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El Santo Grial en Aragón. Parte III Historia de Aragón.

De Jerusalén a Aragón


Con los datos y razonamientos del capítulo precedente creo haber demostrado que "el cáliz de Valencia puede ser el que usó Jesús en la Cena eucarística", tal como hoy se encuentra en sus materiales, figura y decorado; que era lo que nos interesaba saber y a cuyo esclarecimiento he encaminado las averiguaciones directamente como fundamento de las que han de venir, no fuera que, entusiasmado con tan bello asunto, cayera el investigador en el absurdo de sostener como real una quimera y de proponer como verdad historica lo que careciera hasta de verosimilitud.

Indirectamente, además, esos datos arqueológicos pueden servirnos para clasificar los otros dos Vasos que han quedado los últimos en disputarle al nuestro la autenticidad: el de Jerusalén y el de Génova.

Hemos visto que en aquellos tiempos se preparaba el vino amerado en un gran recipiente llamado cratera, del cual se sacaba con un cazo para llenar las copas de los comensales. Aquel Cáliz del Señorque se veneraba en Jerusalén - si es que se veneró, que no pudo ser antes del siglo IV como decía Antonino, ni despues de la invasión de Omar en el VII como le dijo el monje Pedro al obispo Arculfo y éste a Adamnán y éste a S. Veda, y en el tiempo intermedio no lo menciona nadie- aquel Vaso pudo haber sido la cratera o depósito del vino en la Cena de Jesús, ya que por su forma de ancha boca y por su gran capacidad de más de siete litros se prestaba magnificamente para este objeto: y hasta el ser de plata, como dicen que era, corresponde a la opulencia del dueño del cenáculo y a la suntuosidad de la habitación, del Cáliz del Maestro y de todo el servicio de mesa y lavatorio. Y por eso, en cierto modo puede ser llamado "Vaso del Señor", puesto que sirvió en la Cena del Señor para contener el vino que se bebió en ella, del cual tomó Jesús el que convirtió en su Sangre preciosa.

El de Génova -que todavía existe- tiene un historial más claro, aunque con las dudas y variantes que han acumulado las leyendas de tantos siglos. Su mismo nombre de Catino, que ya sabemos que no es copa ni vaso, le resta todas las probabilidades de competencia con nuestro Cáliz. Sin embargo, ya que la tradición o leyenda o lo que fuere se ha sostenido hasta nuestros días reconociéndolo como "Vaso de Jesús", y la Academia de Ciencias de París lo declaró ser un objeto de muy remota antiguedad, veamos qué papel pudo hacer en la sagrada Cena. Muy parcos los evangelistas en anotar detalles de la vida del Maestro, puesto que les interesaba más su santa doctrina para enseñanza y conversión de todas las gentes, solamente mencionan con la suficiente extensión los dos más notables sucesos de aquella Pascua memorable: la institución de la Sma. Eucaristía y el Lavatorio de los pies. De la primera no citan más objetos que el Cáliz de que se sirvió el Señor y el plato general donde debió estar el cordero asado de la cena pascual; del segundo nombran la jofaina y la toalla, nada más: ni los vasos o copas de los discípulos, ni la cratera, ni el ánfora de agua para servir en la jofaina, ni los demás adminículos de la mesa. Por eso debemos recoger con más amor y veneración estos contados datos arqueológicos que nos suministran los Evangelios. El Sacro Catino, ya que no pudo ser, evidentemente, por su escasa profundidad la jofaina del lavatorio, bien pudo ser el plato del asado por su forma y tamaño, que quedan descritos antes. Con dos nombres lo citan los Evangelios, aunque Jesús no lo nombró más que una vez cuando, al preguntarle los discipulos quién era el traidor, dijo: "El que pone la mano conmigo en el plato". En la parópsi, dice S. Mateo; (parópsis es fuente ovalada o rectangular): en el catino, dice S. Marcos; (catino es plato hondo o simplemente plato). En ambas acepciones de la versión latina, no es copa o vaso de beber, sino lo que es el de Génova; un plato de mesa: muy venerable por haberse servido de él el Hijo de Dios en la cena legal, pero de ningún modo el Cáliz eucarístico.

