Número XIII MMIII

Gabriel Bermúdez: Mi afición a la CiFi (ElfoSci-Fi)
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El final de la piedra
Rocío Uchofen

 Ilustración © Chema LeraPiedra, todos fuimos y seremos piedra. Hemos nacido de Jawar, porque él es el inicio y él somos todos. El nos ama, nos manda lluvias, luz, oscuridad... Y junto con la oscuridad llegan las pruebas que yo, el hijo predilecto, debo enfrentar con la ayuda de los demás. Por eso ahora, levántate pueblo que rodeas al gran felino, una vez más le has probado que eres fiel.

Veo a Kawi sufriendo bajo la tortura y recuerdo su llegada, el primer día de lluvias, descalzo, con una vara en la mano. Su mirada oscura y penetrante se posó en cada uno de nosotros, nos hirió como estaca filuda. Nadie lo conocía, pero él empezó a atraer al pueblo con sus palabras. Mucha gente lo siguió. Supe que era la mano de Jawar quien lo había dejado llegar. Era algo que tenía que pasar. Callé.

Recibo los brazaletes ceremoniales. El sonido del tambor resuena en la roca. Kawi se acerca encogido bajo el tronco al que ha sido atado, sufre, lo puedo ver en su semblante. Nos mira, me mira pero yo ya estoy sobre el altar, esperándolo junto al felino lítico que pide su sangre.

Kawi blasfemaba diariamente, su voz parecía tronar. Mis ojos asustados veían sucumbir a nuestro dios:

- Cierren los ojos al ídolo, es sólo surcos en la piedra...

Y un día terrible, entre remolinos de arena, la piedra sucumbió.

Al ver la desaparición de Jawar, el pueblo me volvió la espalda.

Siguió con ojos llorosos a Kawi quien empezó su tarea: les enseñó cuán fértil era la tierra sin el antiguo dios, cuán lleno de vida estaba el mar. Yo veía rotar a las estrellas por el cielo, pasar las lunas, veía también los restos de roca que ya no se podían unir... y siempre oía a Jawar rugir con el viento. Eso me mantenía en pie. Los acechaba.

Una mano que desaparece me entrega el cuchillo. Kawi ya está colocado sobre el altar.

Recuerdo el día en que dejaron la ciudad bajo su engaño ("Tú también ven al desierto, purifícate") pero yo me quedé en las ruinas del templo para buscar la nueva piedra que podría tallarse. Vagué como muerto en busca de una luz, de una nueva inspiración y mis esfuerzos fueron recompensandos.

Cuando lo terminé, supe por desertores, que en el nuevo lugar, el pueblo conocía el hambre y la sed. El nuevo dios que les había dado Kawi, no los escuchaba. Entonces me preparé. Había llegado el momento. Todo pasaría como tendría que pasar. Una noche recibí una gran hilera de antorchas que bajo la piedra pedían perdón. Pero el perdón dependía de un obsequio humano. Kawi, ellos te traicionaron.

Ahora estamos los dos sobre la piedra sagrada. El tambor suena y retumba en tus oídos. El pueblo canta alabanzas al dios felino.

Estás sufriendo. El fuego que alumbra los ojos huecos de Jawar, te aterra, tanto como el estar bajo mis pies.

Elevo el cuchillo y cierro los ojos. Lo hundo con fuerza mientras emites un grito tan fuerte que hace temblar la tierra. Tu carne y tus huesos crujen bajo mi poder.

Perdónanos Jawar, aquí está nuestra ofrenda...

Tus ojos abiertos me llaman. Me acerco. Horrorizado veo en ellos que me ves viéndote. Funestamente el principio y el fin se confunden en miles de imágenes que nunca se han podido presenciar... suelto el cuchillo que cae haciendo grietas en la roca.

Tu sangre brilla por el fuego, baja por los surcos que dibujan la figura de Jawar sobre la piedra muerta; Jawar se impregna con tu vida, ella baja a borbotones de tu cuerpo, como riachuelo, nos inunda, nos quema y tal vez, nos purifica.

Tu te has vuelto luz blanca que nos observa, mientras una estrella cruza veloz el cielo y cae. Entonces, la piedra sagrada se desmorona bajo mis pies.

© 2003 Rocío Uchofen

Ilustración © 2003 Chema Lera

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