodamente a explicar la presencia del Santo Cáliz en S. Juan de la Peña, utilizando lo que han dicho varios y notables autores, como Briz Matínez, Mariana, Abarca, Blancas, Carrillo, Flórez, etc. copiándose unos a otros y apoyándose todos en una frase a todas luces falsa del documento del rey D. Martín al recibir el venerado Vaso, la cual dice "que el beato Lorenzo lo envio con carta suya al Monasterio de S. Juan de la Peña, en las montañas de Aragón": y no atreviendose esos escritores a creer ni a hacer creer que ya existiera el Monasterio en tiempos de S. Lorenzo (por más que la credulidad pública entonces era campo abonado para las osadías de este género), le dan otra forma más viable a la frase y dicen: o dice por todos el citado Briz "que el Cáliz del Señor lo subieron a S. Juan de la Peña los obispos de Huesca: ellos lo tenían en su iglesia por haberlo enviado S. Lorenzo a su patria, que es aquella ciudad, apartado por solas nueve leguas de este Monasterio". Pero como tampoco es admisible este arreglo del primitivo error, o sea la insinuación de que el último obispo de Huesca, fugitivo cuando la invasión sarracena, ni mucho menos ninguno de sus antecesores, ni alguno de sus sucesores hasta el final del siglo XI subiera el Cáliz a S. Juan de la Peña, como iremos viendo oportunamente; por esto habremos de proceder un poco más despacio, averiguando en lo posible el camino que siguió el sagrado Vaso antes de llegar al Monasterio Pinacense, aunque esta investigación -que no tiene pretensiones de ser completa, pero sí de ser honrada y veraz- se prolongue más de lo que el paciente lector y el autor mismo quisieran.

Con esa expresión errónea que le dictaron al secretario de D. Martín en el famoso documento los monjes de S. Juan -que quizá no la creían ellos mismos- parece que se proponían dos cosas: añadirle a su Cenobio algunos siglos de antiguedad, y suprimir de un plumazo 360 años de la historia del Santo Cáliz, que eran asaz inquietantes para la legalidad de su posesión del célebre Grial. De haber existido cuando la invasión de los árabes el Monasterio en la cueva del Monte de San Salvador- que así se llamó y sigue llamándose el que muchos equivocadamente dicen monte Pano- no habría sido imposible ni extraño que se hubiera refugiado allí el obispo de Huesca con el sagrado Vaso, y así lo poseía de primera mano y con cierta legitimidad el Monasterio: pero como éste no tuvo vida regular y conventual hasta bien entrado el siglo X, o mejor hasta principios del XI con la reforma que introdujo el rey D. Sancho III, y ni la pobreza de los edificios que pudiera haber antes en la cueva (que les podemos conceder de antigüedad hasta la mitad del siglo IX escasamente) ni la vida eremítica, independiente y disgregada, de los anacoretas que allí estuvieran, ofrecían adecuado albergue para los obispos y garantía suficiente para un depósito tan valioso como el Cáliz del Señor, hay que creer que no llegó a S. Juan de la Peña por ese medio tan directo y tan fácil que de tan fácil se hace extraordinario y sospechoso, sino por los rodeos que impusieron las vicisitudes de los tiempos.

Las nueve leguas de distancia que decía el Abad Briz, y las diez o doce horas que pudiera tardar en recorrerlas el portador del Cáliz desde Huesca al Monasterio, se van a convertir en equis leguas (cuarenta, cincuenta, ochenta, ...) y en más de tres siglos y medio de tiempo: cantidades tan respetables que no es posible ni conveniente despreciarlas.

Sigamos nuestro camino.


Con el Santo Cáliz vinieron de Roma a Huesca otros dos muy venerables objetos, que son como testigos de su autenticidad: una carta de S. Lorenzo y un pie del mismo glorioso Mártir. La carta se ha perdido; el pie todavía existe.