Orillados por sí mismos y sin grande esfuerzo estos dos Vasos célebres, a los cuales ya no los debemos mirar como rivales sino como compañeros del nuestro en aquella sacratísima Cena, nos queda el de Valencia como posible arqueológicamente. Ahora hay que presentarlo como probable históricamente, y de allí deducir la certidumbre moral en respuesta a esta cuestión que quedo planteada: "Si la Providencia ha dispuesto en sus altos juicios que se conservarse hasta hoy el Cáliz de la Cena eucarística, ése es el de Aragón".


El Cáliz de Jesús es en su Iglesia una reliquia insigne. Si no es la principal, porque acaso lo sea la Santa Cruz, fué, antes que ésta, la primera y la más augusta que poseyeron del divino Maestro sus discípulos.

Con el nombre de reliquia se entiende aquí todo lo que pertenece al Señor, a su Sma. Madre o a sus Santos: lo mismo los despojos fúnebres de sus cuerpos -exceptuados, necesariamente, los de Jesús y María que están íntegros y gloriosos en el cielo- que las prendas de su vestido, los objetos de su uso particular y los instrumentos de su martirio. Reliquia viene de relinquere, que es "dejar"; dejar señal o recuerdo de algo; quedar una parte de un todo que ya no existe; lo que ha podido conservarse de una destrucción.

Las reliquias en este sentido, aunque sean excelentes medios para sostener la fe y avivar la devoción, no son absolutamente necesarias en la Iglesia de Cristo, pues sabemos que cerca de trescientos años estuvo privada la cristiandad del rico tesoro de la Santa Cruz del Redentor, hasta que Santa Elena la encontró por inspiración divina. De todas las reliquias que hay en la Iglesia Católica, solamente una tiene autenticidad tan clara y excelsa, que nos obliga a creerla como artículo de fe, y es la Sagrada Eucaristia "que nos dejó Jesús en su admirable Sacramento como memoria de su Pasión" (además de ser esencialmente el Pan de vida eterna): todas las demás, por muy venerables que sean, carecen de esta tan alta autenticidad, aunque tengan para los fieles la garantia máxima de la aprobación de la Iglesia, ya cuando prescribe el grado de culto que se les haya de tributar, ya cuando permite exponerlas a la pública veneración.

Volviendo a aquella memorable última Pascua del Maestro, hallamos que se conservan hasta el día de hoy, la mesa en la Basílica Lateranense, sus manteles en Viena de Austria, la fuente o catino del cordero pascual en Génova, y quizá se guardó algún tiempo en Jerusalén la cratera de mezclar el vino: ¿por qué no se ha de conservar también el Santo Cáliz, el objeto más precioso y venerado de aquella velada? El dueño de la casa y de todas esas reliquias, que era uno de los discípulos de Jesús y que recibió con ellos el Espiritu Santo en su misma habitación; que la cedió generosamente desde el día de la Cena a los apóstoles para su refugio hasta la resurrección y ascensión del Maestro y para la iniciación de la Iglesia en las semanas siguientes; que les permitió retener - o más probablemente les regaló- esos objetos que habían servido en la santa Cena, ¿se había de mostrar duro o tacaño en conservar para sí el Cáliz del Señor?

Para comprender cómo los Apóstoles, que tan solícitos estubieron en recoger las santas reliquias de aquella noche, fueron tan descuidados en guardar la Cruz, su título y los clavoes (que permanecieron por permisión divina tres siglos enterrados en sitio completamente desconocido), tenemos que colocarnos mentalmente en su lugar y situación en aquellas horribles horas del prendimiento, acusación, sentencia y ejecución del Maestro cuando todo Jerusalén parece que respiraba odio y persecución contra El y sus amigos, y cuando el más valiente y obligado, Pedro, que en su natural impetuosidad había esgrimido la espada para defenderlo, cayó luego en la depresión de negar que conociera a Jesús Nazareno "Muerto el Pastor, se dispersó el rebaño"; y solamente se creyeron un poco seguros en la casa de un príncipe del pueblo, y allá huyeron, al Cenáculo del Padre de familia: hasta que, reanimados y confirmados en la fe a la vista del Maestro resucitado, y vivificados después por el fuego del Espíritu Santo, emprendieron animosos y sabios la conquista espiritual de todo el mundo. En esos días de preparación para esta empresa verdaderamente sobrehumana, tuvieron tiempo y ocasión suficientes para recoger y guardar todas las reliquias del Salvador que sabemos que han llegado hasta nosotros y algunas otras que en el transcurso de tantos siglos habrán perecido.

