Número II MMI Mayo-Junio

Jordi José. Entrevista Sci-Fi
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Dona d'Aigua
Por Chema G Lera

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Tres elementos sagrados forman parte de las mitologías de todos los países montañosos: las propias montañas, los árboles y las aguas. Estas últimas aún son morada de espíritus de la Naturaleza que se resisten a huir en estos tiempos. Antaño, empero, la relación de los montañeses con sus fadas del agua fue constante e, incluso, en ocasiones, llegó a nacer entre algunos elegidos historias de amor y desencuentro, amables y trágicas, leyendas que durante siglos se contaron en voz baja a la luz de la lumbre en invierno y en las anochecidas de la primavera, bajo la fresca protección de una encina...

 

-Señor, anochece, los perros ya están cansados y nerviosos por regresar, ¿da su permiso para volver a Can Blanch?

Un joven de tez oscura, sujetando a duras penas las traíllas de media docena de mastines, se acercó hasta una enorme encina que se enseñoreaba del paisaje montañoso del Montseny. Con la espalda apoyada en el rugoso tronco, el Señor de Can Blanch contemplaba complacido el rojo poniente.

-Sí, Marcial, volved todos, dejad mi caballo, y no estropeéis más con gritos y ladridos la quietud con que nos regala la Santa Madre.

El Señor de Can Blanch era un montañés recio y curtido. Había participado en su juventud en mil batallas contra el enemigo moro, y en el otoño de su vida se entregaba casi diariamente a la caza, quizá para acallar las quejas de un ya viejo corazón que clamaba por hallar compañía de mujer y acomodo en la próxima senectud. Sin embargo, la rigidez de su semblante ocultaba una sensibilidad inconfesable para un guerrero y cazador. Dado al silencio, don Arial, era una de aquellas pocas almas que en los duros tiempos del Medioevo habían cultivado el amor al saber y el placer por la belleza. Por eso, la visión de aquellas moles cárdenas recortadas contra fulgentes puestas de sol, le conmovían en lo más profundo de su ser, y aprovechaba sus correrías para reposar la mirada y la mente en sus queridas montañas. Cuando todos sus amigos y siervos le hubieron dejado sólo, el silencio duró poco. Ahora bien, la voz que se atrevió a romperlo lo hizo con todo el derecho propio de los ángeles. El sonido de aquella canción se deslizó a la par que la brisa, se acunó en el rumor de las hojas de la encina, enhebró en un baile de armonía todas las ramas, y volvió a perderse en un eco de cristal, hacia el arroyo cercano. Como si un golpe le hubiera sacudido el corazón, don Arial se levantó y caminó hipnotizado por la colina, en busca del agua y del sonido.

Y la vió. A pocos mortales les es concedida la dicha de contemplarlas, y el Señor de Can Blanch fue uno de ellos. Sobre una piedra, con los pies bajo el agua, cubierta la espalda con el cabello húmedo de reflejos plateados, una dona d’aigua cantaba al arrullo de la corriente risueña del río. Enseguida supo el caballero que aquella no era mujer humana, que tanta belleza no cabía sino en una hija de las aguas, y que su voluntad quedaba doblegada en ese momento. Tanto amor surgió de repente en el interior del rudo humano que algo hizo que el espíritu del río cesara su canto, le mirara y le sonriera. Toda la noche estuvieron juntos a la vera del riachuelo. Al amanecer, él la había convencido para que fuera su huésped en Can Blanch. Antes de que todos despertaran, caballero y dona d’aigua entraron en la torre, donde la dama fue agasajada por todos los criados, colmada de dádivas, caprichos, fiestas y, sobre todo, de música. Tanta alegría, tanta poesía y tanto amor supo darle el señor de Can Blanch que la dona d’aigua terminó por acceder a las pretensiones de su anfitrión.

-Mira este mundo, hermosa mía, donde has vivido. El sol juega cada mañana con los cristales de las vidrieras, mis pájaros acolchan el aire con sus cantos desde la mañana hasta la noche, cuando las luces de miles de velas son incapaces de dar más brillo que tus ojos. Es entonces cuando instrumentos traídos de todos los lugares acompañan tu voz. Somos felices, y así podemos seguir siéndolo, lejos del frío de las aguas y el rocío de las madrugadas. Podemos seguir siéndolo... si accedes a casarte conmigo. Te prometo que los hijos que me des heredarán Can Blanch, y perdurará esta dicha para siempre.

Aunque la dona d’aigua conocía todas y cada una de las palabras del viento, de las aguas, de los pájaros y del bosque, nunca antes había escuchado el poderoso verbo humano, y sucumbió ante su irresistible influjo. Sólo puso una condición, llevada por el orgullo de su ser, por su altivez de fada:

-La entonación de tu voz habla de un corazón apasionado y me arrastra como la corriente de deshielo. No quiero resistirme. Es mi deseo unirme a tí como se unen los de tu especie, y renuncio a la mía. Pero exijo de tí lo mismo que me dió el río, quiero que siempre estés en mi derredor, quiero que no se estanque nunca el brioso curso de tu amor por mí. Y si una sóla vez, atiende bien, mi amado, si una sóla vez confiesas en voz alta mi naturaleza, el recuerdo del agua me arrancará de aquí como un remolino, como la cascada, como el rápido de las gorgas, y me perderás para siempre.