De la carta de S. Lorenzo consta en el documento de entrega del Santo Cáliz por el Monasterio Pinatense en 1399, como veremos en su legar. Es muy natural que el santo Diácono, al entregarles a sus compatriotas la venerada Copa para que la llevasen a Huesca, les diera por escrito noticias de ella -que equivalen a una Autentica- y el nombre de la persona a quien iba dirigida. Si esa misiva era para su padre (cosa muy racional) o para otra persona de su intimidad o de su clase eclesiástica, no se sabe, ni es fácil que llegue a saberse jamás: lo único cierto hasta ahora es que existió la carta y que ni ella ni el santo Cáliz pudieron ir a parar desde luego al obispo de Huesca, porque no lo había, ni a ninguna iglesia pública, que tampoco existían en Huesca en aquel siglo. Es muy explicable la pérdida de la carta de S. Lorenzo: recibido en Huesca el sagrado Cáliz y constándoles por ella su legitimidad y excelsitud, quizá conservasen algún tiempo el documento fehaciente para extender entre los cristianos la veneración que merecía tan insigne prenda, aunque con el secreto y precauciones que imponían aquellos tiempos de general persecución; pero ya, cuando ésta cesó y se declaró legal la religión crisyiana por el edicto de Constantino de principios del siglo siguiente, y se divulgó en toda la región la noticia del Santo Cáliz y el respeto y devoción con que los oscenses lo veneraban, ya no creyeron necesaria la carta auténtica del insigne Diácono, porque ni remotamente pudieron sospechar aquellos buenos fieles que habría de venir un tiempo en que Huesca perdiese la sacratísima Reliquia, y que en los futuros siglos llegara a ponerse en duda su altísimo origen. Pudo también conservase la carta hasta la época del rey D. Martín como compañera y testigo del Santo Cáliz, aunque se ve muy dudosa su conservación en aquellos azarosos tiempos; pero desde el inventario de las alhajas de ese monarca, ya no consta en ningún documento su existencia.

Otro testigo nos queda que acredita a su manera la autenticidad de nuestro Cáliz, y es el pie de S. Lorenzo. Pocos días, quizá pocas horas tuvieron que esperar los emisarios para poderle traer a S. Orencio una reliquia de su santo hijo Mártir con su carta y el Cáliz del Señor. Abrasado y deshecho el cuerpo de S. Lorenzo, no les debió ser muy difícil conseguir una parte de él, la menos carbonizada, para llevársela a su patria como recuerdo del glorioso -aunque humanamente horrible- martirio de su ínclito paisano, y eligieron un pie: el cual hasta el día de hoy se conserva y con evidentes señales de haber sido quemado, según técnicos informes. Los que he podido recoger de la misma Villa de Yebra donde se venera esta importante reliquia, son éstos: La guarda una cajita de plata en el altar mayor de la iglesia parroquial, junto a otra urna más grande que contiene la cabeza de Santa Orosia: es el pie derecho, sin piel ni tejidos carnosos, maltrecho e incompleto, pues los dedos tercero y cuarto con sus uñas y restos ligamentosos están en un pequeño relicario aparte: faltan también la primera falange del pulgar, los huesecillos tarsianos astrágalo y calcáneo y uno del metatarso: todos los demás continúan articulados entre sí, ennegrecidos y con señales indudables de la acción del fuego (tal vez menos destructora para este caso que la acción de la devoción indiscreta, en lo que falta para la integridad del pie). Con estos datos, ciertos y reales, consigno también la leyenda que narran los de Yebra para explicar su posesión de esta reliquia: Dicen que el diácono que la traía de Roma la dejó depositada en la iglesia, y cuando al día siguiente quiso recobrarla para continuar su camino, alegaron los del pueblo que había perdido todo derecho a ella por haber estado más de 24 horas en su poder, y se negaron a devolverla. Intervino el obispo de Huesca en la cuestión, y por todo arreglo accedieron a darle un dedo al reclamante, vengándose éste con ponerles a los de Yebra el apodo de gabachos, que aún les dura. Esta leyenda que, como la mayor parte de las que corren por el mundo, sobre un fondo de realidad histórica aglomera detalle heterogeneos y anacrónicos, quiere explicar a su modo la procedencia del dedo del insigne Mártir que poseen en Huesca (que no es de este pie) aunque consta con toda certeza que no fué así, sino que lo trajo de Roma D. Jaime II y lo regalo a la Basilica de S. Lorenzo, movido de la especial devoción que le tenía al Santo por haber nacido en su día, 10 de Agosto.