Y nadie se acordó -insistira alguno- de guardar la Santa Cruz que era la principal reliquia de la Redención; dando lugar con este olvido a que se perdiera entonces, a que estuviera tres siglos sin la veneración debida y a que tuviera que intervenir con prodigios la Providencia para su invención y autenticación ... Que equivale a decir, que con el mismo cariño y estima ha de conservar los hijos el reloj de su padre difunto, sus joyas, su cartera, sus libros y objetos predilectos, que las armas con que quizá fué asesinado o la argolla vil con que, aun inocente, perdiera la vida en el patíbulo. Si no es con cierta cantidad de atención, no podemos ahora darnos cuenta de la infamia y maldición que representa la cruz por sí misma y por los crueles sufrimientos y agonía lenta que padecían en ella los ajusticiados. Ahora vemos en la Cruz la señal de redención, de triunfo, de gloria y de honor: pero los Apostoles veían en ella entonces nada más que el horrendo y espantoso madero del suplicio.

Por otra parte -y conviene reforzar este punto histórico, ya el Santo Cáliz era, fuera de la Cruz, la más augusta reliquia del Maestro- nos es muy fácil en la actualidad el creer en la divinidad de Jesucristo, después de tantos siglos de predicaciones, de milagros y de frutos que la confirman, y necesitamos más esfuerzo de asentamiento para creer que el divino Maestro era también hombre verdadero, tal como nosotros, "en todo semejante a los hombres, menos en el pecado"; pues parece que su humanidad quiera esfumarse en nuestra pobre inteligencia entre los destellos de su inefable divinidad.

Muy de otra manera ocurría en tiempos de los Apóstoles: predicaban la doctrina de Jesús, Hijo de Dios, a gentes que, creyeran o no creyeran que era el Mesías, lo habian conocido y reputado los mas como hombre solamente, a pesar de sus estupendos milagros, y como un hombre condenado a muerte lo habían visto morir de dolor en un suplicio infamante. Y para inculparles a aquellos judíos "de dura cerviz" la divinidad del Maestro, mejor que recordarles su Cruz y sus humillaciones, era proponerles el trunfo de su Resurrección y la gloria de su Ascensión, que muchos del pueblo habían presenciado. Aun S. Pablo, algunos años después, luchaba enérgicamente para convencer a los pueblos de que por la "estulticia", necedad e infamia de la Cruz se habían de salvar los creyentes.


La prueba que se basa en la argumentación que los dialécticos llaman a pari, o también ex regulariter contingentibus (por lo que ordinariamente ocurre; por el camino normal de los sucesos) tienen una fuerza incontrastable cuando se aplica a objetos no exceptuados, es decir, que no se salen del curso regular de los acontecimientos por aquello de que "las mismas causas, aplicadas en idéntico proposición, producen siempre iguales efectos". Pero cuando el suceso y el objeto de la averiguación son excepciones de la norma corriente entonces hacen falta otras pruebas apodícticas que demuestren su existencia fuera de la norma, o a pesar de la norma. Este género de probanza, muy lógico y racional y de constante aplicación en toda clase de disciplinas, nos va a servir en ésta para explicar algunos extremos que de otro modo quedarían obscuros.

