Número II MMI Mayo-Junio

Jordi José. Entrevista Sci-Fi
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La leyenda de la Dona d'Aigua
Sirenas y Bardos. Poesía.

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Bécquer. Leyendas desde el Moncayo III.
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Cansado. Era lo único que pasaba por su mente. “ Cansado, estoy cansado”. Y en realidad lo estaba: había cavado cimientos todo el día en una tierra reseca y dura. Lo peor de todo era la falta de costumbre. De adolescente, había hecho muchos trabajos pesados, pero desde que entrara en la fábrica dejó de hacerlos. Más de una vez había agradecido a Dios la bendición de haber tenido un buen trabajo durante los veintitrés años que estuvo en aquel sitio. Sin embargo, la bendición había terminado hacía tres meses y había tenido que salir a buscar lo que fuese. Así consiguió unas changas de albañil para ir tirando mientras se presentase algo mejor. Lo último que estaba haciendo era abrir los cimientos de una casa inmensa. Había empezado a cavar a las seis de la mañana, apenas se había detenido una hora escasa para comer y había seguido cavando hasta las seis de la tarde, cuando ya la luz del sol no alcanzaba para evitar cortarse un pie.

Se había sentado a descansar diez minutos antes de ponerse a lavar las herramientas y volver a su casa. Tenia la cintura y los brazos deshechos.

Tan cansado. Tan abatido por el revés que había dado su vida...

Tres chicos en la secundaria, la plata que venía de vez en cuando y no siempre en el momento necesario, y la falta de valoración por uno mismo que se tiene cuando se carece de empleo fijo. Cuando sobra la voluntad y faltan todas las oportunidades.

Cargó el pico y la pala al hombro y salió para su casa. Ya era noche cerrada.

Vio a la vieja casi una cuadra antes de llegar a su hogar. Estaba sentada en la verja que separaba la vereda del patiecito del frente de su casa y miraba en dirección a él. “Una que pide”, pensó, “tenés muy mala suerte, vieja”.

-¿Cómo andas, Darío? - le pregunto la vieja, apenas lo tuvo suficientemente cerca.

-Tirando- respondió él, tratando de reconocer el rostro de la vieja.

- Es dura la tierra para enfrentarla solamente con un pico y una pala- agregó la vieja.

- Y más cuando uno no está acostumbrado - se sinceró Darío.

La vieja se puso de pie, como si se hubiese dado cuenta de que era demasiado tarde, se acercó a Darío hasta ponerse a menos de un palmo y le dijo:

- Si a partir de mañana hacés bien las cosas, no vas a tener que volver a deslomarte para vivir.

Dio media vuelta y, sin mediar saludos, se fue.

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