Después de la espantosa y general persecución de Valeriano, en la que sufrieron el martirio S. Sixto y S. Lorenzo, vino un periodo de relativa tranquilidad para los cristianos bajo el imperio de sus inmediatos sucesores, llegando a permitirse la edificación de algunas iglesias y hasta admitir sin reparo a los cristianos en cargos importantes de las milicias romanas. Así pasó, casi felizmente, para los españoles se segunda mitad del siglo III, aunque siempre con el temor de que una nueva orden imperial reprodujese las violencias y expoliaciones anteriores como así ocurrió a principios del IV en la última y más terrible de las persecuciones, que fué la decretada por Diocleciano y Maximiliano hacia el año 303.

Afortunadamente para nosotros -para nuestro Cáliz de Huesca, que es lo que nos interesa ahora- aquella persecución tuvo más de fanatismo que de codicia, y se cebó en las personas cristianas de mayor relieve, ya que no podían contar los tiranos con que aún poseyera la iglesia de Cristo grandes tesoros después de los saqueos anteriores. Pero fué gloriosisima para nuestro país en el sentido religioso, pues produjo mártires tan insigne como el Diácono Vicente de Huesca, Lamberto, Engracia y sus compañeros y los Innumerables de Zaragoza. Vino luego el Edicto de Milán y la paz de la iglesia - un momento turbada después en algunos países por el Apóstata Juliano - y así continuaron los cristianos españoles progresando en la fe y en el culto sin grandes perturbaciones hasta la irrupción de los bárbaros del Norte.

Dominada esta comarca por los visigodos a principios del siglo V, estuvo bajo su poder hasta la invasión de los árabes en el VIII. En esos tres siglos no sufrieron nuestros cristianos persecuciones al estilo de las imperiales de los romanos, pero algo padeció la Iglesia en su fe por la herejía del arrianismo que muchos de los monarcas visigodos profesaron. Restaurada y consolidada la política cristiana con Recaredo, vino a enervarse en tiempos de sus sucesores el vigor de la disciplina social, llegando a plena decadencia en Ervigio, Witiza y Rodrigo, y dando ocasión a que los árabes mahometanos, que ya dominaban la Mauritania, pasaran el Estrecho y destruyeran con asombrosa facilidad y rapidez el imperio visigótico. En esa época de trescientos años, el único peligro serio para nuestro Cáliz fué el de caer en manos de Childeberto , aquel rey de Paris que se llevó sesenta cálices artísticos de oro de las iglesias de España, para "restituirlos" a las de Francia y para servir de modelos a los orfebres de su nación: pero, o no pasó por Huesca el famoso cleptómano coleccionador de cálices ricos, o no quiso Dios que tuviera noticia del nuestro.

Despues de morir S. Orencio -si nos decidimos a creer que este santo fué quien recibió en Huesca el sagrado Cáliz con el pie de su hijo - o cuando la leyes permitieron el culto cristiano y la edificación de iglesias, es natural que se depositaran en alguna de ellas el Cáliz del Señor y el pie de su glorioso Mártir para darles el culto correspondiente. Luego se erigió la diócesis oscense con sede episcopal en la Ciudad "vencedora" (se ignora en qué fecha) siendo Vincencio el primer obispo que se tiene como cierto (año 553), pues no debemos perder el tiempo en discutir ni en consignar siquiera los obispos que inventaron como anteriores a él los falsos cronicones del fingido Auberto Hispalense. A Vincencio le sucedieron cinco prelados más antes de la invasión sarracena, todos indudables, según aparecen sus nombres y su cargo en documentos del Archivo catedral oscense y en sus subscripciones de presencia en los Concilios de Toledo; constando el último de esos cinco Gadiscaldo o Gadisclo (tal vez Acisclo) que era obispo en 683 y tenía por Vicario a Audeberto en 693. En poder de esos prelados, o por lo menos bajo su inmediata vigilancia estuvo el sagrado Cáliz los 160 años últimos de la dominación visigoda.

Parece ser un hecho comprobado que las primeras iglesias públicas que se construyeron en Huesca, cuando lo permitió la tranquilidad de los tiempos bien entrado el siglo IV, fueron las de S. Pedro y S. Lorenzo, que todavía existen con los mismos títulos, aunque con renovada edificación. No hay ninguna razón que nos impida creer que la de S. Pedro se llamó así en memoria de Principe de los Apóstoles, como primer depositario del Cáliz del Señor y fundamento de su conservación en la Iglesia cristiana: (ya veremos otros indicios como éste). La iglesia de S. Lorenzo lleva claramente en su nombre la causa de su advocación. ¿Será extraordinario o fantástico el suponer que en la de S. Pedro se veneró el sagrado Cáliz del Maestro, y en la de S. Lorenzo la reliquia del insigne Tesorero que lo envio?.