Puesto que los Apóstoles pudieron conservar piadosamente en aquellos primeros días de su actuación los objetos que había usado el Maestro en el misterioso banquete de despedida y muchas otras reliquias Suyas que todavía subsisten y honran a las iglesias que las poseen, no hay razón alguna para exceptuar de ellas el Santo Cáliz que era la más insigne y la que les recordaba vivamente aquel primer Sacrificio del Nuevo Testamento, que era testimonio, a su vez, de la Pasión del Maestro, de la Redención del mundo y del origen de su ordenación sacerdotal con potestad para perpetuarla.

Al separarse los discípulos, después de la venida del Paráclito para anunciar la Buena Nueva a todas las naciones, no es extraordinario ni excepcional que el Cáliz que usó el Maestro quedara en poder del primero de sus Apóstoles, a quien había constituído Jefe de su Iglesia y Pastor de los Pastores: lo excepcional, y por lo tanto inexplicable sin el concurso de una prueba plena y decisiva, sería que hubiera ido a parar a otras manos. Así es que podemos seguir creyendo que el venerado Cáliz del Salvador pasó de Jerusalén a Roma por conducto y bajo la piadosa custodia de su Vicario y Jefe visible de su Iglesia: siendo también muy natural y creíble que se sirviera de este sagrado Vaso S. Pedro para celebrar el Santo Sacrificio, como consta por antiquísima tradición que se servía para altar de una parte de la mesa de la cena, la que todavía se venera en Latrán.

Respecto al tiempo intermedio y lugares donde pudo estar el Santo Cáliz desde Jerusalén a Roma, hay un precioso dato que encuadra admirablemente en su historia y es éste: Al no haber encontrado los Cruzados en Palestina rastro alguno del Cáliz del Señor, vino a Occidente con ellos la idea -conservada en aquellas regiones orientales por inmemorial y constante tradición- de que la insigne Reliquia había estado algún tiempo venerada en Antioquía, y que un obispo de esa ciudad la había llevado a Roma. Entre otros autores que se han hecho eco de esta tradición, merece especial mención por su modernidad el tenor Viñas en una conferencia que dió en la "Asociación wagneriana" de Madrid, a raíz del estreno de Parsifal en España. Sus palabras temáticas fueron éstas: "Un obispo de Antioquía fué quien llevó el Grial (todavía no se llamaba así entonces) de Oriente a Roma". Perfectamente: puesto que el Príncipe de los Apóstoles fué el primer obispo de Antioquía antes de trasladar su Sede a la capital del Orbe, continúa siendo normal y fácil el camino del Santo Cáliz, llevado por S. Pedro a Roma. De aquí se puede también deducir lógicamente que este primer Pontífice no consideró la sagrada Reliquia como propiedad personal, ni aun como de pertenencia apostólica -pues en este caso pudiera haberla dejado en Antioquía- sino que entendió cumplir la voluntad providencial llevándola al centro de la Iglesia, para que siguiera en poder de sus sucesores en el máximo pontificado, Vicarios de Cristo como él.

Y si, por seguir hasta el pie de la letra esta tradición, persistimos en creer que no fué S. Pedro sino otro obispo quien llevó de Antioquía el Cáliz, nos hallamos inmediatamente fuera de la normalidad ¿Qué otro obispo después del Apóstol pudo poseer el Santo Vaso?¿Por cuál camino y con qué derecho? Extremando las concesiones -que son excepciones sin justificar- supongamos que S. Pedro dejó la santa Reliquia en poder de su sucesor en Antioquía S. Evodio y que de éste pasó a S. Ignacio y luego a otros sucesores, hasta que uno de ellos llevó a Roma: y aquí tenemos que este traslado, que se ve muy fácil en los tiempos de S. Pedro, puesto que no había principiado en Roma la persecución contra los cristianos, se hace inexplicable en los tiempos de sus sucesores en Antioquía, cuando ya se había generalizado la persecución en todo el imperio romano. Sí que fué a Roma un obispo de Antioquía, el insigne mártir y doctor S. Ignacio, pero conducido cargado de cadenas como un criminal por orden de Trajano, para ser arrojado en el anfiteatro a las fieras, que no dejaron de su cuerpo más que los huesos más duros. Siendo tan sencillo y natural el camino de S. Pedro, que siempre lo ha sostenido nuestra tradición y no repugna a la oriental, ¿por que se ha de buscar otro fuera de lo corriente?

