Número XIII MMIII

Gabriel Bermúdez: Mi afición a la CiFi (ElfoSci-Fi)
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Una aproximación a la vida
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Luis Ballabriga


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Cuando al sustantivo "Novela" se le añade el adjetivo "Popular", las adormecidas neuronas de nuestra época realizan una peculiar sinapsis paradójica y, en un momento histórico en que populares son hasta los partidos de derecha –que ya es echarle ganas, el adjetivo se carga en mayor o menor grado de connotaciones peyorativas.

Si las citadas y adormecidas neuronas son españolas, son también desmemoriadas, pues olvidan que su príncipe de las letras por excelencia, Miguel de Cervantes escribió una novela tremendamente popular. Un incuestionable "Best Seller" en el momento de su aparición que devendría en pieza emblemática de la literatura española. Hablo, claro está, del Quijote. Olvidan también que la traducción a nuestra lengua de El nombre de la Rosa, novela a la que es muy difícil negarle una calidad inusual –hablamos de una novela, entre otras cosas, policiaca-, vendió en España, uno de los países que menos lee de Europa, y antes de ser reeditada por el "Círculo de lectores", la muy popular cantidad de 500.000 ejemplares.

No somos los únicos, afortunada o, mejor, desafortunadamente, en estos alardes; así, decirle a un italiano que el Decamerón era una pieza clave en la historia de su literatura equivalía, hasta no hace mucho, a insultarle gravemente. ¿Por qué olvidamos la aceptación popular de El lazarillo de Tormes, Dickens, Galdós, Tolstoi, Zola, Baroja, o más cerca, García Márquez y Eduardo Mendoza?. ¿Confundimos la tragedia personal o la rareza con la calidad? ¿Disculpamos que Rimbaud acabase siendo un repugnante traficante de esclavos porque sus sobrevalorados textos los escribió entre sustancias prohibidas y relaciones homosexuales? ¿Qué hubiese pasado si los aficionados y execrables pintores Hitler y Franco hubiesen sido además de genocidas profesionales geniales artistas?

La adoración del raro y de lo raro fue una plaga del siglo pasado que misteriosamente se extendió con particular virulencia entre una inteligencia atea y de izquierda. El horror a la página en blanco no lo provocaba el lector sino el crítico más retorcido. La finalidad de la obra literaria no parecía ser su consumo sino su enjundioso y muy especializado estudio, en un ejercicio gratuito de critica críptica de lo críptico. No se entendió el Finnegans de Joyce como un premeditado y travieso callejón sin salida sino como punto de partida de una aventura que nos iba a proporcionar abundantes horas de inolvidable aburrimiento. La literatura tan fecunda a la hora de nutrir con motivos y temas a la pintura y a la música se retroalimenta ahora de una dificultad forzada a imitación de aquellas (y sin las razones de aquellas) que afortunadamente la bendita crueldad del devenir histórico comienza a situar adecuadamente.

Muy contadas voces han reivindicado y defendido dos géneros populares por excelencia: el relato policiaco y el de ciencia ficción. El caso español resulta cuanto menos singular. Quizá alguno de ustedes recuerde la existencia de la censura. Una censura tan perfecta como inconscientemente diseñada a imagen y semejanza de la triste mediocridad del sanguinario batracio ecuestre que gobernaba el país y de sus casposos y cómplices serviles aduladores. Esta censura limitaba las posibilidades de lectura hasta extremos que hoy nos parecen soñados (pesadilla, en todo caso). Por poner un ejemplo, la difusión de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, inspiradora del Título Primero de nuestra actual Constitución, suponía un delito. Quizá alguno de ustedes recuerde también la represalia a que fueron sometidos una buena parte de los españoles por la mera sospecha de un pensar diferente. Una represalia bajo palio y tan rastrera de la que llegó a abominar incluso uno de los creadores del "Cara al sol".

Censura y represalia llevaron a muchos notables escritores al alimenticio (aunque escaso) recurso de la novela popular o "novela de a duro". Y aquí la singularidad española. Este tipo de literatura, habitual en toda Europa, alcanzó en España por tan tristes motivos una especial calidad que no tuvo en otros lares; y como este país sigue siendo diferente, mientras en esos otros lares se recupera y estudia con especial atención este tipo de literatura en España se le intenta condenar al olvido.

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