Poco más de doscientos años había poseído Roma el Santo Cáliz: cuatrocientos cincuenta estuvo en Huesca. Salió de Roma para no caer en Manos de los perseguidores de la Iglesia, y por igual motivo salió de Huesca a principios del siglo VIII.

De aquí en adelante la historia del sagrado Cáliz es más fácil de seguir, porque se van haciendo cada vez más breves los períodos en que podemos dividir su existencia conocida, y vamos hallando con más frecuencia testimonios y monumentos que la comprueban: pero siempre bajo el secreto y misterio que parecen ser el sino providencial del Vaso sacratísimo de Jesús. Oculto y secreto los primeros días en Jerusalén con los Apóstoles propter metum judaeorum, por miedo a los judíos; secreto y bien guardado en Roma por causa de las persecuciones; oculto y misterioso en Huesca hasta la paz de la iglesia; secreto y oculto en la odisea que emprendieron los obispos y fieles cristianos fugitivos por los Pirineos aragoneses; secretamente, casi furtivamente llegó a S. Juan de la Peña; rodeado de misterioso culto -inspirador de leyendas- lo guardó el Monasterio más de trescientos años, hasta que salió de él para caer pronto en el secreto y encierro de los archivos y sacristías, inaccesible al culto popular en mansiones regias muchos años, muchos lustros; tuvo una época brillante de espléndida adoración en Valencia por más de dos siglos, volviendo en los presentes a un estado de recogimiento y secreto excesivo tal vez, que fácilmente habría declinado hasta el olvido si la ópera de Wagner no hubiera hecho revivir su nombre y sus leyendas en todo el mundo.

Cuando la invasión de los árabes y la consiguiente devastación de nuestra Península, que los historiadores llaman "la pérdida y ruina total de España" -devastación que, dicho sea de paso, no debió ser únicamente producida por los invasores, pues no es creíble que se empeñaran en destruir y arrasar todo el territorio que querían poseer y disfrutar luego en paz, sino efectuada en gran parte por las innumerables turbas de gentes revoltosas del páis, cansadas de la tiranía y de los procedimientos exclusivistas de los visigodos y acostumbrados a la vida de libertinaje y anarquia en aquellos tiempos de relajación del orden y de ausencia de autoridad -; cuando esa invasión mahometana se convirtió en persecución religiosa, luego de derrocado fácilmente el escaso poder militar del gobierno visigótico, huyendo los fieles cristianos con sus obispos y sacerdotes a refugiarse en las montañas y parajes que creyeron seguros, llevándose "las cosas sagradas y las reliquias de los santos", para librarlas y librarse ellos de la perdición que les amenazaba.

"En poco más de dos años -dice nuestro cronista Marineo Sículo- ocuparon los moros casi toda España, excepto algunas comarcas de Asturias, Cantabria, Vasconia y Pirineos de Aragón, defendidas por la naturaleza y fragosidad del terreno: a ellas huyeron muchos cristianos para profesar libremente la religión, llevando consigo Res sacras et Sanctorum reliquias, las cosas sagradas y las reliquias de los santos". - "E los obispos- escribía Alfonso el Sabio de Castilla- fuxieron con las reliquias e se acogieron a las Asturias".

Un episodio glorioso de esa fuga de los cristianos con sus obispos y cosas sagradas, íntimamente relacionado con el Santo Cáliz y el pie de S. Lorenzo, lo tenemos en las Actas de nuestra Patrona Santa Orosia, examinadas y aprobadas definitivamente hace 25 años por la autoridad suprema de León XIII, fijando la fecha histórica del martirio y terminando de una vez de modo ya indiscutible las controversias seculares que sobre este punto se habían suscitado.