Una vez en Roma el Santo Cáliz y vinculada su posesión en el Jefe de la Iglesia, lo normal y lógico sería que lo poseyera hoy el actual Papa, si los tiempos hubieran sido normales en tantos siglos de distancia. Pero al recordar cómo fué perseguida la Iglesia y sus Jefes desde los años de Nerón, y por cuántas y cuán terribles pruebas pasaron los fieles en las cruentas y feroces persecuciones de que fueron víctimas, parece que lo natural y explicable sería el que se hubiera perdido esta riquísima Copa en alguna de las innumerables expoliaciones y confiscaciones que decretaron los emperadores romanos contra los cristianos y sus propiedades: y, en efecto, se perdió: se perdió para Roma.

Veintitrés Papas sin interrupción después de S. Pedro, que consagraron y bebieron como él en el Cáliz del Rdentor su divina Sangre, dieron la suya propia en testimonio de su fe y en defensa de la doctrina y de la grey cristiana: veintitrés veces subió otro Jefe a reemplazar al sacrificado con la esperanza cierta de seguirlo también en el sacrificio, y con el temor de que los perseguidores arrebatasen entre los tesoros de la Iglesia -que los buscaban tanto o más que las vidas de los Pontífices- la sagrada Reliquia de la última Cena del Maestro. Pudo ésta librarse por más de dos siglos de la rapacidad de los enemigos, sabe Dios a fuerza de cuántos sacrificios y precauciones, hasta que llegó una época de tal violencia en la persecución de Valeriano y Galieno (año 258, según otros, 261) que el buen Pontífice Sixto II creyó fundadamente que todo estaba en inminente peligro de perderse; su vida, como las de sus antecesores, y todos los objetos de valor que aún poseía la Iglesia. Resistiendo enérgico las intimidaciones para que los entregase, fué encarcelado y condenado a muerte; pero halló medio de ordenarle a su fiel Diácono y tesorero Lorenzo que vendiera inmediatamente todos los tesoros y distribuyera el dinero entre los pobres. Cumplió el insigne tesorero la orden de su Pontifice, y aún tuvo la satisfacción de salir a su encuentro cuando caminaba al lugar del suplicio, cruzándose entre los dos aquellas memorables palabras: "-¿A dónde vas, Padre, sin tu hijo?¿A dónde va el Pontífice sin su diácono? Nunca solías celebrar el Sacrificio sin tu ministro y ahora prescindes de mi. ¿En qué he ofendido a tu Paternidad? ¿Me has encontrado desleal en algo? Mira que ya he repartido los tesoros que me encomendaste y puedo ir libremente contigo. No me abandones, Padre Santo! - No te abandono, hijo, ni te inculpo: ya tendrás tu parte en la victoria (del martirio). A mi ancianidad le basta con este pequeño combate (la decapitacion): a tu juventud y fortaleza se le reservan mayores tormentos y más glorioso triunfo. Pasados tres días le seguirá al Sacerdote su Diácono". Y así sucedió: S. Sixto fué decapitado el 6 de Agosto y S. Lorenzo martirizado el 10.

Esto es lo que refiere la Historia eclesiástica, apoyada en venerables documentos. Murió el Pontifice, murió el tesorero y los pobres se beneficiaron de los tesoros que tanta codicia inspiraban a los perseguidores.