No dió tanto valor a las palabras de la dona d’aigua el Señor de Blanch, acostumbrado quizá a conversar con congéneres y suponer metáforas, y prometió lo que le pedía ella. Las bodas se celebraron en una semana, y duraron otro tanto. Durante unos años, don Arial rejuveneció al compás del amor que le ofrecía a borbotones la dona d’aigua. El poder sagrado de la fertilidad de la Naturaleza estaba con ella, y enseguida concibió y dió a luz dos hijos, un niño y una niña. Los tuvo en la alberca, ella sóla, y nunca nadie lo supo, pues la comadrona del lugar enmudeció por aquellas fechas debido a una extraña enfermedad. Los niños se convirtieron entonces en el único pozo de su amor, pues los corazones de las hadas son cambiantes, acordes con el caprichoso mundo de donde proceden. No supo, o no pudo, comprenderlo así el bueno de don Arial que se vió relegado y, siguiendo su costumbre, volvió a refugiar sus penas entre ladridos de jaurías y carreras desenfrenadas en pos de sarrios y bucardos. La caza fue la excusa para dar pábulo a viejas amistades y ocasión a juergas y cenas en la torre, al regreso de largas y habituales ausencias. Duró algunos años tal situación, el ahorro de la casa se dilapidaba, los criados se alejaban malpagados y el peso de Can Blanch era demasiado para los hombros de la dona d’aigua. Una noche la cena se prolongó de madrugada. Los hijos del señor habíanse convertido en criados de su padre y sus amigos. Las bromas a costa de los críos sobrepasaron los límites y una voz otrora suave se elevó desde el fondo de la sala. Era la voz de una madre indignada:

-Maldito seas, señor de Can Blanch, pues ni los lobos lanzan dentelladas contra sus cachorros, ni los quebrantahuesos se alejan tanto del nido como lo haces tú.

Un frío silencio cayó como una losa sobre las piedras de la torre de Can Blanch. La mirada de don Arial se dirigió lentamente hacia una mujer en la que no pudo reconocer aquella visión que tuvo en el río junto a la encina. Sólo halló unos ojos altivos, como los del ciervo cuando le miraba desde los riscos, lejos del alcance de sus flechas. Dolido por aquellas palabras, temeroso de la burla de sus compañeros de correrías, decidió optar por la ironía, pues no encontró en su garganta la voz suficiente para el arrepentimiento, ni para la humildad, ni siquiera para la ira:

-¿Qué sabrás tú, medio mujer, qué sabrás de animales ni de aves?¿Acaso las donas d’aigua como tú conocen algo más que la vida de los peces?¿Acaso podrías tú haber poseído algo más que los charcos de no haberte aceptado yo como mi esposa?

En ese momento, pareció que un flujo de puro hielo invisible se extendiera entre la mirada del hombre y la de la dona d’aigua. A su alrededor, los comensales, nerviosos y asombrados, fueron levántandose entre murmullos y marchándose susurrando torpes excusas sin sentido. Durante varios minutos, como paralizados, ninguno de los dos esposos pudo mover uno sólo de los músculos de sus rostros. Siguieron con los ojos fijos unos en los del otro, manteniendo una impresionante tensión que, de estallar, resquebrajaría los mismísimos cimientos de la torre. Sin embargo, poco a poco, la tez de señor de Can Blanch fué tornándose blanquecina, y gruesas gotas de sudor comenzaron a rodar por su frente. La dona d’aigua entonces, de repente, sin proferir una sóla palabra, con una rapidez inusitada, como un viento que arremolinara la hierba, como una revuelta en el río, salió de Can Blanch. Sus hijos la siguieron a duras penas unos tramos, y la vieron desaparecer en el bosque, camino de la sima del Gorc Negre. Nunca más regresó. Al menos, el Señor de Can Blanch, ya anciano de apariencia, nunca jamás volvió a verla ni –y eso sí que le destrozaba el alma- nunca pudo volver a escuchar su voz.

Una mañana, desde la cama donde se pasaba la mayor parte del tiempo, le pareció distinguir entre el cabello de su hija un brillo plateado. Su débil corazón enfermo a punto estuvo de paralizarse por la sorpresa y la emoción. Ese reflejo le trajo a la memoria el de una melena mojada por las aguas de un lejano arroyuelo. La hizo acercarse junto a él. Con manos temblorosas le acarició el pelo, tan parecido al de su madre, y se encontró entonces entre los dedos con una pequeña perla. La muchacha no supo –o no quiso- explicarle el origen de aquello, pero durante los pocos años de vida que le quedaron, día sí, día no, acariciando el cabello de su hija, aparecían esas misteriosas perlas con las que pudo rehacer el señorío de Blanch y cumplir, al menos, con parte de la promesa que había hecho a su fugaz esposa, dar una heredad a los hijos de la fada del río.

La dona d’aigua nunca abandonó a sus hijos. En la madrugada, deslizándose sobre el rocío, acudía a sus habitaciones. Cantaba para ellos con el profundo silencio de las aguas, para no despertar a nadie, y los muchachos podían oírla, pues les unía su misma naturaleza. Derramaba sobre ellos una lluvia de amor en forma de caricias, pero cuando el sol comenzaba a arrebatar los cristales del rocío, las lágrimas de la dona d’aigua caían copiosas sobre las cabezas de sus hijos, y allí se quedaban, enredadas entre el cabello, perlas nacidas de la tristeza de un hada.

 

Chema Gutiérrez Lera
Quinzano, abril de 2001

s una recreación literaria a partir de leyendas de tradición oral


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