"La Virgen Orosia -dice la Lección aprobada por la Iglesia- tan ilustre por sus virtudes como por la nobleza de su estirpe, triunfó (sufrio el martirio) de la crueldad de los sarracenos en el siglo octavo, dando su vida por la fe. En el tiempo en que muchísimos cristianos se refugiaban en los montes Pirineos, llevando consigo las cosas sagradas para librarlas de la codicia de los moros, que ya venían saqueando las regiones meridionales de España, Orosia y su respetable comitiva se retiraron a un alto y áspero monte próximo a la ciudad de Jaca (el gran macizo de Ontoria al N. de Yebra) y habitaron algún tiempo en una cueva de la misma montaña. Pero aumentando rápidamente el avance de los enemigos y su persecución contra los cristianos hasta llegar a la misma región pirenaica, fué descubierto por los sarracenos el lugar del refugio. Enterado el jefe del origen ilustre de la doncella y prendado de su belleza, hizo toda clase de tentativas para conquistarse su amor. Pero ella, ni atraída por las promesas ni vencida por las amenazas, confesó que era cristiana y que su único amor era su Dios. Irritado el tirano con esta respuesta, la mandó atormentar cruelmente y después cortarle los pies, las manos, y la cabeza. Y así dió Orosia su sangre y su vida, consiguiendo añadir a la corona de la virginidad la palma del martirio. Los miembros de la santa Mártir fueron esparcidos para ser pasto de las aves y fieras, pero recogidos con toda reverencia por los fieles, recibieron sepultura. Y habiendo estado ignorados por muchos tiempos, descubierto prodigiosamente el sitio del sepulcro hacia el año 1072, fueron trasladados con gran pompa y colocados en lugar honorífico en la iglesia de Jaca, que ya gozaba de la categoria de Catedral por el Concilio Jacetano confirmado por el Papa S. Gregorio VII, dejando la cabeza de la Santa en la iglesia de Yebra, donde recibe hasta el presente piadosa veneración. El pueblo fiel, para honrar dignamente los lugares en que Orosia habitó y santificó con su sangre, además de haber construido al principio una capilla en la cueva, levantó después otra iglesia más amplia a su nombre en la amena planicie que hay en lo alto dde la montaña, junto a una fuente que desde entonces llaman Santa Orosia".

De esta relación histórica -que, puesto que lleva la aprobación de la Iglesia, no puede negarse sin temeridad- se deducen para nuestro asunto las verdades siguientes: Que Orosia y su acompañamiento procedían de la tierra llana de Aragón y se dirigían a la montaña, huyendo de la persecución de los árabes que venían de Sur a Norte: Que los fugitivos eran portadores de "cosas sagradas" para librarlas de la codicia de los invasores: Que llegaron éstos en aquel primer empuje hasta la región pirenaica, o subpirenaica por lo menos: Que eligieron los nuestros para su refugio el monte de Yebra y su gran cueva.

No dicen las Actas quiénes eran las personas que acompañaban más de cerca a Santa Orosia en su huída, ni siquiera sufrieron con ella el martirio: las investigaciones de nuestros antepasados, como las confirmaciones o negaciones de ellas por parte de Roma, se han dirigido siempre y únicamente a la Santa con motivo del culto y prodigios de sus reliquias que se veneran en Yebra y en Jaca hace más de 850 años. Por antiquísima y venerable tradición sabemos que dos de sus próximos acompañantes eran su hermano Cornelio y el tío de ambos, Acisclo, Obispo, y que como ella murieron por la fe. Escribiendo el P. Veneto de los mártires de las persecuciones muslímicas, al llegar a la "bienaventurada Sancta virgen y mártyr Eurosia", dice "Cuyo cuerpo es sepultado en Aragón en la Ciudad de Jacca: pero el martyrio desta Sancta fué en tiempo del Rey Rodrigo, quando los moros destruyeron a España, los quales la martyriçaron con otros muchos". Según averiguó el ilustre crítico Fernández-Guerra, el primer drama histórico español de asunto nacional es el que escribio (1524-30) el presbítero aragones Bartolomé Palau, titulado "Historia de la gloriosa Santa Orosia". Los personajes del drama son éstos: Orosia; Arciso obispo, su tío; Cornelio, su hermano; Muza, caudillo de los moros; Rodrigo, rey de España; la Cava>/I>, el conde don Julian>/I>. Un poco más esclarece el asunto el P. Papebroquio en los Bolandos, cuando dice que "la conjetura de que fuese obispo de Huesca el santo Prelado que la acompañaba, guarda la más perfecta armonia con la historia general de España y de Aragón y con la particular de la Santa". En el episcopologio oscense del P. Ramón de Huesca figura como prelado en los últimos años del siglo VII Gadiscalco o Gadisclo.