¿Qué se hizo el Santo Cáliz? Continuando el género de razonamiento empleado hasta aquí, naturalmente, lógicamente debió perderse entre los pobres de Roma entregado por S. Lorenzo en aquellos cortos y aciagos días, o más bien entre los logreros y joyeros de la ciudad a quienes el santo tesorero les vendiera las alhajas para distribuir su precio entre los fieles necesitados. Y puesto que la conservación del sagrado Vaso se sale de lo natural y corriente, es necesario que haya una prueba que acredite que nuestro insigne compatriota no lo entregó a los pobres ni lo vendió, sino que halló un medio de librarlo eficazmente de las pesquisas de los emperadores de Roma. Esta prueba es la tradición constante en Aragón, consignada por todos los escritores que tratan del asunto desde los tiempos más antiguos, según la cual S. Lorenzo no quiso vender el Cáliz del Señor, movido de su gran veneración a tan augusta Reliquia, sino que lo entregó con carta suya a personas de su país para que lo trajeran a Huesca, su patria. Tan generalmente extendida se hallaba en España esta antiquisima tradición, que dió lugar en los siglos pasados a la especie errónea -sostenida por algunos escritores valencianos- de que fué Valencia y no Huesca la patria del glorioso Diácono, por el hecho de estar en Valencia el Santo Cáliz y constar por las memoria antiguas que S. Lorenzo lo había enviado a su patria. Pero esta pretensión, desacreditada apenas nacida, no merece ya ni una línea de refutación.

Viene a corroborar la piadosa creencia del envío del Santo Cáliz por S. Lorenzo a España, lo que quedó insinuado en el capitulo anterior acerca de uno de los frescos de la Basílica del glorioso Diácono, extramuros de Roma. Si lo recuerda el lector, en dicha pintura mural - atribuída por Fleury al siglo XIII - está el oficiante entregándole a un soldado arrodillado un cáliz con asas, y que parece recibirlo con adoración, acompañado de otro soldado armado, como testigo del acto o como defensor de la alhaja. En la completísima Guía moderna de Roma, titulada Rompilger, escrita por Mr. De Waal, Rector que ha sido treinta años del Campo Santo de la misma Basílica de S. Lorenzo fuora le mura, al llegar a ella pone estas preciosas frases que ilustran de modo admirable nuestro asunto: "Las pinturas del pórtico representan, a la izquierda la historia de S. Esteban y la traslación de su cuerpo a Roma y a esta iglesia; a la derecha, el martirio de S. Lorenzo y ciertos episodios legendarios en la Edad Media, relacionados con la veneración que se tenía a este santo". Y como uno de esos episodios hemos visto que es la entrega de un cáliz, tenemos que esta creencia se hallaba extendida en Roma en la Edad Media y fué perpetuada en la pintura como hecho notable de la vida del ínclito Mártir oscense.

Contra esta interpretación tan sencilla y natural no vale el argüir diciendo: Puesto que en la Liturgia de aquella época los Diáconos administraban la Comunión y la servían a los fieles en las dos Especies Sacramentales, esa pintura quiere decir que S. Lorenzo le da a beber el Sanguis al fiel que aparece arrodillado, el cual, por devoción, quiere besar el pie del cáliz antes de beber en él: y no hay más significación que ésta en esa escena. -Pero eso (puede contestarse) aunque es verdad que era uno de los ministerios del santo Levita, no es tan insólito y trascendeltal en su vida que mereciera quedar recordado en un fresco, junto a los otros que lo presentan ya sirviendo al Pontifice como Diácono, ya rodeado de innumerables pobres distribuyéndoles los tesoros de la Iglesia, ya dialogando con S. Sixto cuando era conducido al suplicio, ya finalmente cuando él sufrió el suyo tostado en las parrillas. Además de que este simple hecho de que un Diácono de entonces dé la Comunión, no es para originar leyendas en la Edad Media ni en la Moderna ni en ninguna de las que han de venir.

¿Con quién y a quién mandó el Cáliz S. Lorenzo a Huesca? Cuestiones son éstas que, de no poder resolverlas satisfactoriamente, vale más que continúen en el misterio; y así nos evitaremos muchos errores. Tales como el de un escritor antiguo que "averiguó" que se llamaba Recaredo el sujeto portador de Roma a Huesca, sin tener en cuenta que ese nombre, claramente visigótico, es un feo anacronismo en Roma y en España a mitad del siglo III; o como el de otros autores que afirman "sin dudar" que en Huesca lo recibió naturalmente su obispo, sin pararse a pensar si lo había o no entonces en Huesca; que no lo había aun, pues el primero de quien se tiene alguna noticia cierta es Vicencio, por los años 553, o sea, 300 después del suceso. Más cerca de la verdad estaría quien sospechara si el santo Diácono le envió la venerada Reliquia a su padre San Orencio, que aún vivía, -y quizá también su madre Santa Paciencia- y residía en su patria, en la que fué su casa y posesión de Loret, hoy iglesia de Loreto.

