Número IX MMII Julio-Agosto

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Leyenda de Perú:
la Pampa de la Serpiente
por Isabel Ariño

En una pequeña aldea del Perú habitaba una anciana, a la que los vecinos tenían por un poco rara, debido a su soledad. Sólo trataba con sus animales y apenas hablaba con nadie. La anciana cuidaba con especial esmero un gallo negro que poseía desde hacía tiempo. Era el rey del corral, y a pesar de ser muy viejo, recibía todos los mimos y caricias de su dueña.

Un día, en el silencio de la mañana, oyó cloquear alegremente al gallo negro. Se extrañó la anciana, y, contenta, fue a llevarle su ración de maíz. El gallo estaba recostado en una postura poco habitual. Cuando se levantó para picotear el maíz, la anciana recibió la sorpresa de su vida: ¡el gallo negro había puesto un huevo, grande y brillante!

La anciana entendió que el animal le estaba premiando por tantos años de cuidados, recogió con ternura el huevo, y lo depositó entre sus mejores ropas, al fondo de su baúl, dentro de la choza.

Pasaban los días, y la anciana no se decidía a comer el huevo. El gallo había muerto, y su huevo era para ella como un recordatorio de tiempos pasados. Hasta que al cabo del tiempo creyó percibir unos débiles ruiditos que procedían del interior del baul de ropa. Al abrir el baúl para comprobar la causa del ruido, encontró las cáscaras del huevo y, en el centro, siseando y removiéndose, una pequeña serpiente dorada. ©Chema G. Lera

Pensó la vieja que la serpiente era la encarnación de su gallo negro, y trató durante algunos meses de mantenerla en el baúl, llevándole comida. Pero su apetito era insaciable. Acababa con todas las provisiones. La anciana no tuvo más remedio que decidir entre la serpiente o su propia supervivencia. Con un cariño fuera de lo normal, cogió a la serpiente por detrás de su cabeza. Tiró hacia arriba para sacarla del baúl. La depositó en el suelo y le dijo:

-Eres libre para recorrer los caminos y buscarte el modo de vivir.

La serpiente abandonó el que había sido su hogar hasta entonces, respetando todas las vidas que había en él. Como atraída por un extraño magnetismo, la serpiente reptó hasta llegar a la fuente del lugar. En su alrededor descubrió un pequeño agujero cubierto de hierba y ramas, y lo convirtió en su guarida.

Desde allí observaba con los ojos siempre abiertos a los vecinos que acudían a la fuente para llenar odres y lavar las ropas. Normalmente acudían juntos, comadres, niños, labradores, ganaderos con animales... La serpiente era consciente de su tamaño, todavía no muy desarrollado. Por eso aguardó con paciencia a que una niñita se alejara lo suficiente de su madre. Se entretenía la pequeña con el agua de la fuente, mientras su madre regresaba ya a la aldea con los cántaros llenos. No volvió la mujer la mirada atrás en el momento oportuno. Por eso no vió cómo la serpiente dorada salía como un rayo de su agujero, atrapaba a la pequeña y la devoraba en un momento, sin darle oportunidad de gritar.

Después de su primera víctima, las desapariciones en el entorno de la fuente fueron habituales, y los vecinos no lograban aclarar el misterio. Se acostumbraron a acudir en grupo, armados hasta los dientes, y unos vigilaban mientras otros usaban la fuente. Pero la astucia de la serpiente crecía a la par que su tamaño, y siempre conseguía alcanzar a sus presas.

Al cabo de unos meses, la serpiente dorada era tan enorme que ya no necesitaba esonderse. No sentía temor a ser descubierta. Incluso gozaba con el pánico reflejado en las caras de los desgraciados elegidos como alimento. El terror se apoderó de toda la población, y abandonaron la aldea, llevándose sus pertenencias y sus animales.

La monstruosa serpiente dorada, entonces, se echó a los caminos, sembrando de tragedia toda la comarca.

Hasta que un día, dicen que el mismo en que murió aquella extraña anciana, cuando la serpiente aguardaba a unos viajeros para devorarlos, se desencadenó una terrible tormenta, y de la oscuridad del cielo surgió un rayó que le cortó la cabeza. La cabeza del temible reptil decapitado, saltó separada del cuerpo durante un buen trecho a lo largo del camino. Desde entonces, este lugar se llamó la Pampa de la Sepiente. En sus cercanías se levantan las ruinas de la aldea deshabitada.

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