Los tres nombres, el Acisclo de la tradición, el Arciso del drama histórico y el Gadisclo del apiscologio, se refieren a una misma persona, o sea, al obispo fugitivo de Huesca que acompañaba a Santa Orosia. En tantos siglos y habiendo pasado por tantas manos y documentos su nombre, no es extraño que hayan variado sus elementos gráficos, aunque conservando la fonética principal de las vocales, y por eso debemos admitir como más cierto el Acisclo de nuestra tradición, que además es nombre tan español o hispanoromano como Orosia y Cornelio. Respecto a éste la tradición secular ha perpetuado su nombre en el mismo lugar del martirio, llamándose de S. Cornelio hasta el día de hoy una de las siete ermitas que hay, de trecho en trecho, en el camino que sube desde Yebra hasta la cima del monte.

Estos personajes históricos, jefes, y los cristianos de aquella caravana de fugitivos llevaban "cosas sagradas" para librarlas de la rapacidad de los invasores "y reliquias de santos"; procedían de la parte baja del pais y se refugiaron en el monte de Yebra. Entre esas "cosas sagradas", la más sagrada en sí y que más pudiera despertar la codicia por la riqueza de sus materiales, no podía ser otra que el santo Cáliz de que era portador el obispo de Huesca, bajo cuya inmediata vigilancia y de sus antecesores venía recibiendo adoración hacía más de 450 años; y de todas los reliquias de santos que llevaban los cristianos oscenses era sin duda la más insigne y para ellos la más estimada el pie de su ínclito paisano, a quien debía Huesca la altísima honra de poseer la sacratísima Copa del Redentor.

El pie del invicto Mártir allí está aún, en Yebra, dando testimonio de la verdad. Oigamos lo que dice a este respecto el Dr. Castán, Penitenciario que fue de la Catedral de Jaca, en su razonada crítica acerca de la patria española de Santa Orosia: "Con nuestros propios ojos podemos comprobar, por lo que a Aragón toca, la veracidad de estas palabras del célebre historiador (alude a Marineo en la cita que queda copiada) pues que los pueblos de estas montañas que, como Siresa, sirvieron de refugio a los obispos, son precisamente los que se distinguen por el extraordinario número y antigüedad de sus preciosas reliquias. Entre todas cuantas se veneran en estas montañas, una de las principales es el pie de S. Lorenzo, que se conserva en la iglesia parroquial de Yebra. ¿Cuál es la procedencia de tan preciosa reliquia? El P. Huesca nos da la respuesta, cuando escribe: En la misma iglesia de Yebra y dentro del armario en que se guarda la cabeza de Santa orosia (ya hemos visto que está aparte) se conserva un pie del invicto Mártir S. lorenzo. Se cree que esta reliquia tan insigne sería de la iglesia de Huesca, y que se llevó a las montañas en la invasión de los moros, como sucedió con otras muchas".

Si el pie de S. Lorenzo subió de Huesca a Yebra y allí está desde entonces, ¿será arbitrario el suponer que con él subió también, bajo la custodia del obispo Acisclo, el Cáliz del Señor? ¿Quién más cerca que el obispo para guardarlo en Huesca, quién más autorizado para transportarlo en aquel tristísimo éxodo, quién más obligado y decidido a salvarlo de la profanación de los muslines aun a costa de su propia vida? Ya que no puede afirmarse terminantemente que este santo obispo y su sobrino Cornelio dieron su vida por no entregar las sagradas reliquias a los moros, como la dió Orosia por conservar su honor y su fe, tampoco puede negarse racionalmente. Conocían sin duda el magnifico ejemplo de S. Sixto y S. Lorenzo, que habían sufrido el martirio por que no cayeran en manos infieles el santo Vaso de Jesús y las demás alhajas que poseían la iglesia de Roma, y en el monte de Yebra lo imitaron cumplidamente salvando de la profanación del fanatismo musulmán los objetos sagrados que conducián; los que todavía admiramos y veneramos hoy, aun sin saber cuánto y a quién hemos de agradecer esta fortuna.

Y se salvó una vez más el Cáliz del Señor, puesto que existe.


