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Impresion

El nombre de la rosa
de Umberto Eco

Por Silvio W. J.

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En 1980, Umberto Eco publicó en Italia "Il nome della rosa". Muchos conocerán este título. Unos, a través de la excelente adaptación cinematográfica dirigida por Jean-Jacques en 1986, e interpretada por un excelente Sean Connery y un jovencísimo Christian Slater; otros, mediante la lectura de la novela, que devino best-seller y que se ha convertido en todo un clásico en apenas veinte años.

El argumento general es más o menos conocido: Guillermo de Baskerville y su discípulo Adso de Melk llegan a la abadía "cuyo nombre incluso conviene ahora cubrir con un piadoso manto de silencio". Ante el descubrimiento de extraños acontecimientos que han estado teniendo lugar, el talante investigador de fray Guillermo le lleva a tratar de averiguar la verdad, cosa que, en mayor o menor medida, parece conseguir.

No es poco lo que se ha escrito y comentado sobre esta obra. Hay, sin embargo, algunos interrogantes que resultan levemente inquietantes. Por ejemplo: el título. ¿Qué relación tiene - nos preguntamos, se preguntan - con los crímenes acaecidos en la abadía? Me atrevería a afirmar que no existe ninguna, a no ser que rebusquemos más a fondo.

Sabemos, por su propio testimonio, que Eco posee un particular sentido del humor. También sabemos, por "El Péndulo de Foucault" que es aficionado a los juegos. En la novela se habla de Aristóteles; de hecho, uno de sus libros, el segundo volumen de la Poética, (que ensalza la risa) es la causa de los acontecimientos que se narran. El Arcipreste de Hita nos cuenta que "Aristóteles lo dijo y es cosa verdadera. El hombre por dos cosas se mueve: La primera, por el sustentamiento, que la segunda era por buscar juntamiento con hembra placentera" (versión adaptada al castellano moderno)

Con estos parámetros podemos atrevernos a conjeturar que las casi quinientas páginas de que consta el libro tienen como principal objetivo hacernos partícipes de la primera, iniciática y única experiencia amorosa del anciano monje Adso de Melk, que recluido en su monasterio, recuerda con infinita nostalgia aquellos días en que le fue dado conocer el amor físico. Lo que Adso nos cuenta, el maravilloso relato de sus peripecias y andanzas por los pasadizos de la abadía, las conversaciones con su mentor, las profundas reflexiones sobre las distintas herejías, son las circunstancias que rodearon el hecho capital de su vida, inolvidables por estar tan estrechamente relacionadas con aquello que merece la pena ser recordado cuando el fin está próximo...

Desde este prisma, Eco habría estado jugando con nosotros, nos habría gastado una pequeña broma. Habría elaborado una extensa narración para contarnos que nada hay en el mundo comparable a la belleza, representada aquí por la humilde campesina con quien Adso descubrió el placer. Habría escrito un vasto y complejo libro para reírse de sí mismo, para demostrar que todas las palabras no valen lo que el roce tibio de unos labios. Y todo esto en la forma más críptica posible. Las alusiones a la Poética de Aristóteles serían la pista, el guiño para que nos pudiésemos reír con él. El título, la clave para descifrar el enigma. Tal vez Annaud lo entendió así cuando, en la escena final de la película, puso en boca de su protagonista las siguientes palabras: "Sin embargo, ahora que soy un hombre muy viejo, debo confesar que de todos los rostros del pasado que se me aparecen, aquel que veo con más claridad es el de la muchacha con la que nunca he dejado de soñar a lo largo de todos estos años. Ella fue el único amor terrenal de mi vida, aunque jamás supe, ni sabré, su nombre"

Silvio WJ

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