Número VIII MMII Mayo-Junio

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Vísperas, completas y eternas
Por Jesús Monreal

Nota del editor: Además del valor literario de este misterioso relato, el autor describe con precisión un lugar y un ambiente real, el del Monasterio de Sijena, cisterciense del siglo XII, enclavado en medio de las estepas de los Monegros aragoneses.

Un día de verano, allá a primeros de Julio,casi las tres de la tarde, una pareja de caminantes marcha lenta bajo el sol inclemente del desierto monegrino, con sus mochilas acuestas y sus bordones de avellano como única ayuda. El lecho seco de algún arroyo poco apoyo puede ofrecer a sus cansados cuerpos. Sólo pensando que cuando llueva pueda pasar agua sobre aquel suelo de barro cuarteado y resquebrajado por el calor, sus mentes pueden engañarse y soñar con un espejismo líquido que reconforte sus gargantas secas y refresque su piel que ya no tiene más sudor que aportar para luchar contra el continuo ataque de los rayos solares.

Hace ya un largo rato que pasaron a lo largo de una inmensa plantación de maíz, regada por un lujo de aspersores que inventaban continuamente una lluvia fresca sobre el bosque espeso de exuberantes matas color verde oscuro. Al verlo no pudieron menos que sumergirse sin pensarlo en el mar de plantas, para recibir sobre sus cabezas y ropas el regalo imprevisto y benéfico del agua. Pero ya digo, hace mucho rato y aquella lluvia que les dio alas por un breve instante, ya se secó y de nuevo sufren por su ausencia.

-Oye, Pedro, estoy que ya no puedo más. En la cantimplora ya no nos queda ni gota de agua y parece que el sombrero se me va a poner a arder en cualquier momento con lo que nos está cayendo encima. Como no encontremos pronto alguna sombra lo vamos a pasar mal.

-De verdad que este tiempo tiene la ventaja de que no nos va a caer lluvia mientras caminamos, pero en ocasiones la echo en falta con urgencia vital, como ahora mismo. Un poco más y a ver si hay suerte y vemos algo que nos ayude.- Le contesta Luis, su compañero.

-Según los mapas, tendría que estar ya cerca Villamayor de Cinca, pero es que se me está haciendo eterno este tramo. Este tipo de terreno con tantas subidas y bajadas, no deja ver más allá de unos cuantos metros de donde vas andando y es difícil organizarse uno la cabeza.

-¡ Mira, si no me equivoco, allá abajo se ve algo que pudiera ser la tapia de un huerto! Y si hay huerto, habrá árboles, y si árboles habrá sombra, y con un poco más de suerte, lo mismo hay alguna balsa o algo que nos permita darnos un buen chapuzón.

-Me parece que tienes razón, porque algo más allá distingo la parte superior de unas paredes o de algún tipo de ruina antigua. De momento vamos a escapar de ésta. ¡ Vamos allá!

Sus previsiones fueron acertadas y la sombra fresca de una larga tapia les dio cobijo durante un buen tramo. Una acequia que penetraba en el terreno tapiado, sobrada de agua, les permitió calmar su sed y refrescar largamente sus acalorados cuerpos.

-¡Qué mal repartido está ésto del agua, Perico! Hace cinco minutos estábamos suspirando por unas gotas y ahora tenemos que ir saltando los charcos del agua que le sobra a este riego.

-Te habrás dado cuenta de que este huerto no tiene el tamaño normal de los huertos de la gente de por aquí. Tiene que ser de algún ricachón, o de alguien que le sobren las tierras y el dinero. Fíjate qué cantidad de árboles. Para todos los gustos, manzanos, perales, nogales y parras de uva ¡ Qué poco les falta ya para poder afanarnos algún racimo!

-Y la hortaliza, ¡ Qué bien cuidada está! Me encanta ver los vallos y caballones bien dibujados sobre la tierra. Sin malas hierbas, recién maigado. Y claro, recién regado también, que ya acabamos de ver lo que les ha sobrado. Fíjate en las lechugas, tienen de tres o cuatro tamaños distintos. Cuando terminan con unas, ya pueden comenzar con la siguiente generación. Aquí hay alguien que entiende de esto. Te lo digo yo que se de qué va.

-Déjate de clases de agricultura, que eres un palizas rural. Más te valía fijarte que estamos llegando al final de la tapia y se ven las puertas del convento que estábamos buscando. ¡Ostras, esto es más que un convento, ésto es un Monasterio en toda la regla!

-Ya lo sabíamos, pero está casi en ruinas. A ver cómo nos podemos solucionar aquí. Mucho me temo que tengamos que meternos en alguna cuadra abandonada y llenarnos de pulgas otra vez.

Efectivamente, con muchos apuros y casi sin darse cuenta, habían llegado a las puertas del antiguo Monasterio de Villamayor del Cinca. Sede de señores medievales en las épocas de mayor esplendor del Reino de Aragón y antiguo cenobio, hoy un extenso montón de ruinas, que el Gobierno Regional estaba rehabilitando con asignaciones económicas liberadas con cuentagotas.

Allí vive una pequeña comunidad de monjas de clausura en uno de los pocos edificios que han dejado habitables. No serán más de ocho o diez. Dicen que son de una Orden bajo la regla de San Bruno, el de los Cartujos. Que practican el desierto interior, es decir que el cuerpo de cada una de ellas es su propia celda, sin que tengan ningún contacto con las demás compañeras de soledad en todo el día, salvo para los rezos comunitarios de las oraciones que prevé la estricta orden que voluntariamente han acatado. Comen trabajan y rezan entre las cuatro paredes.

Pasan todas las horas encerradas en sus celdas dedicadas a la oración, salvo alguna que tiene que atender los más inexcusables trabajos comunitarios, o de contacto con el mundo exterior.

Entraron los caminantes en el silencioso recinto del patio del Monasterio, con un tremendo contraste entre la parte en la que el sol derramaba inclemente sus rayos ardientes, y el lado contrario en una sombra oscura y fresca. Los ojos sufrían yendo del sol a la sombra intentando buscar un cobijo donde poder escapar del tormento que les agotaba.

-Mira, allí hay una puerta, vamos a entrar. A ver si hay alguien.

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