Sacrificados los tres personajes principales de la expedición oscense, Acisclo, Orosia y Cornelio, por la ferocidad y despecho del caudillo de los invasores- que no debió ser el propio Muza, como insinúa el drama de Palau, sino alguno de los jefes secundarios de su ejercito -parece cosa comprobada por nuestra tradición que los demás cristianos fugitivos, unidos con los montañeses de aquí, emprendieron vigorosa contraofensiva, favorecidos por la escabrosidad y conocimiento del terreno, tanto para vengar la muerte de sus directores como para defender su religión, sus cosas sagradas, sus propios hogares y haciendas amenazadas por la invasión, y, en todo caso, defender la patria. Me complazo en hacer constar este generoso movimiento de protesta guerrera de nuestros antepasados frente a ala primera iruupción de los árabes -primera y única que hicieron por estas montañas, según está plenamente comprobado- para que no sea tóda la gloria de la iniciación de la reconquista para Pelayo y sus astures (sin intención de rabajársela en lo más mínimo) sino que alcance también algo a los nuestros, que principiaron la resistencia antes que el héroe de Covadonga. Post magnum conflictum hinc inde initum -dice una de las Actas de Santa Orosia- "después del gran combate que se libró entre los nuestros y los moros" debieron éstos aprender la dura lección de que no era tan fácil, ni de tanto provecho material, el dominar en las montañas como en los campos abiertos y feraces de la tierra llana: y los nuestros pudieron convencerse de que el monte de Yebra, de retirada muy difícil y aislado de toda comunicación y ayuda, no era un lugar muy oportuno para conservarse en él mucho tiempo y guardar las reliquias sagradas de que eran portadores y defensores. En esta situación hubieron de decidirse a abandonarlo tan pronto como las circunstancias de la invasión lo permitieron. Los resultados positivos de este combate o resistencia ofensiva de los nuestros -aun perdiendo en la primera acometida a su jefe eclesiástico con sus gloriosos deudos- fueron: librar de la rapacidad del enemigo el sagrado depósito que llevaban, y detener la invasión al pie de la región más montañosas, en la cual nunca llegaron a dominar los moros de modo permanente.

De esta manera tienen fácil explicación otros dos hechos, al parecer inexplicables: la existencia del pie de S. Lorenzo en Yebra y el olvido en que quedó por más de 350 años el lugar de la sepultura de Santa Orosia. Cuando aquellos fugitivos cristianos abandonaron la montaña de Ontoria -nombre que ha quedado para designar solamente el pico más alto, llamándose ahora todo el macizo "Puerto de Santa Orosia"- dejaron como recuerdo perpetuo el pie del glorioso Mártir en la villa de Yebra, que seguramente existia desde los tiempos romanos con el nombre de Ébora, según se ve en los documentos más antiguos; y sin tiempo u oportunidad para señalar de modo indeleble el sitio donde quedaban inhumados los restos de sus gloriosos jefes y compañeros de peregrinación, tomaron el más escabroso, pero más defendido camino que les llevara a lugar seguro donde poder depositar confiadamente el sacratísimo Cáliz y las demás cosas y reliquias sagradas, y eligieron el Monasterio más importante de esta región, el de Siresa, que ya existía desde tiempos anteriores a estos sucesos.

Están conformes nuestros escritores antiguos al tratar este asunto, en que residieron en las montañas jacetanas los obispos de esta comarca, que ya no se titularon oscenses ni volvieron a Huesca hasta su reconquista a los trescientos ochenta y tantos años; pero dudan cuáles fueron los lugares donde vivieron y por qué orden, llegando a nombrar estos cuatro: Sasabe, Siresa, Jaca y S. Juan de la Peña. Los dos primeros son ciertos, como esta demostrado en documentos legítimos: el que residieran también en Jaca y en S. Juan, ni se sabe de cierto ni lo creo posible, y voy a dar la razón brevemente: La ciudad de Jaca no existía desde aquella primera irrupción en que fué totalmente arrasada por los moros, por su condición de centro probable de reacción defensiva de los montañeses, y casi se había perdido hasta su nombre cuando empezó a reedificarla D. Ramiro I en los comienzos de su reinado: S. Juan de la Peña, que tampoco existia en los primeros tiempos de esta época de residencias provisionales, fué desde los principio de su vida regular, y mientras existió el Monasterio, el mayor competidor y rival que tuvieron nuestros obispos. Quedan Sasabe y Siresa, pero en orden inverso, a mi juicio (aunque lamento no coincidir en este punto con renombrados escritores): Siresa y Sasabe.

Dámaso Sangorrín Diest.
Deán de la Catedral de Jaca.

(Capitulos I II II b III IV V V b VIII VIII b)

Publicado por primera vez en la Revista Aragón, AÑO III - Nº 26, Zaragoza, NOVIEMBRE de 1927.
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