Número VII MMII Marzo-Abril

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-¡Eh, tú, el de la silla roja! -gritó un muchacho vagabundo que caminaba por la vereda que dirigía su camino a Olro- ¿Es que no me oyes? ¿Qué haces sentado en una silla en mitad de mi camino?

Tomás Buenasera era el nombre del muchacho sin techo ni ventura que caminaba con su ato sobre el hombro por el camino hacia Olro, un pueblo que no estaba muy lejos del punto en el que se hallaba. Como era vagabundo no tenía lugar fijo donde vivir, ni familia, ni algo que le hiciera sentirse feliz. ¡Pero qué caprichos del destino! Fue a toparse con un extraño niño que miraba hacia el suelo sentado en una silla roja de madera, escondiendo su rostro, y Tomás Buenasera se irritó tanto que se puso a gritar por ver interrumpida su marcha. El niño ni se inmutó, y por el contrario se quedó sentado en su silla roja.

-¡Eh! ¿Qué te pasa? ¿Te has perdido y esperas sentado a que pase alguien a buscarte? -volvió a gritarle, pero el niño que seguía cabizbajo sobre su silla ni siquiera lo miró- ¡Eh, muchacho! ¡Quiero pasar al otro lado de tu silla y necesito que muevas el trasero! ¿Te mueves tú o lo hago yo?

La paciencia no era una virtud de la que Tomás Buenasera disfrutase de lleno, ni de vacío, pues tal arranque de nervios le dio que de un puntapié lanzó a la silla y al muchacho al borde del camino. Solo cuando el niño y su silla se encontraron al otro extremo de la senda, el muchacho vagabundo continuó su recorrido. "Así aprenderás a no entorpecer mi marcha", dijo, y sin volver la vista atrás se dispuso a caminar.

Ya había anochecido cuando llegó a Olro. Del incidente de horas antes ya se había olvidado, pero en su entrada al pueblo sucedió algo que verdaderamente lo asustó. Frente a él, a lo lejos, se veían las luces de las casas de piedra y se oían los canturreos de los borrachos de las tabernas, pero un sonido crujiente a sus espaldas le hizo parar su paso. "¿Eh? ¿Quién anda ahí?", preguntó alarmado. Pero como no tuvo respuesta continuó su camino hasta llegar a la iglesia, donde pensaba pedir cobijo al cura que la regentaba. Antes de llegar a los grandes portones y llamar con el picaporte de hierro macizo, pareció que una mano fría le tocaba en el rostro, por detrás, y que un nuevo crujir surcaba la tierra. Pero no, pues enérgicamente Tomás Buenasera se volvió hacia atrás y no pudo ver absolutamente nada. Ay, ay, cuando se tiene miedo las cosas cambian y la bravura se calma, y los sentidos se afinan. Por esa razón agarró el picaporte y golpeó fuertemente a la vetusta madera, recordando sin querer lo absurdo del encuentro de aquella tarde. ¿Qué hacía un niño pequeño sentado en una silla roja en mitad de un camino? "¡Bah, no tiene importancia!", se dijo, pero mientras esperaba de pronto sintió la misma sensación gélida de antes en su rostro, y realmente aterrorizado se dio la vuelta. Un niño pequeño que miraba hacia el suelo apareció de repente frente a él, y el corazón del vagabundo se encogió al comparar la menudez del pequeño con sus brazos, tan largos que se arrastraban por los suelos. Justo detrás del niño había una silla; una silla roja. El muchacho se aferró al picaporte con espanto y comenzó a golpearlo, y esta vez con tanta fuerza que se llagó las manos. Pero no fue capaz de gritar, no hasta que el cura de la iglesia abrió los portones y lo engulló hacia dentro. Ay, pero sus ojos le dejaron ver una última visión del pequeño, pues en su insistencia porque le abrieran el pequeño subió la cabeza y descubrió sus ojos vacíos, sus dientes de sierra y su risa perversa. Y Tomás Buenasera escuchó también una única y clara advertencia: "Conmigo te has topado y al camino me has echado. No tardarás en pagar tu pecado", y su voz de anciano resonó en su cabeza, y aun cuando estuvo dentro de la iglesia siguió gritando del miedo.

 

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