ESPECIAL SAMHAIN Número XI MMII Noviembre-Diciembre

Ana, mi Ana (leyenda de Portugal)
¿Es un Angel o un Demonio? (poema)
Miedo (poema)
Rol y terror (artículo)
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Através de la puerta de los oscuros sueños antiguos (relato)
El inquilino (relato)
El sueño (relato)
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Ana, mi Ana
Por Anabela Ferreira

Nunca conté esto a nadie. No era por miedo, era por amor. No quería que Ana supiese que tenía algún secreto... Ahora que ella se ha ido, después de tantos años, puedo hablaros del miedo.

Cuando me casé con Ana y la traje al molino, para vivir juntos del trabajo diario, no faltó quien la avisara. Las comadres le llamaban la atención acerca de este lugar yermo, apartado del resto de la población. Era un buen lugar para los malditos, ya fueran lobisomens o bruxas (hombres lobo o brujas). Me quedé satisfecho cuando oí a mi Ana responderles que ella no tenía miedo ni de los unos ni de las otras, que lo que más miedo le daba era la cobardía de los hombres y la lengua afilada de las mujeres. A partir de ese día se ganó algunas enemistades, pero yo la amé todavía más.

La vida del molino no era fácil. Pero la muchacha estaba habituada a la dureza del campo y el trabajo no la amedrentaba. Así, paralelamente al amor que sentíamos el uno por el otro, creció entre nosotros un compañerismo, una complicidad que era la envidia de mucha gente.

Todo iba bien. El molino prosperaba. De aquí se obtenía la mejor harina de la región. Nació nuestro primer hijo. Yo era un hombre feliz.

Hacía algún tiempo que se rumoreaba en la aldea que escondido en el bosque habitaba un lobisomem, que en las noches de luna llena descendía al pueblo para matar ovejas y otros animales. Manel da Eira juró que lo vio una noche en que venía muy tarde de la taberna. Así lo refería:

-Fuel al pasar junto al cementerio. Vi una sombra saltar sobre mí. Sólo tuve tiempo de implorar a voces a Dios y a la Virgen. El cabrón entonces me agarró por los hombros, pero no sé lo que pasó que luego se echó a correr. Tengo para mí que fue la cruz lo que me salvó. Y de mi cuello no va a desaparecer nunca más.

Esto era lo que contaba entre una copa y otra, agarrando una cruz de plata, negra de tan antigua, colgada de un cordón que llevaba al cuello. Pero pocos le creían. El Manel era demasiado amigo del vino como para que las historias que contaba tuvieran valor como verdades. Y contaba demasiadas historias.

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