Número XII MMIII Enero-Febrero

De manzanos y avellanos
Os Mallos de Riglos (leyendas y tradiciones de Aragón)
Inbolc, Brígida y Candelaria
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Sombras del pasado (relato)
El sueño de Merlín (relato)
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Inbolc, Brígida y Candelaria

El día uno de febrero era un importante momento de celebración para algunos pueblos de la antigüedad, asentados en territorios que comprendían, entre otros, las llamadas Galicias y Celtiberia en España, Galias y Bretaña en Francia, Irlanda, Cornualles, Escocia, Gales y Gran Bretaña en las Islas Británicas, pueblos luego conocidos como celtas o galos. Febrero es el momento en el que el sol comienza de nuevo a recuperar su fuerza para calentar la tierra, los días se van haciendo más largos, las semillas germinan en el interior de la tierra y las ovejas están ya en condiciones para la lactancia de los futuros cordericos. O sea, el mes en el que despierta la fertilidad en la Naturaleza, preparándose para su explosión en la primavera. Y para hacerlo sagrado había una diosa, la diosa madre por excelencia, la Tierra, bajo la denominación de Briganti o Brigit. A esta celebración se le llamó Inbolc o Ambiwolka, que puede significar en el vientre, aunque según otras versiones sería Oilmelc, que significaría leche de ovejas.

Brigit. © copyright 2003 Chema G. LeraLa diosa Brigit era llamada la excelsa, o la alta; protegía a las mujeres jóvenes y a los rebaños, importantísimos para las sociedades ganaderas y transhumantes, y se simbolizaba con una antorcha encendida. El fuego sagrado era una llamada al sol, para que después del período invernal, calentara con fuerza la tierra. Era también protectora de los bardos y sanadora, y a ella se consagraban los pozos sagrados. La fiesta se celebraba encendiendo hogueras en colinas y pueyos, se fabricaban cirios con grasa de animales y los hombres de las aldeas hacían con paja unas muñecas llamadas brides que luego ofrecían a las mujeres. Estas las introducían en las casas y acostaban las figuras en canastos de paja al lado del fuego del hogar.

Con la llegada de los monjes cristianos, en las islas británicas se identificó a la diosa Brigit con Brígida, e Irlanda la hizo su santa patrona. Las más variadas tradiciones se tejieron en torno de Santa Brígida, que vivió -si realmente fue un personaje histórico- entre el año 450 y el 523. Su propio tío, que dicen llegó a vivir ciento ochenta años, escribió una vida de la santa, a la que, decían, la habían educado los druidas. Las leyendas que rodean a la que se ha llamado María de Irlanda la relacionan claramente con la diosa Brigit. Por ejemplo, se cuenta que podía ordeñar a la misma vaca cuantas veces lo necesitaba para dar de comer a los hambrientos, y nunca se agotaba la leche de las ubres del animal (se la representa con una vaca a sus pies). Pastoreando sus ovejas, la sorprendió una tormenta y tendió sus ropas en el aire, sobre un rayo de sol. También cuentan que convirtió el agua en cerveza, que multiplicó el tocino para dar de comer a huéspedes inesperados y que desvió el curso de los ríos. Fundó el Monasterio de Kildare, o Cill Dara. En este lugar iniciático ardía permanentemente una antorcha, y estaba al cuidado de diecinueve vírgenes. Los hombres tenían prohibida su entrada, hasta el siglo XIII cuando la iglesia católica terminó con esta situación. En los años sesenta, la evidencia del origen pagano de Brígida hizo que el Vaticano dejara como único patrono de Irlanda a San Patricio.

Para los pueblos del norte de Europa, la fiesta es en honor de las llamadas Disir, espíritus de todas las mujeres antepasadas de cada familia. En la fiesta de Disablot, en las casas se encienden todas las luces y se prenden multitud de velas. Las Disir regresan entonces del mundo de los muertos para proteger a sus familias vivas y asegurar la continuidad de la estirpe.

Ahora bien, de una manera u otra, el carácter sagrado de estas fechas fue igualmente asumido por la iglesia católica, que aún en la actualidad celebra la fiesta de la purificación de la Virgen, justo cuarenta días después del nacimiento de Cristo en el solsticio invernal. Es también una fiesta en la que la luz tiene su protagonismo, la Candelaria. Durante la Edad Media las gentes hacían procesiones por los caminos y campos con los cirios encendidos y bendecidos en las iglesias, que adquirían poder sagrado contra el demonio y las brujas. Esta vieja costumbre, condenada en Inglaterra durante la reforma luterana, aún permaneció durante mucho tiempo, y las procesiones y bendiciones de las candelas siguen haciéndose dentro de las iglesias. Tanto es así que en algunos pueblos de las montañas de Aragón las velas de la Candelaria aún se encienden durante las noches de tormenta para proteger casas y cosechas de los rayos.

La Candelaria es posiblemente la fiesta que sustituyó a las Lupercalias que celebraban los romanos a mediados del mes de febrero en honor a la loba -lupa, nombre que aún se utiliza en aragonés- que amamantó a Rómulo y Remo, fundadores de Roma. De nuevo, como en el caso de la diosa Brigit, la leche. La fiesta romana incluía también el culto al dios Pan, o Luperco, o Fauno... y consistía en que los jóvenes -los luperci-, vestidos sólo con pieles de cabra, bailaban y azotaban con palos la tierra y la vegetación, en medio de desfiles de antorchas, rituales por los que aseguraban la fertilización de la naturaleza. Esto lo hacían dos semanas después del uno de febrero, las Calendas, cuando la diosa Juno ataviada con cuernos de cabra, escudo y lanza, recibía de manos de las vírgenes panes de centeno. Era el tiempo de la purificación que anunciaba los ritos de la fertilidad de las Lupercalia.

En relación con la coincidencia de las fiestas cristianas, recordemos que para la iglesia ortodoxa el nacimiento de Cristo se fijaba en el día seis de enero, por lo que la fiesta de la purificación correspondía a mediados de febrero. De todas formas, ahí quedan los Carnavales y el día de San Valentín como prueba inequívoca de la influencia de aquellos antiguos ritos paganos propiciadores de la fertilidad y del nacimiento de un nuevo ciclo de la vida.

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