Aquí creo necesario advertir, para evitar el fácil error en que han caído algunos escritores, que este nombre antiguo de Loret que tenía la granja y casa de los nobles padres de S. Lorenzo, donde nació el insigne Mártir y donde está la iglesia actual de Loreto, extramuros de Huesca, no proviene de la santa Casa de Nazaret, trasladada milagrosamente a Loreto de Italia el año 1294, pues se llamaba ya Loret la finca de Huesca desde tiempos muy anteriores a esa fecha de la Casa de Loreto; como lo prueban, entre otros documentos, el de la donación de dicha iglesia de Loret al Monasterio de Montearagón en 1102 y el de la institución de la Cofradía de S. Lorenzo en ella en 1240. Probablemente este nombre viene del antiquísimo Iluro romano, como Lloret de Cataluña, el Olorón de Francia y este Loreto de Italia, que parecen tener todos el mismo origen toponímico.

El portador, o tal vez mejor dicho los portadores del Santo Cáliz desde Roma a Huesca eran españoles, según la tradición; (todavía no los podemos llamar "aragoneses" aunque fueran del mismo Huesca porque no existía aún el nombre de Aragón como país, sino que a lo más les podríamos decir "celtíberos" o "vescitanos" u "oscenses"): eran cristianos, necesariamente, pues de no serlo no les habría entregado S. Lorenzo el sacratísimo Vaso; y eran probablemente soldados, no sólo por lo que aparece en la pintura de la Basílica de Roma, sino porque Roma, centro y señora del mundo, nutría sus Legiones imperiales con soldados de todas las regiones de sus dominios, y es muy natural y casi obligado que no faltaran a la sazón en Roma legionarios de todas las provincias españolas, como no faltaron de nuestra nación sabios, poetas, filósofos y hasta emperadores, que hicieron famoso en Roma y en todo el mundo el nombre hispano. Si aun hoy mismo no sería defícil el hallar en Roma dos españoles a quien encomendar un encargo tan delicado, mucho más fácil debió ser entonces por la grande y necesaria afluencia de gentes de todas clases y de todos los países al centro universal. Y hasta en la clase militar se ve sencillo y normal el retorno a su patria de los residentes en Roma, ya fuese por las necesidades y contingencias del servicio, ya por cesación en él por efecto de la edad o de la terminación de su compromiso en banderas.


Esta es la tradición, única prueba que tenemos para explicar la existencia del Santo Cáliz de Jesús en Aragón: tradición tan verosímil, tan dentro del curso de los sucesos y de los tiempos, que, rechazada ella, todas las demás que pretendieran substituirla habrían de caer forzosamente en lo extraordinario y anormal, cuando no en lo quimérico y absurdo.

Termino este punto con el testimonio de los PP. Bolandistas, cuya autoridad en materias hagiológicas es universalmente admitida sin discusión. Tratando del asunto en las Actas de S. Lorenzo, y después de presentar algunos pequeños reparos, que más bien son lamentaciones de la escasez de noticias y documentos, dicen: "Mas porque, no obstante dichas dificultades, pudo ser que el Santo Levita enviase en realidad el Cáliz a España, de donde parece ser oriundo el Santo, y por otra parte no se exhiben documentos ciertos que convenzan de la falsedad del hecho, por lo tanto dejamos la venerable tradición en el estado en que se halla, dispuestos a confirmarla con más vigor siempre que los españoles eruditos nos comuniquen monumentos oportunos, lo que deseamos vivamente".

Dámaso Sangorrín Diest.
Deán de la Catedral de Jaca.

(Capitulos I II II b III IV V V b VIII VIII b)

Publicado por primera vez en la Revista Aragón, AÑO III - Nº 25, Zaragoza, OCTUBRE de 1927.
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